A los cuarenta años de almanaque, cuando uno ya ha vivido lo bastante para sospechar que la vida no es esa epopeya gloriosa que nos vendieron en los tebeos de juventud, me encontré de nuevo con las viñetas. Había dejado el cómic, como tantos, en los años mozos, cuando creía que el mundo se conquistaba con libros de historia, tratados de filosofía o manuales de management. Y fue Elisa McCausland, colega de trabajos nada relacionados con las novelas gráficas, la que me inoculó aquel bendito veneno de nuevo: sentarme, abrir un cómic y dejar que el tiempo se disolviera en las viñetas como se disuelve el azúcar en el café caliente de una tarde tranquila.

Y allí estaba, casi por azar, aquel pequeño local en la avenida de Guadalajara, junto a la parada del autobús que me llevaba a Madrid. Una tienda minúscula, sí, pero con el corazón más grande que muchos edificios oficiales de la ciudad. Mientras esperaba el autobús, a veces caía un cómic. Sin pensarlo, como quien compra tabaco o un billete de lotería, con la secreta esperanza de que esa portada escondiera dentro un tesoro. Puede que fueran los inicios de Alcalá Cómics. No puedo asegurarlo, la memoria es una amante caprichosa y traicionera. Pero lo cierto es que la tienda estaba allí. Y, con los años, desapareció de aquel lugar para reaparecer, como todo buen héroe de cómic, con más fuerza y en otra esquina cercana, pero esta vez con muchos más metros y con el espacio suficiente para desplegar todo el universo que llevaba dentro.

Desde entonces, Alcalá Cómics ha sido más que un comercio. Ha sido —permítanme la licencia épica— un refugio. Una catedral del papel impreso donde la fe se mide en viñetas, portadas alternativas y ediciones limitadas.

La resistencia de los viejos templos del cómic

Treinta años. Ahí es nada. Cuando uno pronuncia esas palabras y se da cuenta de que 1995 ya no queda tan cerca como la memoria nos hace creer, comprende que sobrevivir tres décadas en España con un negocio cultural es poco menos que una hazaña homérica. Porque no hablamos de una cafetería en la esquina, ni de un bar con terraza que, mal que bien, siempre encuentran parroquianos. Hablamos de un templo dedicado a los cómics, al manga, al rol, a los juegos de mesa y a la parafernalia que algunos llaman frikismo y otros, sencillamente, cultura popular.

Sobrevivir tres décadas en España con un negocio cultural es poco menos que una hazaña homérica

En 1995, el país aún miraba con sorna a quienes compraban cómics pasados los dieciséis años. Éramos, a ojos de los más serios, adultos extraviados que se negaban a crecer. Pero resulta que esa minoría silenciosa creció, se multiplicó y hoy alimenta un sector que factura millones y arrastra a Hollywood de la pechera.

Pero para llegar aquí hubo que resistir. Crisis económicas, modas pasajeras, el avance del digital, las editoriales que desaparecían sin pagar a imprentas ni traductores, los alquileres asfixiantes y las pandemias que dejaron calles vacías. Alcalá Cómics siguió. Con las luces encendidas, con las estanterías repletas, con esa terquedad que solo tienen los que creen de verdad en lo que hacen. Y esa terquedad se paga con esfuerzo, con desvelos, con la renuncia a horarios cómodos y con la fe ciega en que siempre habrá alguien dispuesto a abrir una grapa, a hojear un tomo o a perderse entre estantes.

Vagabundeos entre estantes

Yo mismo me he perdido decenas de veces en sus pasillos. Sin rumbo fijo, como un marinero viejo que entra en puerto y decide dejarse llevar por las tabernas. Hay días que uno entra sin saber qué busca, y acaba saliendo con un título bajo el brazo que no esperaba. Otras veces se trata de un objetivo claro: aquel volumen pendiente, ese autor recomendado, esa reedición largamente esperada. Pero siempre hay algo.

A veces el botín acaba en mis estanterías, otras veces viaja a casa de un amigo o de un familiar en forma de regalo. Porque si algo tienen los cómics, además de viñetas, es esa capacidad de ser puente entre generaciones, de ser obsequio cargado de complicidad.

Y luego está el bullicio de las mesas de rol. No es lo mío, confieso, pero me fascina ese rumor constante de dados rodando, papeles arrugados, voces que se cruzan, imaginaciones que se disputan un dragón, un tesoro o un calabozo. En un tiempo en el que las pantallas nos reducen a zombis de sofá, ese entusiasmo compartido en torno a una mesa tiene algo de milagro.

El merchandising y los fetiches

No olvidemos el otro capítulo: el merchandising. Fucos que se cuelan en las estanterías de casa, figuras que custodian escritorios, tazas que hacen del café una declaración de principios. Sí, también de eso se alimenta el alma. Porque, aunque los puristas lo nieguen, los pequeños fetiches son parte del ritual.

Y lo cierto es que Alcalá Cómics nunca se quedó solo en vender. Siempre fue un espacio de encuentro, un punto de reunión, un lugar donde uno podía sentirse parte de una comunidad invisible que, sin embargo, existía. La de los que sabemos que no hay nada más épico que un buen cómic abierto en el momento preciso.

Una deuda con los fundadores

En su comunicado de aniversario, el equipo agradece a sus padres el haber seguido adelante pese a los momentos difíciles. Y ahí está, quizás, la clave de todo: la herencia. Lo que comienza como aventura de unos padres se convierte, con los años, en refugio para una comunidad entera. Esa continuidad familiar es la que da solidez a los proyectos. Porque no hablamos de franquicias impersonales ni de multinacionales. Hablamos de padres, de hijos, de un esfuerzo compartido que se prolonga tres décadas.

Treinta años no se improvisan. Treinta años se conquistan día a día, con sacrificios invisibles, con esa fe que, a veces, parece rozar la locura. Y por eso mismo se merecen el aplauso. No un aplauso condescendiente, sino uno sincero, de quienes sabemos lo que cuesta levantar y mantener algo en este país donde la cultura suele ser la primera víctima de la mediocridad política y económica.

El eco de las viñetas en la ciudad complutense

Alcalá de Henares es ciudad de letras, no hace falta recordarlo. Es cuna de Cervantes, patrimonio de la humanidad, destino de turistas que vienen buscando piedras viejas y manuscritos. Pero también es ciudad viva, con barrios que laten, con jóvenes que buscan referentes, con lectores que necesitan puntos de encuentro. En ese contexto, Alcalá Cómics se convierte en parte del paisaje cultural. Una pieza imprescindible que ha acompañado a varias generaciones.

Porque los que compraban en los 90 hoy llevan a sus hijos a curiosear entre estantes. Y esos hijos descubrirán que las historias no solo se ven en pantallas, sino que también se leen en papel, con el olor de la tinta fresca y la textura de las páginas entre los dedos.

La épica de resistir

Treinta años después, en un mundo donde las librerías cierran y las grandes superficies devoran todo, Alcalá Cómics sigue en pie. Y no solo sigue: promete otros treinta años más. Esa declaración, que parece sencilla, es en realidad una proclama épica. Porque significa desafiar el futuro, plantarle cara al vértigo de lo digital, apostar por el encuentro humano en un tiempo en el que todo se vuelve remoto, instantáneo, desechable.

En estos tiempos, abrir la persiana cada mañana es un acto de resistencia. Mantener la pasión intacta después de tres décadas es un gesto heroico. Y celebrar treinta años en comunidad es un triunfo colectivo.

Una promesa de futuro

Yo, que me he perdido tantas veces en sus estantes y he salido con tesoros bajo el brazo, solo puedo agradecerles. A sus fundadores, a quienes siguen al frente, a quienes atienden detrás del mostrador, a quienes preparan pedidos, organizan partidas o recomiendan lecturas. Porque su empeño no es un simple negocio: es la continuidad de una tradición cultural que, sin ellos, se extinguiría.

Felicidades, Alcalá Cómics. Que la próxima viñeta de vuestra historia sea aún más gloriosa que las anteriores

En tiempos de algoritmos y pantallas que nos dictan qué ver y qué comprar, Alcalá Cómics nos recuerda que hay otra forma de descubrir historias: entrando por la puerta, dejándose llevar por el instinto, hablando con quien recomienda desde el otro lado del mostrador. Ese gesto, tan simple, es también un acto de libertad.

Un aniversario

Treinta años. Un soplo, dicen algunos. Una eternidad, sabemos los demás. Treinta años de papel, tinta, dados, tableros, figuras, cafés compartidos, charlas interminables, ilusiones renovadas. Treinta años de comunidad.

Y yo, que he visto a la tienda cambiar de lugar y crecer, que la he frecuentado con la devoción de un peregrino, que me he dejado arrastrar por títulos imprevistos, no puedo sino celebrarlo. Porque si Alcalá Cómics cumple treinta años, lo celebramos todos los que alguna vez encontramos en sus estantes un refugio contra el ruido del mundo.

Así que, felicidades, Alcalá Cómics. Que la próxima viñeta de vuestra historia sea aún más gloriosa que las anteriores. Y que dentro de treinta años volvamos a levantar la copa —o el tomo— para brindar por sesenta años de resistencia. Porque en este país de olvidos, mantener viva una tienda de cómics durante tres décadas es, créanme, un acto tan heroico como cualquier batalla dibujada en viñetas.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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