Diré la verdad, aunque a más de uno le incomode: la democracia moderna no es otra cosa que un gigantesco teatro de sombras. Y no lo digo yo solo, lo dejó escrito hace casi ochenta años un tipo llamado Edward Bernays, sobrino de Freud y considerado el padre de las relaciones públicas. Fue él quien, en 1947, publicó un ensayo titulado The Engineering of Consent, “La ingeniería del consentimiento”, en el que defendía que, en una democracia de masas, el ciudadano corriente debía ser guiado por una élite que supiera manejar símbolos y emociones. La frase es aparentemente técnica, casi inocente, pero escondía dinamita: en el fondo venía a decir que las masas no saben lo que quieren, que es necesario empujarles suavemente para que crean que deciden, cuando en realidad obedecen.

Bernays lo sabía porque había mamado la lección en casa. De su tío Freud aprendió que los seres humanos no nos movemos por razones, sino por impulsos inconscientes: miedo, deseo, orgullo, inseguridad. No somos criaturas racionales, somos animales domesticados a golpes de símbolos —unos gilipollas, vamos—. Tomó esa idea, la envolvió en un envoltorio moderno y la aplicó con precisión quirúrgica a la política, la publicidad y la propaganda. Su descubrimiento era brutal: si se quería que la gente aceptara una guerra, un producto o un candidato, bastaba con diseñar el mensaje adecuado y difundirlo con las herramientas de comunicación de masas. No se trataba de convencer, sino de fabricar consentimiento.

Las masas no saben lo que quieren. es necesario empujarles suavemente para que crean que deciden, cuando en realidad obedecen

Y lo peor es que funcionaba. Vaya si funcionaba. El propio Bernays dejó pruebas que hoy suenan casi a broma macabra. En los años veinte, por ejemplo, el tabaco era un territorio prohibido para las mujeres en Estados Unidos. Fumar en público estaba mal visto, era cosa de hombres. Fue entonces cuando American Tobacco lo contrató. Y el genio perverso tuvo una idea: organizó un desfile en Nueva York con un grupo de jóvenes elegantes que, al llegar a una esquina, sacaron cigarrillos y los encendieron. Los llamó “antorchas de la libertad” y se lo vendió a la prensa como un acto feminista. No era una reivindicación de derechos, sino una campaña de marketing, pero funcionó. Al día siguiente, los periódicos recogieron el gesto como una explosión de modernidad y emancipación. Las ventas de tabaco entre mujeres se dispararon.

Lo mismo hizo con el desayuno. Hasta entonces, en Estados Unidos, la primera comida del día podía ser ligera: café, tostadas, algo de fruta. Pero a la industria del beicon no le salían las cuentas. Así que Bernays convenció a médicos para que firmaran una declaración colectiva en la que recomendaban un desayuno fuerte y energético. Aquella carta circuló como un dogma. La prensa la publicó, la gente la repitió y el mito quedó instaurado: el verdadero desayuno americano eran beicon y huevos. De pronto, millones de personas creyeron que seguían un consejo científico cuando en realidad obedecían los intereses de una empresa que había pagado la jugada.

Así era Bernays. No vendía productos, vendía realidades. No impulsaba cambios sociales, los fingía para que parecieran auténticos. Su ingenio fue tan eficaz que el propio gobierno de Estados Unidos lo reclutó durante la Primera Guerra Mundial en el Comité de Información Pública, un organismo destinado a convencer a una sociedad pacifista de que debía mandar a sus hijos a morir en Europa. La consigna era clara: no se trataba de informar, sino de persuadir. Y persuadir significaba despertar miedos, fabricar enemigos, inundar periódicos y carteles con la sensación de que no apoyar la guerra era traicionar a la patria.

La historia posterior está llena de episodios que llevan su huella o la de sus discípulos. Guatemala, 1954: Jacobo Árbenz propone una reforma agraria que amenaza los intereses de la United Fruit Company. Bernays trabaja para ellos, organiza campañas en la prensa norteamericana, repite hasta el hartazgo que el país centroamericano se ha convertido en un satélite soviético. El resultado es que la opinión pública en Estados Unidos acepta como legítimo un golpe de Estado patrocinado por la CIA. Árbenz cae, el país se hunde en una dictadura sangrienta y la democracia, una vez más, se viste de respetabilidad gracias a un guion escrito en un despacho.

Lo mismo pasó en Irán en 1953, con la operación Ajax contra Mosaddegh, aunque allí los británicos pusieron más empeño que los americanos. Y lo mismo, con distinto decorado, se ha repetido en Vietnam, en Chile en el 73, en Irak en 2003. Da igual el continente, da igual el siglo: la ingeniería del consentimiento es el hilo invisible que cose la historia moderna.

La ingeniería del consentimiento es el hilo invisible que cose la historia moderna

Cuando uno repasa estas jugadas con un poco de calma, entiende hasta qué punto somos marionetas. Me dirán que exagero, que al final el pueblo decide. Permítanme que sonría con amargura: el pueblo decide, sí, pero decide lo que previamente le han inducido a decidir. Y de eso se encargan ejércitos invisibles de publicistas, consultores y propagandistas que saben que una lágrima en la televisión vale más que diez argumentos en un debate.

La llegada de la televisión perfeccionó la técnica. Lo entendió Kennedy mejor que nadie en aquel debate con Nixon en 1960. Los que lo escucharon por radio dieron ganador a Nixon. Los que lo vieron por televisión, arrasados por la sonrisa impecable de Kennedy y el sudor nervioso de su rival, sentenciaron lo contrario. Desde entonces, la política dejó de ser un asunto de estadistas para convertirse en un espectáculo de imagen. La telegenia se impuso al discurso, la pose al programa. Y así nacieron los spin doctors, los asesores de imagen, las campañas que no buscan convencer sino emocionar.

El salto digital nos llevó aún más lejos. Si Bernays necesitaba convencer a un periodista para que publicara una columna, hoy basta con que un algoritmo decida qué noticia aparece en la primera página de Google y cuál se pierde en la vigésima. Si en los años cincuenta había que sobornar a un columnista para que atacara a un político, hoy basta con inundar Twitter —o X, como lo llaman ahora— y TikTok con mensajes coordinados hasta que una mentira repetida mil veces se convierta en verdad.

El caso de Cambridge Analytica es paradigmático. Millones de usuarios de Facebook vieron cómo sus datos eran robados y utilizados para construir perfiles psicológicos que permitieran diseñar mensajes políticos a medida. A unos se les hablaba de inmigración, a otros de desempleo, a otros de corrupción. Cada votante recibía la dosis exacta de miedo o de esperanza necesaria para mover su papeleta. Así se cocinó el Brexit. Así se ayudó a colocar a Trump en la Casa Blanca. Y mientras tanto, millones de ingenuos creyeron que habían votado libremente, convencidos de que su decisión había sido autónoma.

Hoy ocurre lo mismo en Europa, en Hispanoamérica, en cualquier rincón del planeta donde un teléfono móvil se conecta a internet. La campaña no está en los mítines ni en los programas de televisión. Está en el bolsillo, en esa pantalla que consultamos veinte veces por hora sin sospechar que detrás hay una maquinaria entera calculando qué debemos ver, qué debemos pensar y qué debemos temer.

Lo inquietante ya no es que nos manipulen, sino que lo hagan sin que lo percibamos. Antes la propaganda se olía: era el cartel de guerra que te pedía alistarte, el noticiario en blanco y negro que mostraba soldados sonrientes en el frente. Hoy la propaganda es invisible: es el trending topic que parece espontáneo pero está pagado, el artículo que lees sin saber que es publicidad encubierta, el vídeo viral que en realidad forma parte de una campaña diseñada en un despacho. Bernays decía que el éxito consistía en hacer que la gente creyese que elegía libremente. Pues bien, en eso hemos alcanzado la perfección: millones de ciudadanos convencidos de ser libres mientras obedecen órdenes camufladas en memes, titulares y algoritmos.

Lo vimos con la guerra de Ucrania. A los europeos se nos bombardeó con un relato único: el de la resistencia heroica frente al mal absoluto. Todo lo demás, cualquier matiz, cualquier análisis histórico que recordara los años previos, fue silenciado, etiquetado de propaganda enemiga o borrado de las redes sociales. De un plumazo, en nombre de la democracia, se prohibieron y cerraron medios del este, considerados portavoces de Moscú. Plataformas que hasta ayer presumían de libertad de expresión eliminaron canales, bloquearon emisoras y censuraron contenidos. Lo llamaron lucha contra la desinformación, pero en la práctica significó que se nos negó la posibilidad de escuchar la otra versión de los hechos.

La censura moderna no necesita gulags ni hogueras: basta con que un algoritmo esconda tu mensaje bajo toneladas de ruido digital o con que un gobierno dicte a qué medios se puede acceder y a cuáles no. Y lo paradójico es que esto ocurre en la llamada Europa de las libertades, donde la pluralidad informativa fue sustituida por un monólogo oficial en el que toda disidencia quedaba reducida al silencio o a la sospecha de traición. El resultado es que millones de europeos creen que entienden la guerra, cuando en realidad solo conocen el guion que se les ha entregado. Y mientras tanto, se votan presupuestos militares históricos sin debate, se entregan armas como si fueran caramelos y se hipotecan economías enteras para sostener un conflicto que probablemente terminará negociado en una mesa.

Veo presidentes que ya no gobiernan países, sino audiencias. Sus discursos no buscan convencer parlamentos, sino trending topics. Sus decisiones no se explican en debates abiertos, sino en vídeos cortos editados para TikTok. Y lo peor es que se creen estadistas cuando en realidad son actores de una comedia escrita por asesores de comunicación y amplificada por algoritmos que premian la ocurrencia frente a la reflexión. Von der Leyen, Macron, Sánchez, Biden, Trump, Putin: todos, con mayor o menor fortuna, utilizan la misma maquinaria. Y todos saben que, sin ella, no son nada. El problema es que esa maquinaria no está controlada por los pueblos, sino por corporaciones tecnológicas que deciden qué se ve y qué no, qué se amplifica y qué se entierra. La soberanía ya no se disputa en parlamentos, sino en servidores de Silicon Valley.

La democracia actual se parece a esas jaulas doradas donde los pájaros cantan convencidos de ser libres porque la puerta está abierta. No se dan cuenta de que la ventana tiene barrotes invisibles: los de la ingeniería del consentimiento, ahora actualizada con inteligencia artificial, big data y manipulación algorítmica. Nosotros, los votantes, creemos decidir. En realidad, decidimos dentro de un carril previamente diseñado. Como en un parque de atracciones, donde puedes elegir entre la montaña rusa o la noria, pero no salirte del recinto.

La gran pregunta es qué hacemos. ¿Podemos escapar de esta maquinaria? ¿Se puede tener opinión propia en un mundo donde la información ya no es un derecho sino un producto empaquetado? Me temo que la respuesta no es alentadora. Claro que hay resquicios: leer prensa extranjera, buscar fuentes alternativas, desconfiar de los titulares masticados. Pero seamos sinceros: la mayoría no tiene tiempo ni ganas. La mayoría se traga lo que le ponen en la pantalla, porque es cómodo, porque es fácil, porque la vida ya es lo bastante dura como para encima complicarse con la duda.

Y ahí está la trampa: los que dudamos somos minoría, y en política las minorías no deciden. Deciden las mayorías moldeadas, entrenadas y pastoreadas por la ingeniería del consentimiento.

He vivido lo suficiente, creo, para no dejarme engañar. Sé que los discursos sobre la voluntad del pueblo son humo. Sé que la democracia, tal como se nos vende, es un decorado de cartón piedra sostenido por los hilos de publicistas, consultores y algoritmos. Y sé también que el futuro no traerá menos manipulación, sino más: inteligencia artificial capaz de generar vídeos falsos indetectables, avatares que hablarán como si fueran tu vecino, mensajes que se adaptarán a tus emociones en tiempo real.

La ingeniería del consentimiento de Bernays fue el inicio. Lo que tenemos ahora es su versión perfeccionada: una dictadura blanda, invisible, aceptada con gusto por los propios ciudadanos, que confunden obediencia con libertad. Y mientras seguimos creyendo que votamos libremente, otros escriben el guion de nuestra historia.

Quizá algún día, cuando los archivos se abran y los documentos secretos salgan a la luz, sepamos hasta qué punto fuimos marionetas de esta maquinaria. Tal vez entonces alguien escriba que la democracia del siglo XXI fue el mayor engaño colectivo jamás diseñado. Y quizá, con suerte, alguien aún conserve la lucidez suficiente para llamarlo por su nombre: la ingeniería del consentimiento convertida en arte supremo de la manipulación.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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