Soy, para quien no me conozca, soldado de los viejos tercios de Flandes, veterano de muchas guerras y demasiadas derrotas. Mi oficio ha sido matar y sobrevivir, y de tanto hacerlo perdí la cuenta de amigos que dejé en los campos de batalla, en las calles de Amberes o en los muros de Breda. No tuve nunca mayor fortuna que la de seguir respirando cuando otros, más valientes o más jóvenes, quedaban tendidos sobre el barro.
Ahora resulta que un hombre de letras, don Arturo Pérez-Reverte lo llaman, me vuelve a sacar del silencio. Él, que ya peina canas más blancas que la nieve de Flandes —en el rostro, que más arriba anda todo despejado—, asegura que me conoce desde hace treinta años, cuando decidió contar al mundo que también en la España del Siglo de Oro había hombres que peleaban y morían sin dejar nombre en los cantares. A su modo, me convirtió en memoria viva de aquel tiempo glorioso e infame, donde había más hambre que honra y más engaño que justicia.
No es la primera vez que lo hace. Allá por el año de 1996, dicen, fue cuando aparecí por vez primera en pliegos de imprenta. Desde entonces, siete millones de ejemplares, en cuarenta lenguas distintas, han llevado mi sombra por el orbe, desde el Japón a la Alemania, pasando por las Indias y el Nuevo Mundo. Yo, que apenas logré salvar unas cuantas monedas con mi espada, me veo convertido en tesoro de libreros y mercaderes de letras. Curioso destino el de un soldado cansado.
El nuevo lance lleva por título Misión en París. Ocurre en el año de 1627, cuando Europa entera ardía en guerras de religión, y las lealtades se vendían al peso de un doblón o de una bula papal. Dejo atrás la sucia villa de Madrid, que conozco como la palma de mi mano, y camino hacia París, ciudad de luces futuras y de sombras presentes, donde reinaba Luis XIII, y donde Richelieu, cardenal taimado, movía los hilos con más destreza que cualquier espadachín en duelo.
Dicen que allí habré de cruzar acero y palabra con los mosqueteros de Francia: Athos, noble y melancólico; Porthos, fanfarrón y jovial; Aramis, astuto como serpiente; y un gascón imberbe de nombre D’Artagnan. Yo, que siempre le tuve poco apego a la gloria ajena, no sé qué pensaría de encontrarme con tales hombres. Pero reconozco que hasta el más hosco veterano sabe que en el acero compartido y en el vino derramado se forjan amistades que trascienden reinos y banderas.
No obstante, no os engañéis. El encuentro no es capricho ni comedia. Es, dicen, un tributo que don Arturo rinde a Dumas, francés de letras que en otro tiempo dio vida a esos espadachines. Y a fe que bien hace, pues sin Dumas no habría capa y espada que contar ni lector que soñase con duelos bajo la luna.

A mí me toca, como siempre, cargar con los pliegos secretos de algún ministro y seguir el rastro de intrigas que no me conciernen. A mi lado caminan los de siempre: el buen Íñigo Balboa, que ya no es mozo inocente sino hombre hecho y derecho, y que pone voz a mis recuerdos; Francisco de Quevedo, lengua afilada como daga, poeta eterno, que enreda a cuantos le escuchan; Sebastián Copons, compañero de armas desde Flandes, curtido y silencioso como una muralla vieja; y ahora también un cordobés llamado Juan Tronera, mezcla de bravura y risa.
Con tal compañía me interno en París, ciudad que no perdona a extranjeros, menos aún si son españoles. Allí, entre espías, tabernas y callejones, descubrimos que nada es lo que parece, y que hasta el más sencillo encargo puede trocarse en celada mortal cuando Richelieu y el conde-duque de Olivares andan por medio.
He de deciros que no soy el mismo hombre que fui en mis primeras letras. Cuando don Arturo empezó a escribir mi historia, yo todavía tenía bríos de veterano con ansias de pelea. Ahora, con cada página, me reconozco más cansado, más escéptico, más cercano a la tumba que al honor. Las heridas mal cerradas, los amigos enterrados, las traiciones sufridas… todo ello pesa sobre mis hombros como armadura mojada. Y sin embargo, sigo en pie. Porque, al fin y al cabo, un hombre debe hacer lo que le toca, aunque el mundo entero se empeñe en empujarlo al barro.
De España guardo desdén y cariño a partes iguales. Desdén por sus reyes débiles y cortesanos corruptos, cariño por sus hombres sencillos que, sin más paga que un pedazo de pan, murieron con la pica en la mano. Esa contradicción es la que llevo tatuada en el alma: amar a un país que nunca supo cuidar de los suyos.
Muchos, lo sé, esperaban mi regreso. Cartas, mensajes y hasta improperios recibió don Arturo en estos años, pidiéndole que no me dejara en el limbo. Y al fin cedió, quizá por nostalgia, quizá por cariño, quizá porque él mismo, al envejecer, sintió que debía volver a hablar conmigo. Dice que yo soy su viejo amigo, y que de algún modo se refleja en mí. Tal vez sea cierto: los dos cargamos cicatrices, y ambos desconfiamos de los grandes discursos mientras seguimos fieles a unos pocos principios: lealtad a los camaradas, desprecio a la mentira y resistencia frente a la adversidad.
De nuevo me veo, pues, en boca de todos. Ciento ochenta mil ejemplares, dicen, se han impreso de esta nueva aventura. Librerías abarrotadas, colas de lectores, jóvenes que apenas saben qué fue el Siglo de Oro y viejos que todavía recuerdan mis primeras andanzas. No sé qué pensar de ello. A mí, que jamás tuve biblioteca ni paciencia para letras, me resulta extraño ser motivo de estudio y comercio. Pero no soy yo quien lo decide: la pluma de don Arturo manda más que mi acero en estas lides.
También sé que mis lances han dado para más que libros: película con actor extranjero, serie de teatro y comedia de imágenes, cómics, juegos y hasta tabernas con mi nombre. Si Quevedo levantara la cabeza, no sabría si reír o blasfemar. Mas así son los tiempos: convierten en espectáculo lo que antes fue sangre verdadera.
Sea como fuere, he vuelto. Y aunque el final ya está escrito —dicen que caeré en Rocroi, como tantos compañeros—, mientras haya páginas seguiré respirando. Esa es mi condena y mi honra: vivir y morir a golpes de pluma y de espada.
El eco de mis pasos
No deja de asombrarme —y creed que pocas cosas lo logran ya— la polvareda que levanta mi nombre allá donde se pronuncia. Yo, que nunca fui más que un soldado mal pagado, me veo convertido en emblema de una España que aún no sabe si llorarse o enorgullecerse de su pasado. Y es que, aunque han pasado casi treinta años desde que don Arturo me parió de su pluma, no han cesado las gentes de buscarme entre las estanterías, como si en mis lances hallaran respuesta a sus propias dudas.
Librerías enteras, dicen, se llenan de lectores aguardando la nueva empresa. Desde la Diógenes hasta las grandes casas de comercio como Los Viajeros del Tiempo, se forman colas de mozos y ancianos, de damas y de clérigos disfrazados de eruditos, todos queriendo llevarse un pedazo de mi sombra encuadernada. Algunos fueron testigos de mis primeras andanzas en El capitán Alatriste; otros apenas acaban de descubrirme, pero todos coinciden en la avidez con que abren las páginas, buscando duelos, tabernas y conjuras.
Y no solo en los libros. He de deciros que, durante el largo silencio en que don Arturo no quiso escribir de mí, también me dejé ver en carne y sombra. Corría el día 26 del mes de diciembre del año de Nuestro Señor de 2013 cuando, tras cruzar las calles empedradas de la vieja villa de Madrid, di en mis pasos con la taberna que lleva mi nombre, antaño conocida como la del Turco. Allí, en medio del bullicio de la Cava Alta y la Cava Baja, me topé con un madrileño de ley, ahora afincado en Meco —grande uno de sus paisanos—, de esos que se visten por los pies y miran de frente, acompañado de dos damas de porte tan noble que parecían capaces de enmudecer a cualquier soldado veterano. Se sentaron a la mesa, y mientras el hombre hacía honor al vino y a la carne, yo, oculto en un rincón, observaba sin ser visto, reconociendo en ellos la estampa de una familia unida que poco tiene que envidiar a los camaradas de los viejos tercios.
El hombre narró más tarde —lo sé porque los muertos y los personajes tenemos modos de enterarnos— que aquel almuerzo comenzó con migas de la Lebrijana, croquetas y empanada de perdiz, siguió con fideos al horno y lomo de buey sangrante como soldado bien herido, y terminó con tarta de Flandes. No le faltaba vino de la casa, que al tercer trago suelta la lengua y al cuarto hace olvidar agravios. Y mientras las damas, su mujer e hija, iluminaban la mesa con sonrisa serena, él pensaba —y yo con él— que hay lugares a los que uno debe volver, aunque sea solo para asegurarse de que siguen en pie. Esa taberna es uno de ellos, y creedme que yo mismo, invisible pero presente, asentí en silencio.
Así supe que, incluso cuando la pluma de don Arturo quedó muda por catorce años, mi espíritu seguía vivo en piedra y madera, en tabernas y en recuerdos, en hombres y mujeres que me invocaban sin saberlo. Y comprendí entonces que, aunque mi figura pareciese desvanecida en el silencio, otros seguían buscándome y reconociéndome, como quien tropieza con un viejo camarada en una calle oscura. De aquel rumor de tabernas y memorias, de esa obstinación por no dejarme morir, nació la fuerza que convirtió mi historia en algo mayor.
Lo que comenzó siendo un lance entre un escritor y su hija —pues cuentan que todo nació de la indignación de don Arturo al ver los libros de escuela reducir el Siglo de Oro a cuatro tópicos— ha terminado en un fenómeno que cruza mares y fronteras. Siete millones de ejemplares se han vendido desde aquel 1996, y cuarenta lenguas distintas repiten mi nombre con acentos que yo jamás habría sospechado escuchar en vida. Japoneses, germanos, mexicanos, ingleses… todos, al parecer, encuentran algo de sí mismos en este viejo soldado español que pelea más contra la deshonra que contra enemigos de carne y hueso.
No negaré que me resulta extraño. Los mismos que nos negaban paga en Flandes y nos dejaban morir de hambre tras los muros de Breda, hoy convierten mis miserias en oro impreso. Y hasta el cine, arte moderno que yo jamás comprendí, se atrevió a encarnarme en figura de Viggo Mortensen, extranjero de acento raro, que sin embargo supo dar a mi rostro la fatiga y dureza que arrastro. También en tablas televisivas me he visto, y en papeles de dibujos que llaman cómics. Y hasta en juegos de dados y cartas me transformaron, como si la vida de un soldado fuera mero entretenimiento para burgueses.
Mas no me quejo. Quevedo solía decir que más vale ser recordado, aunque sea con oprobio, que olvidado como perro muerto en cuneta. Y en eso lleva razón. Si mi nombre sirve para que alguno recuerde lo que fueron aquellos siglos de luces y miserias, bien empleado está.
Tampoco faltan quienes discuten sobre mí en esas plazas modernas llamadas redes. Allí, donde la voz viaja más rápida que cualquier correo de postas, se disputan si soy patriota o traidor, si encarno la honra de España o la vergüenza de sus derrotas. A unos les parezco espejo noble de nuestra tierra; otros me acusan de ser excusa para nostalgias imperiales. Don Arturo, por su parte, siempre responde que no soy de izquierdas ni de derechas, sino hombre que hace lo que debe, aunque le cueste la vida. Y eso, creedlo, es verdad como un templo.
Las ilustraciones del maestro Joan Mundet, que desde el inicio acompañan mis lances, siguen también vivas en esta nueva empresa. Sus trazos me dan rostro y carne donde las palabras solo insinúan sombra. Yo, que no soy amigo de espejos, me reconozco en sus dibujos más de lo que quisiera. Allí estoy, con la capa raída, el sombrero echado y la espada a medio desenvainar, como si cada hoja fuese testimonio de lo que fui y de lo que aún soy en estas páginas.
Lo cierto es que, por mucho que sorprenda, me he tornado símbolo. En un tiempo de discursos huecos y de políticos más dados a la farsa que a la verdad, algunos hallan en mí la imagen de un hombre que, aun cansado y escéptico, no renuncia al deber. Quizá por eso mi eco resuena en Japón tanto como en México, en Alemania como en Francia. Porque más allá de banderas, todos entienden la soledad de quien pelea con su espada contra un mundo que ya no cree en la honra.
Lo que ha de venir
Mas no penséis que esta empresa en París será la última. Don Arturo ha confesado —y yo lo sé, porque su pluma y mi acero caminan juntos— que aún guarda aventuras mías en reserva. Y aunque mi destino esté escrito en pólvora y sangre, pues en Rocroi he de hallar mi fin como tantos camaradas, todavía queda trecho por recorrer.

No obstante, cada página que pasa me acerca más a la cierta. No porque falten lances que contar, sino porque tanto don Arturo como yo envejecemos juntos. Él, con setenta y tres años de almanaque a cuestas, sabe que su tiempo es limitado. Yo, que cargo con cicatrices viejas y desengaños recientes, también lo presiento. Y en ello reside cierta melancolía: cada nueva entrega puede ser la última, cada duelo el postrer saludo al lector.
De Rocroi se ha hablado mucho. Allí, en 1643, se quebró el orgullo de los tercios que durante un siglo hicieron temblar a Europa. Allí, bajo la artillería francesa y la soberbia de nuestros propios reyes, España empezó a morir como potencia. Yo mismo he de caer en aquel campo, espada en mano y sin esperanza de victoria. No es final glorioso, mas sí digno: morir con decencia, que es cuanto un soldado puede pedir.
Hasta entonces, sin embargo, seguiré caminando. En París me esperan intrigas, mosqueteros y cardenales taimados. Después, quién sabe. Tal vez otro destino de polvo y barro, de vino barato y palabras de Quevedo, de fidelidad de Íñigo y de silencio de Copons. Lo que dure la pluma de don Arturo, duraré yo también.
Por eso digo que no soy sino puente entre dos mundos: entre la España de Felipe IV y la de hoy, entre los tercios que sitiaban Breda y los lectores que hojean mi vida en metro y tranvía, entre el muchacho que soñó con Dumas y el viejo escritor que ahora escribe contra el tiempo. En mí se cruzan pasado y presente, gloria y ruina, honra y cansancio.
Sea cual fuere el final, bien sé que mientras un lector abra mis páginas y sienta el olor a pólvora, vino y sangre, yo seguiré vivo. Y eso, para un soldado que ha visto demasiadas fosas comunes, no deja de ser victoria.
Así pues, tomad este libro y acompañadme en París. Habrá duelos, conspiraciones, tabernas y palacios, traiciones y camaradería. Habrá, sobre todo, el reflejo de un hombre que, aunque descreído y cansado, todavía se obstina en hacer lo que debe. Y creedme, en estos tiempos como en los de antaño, eso no es poco.
Que Dios os guarde, si aún se digna hacerlo.
Diego Alatriste y Tenorio
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