Yo me crié —como muchos de mi generación— con la absurda idea de que la política consistía en gestionar lo común. Qué gilipollez, ¿verdad? Qué reliquia de otro siglo. Ahora la política es otra cosa: un negocio de trincheras emocionales, una tómbola de agravios y un circo de gladiadores donde nadie escucha y todos gritan.
No se trata ya de discutir ideas, sino de exhibir lealtades. De ondear banderas como si fueran escapularios. De señalar al enemigo, de agitar el espantajo, de pertenecer. Y de odiar, claro. Porque el odio —esa gasolina vieja que nunca escasea— se ha convertido en el único lenguaje compartido entre quienes se reparten este teatro grotesco que todavía llamamos democracia.
Dividir no es un tropiezo del sistema: es manual de instrucciones
No nos engañemos. Este clima no es fruto del caos, ni del azar, ni de una deriva descontrolada. Es una construcción deliberada. Un método. Una forma rentable de ejercer el poder sin dar explicaciones. Una manera eficaz de gobernar sin negociar. Y muy especialmente, sin pensar.
La consigna es simple y milenaria: divide y vencerás. Ya lo sabían los bizantinos, que se entretenían tanto en discutir la naturaleza de Cristo mientras los otomanos golpeaban las puertas, como en dividir a los suyos para que no se aliaran contra el emperador de turno. Si tienes al pueblo peleándose por símbolos, pronombres o banderas, nunca se unirá para preguntarte por qué su sueldo no da ni para llenar el depósito o pagar el dentista.
Polarizar es una forma rentable de ejercer el poder sin dar explicaciones
Así que se trazan dos campos. Uno contra otro. Los guardianes de la moral y los réprobos. Los puros y los vendidos. Los redentores de la patria y los enterradores del futuro. Con estos términos se construye no ya una discusión, sino una religión laica con sus fieles, sus inquisidores y sus hogueras digitales.
No estamos ante un fallo del sistema: estamos ante una versión optimizada de su mecanismo. Si antes se requería un discurso más o menos elaborado para ganarse el voto, hoy basta con encender el ventilador de mierda. La emoción se impone al argumento, el símbolo al dato, el odio al matiz.
La lógica tribal: pensar ya no renta
Y claro, esto funciona como un reloj. Porque nos encanta pertenecer a algo. Una camiseta de fútbol, una peña de fiestas, una ideología. Lo que sea. Lo importante es sentir que estamos dentro, que no estamos solos, que hay otros que gritan lo mismo que nosotros. Aunque sea una barbaridad. Especialmente si lo es.
Por eso quien se atreve a pensar en voz alta y por libre se convierte en sospechoso. El que se sale del rebaño es marcado con la cicatriz del traidor. Y no hace falta mucho: basta con cuestionar un eslogan, levantar una ceja ante una consigna, o preguntar si no estaremos todos un poco locos.
Lo que era debate se ha transformado en rito tribal. Ya no hay argumentos. Hay liturgias. Repetir mantras es el nuevo pensamiento crítico. Aplaudir es el nuevo razonar. Se ha impuesto la política como fe, y cualquier duda es considerada apostasía.
En este contexto, cualquier crítica interna se convierte en delito de lesa identidad. Y entonces uno se encuentra con partidos que se purgan como si fueran cultos religiosos, con líderes que actúan como chamanes y con votantes que obedecen como cruzados. No se razona: se milita.
La fábrica del agravio
Lo más rentable para alimentar esta fiesta de la indignación es fabricar agravios. No importa si son reales, exagerados o directamente inventados. Lo importante es que funcionen. Que despierten tripas, no cerebros.
Se necesitan enemigos permanentes, amenazas constantes, alertas sin descanso. Si no los hay, se inventan. Si no bastan, se exageran. Si caducan, se reciclan. Y el pueblo, como ganado obediente, los mastica con furia y los rumia hasta el vómito.
Se necesitan enemigos permanentes, amenazas constantes, alertas sin descanso. Si no los hay, se inventan
Si una asociación de vecinos organiza un acto cultural con autores de izquierdas, se les acusa de adoctrinar. Si una concejala propone mejorar los comedores escolares, se le acusa de querer prohibir la tortilla. Da igual. Lo importante es soltar la carnaza al pueblo. Y que la masa ruja. Y que vote.
Porque si uno consigue que la gente esté ocupada peleándose por cuestiones simbólicas, nadie estará preguntando por qué en un hospital hay que esperar cinco meses para que te hagan una resonancia —o tres meses para tener un informe de un TAC—. O por qué los sueldos no suben aunque el IPC se dispare. O por qué tenemos ministerios que gastan en retórica lo que deberían gastar en ayuda real.
El algoritmo como inquisidor
El campo de batalla ya no está en el Parlamento. Está en el móvil. En las redes. En la caverna digital donde el algoritmo reina como un dios ciego pero eficiente. No premia la verdad, premia la rabia. No busca informar, busca retener. Y para eso, nada como un buen conflicto.
Tú no lees, tú escroleas. No piensas, reaccionas. No buscas entender, buscas reafirmarte. El algoritmo te da exactamente lo que ya piensas, amplificado y adobado. Si eres de un bando, sólo verás atrocidades del otro. Si eres del otro, sólo verás las barbaridades de los primeros. Y así, en bucle.
Y encima, contento. Convencido de que estás informado. De que eres libre. De que eres crítico. Cuando en realidad estás tan manipulado como un títere en manos de un ventrílocuo sin rostro.
Los medios, por su parte, han hecho sus deberes. Donde antes había análisis, ahora hay provocación. Donde antes había contraste, ahora hay titulares con gasolina. Y donde antes había periodismo, ahora hay activismo con nómina.
Los exiliados del matiz
Y nosotros —los que no gritamos, los que dudamos, los que no tragamos con ruedas de molino aunque las adornen con banderas o pancartas— nos vamos quedando solos. Sin partido. Sin líder. Sin trinchera. Sin esperanza.
Exiliados en nuestra propia tierra. Apátridas ideológicos. Proscritos del matiz. Gente sin parroquia, sin consigna, sin fe. Que asiste al espectáculo con una mezcla de indignación, tristeza y ese desprecio frío que uno reserva para los farsantes y los cobardes.
Bueno… no del todo sin trinchera. Uno, al menos, aún conserva la suya. Modesta, solitaria, polvorienta, pero propia. Me refiero a este blog. Ese espacio levantado a mano, con horas robadas al sueño y al desaliento, donde digo lo que me sale del ciruelo —así, con todas las letras— sobre lo que me importa, me cabrea o simplemente me llama la atención.
Una trinchera pequeña, sí. Pero firme. Desde la que disparo palabras, no para convencer a nadie, sino para no volverme loco. Una barricada hecha de teclas, memoria y dignidad. Un sitio donde aún puedo hablar sin que me griten, dudar sin que me expulsen y pensar sin que me crucifiquen.
Quizá por eso me lo tumbaron hace unos años. Por insolente. Por incómodo. Por no aplaudir a los jefes de ninguna cuerda ni comer pienso ideológico a cucharadas. Pero aquí sigue, vivo y coleando, con más cicatrices que visitas, quizá, pero con la cabeza alta. Como un veterano de guerra que ya no espera medallas, pero sigue afilando la bayoneta por si acaso.
Porque mientras haya un rincón donde poder escribir sin pedir permiso, mientras exista un resquicio de libertad en esta jaula de trincheras digitales, no todo estará perdido. Y yo, al menos, seguiré ahí. Desde mi esquina. Con la mala leche intacta. Y las ideas claras. Aunque sean pocas.
El ocaso del pacto
Lo que se resquebraja, al final, no es la política. Es la democracia. Pero no con cañones ni alzamientos, sino con algo mucho más sutil: la imposibilidad de aceptar la derrota. Y sin eso, no hay democracia que aguante.
Ya no existen acuerdos entre diferentes. Solo lealtades sin fisuras dentro del rebaño. Nadie acepta perder. Nadie reconoce que el otro puede tener razón. Nadie se baja del burro, ni aunque el burro esté muerto.
Todo se convierte en relato. Y en esa selva de relatos, ya no hay verdad que valga. Sólo versiones. Sólo épicas infladas y odios reciclados. Y con eso se construye una democracia decorativa. De escaparate. De cartón piedra.
Lo que se resquebraja, al final, no es la política. Es la democracia
Los que mandan lo saben. Y se aprovechan. Porque mientras nos peleamos por gilipolleces, ellos siguen a lo suyo: blindados, opacos, inmutables. Inmunes al ruido. Cómodos en el fango.
Pero lo que no entienden es que las tensiones que no se resuelven, revientan. Que las sociedades polarizadas no se reforman: se pudren. Y que cuando se pudren, todo el mundo pierde. Incluso ellos.
España, esa trinchera permanente
Todo esto, además, ocurre en España. Y eso, créame usted, tiene su peso. Porque España, por más que la hayan disfrazado de nación moderna con eslóganes en inglés, sigue siendo lo que ha sido siempre: un país cainita, barroco, teatral y dado a las guerras civiles, con o sin tiros.
Aquí la moderación es sospechosa, el acuerdo es cobardía y el sentido común es traición. Aquí lo que cotiza es el aspaviento, el gesto altivo, la frase definitiva. Aquí se prefiere tener razón a convivir. Y mientras tanto, seguimos llamándonos paisanos con la misma ternura con la que uno le da un abrazo a quien sabe que lo apuñalará en la próxima esquina.
España no necesita enemigos exteriores. Se basta sola para devorarse desde dentro. Con saña, con arte, con pasión. Pero sin memoria. Porque lo más español que existe no es el vino, ni la paella, ni el flamenco: es repetir los errores de ayer con el mismo entusiasmo de siempre.
Última línea del frente
Quizá sea tarde. Quizá hemos desaprendido a escucharnos. Quizá el sentido común ya no cotiza. Quizá esta época esté condenada a ser recordada como la del griterío inútil, la de los hashtags en vez de los argumentos.
Pero yo, mientras me queden fuerzas y teclas, seguiré escribiendo desde mi trinchera. Con el fusil de la palabra en ristre y el casco lleno de dudas. Mirando este lodazal con media sonrisa torcida y pensando: no todos tragamos. No todos olvidamos. No todos elegimos gritar.
Y si algún día alguien pregunta qué pasó, que se sepa que hubo quienes aún pensaban que disentir no era traicionar.




















Porque mientras haya un rincón donde poder escribir sin pedir permiso, mientras exista un resquicio de libertad en esta jaula de trincheras digitales, no todo estará perdido. Y yo, al menos, seguiré ahí. Desde mi esquina. Con la mala leche intacta. Y las ideas claras. Aunque sean pocas. Tú si que sabes, y yo te leeré, porque me gusta tu forma de dilucidar.
Gracias, Yolanda. Uno escribe como puede, desde la esquina que le queda, entre cicatrices y teclas desgastadas, por no rendirse del todo a esta verbena de idioteces en la que han convertido lo público. Que tú lo leas, y encima digas que dilucido algo, ya es más de lo que esperaba. Aquí seguiremos, con la mala leche templada y el dedo en el gatillo del teclado. Un abrazo desde la trinchera.