Ya lo han dicho todos: si sales a la calle este verano, mueres. Así, sin paños calientes, ni sombra que te cobije. Lo de siempre: te fríes como un boquerón en la sartén de la culpa climática. Y tú, que solo ibas a por una barra de pan y un polo de limón, te ves convertido en parte del problema. Porque resulta que ahora hace calor en verano, y eso —nos explican con gesto compungido— es poco menos que un crimen de lesa humanidad.

Que estamos en agosto, alma de cántaro. Que esto es España. Que en este país la gente suda hasta en misa. Pero nada. Hay que dramatizarlo. Y ponerle nombres: “infierno ibérico”, “la bestia africana”, “noche tropical”, “noche ecuatoriana”, “alerta roja pasillo de la muerte” y, hasta “noche egipcia” decían hoy. Ya no hace calor: nos lo infligen.

Y aquí es donde entra nuestro protagonista: el gigante. Uno enorme, descomunal, que aparece encadenado a la tierra en un vídeo que algunos ya considerarían documental catastrófico. El pobre se deshace bajo el sol como si lo hubiesen plantado en la plaza de Meco a las tres de la tarde. Le caen los chorretones por la frente, se le agrieta la piel, y cada gota parece gritar “¡maldito seas por usar el coche para ir a trabajar!”.

Dicen que es culpa del cambio climático. Y de nuestra pereza. Y del plástico del supermercado. Y de que no abrazamos con suficiente fervor los colores de la Agenda 2030. Todo va encajando como un puzle de culpabilidad: calor, culpa, cambio. Y de postre, gráfico con flechas rojas y mapas que parecen una lonja de atún rojo recién fileteado.

Y mira, que quede claro: si quieren que este humilde labriego de la tecla “comulgue” con la cosa veintetrentera, mejor que no intenten acogotarnos hasta en la sopa. Porque si bien muchos de los objetivos de la Agenda pueden ser loables, el modo infame, mentiroso y machacón con que nos quieren llevar hasta ellos no hace más que aborrecerme cada vez que veo el logo de marras. Yo, cuando alguien quiere meterme miedo, no me acobardo: me rebelo. Y entonces sale el bicharraco que llevo dentro, con el colmillo fuera. Tal vez por eso, mientras ellos siguen con su matraca, yo prefiero fijarme en ese gigante que se derrite. Porque puede que no esté muriendo, no. Puede que se esté quitando la chaqueta. Tal vez lo que se escurre por su espalda no sea derrota, sino la costra de la resignación y la propaganda. Y debajo, lo mismo, hay un tipo duro. Uno de esos que aguantan la solana como los de antes. De los que se echaban la siesta sudando en agosto, sin aire acondicionado, sin alarma meteorológica, y sin lloriquear por Twitter.

Y claro, es que ahora todo se exagera. La televisión pública no te dice “hace calor”, te dice “¡huye al norte o arde!”. Los periódicos ya no informan, sentencian. Si hoy sudas, es que eres culpable de la ruina del planeta. Y si no te mueres del calor, te mueres de vergüenza por no haber dejado el coche, el aire acondicionado y el bistec.

Antaño uno escuchaba a Mariano Medina decir que subirían las temperaturas y se echaba una jarra de agua por la cabeza y una siesta. Hoy el noticiero te amenaza con temperaturas “nunca vistas desde que hay registros”, aunque esos registros lleven apenas 50 años y hayan olvidado que en 1994 —nació mi hija, en julio, ya les digo— uno no podía ni tocar el pomo de la puerta sin chamuscarse los dedos.

Pero eso no cabe en el relato. No encaja con el sermón. La culpa necesita un monstruo. Y ese monstruo eres tú, que has calentado el mundo con tu barbacoa y tu viaje a Benidorm.

El gigante, mientras tanto, sigue ahí. Atado. Chorreando. Derritiéndose. Pero, ojo, puede que no esté muriendo. Puede que esté despertando. Puede que, cuando termine de caerle esa cáscara de propaganda climática y lloriqueo institucional, se levante y diga: “Basta. Ya está bien de cuentos. Hace calor. Como cada verano. Que me dejen en paz”.

Y cuando eso pase, los titulares cambiarán. Y ya no hablarán de “olas de calor nunca vistas”, sino de “oleadas de sentido común resurgiendo bajo el sol”. Y entonces el gigante caminará. Libre. Moreno. Y bien sudado.

Aunque, viendo cómo va el patio, igual ni con eso basta. Porque vaya veranito llevamos: corruptelas a granel, políticos enajenados que hablan como si gobernaran desde una nave espacial, currículums más falsos que un billete de tres euros, y ministros que confunden el Consejo de Ministros con un mitin de TikTok. Todo aliñado con calor, propaganda y ese tufillo constante a que nos toman por gilipollas. Así que mira, puestos a elegir entre el apocalipsis climático y el institucional… que venga el meteorito. ¡Hombre, ya!

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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