La semana que viene se jubila mi amiga MariPuri. No lo ha pensado más, no se lo ha replanteado ni ha buscado excusas para alargar la broma un par de años más. Ni historias de esas tan modernas sobre “demorar la jubilación”, ni trampas de esas que ofrecen las empresas para exprimirte un poco más mientras te hacen creer que eres imprescindible. Nada. Cierra la carpeta, entrega la llave de la taquilla, dice “hasta aquí hemos llegado” y se convierte en una jubilada más de este país. Otra cifra que engorda la estadística del envejecimiento.

Y a mí, qué quieren que les diga, me deja pensando. No porque me ponga melancólico —para eso ya está el vino— sino porque jubilarse hoy en España tiene algo de salto al vacío sin red. No es lo mismo colgar el uniforme, el mono o la chaqueta en 1990 que hacerlo en 2025. Antes sabías que tendrías una pensión más o menos digna, que los precios eran otros y que los nietos corrían por la casa como una bendita condena. Ahora lo que tienes es incertidumbre, facturas eléctricas que parecen escritas por un trilero y un sistema político incapaz de asegurar que dentro de cinco años haya dinero suficiente para pagar lo que prometen.

La jubilación, como tantas otras cosas en este país, se ha convertido en un terreno resbaladizo. Y cuando digo resbaladizo no hablo de los parques donde ponen esas losetas que brillan como espejos cuando llueve, sino de un sistema entero que se tambalea. Basta con mirar la pirámide poblacional, que ya no es pirámide ni nada que se le parezca: es un maldito rombo a punto de invertirse.

El espejismo de la pensión garantizada

Los políticos de turno, que viven de contar cuentos mejor que los hermanos Grimm, insisten en que las pensiones están garantizadas. Y ahí está MariPuri, como tantos otros, creyendo que lo que ha cotizado durante cuarenta años se traducirá en una renta estable, que podrá pagar el gas y el supermercado sin problemas y, de vez en cuando, viajar a Benidorm para presumir de jubilada oficial.

Pero la realidad, como siempre, es más ruin. Las pensiones hoy son un juego de manos: dinero que entra de los que trabajan para salir al instante hacia los que ya no lo hacen. Y si los que entran cada vez son menos y los que salen cada vez son más, no hace falta ser matemático para saber cómo acaba el asunto. Eso sí, ningún político lo dice, porque decir la verdad en este país es un suicidio electoral. Prefieren prometer subidas anuales, vinculadas al IPC, y disfrazar la trampa con tecnicismos que sólo entienden ellos y cuatro economistas.

MariPuri no piensa en esas cosas. Bastante tiene con saberse fuera del juego laboral, con dejar atrás madrugones, jefes de medio pelo y reuniones absurdas. Lo que me preocupa es que, mientras ella celebra su nueva libertad, la realidad está preparando la factura. Y no será barata.

El lujo de hacerse viejo en España

Nos han vendido que vivir más tiempo es un éxito de la civilización. Y lo es, claro. Hemos pasado de enterrar a niños por fiebre en invierno a tener octogenarios que se suben a un avión para ir a bailar salsa en el Caribe. Pero todo éxito tiene su reverso tenebroso: cuanto más vivimos, más cuesta mantenernos. Y aquí la broma no la paga el Estado, sino los que vienen detrás, esos jóvenes precarios que encadenan contratos de becarios a los treinta y que miran la idea de tener hijos como quien contempla un suicidio financiero.

En España el 20 % de la población supera los 65 años. En 2050, si nadie se carga antes el invento, serán 150 millones en toda Europa. Y con más de 85 años, la cifra se triplicará. Traducido: un ejército de mayores exigiendo pensiones, sanidad y cuidados de larga duración, mientras la base de cotizantes se achica. Una ruina a la que nadie se quiere enfrentar, porque aquí todo es corto plazo.

El futuro pintado de virtualidad

Mientras tanto, el mundo avanza hacia otro lado. Escucho a los que creen que la jubilación del futuro se vivirá en realidad virtual: gafas 3D, IA, cápsulas que engañan al cerebro y te hacen creer que paseas por un bosque cuando en realidad estás conectado a una máquina. Es un escenario tan inquietante como plausible. Pero eso será mañana. Hoy, la jubilación en España se parece más a un sudoku de economía doméstica que a una novela de ciencia ficción.

MariPuri, y con ella millones de compatriotas, tendrá que hacer malabares: sumará la pensión, restará la factura de la luz, multiplicará la subida del pan y dividirá lo que queda entre farmacia, gasolina y ocio. A veces sobrará algo, a veces no. La lotería de la vida en la tercera edad.

El espejismo de emigrar

Algunos ya fantasean con largarse. Lo contaba hace poco un vecino: “Me voy a Portugal, que allí la vida es más barata”. Otros miran a Latinoamérica, donde con 1.600 euros puedes vivir lo que aquí cuesta 3.300. Cartagena de Indias, Cancún, Panamá, Tailandia… destinos que suenan a paraíso hasta que recuerdas que dejas atrás a tus nietos, tu lengua —aunque sea la misma, nunca lo es del todo—, tu médico de cabecera y la tortilla con callos.

Jubilarse fuera de España es una opción, sí, pero no para todos. Hace falta dinero, arrojo y un punto de locura que MariPuri, por ejemplo, no tiene. Ella se queda. Se queda con lo suyo, con su familia, con la seguridad de su casa pagada y la costumbre de saber dónde está cada cosa en la nevera del Mercadona.

La hostilidad ideológica

A todo esto se suma la deriva ideológica de Europa. Y aquí, créanme, la cosa se pone fea. Porque quien ha vivido en otro mundo —más austero, más sobrio, con valores diferentes— se encuentra ahora en un escenario que le resulta ajeno: debates sobre género, inclusividad forzada, feminismo de trinchera, nacionalismos agresivos y un desprecio creciente hacia las canas. La vejez, en lugar de ser respetada, empieza a ser vista como un estorbo.

MariPuri, que no es de grandes discursos, me lo resume en una frase: “Parece que molestamos”. Y tiene razón. En la sociedad actual, la jubilación es casi un recordatorio incómodo de que el sistema no funciona, de que cada mes hay que rascar dinero de algún sitio para pagar a los que ya no producen.

El día después

La escena será sencilla: el lunes próximo, MariPuri no irá a trabajar. No habrá madrugón, ni prisas por coger el autobús, ni tonterías del jefe. Tal vez se siente a desayunar tranquila, lea el periódico de papel —porque a ella le gusta mancharse las manos con tinta— y se dé cuenta de que, oficialmente, es una jubilada más. Ese día empezará otra vida, distinta y no necesariamente mejor.

¿Qué significa jubilarse en España hoy? Significa enfrentarse a un país que envejece a toda velocidad, a un sistema de pensiones que se tambalea, a una sociedad que desprecia a los viejos mientras presume de inclusiva, y a una economía que hace equilibrios sobre la cuerda floja. Significa también, no lo olvidemos, disfrutar de cierta libertad: no volver a aguantar jefes mediocres, no tener que sonreír en reuniones estúpidas, poder dormir la siesta sin culpa y, con un poco de suerte, ver crecer a los nietos.

Jubilarse en España, entre la farsa y la esperanza

No quiero ser derrotista. MariPuri se jubila y lo celebra, y yo lo celebro con ella. Pero no me engaño: jubilarse hoy en España es entrar en una partida de póker donde las cartas las reparten políticos que sólo piensan en sobrevivir al siguiente telediario. Es aceptar que la vejez se vive entre recortes, facturas y discursos ideológicos que no entiendes ni compartes.

Al final, jubilarse en España es un acto de resistencia. Resistir a la mediocridad política, a la inflación, a los dogmas culturales impuestos, y seguir adelante con dignidad. MariPuri lo hará, como tantos otros. Y yo, cuando me llegue el turno, sospecho que también. Aunque me reservo el derecho de hacerlo con una copa de vino en la mano y el sarcasmo en los labios, porque si algo nos queda es la mala leche para seguir escribiendo —o al menos narrando— que este país, con todos sus defectos, sigue siendo nuestro.

Así que, después de todo lo dicho, sólo me queda felicitar a mi amiga MariPuri. Bien hecho, has llegado a puerto tras cruzar un mar lleno de temporales, jefes idiotas y madrugones interminables. Te mereces el descanso, la calma y el derecho a mandar al cuerno a quien pretenda decirte cómo vivir tu nueva vida. Que sean muchos años, largos y buenos, llenos de siestas gloriosas, viajes con sabor a aventura, libros por descubrir y risas compartidas. Brindo por ti, MariPuri, y por esa jubilación que no es un final, sino el comienzo de otra vida —más libre, más tuya, más maravillosa—. Y recuerda a este viejales socarrón, que algún día, con mucha guasa, te explicará los tres síndromes del jubilado.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. ¡Enhorabuena Mari Puri!, Vive el presente y se feliz. Gracias Enrique por mostrarnos de nuevo la incertidumbre futura pero, ahora me uno a brindar con una copa de… con Mari Puri por haber llegado a ese estado, de calma, de relax, de libertad de hacer y elegir sin control.

    • Gracias, Yolanda. Al final de eso va todo este lío que llamamos vida: de llegar, si se puede, a ese punto de calma conquistada a pulso. Hoy toca brindar con Mari Puri y celebrar lo vivido, lo elegido y lo que queda por disfrutar. El futuro ya vendrá cuando quiera. 🍷

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