Ayer, mientras medio mundo contenía el aliento escuchando a la NASA, yo miraba alrededor con la esperanza —vana, lo reconozco— de encontrar un atisbo de interés en este país nuestro. Desde Washington, los responsables de la misión Perseverance mostraban datos, imágenes y análisis que podrían marcar un antes y un después en la historia de la humanidad. El rover, con su potencia instrumental, había identificado indicios de lo que podría ser la huella de vida pasada en Marte. Y no era un rumor, ni una especulación de sobremesa: la investigación estaba publicada en Nature, la biblia científica, la liga de los elegidos. Y allí, en esas páginas de impacto internacional, brillaban nombres españoles.
Sí, españoles. Investigadores formados en nuestras universidades, curtidos en laboratorios donde el presupuesto se mide en céntimos, y capaces de abrirse paso hasta dejar huella en un hallazgo que hace temblar la vieja pregunta: ¿estamos solos en el universo?
Y sin embargo, aquí, en España, nada. El silencio más absoluto.
Ni una nota de prensa de la Agencia Espacial Española —esa criatura administrativa recién creada, que nadie sabe muy bien para qué sirve, ni qué hace, ni por qué cuesta lo que cuesta—. Ni un reconocimiento del Ministerio de Ciencia. Ni un tuit de la ministra. Ni un gesto del presidente del Gobierno. Ni un comentario en el Parlamento. Nada. Como si la vida en Marte fuese asunto de otros. Como si los españoles que firman en Nature no existieran.
Mientras tanto, cuando cualquier selección gana un partido, aunque sea amistoso, la maquinaria institucional se pone en marcha: tuits, felicitaciones, banderitas, fotos en Moncloa, medallas al mérito deportivo. Porque eso da votos, claro. Porque el fútbol une. Porque la política vive de gestos inmediatos, de titulares fáciles. Pero la ciencia, amigo, la ciencia no interesa.
El pelo de la dehesa
Y aquí llegamos al dichoso dicho: no quitarnos el pelo de la dehesa. Una expresión vieja y cruel que retrata a quien, por mucho que se vista, por mucho que aparente, sigue cargando con la rusticidad del origen. Eso somos en ciencia: un país con talento brillante, pero con instituciones que se empeñan en permanecer en la edad de piedra. El investigador español brilla en Harvard, en el MIT, en la ESA o en la NASA. Publica en Nature y en Science. Lidera proyectos europeos. Pero en casa sigue siendo invisible. Aquí seguimos con el pelo de la dehesa, incapaces de modernizarnos en lo esencial: valorar la inteligencia, el conocimiento, la investigación.
La conferencia que el mundo escuchó
He visto la rueda de prensa de la NASA. He visto cómo los principales medios del planeta recogían el anuncio. Cómo The New York Times, Le Monde, la BBC y medio mundo titulaban con la posibilidad de vida pasada en Marte. No estamos hablando de un titular cualquiera: es un hito en la historia de la exploración espacial. Y allí, entre los autores del estudio, figuraban nuestros compatriotas. Españoles.
Pero basta encender los noticiarios españoles para comprobar en qué estamos ocupados: la bronca parlamentaria, el último caso de corrupción, las declaraciones cruzadas, el deporte convertido en opio televisivo. De Marte y de nuestros científicos, ni rastro. Como si fuera un asunto menor. Como si no tuviera nada que ver con nosotros.
El vacío institucional
¿Dónde está la Agencia Espacial Española? ¿Para qué se creó, más allá de colocar burócratas en despachos y repartir cargos a dedo? ¿Qué ha expresado sobre este hallazgo histórico? Nada. ¿Dónde están los organismos de investigación, los centros que deberían enorgullecerse de la participación de sus miembros? Silencio.
El contraste es sangrante. Cuando se trata de inaugurar un polígono industrial o cortar la cinta de una carretera, no falta político con tijeras en la mano y sonrisa para la foto. Cuando se trata de reconocer a quienes ponen el nombre de España en el firmamento científico mundial, no hay nadie. Ni siquiera una palmada en la espalda.
La vieja historia de siempre
Lo de investigar en España es llorar. Lo escribieron hace décadas y sigue siendo verdad. Porque aquí, la ciencia no se premia. Se tolera, como quien soporta a un pariente incómodo. Y se ignora, hasta que un día se va.
Cuántos investigadores españoles se han marchado fuera buscando un futuro que aquí les negaban. Cuántos trabajan en proyectos punteros de la ESA, del CERN, de la NASA, y aun así en su propio país siguen siendo desconocidos. Cuántos sobreviven con contratos basura, encadenando becas mal pagadas, como si la vocación fuese suficiente para llenar la nevera.
He conocido a muchos. Gente brillante, que podría estar cambiando el rumbo de la ciencia mundial, y que aquí malviven sin estabilidad, sin reconocimiento, sin futuro. Cuando logran publicar en Nature, no reciben más que el silencio. Cuando participan en misiones espaciales, nadie les menciona. Y cuando deciden emigrar, nadie se pregunta por qué.
Un país ingrato con sus mejores
España es un país ingrato con sus científicos. Lo ha sido siempre. Basta repasar la historia: Ramón y Cajal, que se quejaba de la falta de apoyo institucional; Severo Ochoa, que tuvo que desarrollar su carrera en Estados Unidos; Margarita Salas, que hablaba de la precariedad crónica de los laboratorios. Los nombres cambian, los tiempos también, pero la desidia es la misma.
No pedimos que se organice un desfile por la Castellana. Ni que se declare fiesta nacional. Bastaría un gesto, una palabra, una felicitación institucional. Bastaría un reconocimiento simbólico, aunque fuese pequeño, que hiciera sentir a esos investigadores que su país está orgulloso de ellos. Pero ni eso.
La metáfora del fútbol
Me viene a la cabeza una metáfora inevitable: el deporte. Cuando la selección gana, los balcones se llenan de banderas. Cuando se gana un mundial, los jugadores se convierten en héroes. Cuando alguien bate un récord, los políticos se hacen fotos con ellos. No digo que no lo merezcan. Pero ¿qué pasa con quienes logran algo que no se mide en goles, sino en descubrimientos? ¿Qué pasa con quienes ponen a España en Nature? ¿Qué pasa con quienes responden a la pregunta más antigua de la humanidad?
La respuesta es sencilla: no interesa. Porque la ciencia no da votos inmediatos. Porque no llena estadios. Porque no genera titulares fáciles. Y porque, al fin y al cabo, seguimos con el pelo de la dehesa.
El contraste con otros países
Miro a mi alrededor, más allá de nuestras fronteras. En Francia, un hallazgo así sería portada de todos los diarios, con el ministro de Investigación dando entrevistas y las instituciones presumiendo de sus científicos. En Estados Unidos, el Congreso aplaudiría a los equipos de la NASA y cada universidad celebraría el logro. En Alemania, se organizarían charlas públicas, programas especiales, y los investigadores serían tratados como referentes.
Aquí, silencio. Como si no existiera. Como si no fuera con nosotros.
Una rabia seca
Yo, que aún me emociono con estas cosas, siento rabia. Rabia seca, de la que quema por dentro. Porque sé lo que cuesta llegar hasta ahí. Sé las horas, los años, la precariedad, los contratos basura, la falta de apoyo. Sé el precio personal que pagan nuestros científicos para estar en primera línea del conocimiento mundial. Y sé que, cuando lo logran, cuando alcanzan un hito que podría cambiar la historia de la humanidad, su país les da la espalda.
Es como ver a un soldado regresar victorioso del frente y encontrar la puerta cerrada. Es como ganar una batalla épica y descubrir que en casa nadie se ha enterado.
El eco de Galdós
Pienso en Galdós, en su frase inmortal: “Lo de investigar en España es llorar”. Y pienso que sigue tan vigente como el primer día. Cambian los gobiernos, cambian los ministros, cambian los logos de las instituciones, pero la esencia es la misma. La ciencia no interesa. Los científicos no cuentan. El talento se ignora.
Y así seguimos, año tras año, década tras década, con el pelo de la dehesa.
El futuro que no llega
Dicen que la Agencia Espacial Española es el futuro. Que servirá para coordinar proyectos, impulsar la investigación, dar visibilidad a nuestros científicos. Me gustaría creerlo. Pero lo visto estos días me obliga a pensar lo contrario. Una institución que no es capaz de aplaudir un hallazgo de este calibre no merece ese nombre. Una agencia que no se hace eco de lo que sus compatriotas logran en Marte es poco más que un chiringuito burocrático.
Mientras tanto, los científicos españoles seguirán tirando del carro. Seguirán publicando en Nature, en Science, en PNAS. Seguirán participando en misiones internacionales. Seguirán demostrando que, a pesar de la falta de apoyo, el talento español brilla. Y lo harán, como siempre, en silencio, sin reconocimiento, sin apoyo institucional.
Hoy, cuando en todo el mundo se habla de Marte y de la vida, yo sólo puedo pensar en la ironía de este país. Aquí, donde celebramos con entusiasmo cada triunfo deportivo, donde la política ocupa todas las portadas, donde el ruido sustituye al pensamiento, seguimos siendo incapaces de valorar lo que de verdad importa.
Unos compatriotas han participado en un hallazgo que podría cambiar nuestra concepción del universo. Y España, en vez de aplaudir, calla.
Lo de investigar en España es llorar. Y que me perdonen los clásicos, pero llorar con toda la mala leche acumulada de tantos años.
Triste artículo, aunque muy real y reflejo de la situación científica, que no es nueva. ¡Enhorabuena, Enrique!
Gracias, Jesús. Triste, sí, porque refleja una realidad que arrastramos desde hace décadas. Y lo peor es que no cambia: seguimos perdiendo talento mientras nuestras instituciones miran para otro lado. La ciencia en España sobrevive gracias a los científicos, no gracias a quienes deberían apoyarla.