Yo no conocí a Gálvez en los manuales de escuela. En aquellos catecismos de historia se hablaba de batallas con nombres solemnes y de reyes con peluca, pero el andaluz que doblegó al golfo de huracanes y bayonetas para que naciera Estados Unidos era poco más que una nota a pie de página. Lo descubrí, como se descubren los hombres útiles, en las cicatrices: en un escudo con el lema “Yo solo”; en un parte de guerra que todavía huele a pólvora; en el mapa del Misisipi con tres puntos domados —Baton Rouge, Mobile, Pensacola— como si fueran toros negros que un oficial español lidió sin músicas ni balcones. Y luego, cuando ya había leído suficientes papeles viejos, acabé encontrando su sombra en una avenida de Washington: la estatua ecuestre regalada por España en el Bicentenario, en la que el conde de Gálvez avanza, sombrero en alto, como si aún estuviera atravesando a pecho descubierto una bocana de cañones para dar ejemplo a una flota timorata. Qué caballero. Qué país para olvidarlo.
Nunca me han interesado los héroes de cartón. Me interesan los jefes que escriben con barro en las botas. Gálvez era de esos. Nació en Macharaviaya, en la sierra malagueña, con la geografía justa para aprender pronto que la vida es cuesta arriba; se dejó la piel en fronteras apaches y en el desembarco maldito de Argel; y cuando lo mandaron a Luisiana no se encontró una corte de terciopelos, sino pantanos, contrabandistas británicos, milicias mestizas, canarios recién llegados y criollos que hablaban en francés y desconfiaban en todos los idiomas. Gobernó y combatió a la vez, que es como se gobiernan las provincias en serio. Sostuvo la paz cuando convenía y repartió plomo cuando no había otra. Y, de paso, abrió a los rebeldes de Washington la arteria de un río que abasteció pólvora, fusiles, medicinas y esperanza. A la independencia de América no solo la sostuvieron los discursos: también la sostuvieron hombres capaces de mover fardos río arriba y artillería por ciénagas.
He aprendido a no romantizar la guerra, pero sí a reconocer sus rarezas: a veces un frente se decide por un huracán que hunde barcos; otras, por la cabezonería de un oficial que se empeña en seguir atacando cuando todos dan la vuelta; y otras, por un engaño sencillo como poner a tu milicia a armar ruido al norte de un fuerte británico mientras tus zapadores cavan, invisibles, las trincheras que acercan tus cañones a distancia de mosquete. Gálvez sabía de todas esas cosas. Por eso cayó Fort Bute en Manchac con sorpresa, por eso Baton Rouge firmó su rendición tras un cañoneo breve y preciso, por eso Panmure entregó la llave sin disparar, por eso Mobile capituló pese a los temporales que parecían aliados de Su Majestad Británica. Y por eso, sobre todo por eso, Pensacola —la pieza mayor— se rindió tras sesenta y un días de asedio, una entrada de leyenda por el canal y una explosión que voló un polvorín y las últimas resistencias. Uno lee esas páginas y oye, todavía, el crujir de las estachas y el golpe seco del timón cuando el Galveztown se metió yo solo a pasto de la artillería inglesa mientras los almirantes hacían cuentas con el miedo.
A mí, lo confieso, me subleva una cosa: que hayamos dejado que otros nos cuenten nuestra propia historia o, peor, que la olviden con nosotros. Porque si uno pregunta en cualquier bar de provincias por Lafayette —el francés—, más de uno te devuelve el nombre; si preguntas por Churchill, te saben citar la mitad de sus frases, o casi. Pero si preguntas por el malagueño que cerró el Golfo a los ingleses y sostuvo el segundo frente que alivió la garganta de Washington, lo normal es que alguien cambie de tema, pida otra ronda y pregunte por el partido del domingo. Endemismo español: olvidar al que nos honra. No por maldad; por costumbre. El olvido como liturgia.
En Luisiana, donde el calor se pega como una segunda camisa, Gálvez organizó un ejército que era menos una lista de revista y más un mosaico humano: veteranos de la Corona, milicias criollas, isleños canarios, hombres libres de color, acadienses que habían huido de otras guerras, indios aliados que sabían más del bosque que cien cartógrafos. No era fácil dar una orden y que todos la entendieran; por eso la primera orden fue ganarse el respeto. Y el respeto, en campaña, se mide en la misma moneda desde Aníbal: compartir la fatiga, llegar el primero, abandonar el último. Cuando los huracanes partieron los mástiles en dos expediciones, Gálvez decidió seguir. Cuando la Junta de Guerra le dijo que no, Gálvez dijo que sí. Cuando los marinos plantaron excusas, Gálvez tomó un bergantín, izó su insignia y entró delante. Hay oficiales que mandan por jerarquía y otros que mandan por contagio: los segundos son los que de verdad hacen historia.
Ahora bien: si usted quiere saber cuánto vale un español, pregunte fuera de España. En Washington, el retrato de Gálvez —el de Carlos Monserrate Carreño, copia de un original dieciochesco— cuelga en el Capitolio desde 2014, cumpliendo al fin una promesa que el Congreso había formulado en 1783. Tardaron dos siglos y pico en colgarlo (en eso, también, se nos parecen), pero lo colgaron. Y allí está, como recordatorio de que el Misisipi y el Golfo se ganaron a golpe de marina española y logística pertinaz. Lo dice el propio blog de la Biblioteca del Congreso: el cuadro se exhibe en la colina donde residen los poderes; memoria de un aliado que no pidió nada a cambio salvo respeto.
Ese mismo año, por si el marco no bastaba, llegó la condecoración que los estadounidenses reservan a pocos: el título de ciudadano honorario. No es una cortesía de sobremesa: es una distinción rarísima —apenas concedida en contadísimas ocasiones— y fue otorgada por ley del 113º Congreso, promulgada el 16 de diciembre de 2014. Allí, negro sobre blanco, se reconoce a Bernardo de Gálvez y Madrid, vizconde de Galveston y conde de Gálvez, como “héroe de la Guerra de Independencia” por su contribución logística y militar. A mí me parece hermoso que una república haga justicia a un aliado monárquico; y me parece, también, una bofetada educada a nuestra desmemoria.
Hablo del Capitolio y su retrato, pero podría hablar de la calle. En Washington, el jinete de bronce asoma en Virginia Avenue, donado por España con motivo del Bicentenario y hoy bajo la órbita del National Park Service. No es un monumento menor: es la presencia permanente de un español entre los “libertadores” que recuerdan la independencia del vecino. Pase por allí una tarde cualquiera y comprobará que los turistas se hacen fotos sin saber muy bien con quién; y, sin embargo, la figura impone. Es la clase de estatua que te hace enderezar la espalda.
Y si uno baja al litoral del Golfo, el rastro se vuelve mapa. Galveston, Texas, lleva su apellido —no porque él pisara la isla, que no la pisó, sino porque desde su despacho ordenó el primer reconocimiento de aquella costa y el cartógrafo José de Evía bautizó bahía e isla en su honor—. Hoy lo explica, con la naturalidad de quien presume de padre, la propia oficina de turismo de la ciudad: nos llamamos así por Bernardo de Gálvez. A mí me gusta cruzar ese detalle con otra ironía más: en 1911, junto al malecón, levantaron un hotel que también lleva su nombre. El mar, que es viejo, guarda estas fidelidades.
No acaba ahí el inventario. En Luisiana, la St. Bernard Parish —la parroquia de San Bernardo— tiene una historia con doble fondo: el santo que figura en el papel sirve, de facto, para nombrar al gobernador español a quien los colonos quisieron honrar sin provocar un síncope al registrador anglófono. La toponimia es una forma de gratitud con disfraz de catecismo.
Y luego está Pensacola. Allí, donde Gálvez le ganó la partida a la mayor guarnición británica de Florida occidental, levantaron hace unos años un monumento ecuestre orientado hacia el viejo Fuerte George. Cada 8 de mayo, “Día de Gálvez”, desfilan sociedades patrióticas, se pronuncian discursos, suena alguna marcha y el bronce vuelve a galopar en la memoria. Suele ocurrir en los lugares con memoria marinera: no olvidan a quien les aseguró el puerto.
También en 2014, por cierto, los americanos cumplieron aquella promesa de colgar el retrato gracias a la guerra personal de una mujer, Teresa Valcárcel —“la señora del retrato” la llamaron—, que se empeñó con la terquedad de los justos en que el Congreso pagara su deuda de doscientos treinta y un años. De esta clase de avales civiles también se sujeta la historia cuando los estados se tardan.
Y aún hay más, porque la memoria —cuando se activa— tiene una inercia saludable. En junio de 2024, el Secretario de la Marina de los Estados Unidos anunció que la FFG-67, sexta fragata de la nueva clase Constellation, llevará el nombre USS Gálvez. No es un homenaje simbólico: es acero, astillero y bandera; es un casco que navegará con el apellido de un español por los mismos mares que un día aseguró para la independencia. Qué quiere que le diga: escucharlo en Madrid, en un acto oficial, me produjo una mezcla rara de orgullo y melancolía. Orgullo por él; melancolía por nosotros.
Pero permítame volver al hombre, no al bronce. Los que mandamos —aunque sea sobre las palabras— sabemos que hay días en los que un jefe se queda solo. El 18 de marzo de 1781, a la entrada de la bahía de Pensacola, Gálvez hizo lo que debe hacer un jefe cuando la cadena de mando se convierte en cadena de excusas: tomó el Galveztown, izó su bandera y entró. No fue una bravata suicida, fue cálculo: conocía sondas, había observado la altura de las baterías británicas, sabía que el ángulo imposible de los cañones le regalaba unos metros de vida. Pero sobre todo sabía que, si él no cruzaba, nadie cruzaría. Por eso el lema en su escudo —“Yo solo”— no es una fanfarronada, es la frase triste de quien entiende el oficio.
Después vinieron sesenta y un días de asedio, lluvia que encharcaba las trincheras y un cañonazo que convirtió un polvorín en hoguera. La capitulación de Pensacola liberó el Golfo para España, alivió la presión sobre el frente principal y permitió —grábese esto en la cabeza— que dinero español recaudado en La Habana financiara a la flota francesa que bloqueó Yorktown, el asedio que puso de rodillas a Cornwallis y cerró la guerra. No hay independencia sin contabilidad; no hay epopeya sin intendencia. Gálvez entendía esa aritmética tanto como la artillería.
Su biografía también sirve para recordar que la grandeza política cabe en lo doméstico. Se casó en secreto con una criolla, Felicitas de Saint-Maxent, y levantó familia en campaña; repobló con isleños canarios y malagueños; trató a los prisioneros con una humanidad que en su tiempo era casi subversiva; escribió, sobre los apaches, que la mala paz es preferible a la buena guerra cuando el comercio puede domesticar la violencia. No era un santo —los santos no toman fuertes—, pero era un hombre del siglo XVIII en lo mejor del término: práctico, ilustrado, audaz.
A su muerte, con cuarenta años mal contados, llevaba encima las cicatrices de tres continentes. España lo hizo virrey de Nueva España cuando el cuerpo ya empezaba a pasar factura; en México lo recuerdan compasivo ante la hambruna, campechano en el trato, con un punto teatral en las fiestas populares que gusta al pueblo. Entiendo ese cariño: el pueblo suele reconocer a los suyos incluso cuando la historiografía se entretiene en mirar a otro lado.
Preguntará usted por qué escribo esto en primera persona. Porque a veces hay que dar testimonio, no redactar un informe. He caminado por Washington y he visto niños hacerse fotos junto a un jinete español sin saber su nombre; he pasado por Galveston y he leído placas que explican que el topónimo es un tributo a un gobernador hispano; he hojeado la ley que le concede la ciudadanía honoraria y he sentido que me ardían las orejas de vergüenza patria al imaginar la cantidad de compatriotas que ni siquiera sabían de qué conde hablaban. Pasa con Gálvez como con Blas de Lezo, con Churruca o con Gravina: hay que contarlos en barullo y en primera persona para que no se los lleve la desmemoria.
No pido que levantemos mausoleos. Pido que dejemos de practicar la eutanasia de nuestros propios referentes. Que en las escuelas se cuente que hubo un malagueño que organizó una “coalición imposible” de criollos, canarios, afroamericanos e indios aliados y con ella cerró el Golfo a los ingleses. Que se explique, sin patrioterismos y sin pedir aplausos, que la revolución norteamericana también fue una historia atlántica, con habaneros prestando pesos a la flota francesa y con un español de Luisiana transportando pólvora por el Misisipi. Que se diga —con serenidad, sin grandes trompetas— que el día que el Galveztown entró por el canal de Pensacola, un capitán general español recordó a todos cuál es el sentido elemental del mando. Y que cuando Estados Unidos decidió agradecerlo, no bastó con aplaudir: colgó el cuadro, levantó la estatua, bautizó una ciudad, celebra un día, y ahora bautiza un barco. Nosotros, mientras tanto, echamos cuentas para ver si nos da para una rotonda con placa de mármol barato y grafitis a la semana.
A Gálvez no hay que pedirle que nos devuelva un imperio que ya no existe; hay que pedirle que nos devuelva la autoestima. No la chulesca —que esa sobra—, sino la justa: la de sabernos herederos de gente que hizo cosas difíciles en silencio. La memoria es un deber cívico. No para vivir de glorias ajenas, sino para recordar que una comunidad que honra a los suyos se hace más exigente consigo misma.
Camino otra vez hasta la estatua de Washington. El caballo levanta las manos y el jinete saluda con el sombrero. No es un gesto hueco: es un saludo de campaña, de los de “aquí estamos, pasen ustedes primero”. Me quedo un rato, viendo cómo los coches cruzan Virginia Avenue y las banderas de los edificios chisporrotean contra la luz. Pienso en el retrato del Capitolio, en la ley de ciudadanía honoraria, en la fragata que navegará con su apellido, en la plaza de Pensacola, en la playa de Galveston, en la parroquia de San Bernardo en Luisiana y en los niños que algún día harán trabajos de escuela con su nombre. Y me digo que quizá este país mío, nuestro, todavía esté a tiempo de reconciliarse con su mejor pasado dejando de despreciarlo.
Mientras eso llega, a mí me basta con oír el golpe del timón del Galveztown en la cabeza. Yo también, cuando toca, me digo yo solo. Y sigo.
Si alguien necesita papeles, aquí van los más elementales. En 2014, el Congreso de Estados Unidos aprobó y promulgó la ley que confiere la ciudadanía honoraria a Bernardo de Gálvez —un honor reservado a poquísimos—; el retrato de Gálvez cuelga en el Capitolio; en Washington D. C. hay una estatua ecuestre regalada por España en el Bicentenario; Galveston, Texas, lleva su apellido por decisión del siglo XVIII; Pensacola celebra Gálvez Day y luce un monumento conmemorativo; St. Bernard Parish recuerda, bajo santo y seña, al propio Bernardo; y, desde 2024, una fragata de la US Navy llevará su apellido. Todo eso no son opiniones: son hechos.
Y ahora, cuando tocan a su fin las vacaciones y hay que volver a la desmemoriada España, si les parece, dejemos de olvidar.



















