Este verano infernal, que convierte las calles en un horno y hace que hasta los gorriones se refugien bajo las cornisas buscando un respiro, me descubrí leyendo el Edelman Trust Barometer 2025. Y sí, lo sé: no es precisamente lectura para acompañar una cerveza helada ni para sustituir un cómic de esos que uno rescata con la excusa de la nostalgia. Pero uno, que nunca supo quedarse quieto, a veces prefiere flagelarse con estadísticas antes que entregarse al sopor. Y créanme: si el calor ya era insufrible, el informe terminó por añadirle el hedor a chamusquina de un país que no confía en nadie.

Porque el maldito documento, redactado con la frialdad de un forense, retrata a España como lo que es: el campeón mundial del descontento. Ni Italia con su caótico carnaval político, ni Francia con sus eternas barricadas, ni los Estados Unidos con sus guerras culturales pueden presumir de tanto malestar como nosotros. Según Edelman, España encabeza el ranking de países donde la gente cree que el sistema les perjudica, donde más se repite la idea de que “lo que te beneficia a ti me perjudica a mí” y donde la cohesión social se deshace como un terrón de azúcar en café hirviendo.

Según Edelman, España encabeza el ranking de países donde la gente cree que el sistema les perjudica

Los números hablan por sí solos: la confianza media en nuestras instituciones ha caído a 44 puntos, dos menos que en 2024. Estamos en la cola del pelotón global, a la altura de Reino Unido, Alemania o Japón, lo cual ya es un consuelo envenenado. Pero lo que nos distingue no es solo la nota baja: es la intensidad del cabreo. Siete de cada diez españoles confiesan sentirse descontentos con el sistema. Dicho sin anestesia: la mayoría cree que el gobierno y las empresas juegan una partida amañada que solo beneficia a unos pocos, mientras el resto miramos desde la grada cómo nos despluman.

El primer mazazo es la desesperanza. Apenas un 22% cree que la próxima generación vivirá mejor. Este país, que durante décadas vivió con la convicción de que los hijos ascenderían un peldaño más en la escalera social, hoy está convencido de que bajarán al sótano. Esa idea que sostuvo a tantas familias —sacrificarse para que los hijos progresen— se ha evaporado. Y uno se pregunta: si ni siquiera creemos en el futuro de nuestros hijos, ¿qué demonios nos queda?

El segundo mazazo es la brecha social. Los datos son tozudos: la confianza en las instituciones es once puntos más alta entre los ricos que entre los pobres. 50 frente a 39. Es la radiografía de un país partido en dos: los de arriba, que todavía creen que el sistema funciona, y los de abajo, convencidos de que la baraja está marcada. Y cuando un país llega a esa fractura, no queda ni la ilusión de que jugando limpio se puede ganar.

El tercer mazazo es la certeza de que nuestros líderes mienten. El informe lo dice claro: ocho de cada diez españoles creen que los políticos engañan deliberadamente. Que lo hacen a conciencia, con premeditación y alevosía. Y no solo ellos: el 78% piensa lo mismo de los líderes empresariales y el 69% de los periodistas. Es decir, hemos llegado a un punto en que la mayoría asume que todo lo que digan los que mandan —sean políticos, empresarios o medios— es mentira. Y lo más preocupante no es la cifra, sino la reacción de cualquiera al leerla: asentir con resignación.

El cuarto mazazo es el lodazal informativo. Un 70% teme no saber distinguir si una noticia viene de un medio creíble o de un artista del engaño. Hemos llegado a ese territorio pantanoso en el que todo huele a manipulación, en el que cada titular es sospechoso. Y sin información fiable no hay democracia que aguante, porque sin confianza en las palabras no queda espacio para el debate ni para la verdad compartida.

La guinda del pastel es el miedo a la discriminación. Siete de cada diez españoles creen que pueden ser víctimas de prejuicios o racismo, quince puntos más que el año pasado. Y lo sorprendente es que el salto más grande lo dan los ricos: +19 puntos en un solo año. En otras palabras, en este país ya nadie se siente a salvo de la sospecha, ni siquiera los que mandan.

Así las cosas, España se ha convertido en el campeón del agravio. El 66% cree que los ricos no pagan los impuestos que deberían y el 61% asegura que su egoísmo es la raíz de muchos problemas colectivos. Lo que se ha instalado es una mentalidad de suma cero: si tú ganas, yo pierdo. Si a ti te va bien, es porque a mí me has quitado algo. Con esa percepción, hablar de cohesión social es un chiste de mal gusto.

España aparece como una sociedad descreída, crispada, convencida de que los ricos se aprovechan, aterrada ante la manipulación informativa y resignada a que sus hijos vivan peor

Pero quizá lo más inquietante del informe es lo que dice sobre los jóvenes. Casi siete de cada diez entre 18 y 34 años creen legítimo el activismo hostil para provocar cambios. Y que quede claro: no hablamos de pancartas ni de huelgas, sino de atacar a personas online, difundir bulos, amenazar, recurrir a la violencia o destrozar propiedades. Lo que antes se llamaba vandalismo, hoy empieza a percibirse como una forma de justicia. Y cuando un país educa a sus jóvenes en la idea de que la violencia es aceptable para corregir injusticias, lo que siembra son tempestades.

La radiografía institucional tampoco deja resquicio para el optimismo. Las empresas mantienen el nivel más alto de confianza, con un 53%, aunque caen tres puntos respecto al año anterior. Son, además, las únicas vistas como competentes y éticas a la vez, lo cual, en un solar como este, equivale a decir que todavía queda una casa en pie tras el bombardeo. Las ONG se quedan en un 52%, los medios de comunicación en un mísero 40% y el gobierno se desploma hasta el 33%. Incluso la figura de “mi empleador”, ese refugio psicológico que siempre daba cierta seguridad, sufre un descalabro: 67%, seis puntos menos que en 2024.

Lo paradójico es que, mientras la confianza en las instituciones se hunde, algunos sectores empresariales suben. El sector de la salud encabeza con 77 puntos, seguido por alimentación y bebidas, hostelería y tecnología, todos con 74. Incluso la industria pega un salto de once puntos. La explicación es sencilla: la gente confía en quienes le solucionan problemas inmediatos —el médico, la comida, la cama de hotel, la aplicación tecnológica—, no en quienes prometen resolverlos desde un atril.

Y aún más paradójico resulta que, pese al descontento, las expectativas hacia las empresas siguen siendo altas. Nueve de cada diez españoles esperan que ofrezcan empleos dignos y formación para el futuro. También que se mojen frente al coste de la vida, la discriminación, la desinformación y el cambio climático. A los CEO se les tolera el discurso moral si viene acompañado de hechos. Menos sermones y más arreglar goteras: eso es lo que la gente pide.

Los políticos, por su parte, reciben el mandato obvio: mejorar la vida de la gente y escuchar lo que necesitan “personas como yo”. Algo tan elemental que, leído en el informe, parece ciencia ficción. Y a los medios se les lanza un ruego casi desesperado: dejar de obedecer a audiencias e ideologías y recuperar la misión de informar.

Todo esto configura un paisaje desolador: España aparece en el Trust Barometer como una sociedad descreída, crispada, convencida de que los ricos se aprovechan, aterrada ante la manipulación informativa y resignada a que sus hijos vivan peor. Y sí, se puede argumentar que los españoles siempre fuimos dados a la queja, que la autocrítica forma parte de nuestra identidad. Pero cuando siete de cada diez ciudadanos se declaran descontentos y la confianza se evapora, ya no hablamos de folclore nacional: hablamos de un seísmo social.

Lo peor de todo es la sensación de vacío. Ni políticos, ni periodistas, ni empresarios parecen dispuestos ni capacitados para frenar la hemorragia. El ciudadano, atrapado en medio, se refugia en la sospecha, convencido de que está solo frente a un sistema que no le representa. Es el retrato de un país en carne viva, donde cada dato estadístico confirma lo que cualquiera percibe en la calle: que caminamos sin brújula y que cada verano abrasador, cada factura inflada, cada mentira descarada nos hunde un poco más en la certeza de que estamos solos.

Y así, entre el calor que derrite las aceras y la lectura de un informe que hiela la sangre, uno pasa las tardes de este verano de 2025. Entre un cómic, una partida en un viejo arcade y dos libros que ya les contaré, me descubro mascullando lo que el Barómetro no se atreve a decir en voz alta: que España no solo ha perdido la confianza, sino también la esperanza. Y eso, en un país donde hasta hace poco se creía que los hijos vivirían mejor, es una condena más dura que cualquier ola de calor.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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