Hay libros que se encuentran como quien tropieza con un viejo casquillo en el campo de batalla. No los buscabas, no los necesitabas, pero al recogerlos entre los dedos aún huelen a pólvora y a historia. Eso me ocurrió al dar con La guerra psicológica, escrito por Fernando Frade Merino, coronel de artillería y profesor de Estado Mayor, allá por los años ochenta —creo—. Un manual castrense, de esos que en casa de cualquiera duermen en un rincón, olvidados entre enciclopedias desfasadas y novelas con páginas amarillentas. Ni las cubiertas conservo ya —perdidas hace mil años—, y el pequeño libro estaba en un tris de acabar en la papelera. Si no fuera por ese amor testarudo a los libros, que me impide deshacerme de ellos aunque huelan a polvo y desuso, ni siquiera lo habría abierto. Creo recordar que me lo dio un brigada en mi época militar; descansaba ya entonces arrumbado en una estantería de una pequeña biblioteca —un cuartucho, vamos— con algunos volúmenes sobre balística, estrategia y cosas varias, de esos que servían para que tres soldados aprendieran un mínimo del asunto y, con suerte, pudieran convertirse en cabos.
Lo abrí sin esperar gran cosa, como quien hojea por puro aburrimiento un tomo gris, y me encontré con un mapa minucioso de lo que somos y seguimos siendo: carne de propaganda, soldados involuntarios de una batalla que nunca termina, piezas de ajedrez movidas por manos invisibles. Porque lo que entonces era panfleto impreso, rumor en la cantina o voz en la radio clandestina, hoy se disfraza de tuit, meme, fake news o vídeo viral de TikTok. La esencia es la misma: moldear la conducta humana con palabras, símbolos y emociones.
Lo fascinante del libro no es solo lo que cuenta, sino el eco que resuena en este presente digitalizado, donde la artillería se cambió por algoritmos y la infantería por influencers. Y, al releerlo, uno comprende que el coronel Frade escribía desde 1982, pero que podría estar hablándonos hoy mismo.
Política, guerra y estrategia global
El manual arranca recordando una obviedad que nunca sobra repetir: la política y la guerra son dos caras de la misma moneda. No hay estado que no piense primero en sus intereses, aunque luego se vista de altruismo, y cuando los intereses chocan, la tensión desemboca en el choque armado. Hasta aquí, nada nuevo. Pero Frade añade algo esencial: antes de que hablen los cañones, hablan las palabras. Antes de que caiga la bomba, se lanza la consigna.
El coronel define la estrategia global como ese arte de disponer los medios —militares, económicos, ideológicos y, sobre todo, psicológicos— para obtener la victoria. Una victoria que no siempre se mide en terreno conquistado, sino en voluntades sometidas. La geopolítica del siglo XX, con bloques enfrentados y territorios de fricción, ya obligaba a pensar así: no solo hay que ganar batallas, hay que ganar conciencias.
Y aquí surge la primera lección: la guerra psicológica no es un episodio más de la historia militar. Es el marco permanente donde se desarrolla la política mundial. Frade la llamaba “arma total y permanente”. Yo lo llamo el aire que respiramos sin darnos cuenta.
Clases de guerra: de la total a la revolucionaria
El autor distingue entre guerras generales, limitadas, frías e irregulares. Y dentro de estas últimas, coloca la joya envenenada del siglo XX: la guerra revolucionaria. No se trata de cañones ni de divisiones blindadas, sino de socavar desde dentro, de manipular conciencias, de infiltrarse en los poros de una sociedad hasta que esta implosione.
Cita a Marx, Lenin y Mao como los grandes artífices de esa forma de combate donde el campo de batalla principal es la mente de los hombres. La revolución, dice Frade, no es solo política: es psicológica, cultural, educativa, económica, religiosa. Se prepara con paciencia, se infiltra en los medios, en la escuela, en la fábrica, en la parroquia, hasta que un día el edificio se derrumba.
¿Les suena? En la España de hoy, basta encender la televisión pública o abrir Twitter para ver trincheras ideológicas cavadas con las mismas palas. La técnica no ha cambiado: se agita a la masa, se manipula la frustración, se crean enemigos simbólicos, se movilizan emociones. Antes era el panfleto; ahora es el trending topic.
Conducta humana: la materia prima
El segundo gran bloque del libro se centra en la conducta humana, individual y colectiva. Porque para manipular, primero hay que conocer la arcilla que se moldea.
Frade analiza motivaciones, impulsos, percepciones, frustraciones. Nos recuerda que la gente no actúa solo por lógica: actúa por hambre, miedo, orgullo, estima, fe o deseo. Y que cuando esos impulsos se frustran, aparece la agresión, la apatía o la sustitución. Tres puertas que cualquier propagandista sabe abrir a su conveniencia.
Las actitudes, dice, son estados de ánimo que predisponen a reaccionar. Se forman en la familia, la escuela, la religión, el grupo social. Algunas son profundas y casi inmutables; otras, superficiales y fácilmente manipulables. El operador psicológico —ese titiritero invisible— busca grietas, contradicciones, vulnerabilidades.
En los años 80, esto sonaba a teoría académica. Hoy es el manual de instrucciones de Facebook, Google y las agencias de marketing político. Lo que Frade explicaba como hipótesis de manual, Zuckerberg lo convirtió en negocio multimillonario: rastrear tus emociones, medir tus actitudes, bombardearte con mensajes diseñados para que pulses un botón o votes a un candidato.
Grupos, masas y minorías
El libro dedica páginas a los grupos sociales, las muchedumbres y las masas. Ortega y Gasset ya había escrito sobre ello: la masa es el hombre que se siente como todos, que no exige de sí esfuerzo de perfección. Y frente a ella, las minorías que se esfuerzan por dirigir, innovar, abrir camino.
La muchedumbre, advierte Frade, no es lo mismo: es un agregado sin dirección, que puede convertirse en turba con un estímulo adecuado. Basta un rumor, una catástrofe, un atentado. Entonces surgen líderes improvisados y la emoción colectiva barre la razón.
Si esto sonaba convincente en los ochenta, imaginen hoy, cuando cualquier imbécil con un móvil puede arrastrar a miles a un bulo o a una revuelta digital. La masa digital no piensa: reacciona, comparte, lincha, cancela. Y quienes saben manejar esa corriente son los verdaderos estrategas de la guerra psicológica contemporánea.
Cultura, educación, religión, economía, arte
Frade dedica un capítulo a lo que llama los grandes ejes de cohesión social: cultura, educación, religión, economía y arte. Cada uno es un campo de batalla.
La educación moldea desde la infancia los valores y las actitudes. La religión da sentido y esperanza, pero también puede manipular conciencias. La economía condiciona expectativas, frustraciones, odios y lealtades. El arte y los medios de comunicación expresan símbolos y narrativas capaces de inflamar emociones colectivas.
El operador psicológico sabe usar todo esto como munición. Siembra dudas en la religión, manipula cifras económicas, usa canciones, películas, slogans. El enemigo deja de ser un ejército: se convierte en una caricatura, un monstruo, un corrupto, un tirano.
Hoy basta mirar la guerra de Ucrania para ver la repetición del guion: unos hablan de “nazis en Kiev”, otros de “tiranos en Moscú”. Unos muestran niños muertos en hospitales; otros, soldados abrazando abuelas. La economía es arma, la religión es excusa, la cultura es vehículo. La guerra psicológica sigue intacta, solo ha cambiado de uniforme.
Teoría de la propaganda
Quizá la parte más jugosa del libro sea la dedicada a la propaganda. Frade la describe como un ciclo de comunicación con elementos claros: fuente, mensaje, medio, audiencia, efectos. Nada nuevo bajo el sol, salvo la precisión con que lo detalla.
El mensaje debe ser breve, claro, emotivo, creíble. Ha de apelar a la lógica o a la emoción, pero siempre con cuidado de no provocar un “efecto boomerang” (que el mensaje cause rechazo). Existen tipos de propaganda: blanca (identificada), gris (disimulada), negra (falsa atribución). Y técnicas para neutralizar la propaganda enemiga: ridiculizarla, desmentirla, saturarla.
En tiempos de Frade, esto significaba octavillas, radios clandestinas, periódicos. Hoy son cuentas falsas en Twitter, bots en Telegram, deepfakes en YouTube. El manual es el mismo, pero ahora se ejecuta a velocidad de fibra óptica y con alcance planetario.
Formas de comunicación: del rumor al chiste
El coronel se detiene en las formas de comunicación más útiles en operaciones psicológicas. Algunas parecen sacadas de un manual de guerrilla cultural:
- El eslogan: breve, repetitivo, fácil de recordar.
- El rumor: insidioso, imposible de rastrear, eficaz para sembrar dudas.
- El chiste: arma corrosiva que ridiculiza al enemigo.
- El discurso y la representación dramática: movilización emocional.
- La noticia y el comentario: disfrazados de objetividad, pero cargados de intención.
¿Les suena? Hoy el rumor es “me ha llegado por WhatsApp”. El chiste es el meme viral. El eslogan es el hashtag. La noticia manipulada es el pan de cada día en portales de dudosa procedencia. Lo que en los 80 era un arsenal de propaganda rudimentaria, hoy es la artillería pesada de internet.
Medios de difusión
Frade distingue entre medios impresos, auditivos y audiovisuales. Prensa, radio, altavoces, cine, televisión. Lo explica con detalle, como un catálogo de armas.
Cuatro décadas después, esos medios siguen ahí, pero han sido devorados por las redes sociales. El algoritmo es hoy el general invisible que decide qué rumor llega, qué meme se viraliza, qué noticia se entierra. El soldado ya no reparte panfletos: programa bots. El propagandista ya no diseña carteles: manipula big data.
Planeamiento de operaciones psicológicas
El último bloque del libro es un manual de campaña. Cómo planear operaciones psicológicas, cómo adaptarlas a situaciones de guerra fría, ofensiva comunista, subversión o guerra regular. Incluye esquemas, pasos, fases, objetivos.
Y aquí es donde uno se da cuenta de que nada ha cambiado. Sustituyan “guerra fría” por “guerra híbrida”, “ofensiva comunista” por “campaña de desinformación rusa”, “subversión” por “terrorismo yihadista” o “influencers políticos”, y el manual sigue vigente. Lo único nuevo es la tecnología. La esencia es la misma: desmoralizar al enemigo, cohesionar a los propios, manipular a los neutrales.
La vigencia hoy
Cuarenta años después de su publicación, este libro sigue oliendo a pólvora. Porque lo que Frade describía como doctrina militar hoy se ha convertido en atmósfera civil.
La guerra psicológica está en todas partes:
- En las elecciones, donde se bombardea al votante con mensajes diseñados para manipular su miedo o su esperanza.
- En las guerras actuales, donde las imágenes se disputan como territorios: un hospital bombardeado, un tanque ardiendo, un líder visitando trincheras.
- En las redes sociales, donde cada like, cada retuit, cada hashtag es una bala perdida en la trinchera digital.
- En la economía, donde se lanzan rumores de crisis, sanciones o rescates como si fueran proyectiles.
El libro de Frade es, en el fondo, un aviso: no estamos en paz, nunca lo estuvimos. Vivimos en un campo de batalla invisible, donde el arma principal no es el fusil, sino la palabra.
Al cerrar el libro, uno se queda con un sabor agridulce. Por un lado, la admiración por un coronel que en los 80 ya entendía la guerra como un fenómeno total, psicológico, cultural. Por otro, la constatación amarga de que, cuarenta años después, seguimos atrapados en el mismo juego, solo que ahora lo jugamos todos, cada día, con cada clic.
En esas viejas páginas amarillentas había manuales de octavillas y panfletos. Hoy nosotros somos la imprenta, la emisora, el altavoz. La guerra psicológica no se estudia: se respira. Y lo que parecía un libro de biblioteca olvidada se convierte en espejo incómodo.
Porque, en el fondo, seguimos siendo lo mismo: soldados de una batalla que no vemos, pero que nos atraviesa a diario en la pantalla que llevamos en el bolsillo.
Y ese, créanme, es el fuego más peligroso: el que no se ve, pero arde igual.
















