Nació en Pasajes de San Pedro, en la áspera costa guipuzcoana, allí donde el Cantábrico golpea con furia y templa a sus hijos en sal y hierro. La partida de bautismo no consigna la fecha con certeza, pero la memoria común quiso fijarla en el día de San Blas, tres de febrero de 1689, como si el destino hubiese decidido bautizarlo ya con nombre de santo y de guerra. El aire de aquel puerto salado, azotado por el oleaje interminable, estaba hecho de redes curtidas, brea pegajosa y juramentos roncos de marineros. Allí vino al mundo un niño que pronto conocería, como pocos, el precio de la guerra y de la gloria. Su padre, piloto de la Carrera de Indias, le transmitió la pasión por las rutas oceánicas; de su madre heredó la dureza de quien sabe que en la vida hay que aguantar el temporal sin doblar nunca la frente. Desde muy pequeño, sus padres lo enviaron a Francia para que se educara con disciplina extranjera y aprendiera la ciencia de la navegación. Allí, en aulas severas y en puertos que olían a pólvora y vino barato, adquirió las primeras nociones de cálculo y de mareas, de sextantes y velámenes, de la aritmética necesaria para gobernar un navío y del temple preciso para no perderse en la inmensidad. Fue, en realidad, un aprendizaje duro y temprano: entender que el mar no concede segundas oportunidades.
A los veinticinco años ya era cojo, tuerto y manco. Medio hombre, lo llamaban con una mezcla de asombro y devoción
Ese muchacho, que en los muelles de Pasajes había aprendido a escuchar con hambre las historias de lobos de mar desdentados que regresaban de América, se forjaba también en Francia en la escuela del rigor y de la guerra. Pronto, con apenas quince años, se embarcó como guardiamarina en la escuadra de Felipe V, y lo hizo al servicio de una flota que no era del todo española ni del todo extranjera, sino esa amalgama de hierro y pólvora nacida de la alianza con Francia en la Guerra de Sucesión. Allí pasaría once años de su vida, largos como una condena, bajo pabellones que unían coronas y dinastías, entre órdenes dadas en francés y pólvora disparada en castellano. Fueron años de campañas, tormentas y disciplina férrea, de combates sin gloria en mares lejanos y de victorias que no siempre entraban en los partes oficiales. A los doce ya tenía alma de marino; a los quince, cuerpo de soldado. Y lo que para cualquier otro habría sido un comienzo prometedor, para él fue la primera carnicería, la prueba sangrienta de que el mar, como la vida, solo perdona a los fuertes.
En Vélez-Málaga, 1704, un cañonazo le destrozó la pierna. Le amputaron en cubierta, sin anestesia, a mordiscos de cuero y cuchillo de cirujano. Cualquiera se habría resignado a la invalidez. Él se calzó una pierna de palo y exigió seguir sirviendo. En Tolón, 1707, un estallido de metralla le voló el ojo izquierdo. Parche negro y a seguir navegando. En Barcelona, 1714, otra explosión le dejó inservible el brazo derecho. A los veinticinco años ya era cojo, tuerto y manco. Medio hombre, lo llamaban con una mezcla de asombro y devoción. Pero era medio hombre capaz de inspirar ejércitos, de imponer respeto con una sola mirada, de humillar a sus enemigos con el temple que ni la metralla le pudo arrancar.

No se retiró a una vida cómoda ni pidió limosnas del Estado. Se dedicó a estudiar como un poseso. Tratados de estrategia, cartas náuticas, meteorología, cartografía. Era un cerebro naval prodigioso, capaz de anticipar vientos y mareas como otros anticipan los movimientos de un tahúr. Como capitán de navío primero y teniente general después, se convirtió en referencia de la Armada. Su carácter era de hierro: duro hasta la crueldad con la negligencia, pero justo y humano con sus hombres. Repartía de su paga si alguno lo necesitaba. Era el primero en subir cojeando a revisar la artillería bajo la lluvia, el último en dormir, el que no permitía lujo ni desidia en cubierta. Se convirtió en mito viviente: no gritaba ni alardeaba, pero cuando hablaba nadie osaba interrumpirlo.
Y así, en 1737, lo enviaron a América con la misión más delicada de su carrera: custodiar las rutas comerciales y defender Cartagena de Indias, la joya fortificada del imperio español en el Caribe. Esa ciudad era la llave del Atlántico suramericano, el puerto que los ingleses codiciaban desde hacía décadas. Y los ingleses, arrogantes como siempre, encontraron la excusa perfecta: la famosa “oreja de Jenkins”, cortada por un guardacostas español a un contrabandista británico y exhibida en Londres como símbolo de agravio. Aquel trozo de carne seca en un frasco fue el pretexto para lanzar la mayor expedición naval que Inglaterra había enviado jamás.
En marzo de 1741 los vigías de Cartagena vieron aparecer en el horizonte un bosque de velas. Era la flota de Edward Vernon, el héroe británico que ya había escrito a Londres anunciando su inminente victoria. Ciento ochenta y seis barcos de guerra. Treinta mil hombres. Regimientos coloniales de Norteamérica, esclavos forzados, artillería de campaña, marines endurecidos. Frente a ellos, Blas de Lezo disponía de apenas tres mil defensores: soldados regulares, artilleros, criollos, milicianos y esclavos liberados. Tres mil contra treinta mil. Y un medio hombre al frente.
El vasco recorrió uno por uno los bastiones de la ciudad: San Luis, San José, Santa Cruz, el Manzanillo y la fortaleza clave, San Felipe de Barajas. Ordenó reparaciones, trasladó cañones, cavó trincheras, levantó estacas y, sobre todo, diseñó la trampa más audaz: hundió barcos viejos en los estrechos de la bahía para impedir la entrada directa de la armada británica. Cartagena entera fue movilizada: herreros fundiendo balas, mujeres acarreando agua, niños llevando pólvora, esclavos liberados para combatir junto a sus antiguos amos. Y en medio de aquel hervidero, Blas de Lezo, cojo, tuerto y manco, se erguía como símbolo viviente de la resistencia. Su sola figura era un discurso.

El primer choque fue en Boca Chica. Vernon bombardeó el fuerte de San Luis durante cinco días. Los defensores resistieron hasta agotar la última bala. Solo cayeron cuando ya no había pólvora. Los ingleses creyeron que habían abierto la puerta del Caribe. No sabían que apenas habían entrado en el laberinto del vasco. El avance terrestre fue un suplicio: manglares que tragaban hombres, malaria que diezmaba regimientos, emboscadas de criollos desde las copas de los árboles, guerrillas de lanceros a caballo, mosquitos que picaban con más saña que las balas. Cada paso hacia Cartagena era un infierno, y Vernon empezó a comprender que aquel enemigo mutilado sabía más de guerra que todos los estrategas de Londres juntos.
La batalla decisiva llegó la noche del 19 de abril de 1741. Vernon lanzó su asalto contra San Felipe de Barajas, convencido de que en pocas horas la fortaleza sería suya. Miles de soldados cargaron con escaleras y pólvora, avanzando en silencio hacia los muros. Pero lo que encontraron fue un castillo convertido en trampa mortal. Lezo había reforzado cada muralla, dispuesto minas ocultas, abierto pasajes secretos y organizado el fuego cruzado con precisión quirúrgica. Cuando los británicos apoyaron sus escaleras, los defensores lanzaron metralla, aceite hirviendo, piedras y fuego. Las escaleras se transformaron en embudos de muerte. El foso se llenó de cadáveres. Una bandera británica llegó a ondear sobre un baluarte, pero Lezo ordenó un contraataque inmediato: una compañía de granaderos tomó la posición al asalto, arrancó la bandera enemiga y la arrojó al vacío. Al amanecer, el campo estaba sembrado de cuerpos y los ingleses huían desorganizados.
El desastre británico fue total. Más de nueve mil bajas, cientos de cañones perdidos, una flota humillada. Vernon, que había escrito cartas anticipando la victoria, tuvo que regresar derrotado a Jamaica. Los tres mil de Lezo habían resistido a treinta mil. Habían defendido el Caribe, habían salvado el imperio. Y todo gracias a un medio hombre. Se cuenta que Vernon, mientras se alejaba gritó: «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga, Lezo!).

Pero el precio fue alto. Blas de Lezo, agotado, con las heridas infectadas, cayó enfermo. Murió el 7 de septiembre de 1741, sin honores, enterrado en lugar incierto. Y lo peor, la ingratitud de su patria. El virrey Sebastián de Eslava, envidioso de su gloria, escribió informes mezquinos que minimizaban su papel y lo acusaban de imprudente. En Madrid, la corte prefirió olvidar. Así murió dos veces: una en Cartagena, otra en la memoria oficial.
España, cainita como siempre, borró de los partes a su mejor marino, mientras Inglaterra ocultaba su derrota. Durante más de un siglo, Blas de Lezo fue apenas un recuerdo en tabernas de marineros y una historia contada en Cartagena de padres a hijos. Ni una estatua, ni un retrato, ni una mención en los manuales. Solo el silencio.
Y sin embargo, los héroes incómodos nunca mueren del todo. En el siglo XX, marinos e historiadores comenzaron a rescatar su nombre. En 1949 la Armada bautizó con su nombre un destructor. Hoy la fragata F103 Blas de Lezo navega orgullosa, llevando su memoria por mares donde su espíritu aún vigila. En 2014, España se sacudió parte de su vergüenza y levantó en la Plaza de Colón de Madrid una estatua en su honor. Allí está, con bastón y uniforme, vigilando a una ciudad que durante siglos lo ignoró. Medio hombre en cuerpo, pero entero en dignidad.
Y no solo eso. Hoy su historia se ha multiplicado. Hay libros que narran su vida, cómics que lo retratan como héroe, revistas que lo rescatan de la penumbra. Se han escrito novelas, se han rodado documentales, su nombre circula por internet convertido en símbolo viral de integridad y resistencia. En Pasajes, su pueblo natal, celebran jornadas en su memoria. En Cartagena de Indias se organizan recreaciones históricas. Su imagen aparece en camisetas, murales y videojuegos. Lo hemos recuperado tarde, como siempre en esta España mezquina que olvida a sus héroes, pero lo hemos recuperado.
Leal servidor de un rey desagradecido
Yo pienso en Blas de Lezo y me hierve la sangre. Porque su vida nos deja una lección incómoda: se puede perder una pierna, un ojo, un brazo… pero nunca el alma. Medio hombre, sí. Pero más entero que todos los cortesanos que lo borraron. Resistió cuando nadie apostaba por él. Humilló al imperio británico cuando parecía imposible. Y lo hizo sin pedir nada, sin alardear, sin esperar agradecimientos. Solo por deber. En un mundo que glorifica la apariencia, Blas de Lezo representa la sustancia. En un país que olvida, él recuerda lo que fuimos capaces de ser. Cojo, tuerto y manco. Medio hombre. Pero gigante eterno.




















Solo comentar una anécdota que a mí me resulta que tiene cierta gracia. Parece ser que los británicos hicieron un concurso para bautizar a uno de sus barcos rompehielos en 2016 y los de «Forocoches», siempre despiertos, empezaron a votar masivamente por el nombre Blas de Lezo, que llegó a estar el primero de los más votados. La causa que se daba para proponerlo: que enseñó a los ingleses a «conocer» el fondo marino.
Desgraciadamente, los ingleses retiraron la candidatura, al considerarlo «ofensivo».
En fin, que el personaje les volvió a pasar la mano por la cara casi trescientos años después.
https://www.abc.es/espana/abci-twitter-royal-navy-elimina-concurso-trolleo-forocoches-sobre-blas-lezo-201603291346_noticia.html
Claro que tuvo su gracia, Doctor. Yo también voté a favor, como buen español que no pierde ocasión de devolverles la jugada. Saltaron más de tres siglos después, como si Blas de Lezo aún les pasara revista desde Cartagena. Y bien merecido lo tienen: que aprendan que hay nombres que, aunque los borren de las listas, siguen hundiéndoles el orgullo.