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De concejal a ministro: el infalible Principio de Peter

En cualquier jerarquía, del despacho de una multinacional al ayuntamiento de tu pueblo, existe una ley tan implacable como la gravedad: tarde o temprano, cada cual asciende hasta alcanzar el puesto donde deja de saber qué demonios hacer. Y una vez ahí, se aferra al sillón con uñas, dientes y grapadora, mientras el resto rezamos para que no toque nada importante.

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Mire usted, el Principio de Peter es tan sencillo como cruel: si alguien hace bien su trabajo, lo ascienden. Si vuelve a hacerlo bien, lo ascienden otra vez. Y así, peldaño a peldaño, hasta que llega a un puesto donde las exigencias le superan, el traje le queda grande y empieza a sudar tinta china para fingir que controla. Es el instante en que alcanza su nivel de incompetencia, ese punto en que sus habilidades ya no sirven y, sin embargo, no hay marcha atrás. Ahí se queda, bloqueando el paso como un camión atravesado en una carretera de montaña.

Y lo peor no es que se arruine él solo: es que, de paso, destroza la eficacia de todo lo que cuelga de su mando. El mejor vendedor deja de vender y pasa a dar charlas inútiles sobre motivación; el informático brillante abandona el teclado para ahogarse en reuniones absurdas; el periodista con olfato cuelga la libreta para redactar informes que nadie lee. La organización pierde a un maestro en su terreno y gana un mediocre en la cúpula. Doble pérdida.

Pero si hay un ecosistema donde el Principio de Peter no es teoría, sino deporte nacional, ése es la política española. Aquí hemos perfeccionado la alquimia de transformar a un concejal anodino en ministro de un día para otro. El tipo que hasta ayer decidía el color de los bancos del parque o si poner dos farolas más en la rotonda de la entrada del pueblo, de repente se encuentra negociando tratados internacionales o diseñando una reforma fiscal. ¿Resultado? Un individuo que se orientaba en su barrio gracias a la churrería de la esquina, ahora intentando cuadrar presupuestos de miles de millones como si estuviera organizando la verbena de San Roque. Y claro, el país acaba con la misma seriedad y precisión que un concurso de paellas en fiestas. En España, para que se haga una idea, nace un niño sin cabeza, le cascamos un adoquín y lo hacemos ministro de Transportes o algo parecido.

El tipo que hasta ayer decidía el color de los bancos del parque, de repente se encuentra negociando tratados internacionales

No falla: al concejal eficiente en barrer su calle le ascienden por lealtad, porque se arrima al árbol correcto o porque es el único que quedaba vivo en el partido. Y así llegamos a ministros que no han gestionado en su vida un negocio, que confunden una empresa con un boletín oficial y que toman decisiones que afectan a millones de personas con la misma ligereza con la que antes aprobaban el presupuesto de las fiestas patronales. El salto es tan desproporcionado que si lo hiciera un albañil, sería como pasar de levantar un muro en el corral a dirigir la construcción del Puente de Øresund sin saber nadar ni hablar danés.

En todos los casos, el ascenso se concede por lo que uno hizo antes, no por lo que podrá hacer después, como si ser buen piloto de motos te convirtiera en un excelente capitán de barco. Y así nos va. La ciencia lo ha confirmado: un estudio con más de cincuenta mil empleados de ventas en Estados Unidos demostró que los mejores vendedores eran los más ascendidos… y los peores gerentes. No es chiste: es matemática pura de la torpeza. Y en la política, ni siquiera hace falta haber sido el mejor vendedor. Basta con ser el más dócil, el que nunca hace sombra al jefe y siempre aplaude a tiempo.

Y no se crea que esto se arregla fácil. Bastaría con no promover al mejor en su puesto, sino al más preparado para el siguiente. Pero eso requiere jefes con visión y empleados con humildad, dos especies en peligro de extinción. Mientras tanto, la peste se expande: cada escalón superior se llena de gente incapaz, y como nadie quiere incomodar, todos se acomodan en esa mediocridad tranquila donde nadie destaca demasiado para no poner nervioso al de arriba.

En política, el que asoma la cabeza es machacado, y el que sobrevive es un artista en no hacer nada que moleste

A veces, además, el Principio de Peter se casa con el síndrome de Procusto: jefes mediocres que cortan las alas a quien sobresale para que no les haga sombra. Resultado: el talento huye o se marchita, y la estructura se convierte en un mausoleo de ineptos sonrientes. En política, esto es rutina: el que asoma la cabeza es machacado, y el que sobrevive es un artista en no hacer nada que moleste, salvo al ciudadano que paga la fiesta.

Si quiere librarse de esta maldición, solo hay tres caminos: formarse sin descanso para que el nuevo puesto no le pille en bragas, decir que no a un ascenso cuando sabe que no está listo, o especializarse en lo que hace bien y resistir la tentación de convertirse en un jefe desastroso. Porque, créame, hay gloria en seguir siendo el mejor cirujano, mecánico o profesor, y no en acabar como un gestor gris que ni opera, ni repara, ni enseña.

El Principio de Peter es una advertencia grabada a fuego en la piel de cualquiera que haya trabajado en serio: subir es bueno… hasta que dejas de saber a dónde vas. Y si no me cree, eche un vistazo al Congreso: ese resort de alto standing pagado con dinero público, donde los incompetentes se reproducen en cautividad como hámsteres con dieta de langostinos. Mire a la bancada, observe sus caritas de suficiencia, sus trajes planchados y sus móviles de última generación comprados con la tarjeta institucional. Cuente cuántos ejemplares de manual del Principio de Peter ve en un solo plano, escuche cómo aplauden como focas cada vez que su jefe levanta una ceja, y luego pregúntese, muy en serio, si de verdad quiere acabar ahí dentro, cobrando dieta y kilometraje para ir del sofá de su casa al sillón del escaño sin dar un palo al agua, más allá de pulsar un botón cuando toca.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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