Permíteme empezar con una confesión: yo soy de esos viejunos que todavía recuerdan a Lycos, aquel buscador y portal que en los años noventa parecía el futuro encarnado. Digo viejunos sin ironía y con cierta nostalgia, porque la mayoría de los chavales que hoy consultan todo en Google, TikTok o ChatGPT no tienen ni pajolera idea de que existió un tiempo en el que navegar por Internet era un acto casi heroico.
Sí, hablo de esos días en que los módems chirriaban como un cerdo degollado, cuando conectarse era más caro que invitar a copas a un regimiento entero y cuando abrir una página web podía llevarte más tiempo que leer El Quijote. En aquel Internet lento, torpe y paquidérmico, Lycos fue un rey. Y no lo digo yo solo: llegó a estar entre las webs más visitadas del planeta, con millones de usuarios y un futuro que parecía tan sólido como las murallas de Numancia.
Pero claro, como toda historia de grandeza, la de Lycos tiene su caída. Y vaya caída. Tan aparatosa que todavía la estudian en escuelas de negocios como ejemplo de cómo la soberbia empresarial y el estallido de una burbuja pueden reducir a polvo lo que parecía indestructible.
Hoy quiero contarte esa historia. No como un frío informe académico lleno de gráficas y palabros en inglés —que también—, sino como un relato en primera persona, desde la voz de un superviviente de aquella primera Internet que se movía con la elegancia de un paquidermo y que hoy, en cambio, corre como gacela en celo.
El nacimiento de un gigante: Carnegie Mellon, 1994
Corría el año 1994. Internet era poco más que un territorio salvaje, poblado por cuatro frikis con barbas de profeta y camisetas de Star Trek. Y en la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, un tal Michael Loren Mauldin decidió crear un buscador para organizar aquel caos. Así nació Lycos.
No era gran cosa al principio: un algoritmo, una base de datos, unas arañas que rastreaban páginas. Pero en aquel entonces era suficiente para volarte la cabeza. Porque tener un buscador que te devolvía resultados relativamente útiles ya era como descubrir fuego.
El nombre venía de la araña Lycosidae, una metáfora estupenda: una criatura que caza tejiendo redes. Muy apropiado, porque Lycos salió a la caza de Internet entero y, durante unos años, fue de los que más presas atrapó.
Los años dorados: de buscador a imperio
Entre 1995 y 2000, Lycos pasó de ser un proyecto universitario a convertirse en un monstruo empresarial. Cotizó en el NASDAQ, compró servicios como Tripod y Angelfire —plataformas para crear páginas personales que hoy sonarían tan viejas como el VHS—, y empezó a expandirse como un virus imparable.
Lycos no quería ser solo un buscador. Quería ser el portal de portales, un universo digital donde podías buscar, leer noticias, enviar correos, chatear, montar tu web cutre con GIFs horteras y hasta ligar si te lo currabas. Una especie de ciudad amurallada del ciberespacio, al estilo Yahoo! o AOL.
Y la gente lo compraba. Millones de usuarios en todo el mundo. Tráfico disparado. Acciones en lo más alto. Internet estaba de moda, Wall Street echaba humo, y Lycos se paseaba como un rey desnudo sin que nadie se atreviera a decirle que estaba gordo.
Terra y la compra del siglo… para arruinarse
Aquí es donde entra España en escena, y de qué manera. Porque en el año 2000, en plena fiebre puntocom, Telefónica, a través de su filial Terra Networks, decidió comprar Lycos. La operación se cerró por unos 12.500 millones de dólares.
Sí, has leído bien: 12.500 millones. Una cifra obscena, hinchada por la espuma de la burbuja tecnológica, comparable a comprar hoy una isla entera del Caribe sólo porque te han dicho que está de moda.
En aquel momento, Terra-Lycos parecía imparable. Los titulares hablaban de la fusión del futuro, de la unión entre Europa, América y Asia en un imperio digital sin precedentes. La prensa lo vendía como si hubiéramos conquistado Silicon Valley a golpe de talonario.
Pero claro, lo que nadie quería ver es que el gigante tenía los pies de barro. Porque mientras Terra y Telefónica celebraban con champán, en un garaje de California dos tipos con pinta de empollones llamados Larry Page y Sergey Brin estaban afinando un buscador llamado Google, que en pocos años iba a barrer del mapa a Lycos, Yahoo!, Altavista y a todo el que se le pusiera por delante.
El estallido de la burbuja puntocom
Entre 2001 y 2003 llegó la resaca. La burbuja tecnológica explotó como explotan siempre las burbujas: con ruido, lágrimas y ruina. Las acciones de Terra-Lycos se desplomaron. Los usuarios empezaron a abandonar el portal en masa. Google, con su algoritmo rápido, limpio y preciso, se convirtió en el buscador preferido de todos.
Lo que había costado 12.500 millones de dólares apenas valía unas migajas. En 2004, Telefónica vendió Lycos a la empresa coreana Daum Communications por apenas 95 millones.
De ser el rey de Internet a convertirse en un saldo de mercadillo. Una caída más rápida que la de Ícaro cuando se le derritieron las alas de cera.
La larga decadencia: un fósil digital
Después vinieron los años de subsistencia. Lycos sobrevivió a duras penas. Primero con Daum, luego con la india Ybrant Digital y más tarde con Brightcom Group. Cada nuevo dueño prometía reinventarlo, darle un nuevo aire, pero lo cierto es que Lycos ya estaba muerto y solo respiraba por inercia.
El portal siguió ofreciendo correo, hosting, páginas personales… pero en un mundo donde Gmail, Facebook, WordPress y mil servicios más ya habían tomado la delantera, Lycos no era más que un perro viejo sin dientes.
Hoy, si entras en lycos.com, encontrarás un portal cutre que parece detenido en el tiempo. Un vestigio, una reliquia, un fósil digital que sólo nosotros, los viejunos de Internet, recordamos con cierta ternura y con un poco de vergüenza ajena.
Caso de estudio: lecciones de un dinosaurio
Y ahora, como buen caso para escuela de negocios, toca sacar las conclusiones. ¿Qué lecciones nos deja la historia de Lycos? Varias, y ninguna amable.
- El tiempo en Internet corre distinto.
Lo que hoy es líder indiscutible mañana puede ser un cadáver digital. Antes Internet se movía como paquidermo, lento y torpe. Ahora lo hace como gacela, y el que no se adapta en meses —o días— está muerto. - La soberbia se paga.
Terra y Telefónica pensaron que compraban el futuro. En realidad compraron un espejismo hinchado por la burbuja. Cuando crees que puedes desafiar a la realidad con talonario, la realidad te pega un sopapo que todavía resuena. - La innovación barre el dinero.
Google no necesitó gastar miles de millones para tumbar a Lycos. Le bastó con tener un producto mejor, más rápido y más útil. En Internet, la calidad y la agilidad matan al músculo financiero si este se confía. - El recuerdo es para los viejunos.
Hoy nadie menor de 30 años sabe qué demonios fue Lycos. La memoria digital es corta, y la obsolescencia tecnológica convierte gigantes en polvo con una rapidez despiadada.
Fósiles digitales y la mirada del viejuno
Cuando pienso en Lycos, me veo a mí mismo en aquellos días de conexión con módem, páginas que tardaban minutos en cargar y portales que parecían el centro del universo. Éramos ingenuos, crédulos y un poco idiotas, pero también pioneros.
Hoy, en cambio, Internet es un campo de batalla donde la velocidad lo es todo. Google, Amazon, Meta, TikTok, OpenAI… se devoran unos a otros a una velocidad de gacela que deja cadáveres en la cuneta cada año.
Lycos fue uno de los primeros. Un dinosaurio que conoció la gloria y luego se extinguió sin remedio. Y los que lo recordamos somos como viejos soldados contando batallas de una guerra que los jóvenes ni saben que existió.
Y esa, querido lector, es la enseñanza última de este caso de estudio: que en Internet, como en la vida, la soberbia, la lentitud y el autoengaño se pagan caros. Y que sólo los viejunos guardamos memoria de los gigantes que un día lo fueron y que hoy no son más que polvo digital.
El caso de Lycos debería enseñarse en todas las escuelas de negocios no como ejemplo de éxito, sino como advertencia: la historia de un dinosaurio digital que cayó víctima de la burbuja, de la soberbia y de la velocidad implacable de un mundo que ya no perdona a los lentos.
Y aquí me tienes, como un viejo cronista, recordando a aquel portal muerto con la ironía y el escepticismo de quien sabe que en la Red todo es efímero. Hoy triunfan unos, mañana estarán olvidados. Y los viejunos, como siempre, seremos los últimos en apagar la luz.


















Caray, ¡Ni me acordaba de Lycos! Fue tremenda la fiebre del puntocom. ¿Os acordáis de «Patagon»? Cielos, cualquiera que fuese avispado y crease un portal se forraba vendiéndoselo a empresas que buscaban el nuevo «oro digital». «Patagon» y su creador fue portada en algo de «El País», creo recordar, como el ejemplo de las nuevas tecnologías en español.
Recuerdo también los buscadores pre-google. Yo era usuario de Altavista y aún me acuerdo el día en que una compañera del trabajo me recomendó Google… ¡que fácil es quedarse obsoleto!
https://es.wikipedia.org/wiki/Patagon.com
Me ha traído a la memoria Patagon, que ya lo tenía sepultado en el olvido. Lo de Lycos me vino a la cabeza estos días porque, con la entrada del Gobierno -hace un año o así- en Telefónica, me quedé acongojado y recordé aquella compra ruinosa que todavía escuece. Eran tiempos de fiebre puntocom, cuando cualquier portal parecía oro puro y acababa en portada. Y como anécdota de aquel ecosistema efervescente: hasta apareció ‘Picoteo’, un Twitter a la española que nació con ruido y murió en silencio, ejemplo perfecto de lo fácil que era quedar obsoleto en cuestión de meses.
Gracias, Doctor M, por pasar por mi humilde blog y avivar esta memoria de viejunos digitales.
Y ya que estamos, lo invito a estar atento, porque me dicen que se está cerrando la presentación del libro de un buen amigo y le conmino a seguirla: no tiene desperdicio. En cuanto me den la información la subo. No le defraudará.