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Hoy, 8 de septiembre, un siglo después, escribo con pesar y con cierta indignación. Porque debería estar oyendo salvas de artillería sobre las playas donde murieron nuestros soldados, viendo estandartes desplegados en las avenidas, escuchando a los niños en las escuelas aprender que hubo un día en que España, contra todo pronóstico, fue capaz de levantarse del desastre de Annual y escribir una de las páginas más brillantes de la guerra moderna. Y, sin embargo, no hay nada. Ni discursos, ni homenajes, ni una sencilla corona de flores en recuerdo de los que dejaron la vida entre la arena y las minas de Alhucemas.

Solo silencio. Silencio y olvido. Y lo peor no es el silencio, sino su origen. Porque este olvido no nace de la desidia ni de la ignorancia: nace de la cobardía política. En marzo, la ministra de Defensa, Margarita Robles, dio la orden de cancelar todos los actos que el Ejército preparaba con rigor y justicia para conmemorar el centenario. Cancelados, arrugados, escondidos en un cajón para no incomodar a Marruecos. Esa es la verdad. Y esa verdad, que huele a rendición anticipada, me arde en las manos al escribirla.

Porque se puede ser ignorante y se puede ser desmemoriado; en este país llevamos siglos practicando ambas cosas con entusiasmo suicida. Pero lo que no se puede, lo que es imperdonable, es ser tan cobarde como para renegar de los propios muertos, escupir sobre su sacrificio y traicionar su memoria para salvar una foto con el vecino de turno.

Annual: la herida que supuraba

Para entender Alhucemas hay que volver atrás. A 1921. A la mayor catástrofe militar española desde 1898. A Annual. Diez mil muertos. Cuerpos abandonados al sol, devorados por los buitres. Prisioneros arrastrados, degollados, mutilados. Un ejército entero barrido en cuestión de días por las fuerzas rifeñas de Abd el-Krim. Fue una carnicería y una humillación. La España que aún lamía las heridas de Cuba y Filipinas quedaba otra vez arrodillada, hecha trizas en los periódicos europeos.

Se abrió entonces el famoso Expediente Picasso, llamado así por el general Juan Picasso, encargado de investigar aquel desastre indecente que fue Annual. El informe, grueso como un ladrillo y con páginas que todavía hoy huelen a pólvora y vergüenza, desnudó sin piedad la realidad: incompetencia en los mandos, una logística miserable, corrupción rampante, oficiales más atentos al negocio privado que al deber militar, víveres desaparecidos, fortificaciones mal construidas y soldados enviados al matadero sin agua ni municiones suficientes.

El primer desembarco combinado de tropas de tierra, mar y aire en la historia militar moderna

El Expediente Picasso fue, en suma, un espejo brutal donde se reflejó la podredumbre de un sistema que había condenado a diez mil hombres. Pero como siempre ocurre en España, de aquel espejo nadie quiso sacar consecuencias. Las responsabilidades políticas quedaron sepultadas bajo el golpe de Primo de Rivera en 1923, que clausuró de un manotazo cualquier intento de depuración seria. Nadie pagó. Nadie perdió el cargo. Los muertos se quedaron en las colinas del Rif y en la Península se pasó página con la indiferencia cínica con la que este país suele enterrar a sus caídos.

Fue precisamente esa impunidad, ese hedor insoportable de la derrota sin castigo, lo que convirtió a Alhucemas en una necesidad. España necesitaba redimirse, no solo ante Europa, sino ante sí misma. Y por eso el desembarco no fue únicamente una operación militar: fue también un acto de orgullo nacional, una manera de demostrar que, pese a políticos cobardes y mandos ineptos, los soldados españoles todavía podían escribir la historia a bayonetazos.

El plan imposible

Fue entonces cuando Miguel Primo de Rivera, dictador y militar, entendió que solo una operación audaz y brutal podía devolver la honra perdida. Y esa operación fue el desembarco de Alhucemas.

El plan parecía una locura. Lanzar 13.000 hombres contra playas minadas, defendidas con artillería y bien conocidas por el enemigo. Había que transportar tropas en barcazas compradas a los británicos, los célebres lanchones K que ya habían servido en Gallípoli. Había que coordinar aviones, barcos, carros de combate y soldados en una danza de fuego jamás vista.

Lo fácil habría sido echarse atrás. Pero Primo de Rivera apostó por lo imposible. España no podía permitirse otra humillación. Y esa apuesta cambió la historia de la guerra moderna.

El infierno de la arena

El 7 de septiembre estaba previsto el desembarco. Pero el mal tiempo obligó a retrasar la operación. Fue el 8, a las once y media de la mañana, cuando las barcazas comenzaron a avanzar.

Imaginen la escena. El mar encabritado, el humo de la artillería naval cubriendo la costa, el rugido de los aviones de tela zumbando sobre las olas. En las lanchas, hombres con los nervios hechos trizas, algunos rezando, otros mascando tabaco, todos agarrando el fusil como si fuese lo único sólido en el mundo.

Cuando tocaron tierra, el infierno se abrió. Explosiones, minas, fuego de artillería rifeño. Los primeros en saltar fueron segados como espigas. La playa se tiñó de rojo. Se despejaban minas con las manos, a culatazos, con la desesperación del que sabe que detrás vienen miles de compañeros.

Y, sin embargo, avanzaron. Treparon las colinas, tomaron posiciones, aguantaron la metralla. Al caer la tarde, 13.000 hombres habían tomado tierra. Contra todo pronóstico, España había hecho lo imposible: abrir una cabeza de playa en el corazón mismo del Rif.

Sanjurjo, Primo de Rivera y los hombres sin nombre

El mando en tierra fue de Sanjurjo, el general de bigote tieso y mirada de acero, que en 1925 condujo a miles de hombres a la victoria. Primo de Rivera, desde la retaguardia, supervisaba la orquesta de fuego y acero junto a los franceses. A su lado, otros nombres que después serían piezas claves en la historia de España: Manuel Goded, meticuloso y brillante; Dámaso Berenguer, veterano curtido en la dureza del Rif; y un coronel joven, ambicioso, con rostro enjuto y mirada fría: Francisco Franco. Alhucemas fue, en buena medida, la cuna de su meteórico ascenso. Un año después, en 1926, Franco alcanzaba el generalato con solo 33 años, convirtiéndose en el general más joven de Europa.

Pero los verdaderos héroes no fueron los generales. Fueron los legionarios que clavaron la bayoneta en la arena, los regulares que avanzaron bajo fuego enemigo, los marineros que acercaron las barcazas bajo lluvia de proyectiles, los zapadores que despejaron la playa a costa de su propia carne. Hombres sin nombre, soldados anónimos, carne y pólvora que sostuvieron sobre sus hombros la gloria de España.

La victoria y la redención

En los meses siguientes, desde aquella cabeza de playa abierta a sangre y fuego en Alhucemas, se consolidaron posiciones, se levantaron fortificaciones y se extendió un frente que poco a poco fue estrangulando la resistencia rifeña. No fue inmediato ni sencillo: cada colina conquistada costaba muertos, cada avance requería sudor y sangre. Pero la semilla estaba ya plantada el 8 de septiembre, y a partir de ahí la derrota de Abd el-Krim era cuestión de tiempo.

La ofensiva final se lanzó con la obstinación propia de los ejércitos que saben que se juegan no solo un territorio, sino la honra misma de su bandera. Y en 1926, apenas un año después, el líder rifeño caía derrotado, obligado a rendirse ante franceses y españoles. Su república efímera se desmoronaba, y con ella la amenaza que había hecho tambalear a medio Protectorado.

El Rif quedaba pacificado, y Annual —la herida supurante de 1921, la pesadilla que había perseguido a toda una generación de oficiales y soldados— quedaba vengado. Los buitres que se habían cebado en los cuerpos de los muertos de Annual tenían, por fin, respuesta. La dignidad de aquellos sacrificados encontraba redención en el eco de las armas de Alhucemas.

La decisión del Gobierno de no conmemorar oficialmente el centenario del Desembarco de Alhucemas es una renuncia a nuestra memoria colectiva

España, la misma que venía arrastrando derrotas desde el 98, la misma que había visto a sus soldados morir olvidados en las colinas africanas, había demostrado al mundo que todavía podía ser temida y respetada. Lo que en Gallípoli había sido un fracaso sangriento, en Alhucemas fue un triunfo total: una operación imposible ejecutada con precisión quirúrgica, que entró para siempre en los manuales militares.

Fue la prueba de que, cuando España decide sacudirse el polvo de la derrota y mirar de frente a la historia, es capaz de escribir páginas que resuenan más allá de sus fronteras. En Normandía, dos décadas después, los aliados lo sabían: el modelo estaba en Alhucemas.

El legado universal

Eisenhower, años después, estudió Alhucemas para preparar Normandía. Los manuales de guerra modernos citan aquella operación como el primer desembarco anfibio exitoso de la historia. Aviones, barcos, tanques, tropas: todo coordinado en un solo golpe.

El desembarco de Normandía, el Día D, tuvo como maestro a Alhucemas. Eso lo saben en todas las academias militares del mundo. Y sin embargo, aquí, en la tierra donde ocurrió, casi nadie lo recuerda.

El insulto del presente

Aquí llegamos al presente. A este país que solo se acuerda de sus derrotas y esconde sus victorias. A este gobierno que cancela el centenario para no molestar a Marruecos. El mismo Marruecos que coloca Ceuta y Melilla en sus mapas como si fueran suyas. Olvidando —o más bien ocultando— que Ceuta es española desde 1415 y Melilla desde 1497, siglos antes de que existiera siquiera el sultanato marroquí, que no aparecería hasta el siglo XVII. El mismo Marruecos que pretende reclamar lo que jamás fue suyo, aunque la historia esté escrita con fechas claras y documentos irrefutables. El mismo Marruecos que finge ignorar que el Peñón de Alhucemas, que da nombre al desembarco, pertenecía a la Corona desde 1568, mucho antes de que hubiera un Marruecos como Estado moderno.

Y pese a esa evidencia, nuestros gobernantes agachan la cabeza. El mismo Marruecos ante el cual Pedro Sánchez cenó en 2022 con la bandera española invertida, símbolo de rendición. El mismo Marruecos que nos aprieta la frontera a conveniencia, que juega con nuestra debilidad como quien mueve fichas en un tablero de ajedrez. Y nosotros, en lugar de responder con dignidad, optamos por la docilidad, por callar, por rendirnos antes de tiempo.

No es diplomacia. Es cobardía. Es traición a la memoria de los que murieron en aquellas playas.

La deuda con los muertos

Cien años después, yo no olvido. Y no perdono. Porque en aquellas playas hubo hombres que dejaron su sangre para que España levantara la cabeza. Porque en aquellos lanchones iba un país entero que necesitaba redimirse de Annual. Porque aquella gesta no pertenece solo a los militares: pertenece a todos los españoles.

Hoy, mientras un gobierno cobarde calla y se arrodilla, yo escribo estas líneas para que no se apague la memoria.

Alhucemas fue la última gran vez que España supo estar a la altura de su propia historia. La última vez que se coordinó con inteligencia, que venció con claridad y que miró de frente a su destino sin apartar la vista. Y si no somos capaces de recordarlo, si lo enterramos por miedo a molestar, entonces merecemos la mediocridad en la que vivimos.

Yo, por mi parte, seguiré recordando. Aunque sea solo, aunque sea contra todos. Porque la patria, cuando la política la traiciona, solo sobrevive en la memoria de quienes aún tienen el coraje de no callar.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Precioso, contundente y emocionante artículo, estimado Señor. No soy español, soy uruguayo, Oficial retirado de la Armada y un estudioso de las hazañas militares de la humanidad. He invertido muchas de mis horas libres en lecturas sobre el desastre de Annual y el desembarco de Alhucemas y por eso entiendo su angustia. Una angustia que a pesar de no ser español logro comprender parece que más que algunos españoles. Los hombres caídos el Barranco del Lobo en 1909, en Sidi Dris, Annual, Igueriben, Monte Arruit, Zeluán, el liderazgo del General Navarro, las cargas del Regimiento Alcántara en 1921, y la sangre derramada en las playas por los regulares y legionarios en 1925, no pueden quedar en el olvido. Realmente es indignante.

    • Estimado Maximiliano, gracias de corazón por sus palabras. Que un oficial uruguayo retirado, con horas de lectura y estudio a cuestas, comprenda la magnitud de Annual y de Alhucemas mejor que muchos compatriotas míos, es tan reconfortante como doloroso. Reconforta saber que la gesta no ha caído en el vacío absoluto; duele comprobar que, en mi propio país, hemos elegido la senda de la desmemoria y la insensatez, como poco.

      Aquí olvidamos a los nuestros con una ligereza que raya en la traición, mientras otros, desde lejos, reconocen el valor de aquellos hombres que quedaron en el Rif, en Monte Arruit o en las playas de Alhucemas. Por eso su comentario es doblemente valioso: porque honra la memoria de nuestros caídos y porque nos recuerda lo que no deberíamos haber olvidado jamás.

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