Lo de este país ya no es un drama: es una tragicomedia escrita por pirómanos y representada por políticos. Catorce incendios mayores devoran España al mismo tiempo, 157.000 hectáreas arrasadas, siete muertos, miles de evacuados, carreteras cortadas, trenes suspendidos, paisajes enteros convertidos en cementerio de árboles. Galicia se lleva la palma, con 50.000 hectáreas calcinadas como si fueran papel de fumar; en Extremadura, pueblos enteros desalojados; en Castilla y León, más de 3.000 almas con lo puesto y el AVE a Galicia parado. Y mientras todo esto pasa, el Gobierno pone la misma cara que usted y yo cuando nos preguntan por trigonometría: cara de no tener ni puta idea.

Pagamos impuestos confiscatorios, históricos, desorbitados. Nos sangran en la nómina, en la gasolina, en la luz, en los ahorros. Récord de recaudación. ¿Y a cambio qué recibimos? Trenes que no llegan y te dejan tirado en mitad del campo como a un perro abandonado; consultorios médicos vacíos mientras las listas de espera revientan de pacientes; una deuda desbocada que nos sangra cada día, devorando miles de millones en intereses como un buitre sobre un cadáver; y una pobreza que huele a rancho aguado y pan duro, a miseria de posguerra, a país arruinado por inútiles con coche oficial. Aquí lo único que funciona bien es la coartada: Son competencias autonómicas. Así se quita Sánchez el desastre de encima mientras el país se quema como una tea.

Y ojo, que tampoco las autonomías y los ayuntamientos están para dar lecciones. Porque si en Moncloa son maestros del escaqueo, en las comunidades son campeones del paripé. Cada consejero de medio ambiente va a lo suyo: mucho anuncio, mucho helicóptero para la foto, pero en invierno los montes siguen abandonados, sucios, convertidos en mechas esperando la chispa. Las diputaciones se reparten presupuestos como cromos y los alcaldes, salvo honrosas excepciones, se limitan a inaugurar rotondas mientras la maleza invade parques y jardines. Al final, siempre lo mismo: cuando arde el campo, son los vecinos los que cogen cubos, palas y tractores para plantarle cara al fuego. “Sólo el pueblo salva al pueblo”. Acojonante. Y vergonzoso.

El verdadero incendio de España no es el del monte: es el de sus instituciones, podridas hasta la raíz

Los factores, dicen, son múltiples. Y tienen razón, aunque se callan los más incómodos. El primero, los pirómanos hijos de la gran puta. A esos los quiero ver con un azadón en la mano, limpiando monte hasta que revienten, no en cárceles con piscina, biblioteca y buen rollito. El segundo, el comodín de siempre: el cambio climático. Esa baraja mágica con la que se explica todo: que hace calor, cambio climático; que hay sequía, cambio climático; que te deja tu novia, cambio climático. Luego está la «política ambiental» hecha desde despachos con moqueta, por tipos —y tipas— que nunca han pisado campo ni saben distinguir un alcornoque de una farola. Y, claro, la falta de medios. Porque dinero, lo que se dice dinero, no hay. Se nos va en putas, coca, mariscadas, asesores inútiles, ministerios y concejalías para enchufar cuñaos.

España tiene un Gobierno de saldo: reluciente en catálogo, defectuoso en la práctica; uno de esos muebles que compras barato —en el caso del Gobierno, caro, carísimo— y se tambalea antes de estrenarlo. Lo vimos con la DANA, lo vimos con el volcán de La Palma, lo vemos ahora con los incendios. La Moncloa es un decorado: una fachada con la que justificar sueldos, coches oficiales y un ejército de palmeros. Para gestionar emergencias, ya tenemos a los paisanos.

Mientras tanto, el país sobrevive a pesar de ellos, no gracias a ellos. Los médicos, los maestros, los agricultores, los transportistas, los autónomos, los bomberos y los brigadistas forestales son quienes tiran del carro. Y aquí sí quiero detenerme. Porque mientras Sánchez y sus ministros reparten excusas desde el aire acondicionado, los bomberos forestales y brigadistas se están dejando la piel —y a veces la vida— en los frentes de fuego. Hombres y mujeres que trabajan a pecho descubierto, que caminan en primera línea entre llamas de veinte metros, que sudan barro y ceniza con turnos interminables, jugándose el pellejo por salvar una casa, un bosque, un pueblo. Junto a ellos, los paisanos, con cubos, con palas, con tractores. Lo que tengan a mano. El músculo del país real, que hasta su vida da.

Aquí me gustaría ver a Sánchez, con toda su corte de ministros y ministras, y a los presidentes autonómicos de turno, arremangados, llenándose los pulmones de humo y dando paletadas al fuego. Aunque solo fuera un minuto, aunque se les chamuscara un poco la manicura, para que supieran de qué coño va esto. Pero no: ellos están para el Falcon, para la foto, para la consigna. No para embarrarse los zapatos.

Lo jodido es que nos hemos acostumbrado. A vivir sin trenes que lleguen a tiempo, sin presupuestos, sin políticos que respondan. A vivir en un país donde los fuegos los apagan los vecinos y los discursos los apagan con un «no es mi competencia». Hemos normalizado el desastre. Y lo peor: nos lo cobran a precio de oro.

Al final, uno se pregunta para qué demonios necesitamos un Gobierno que ni gobierna ni protege, que solo aparece para expoliar. Tal vez la respuesta sea la más cruda y la más realista: ellos nos necesitan a nosotros, no al revés. Para pagarles los sueldos, para mantener sus chiringuitos, para que sus asesores sigan calentando sillones. Nosotros ya no necesitamos más excusas, ni más promesas, ni más banderas agitadas desde un atril. Lo único que necesitamos es que nos dejen en paz.

Y quizá ahí está la ironía más brutal: en que, a pesar de ellos, este país sigue en pie. Sólo el pueblo salva al pueblo, lo demás es humo y ceniza. Y cuando uno se da cuenta de eso, de que todo lo demás sobra, de que lo único que funciona es lo que hacemos entre todos a pulso y con los dientes apretados, entonces entiende que el verdadero incendio de España no es el del monte: es el de sus instituciones, podridas hasta la raíz.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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