Hay historias que duelen por lo que cuentan y por lo que callan. Historias que, aunque hoy luzcan en los libros o en las viñetas, siguen latiendo como una deuda impaga con quienes pelearon, sangraron y murieron sin medalla ni patria que los cobijara. Una de esas historias es la de La Nueve, aquella compañía de españoles que, después de perder su guerra, se negó a perder su dignidad. La descubrí, como tantos otros, primero entre las páginas de Evelyn Mesquida, que en su libro La Nueve levantó del polvo los nombres y las hazañas de aquellos hombres que la historia sepultó por incomodidad o cobardía. Y más tarde, en el trazo sereno y doliente de Paco Roca, en Los surcos del azar, un cómic que es, más que una lectura, un ejercicio de justicia. Desde entonces, confieso, no he podido mirar una foto de la liberación de París sin buscar entre los rostros sonrientes de la multitud el gesto recio de aquellos republicanos españoles que cruzaron el Sena con los nombres de sus viejas batallas pintados en los costados de sus blindados: Guadalajara, Jarama, Ebro, Teruel, Don Quijote.

La historia de La Nueve nace del barro y de la derrota. Son los mismos hombres que, tras perder la Guerra Civil, cruzaron a pie los Pirineos bajo la nieve, dejando atrás una patria mutilada y el olor a humo de las casas quemadas. Hombres a los que Francia encerró tras alambradas en Argelès-sur-Mer o Gurs, tratados como ganado y alimentados con la humillación de saberse extranjeros en el país al que habían venido huyendo del fascismo. Allí fueron hacinados los españoles, sobre la misma playa. Les custodiaban tropas coloniales, marroquíes y senegaleses, y algunos gendarmes. La situación se tornó caótica: no había campamentos de barracas, letrinas, cocina, enfermería ni siquiera electricidad, y comenzaron a multiplicarse los casos de disentería. Así, cuando el mundo volvió a arder, cuando Hitler ensanchó el mapa del horror y Europa se estremeció bajo las botas alemanas, aquellos exiliados españoles se alistaron en la Legión Extranjera o en los batallones de trabajo o eso, o la disentería. No tenían bandera, pero tenían memoria. No tenían patria, pero aún creían en la libertad.

…un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar todo ello, no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena»

De entre ellos surgiría el alma de la 9.ª Compañía del III Batallón del Regimiento de Marcha del Chad, dentro de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre, comandada por el legendario Philippe Leclerc. Al frente de la compañía, un francés, el capitán Raymond Dronne, que pronto aprendió a respetar a aquellos hombres que hablaban más castellano que francés y que, según contaba, combatían “como si tuvieran una cuenta pendiente con el infierno”. Y tal vez era verdad: la tenían. Habían perdido su país, pero no su causa.

En agosto de 1944, París ardía de rabia y esperanza. La Resistencia Francesa se había sublevado el día 20, y las calles se llenaron de barricadas, de disparos y de cantos. Hitler había ordenado a su comandante en la ciudad, el general Dietrich von Choltitz, que no dejara piedra sobre piedra si los aliados llegaban a la capital. Pero Charles de Gaulle, astuto y orgulloso, sabía que si París no era liberada por franceses, la gloria quedaría en manos de otros. Así que presionó a Eisenhower, y cuando el mando aliado dudó, Leclerc decidió por su cuenta. Quería llegar primero. Y para abrir camino eligió a los de siempre: a los que nunca fallaban, a los duros, a los que venían de perderlo todo y aún seguían peleando. Eligió a La Nueve.

Esa noche, cuando los semiorugas españoles cruzaron la Porte d’Italie, París dormía con un ojo abierto. Los blindados rugían bajo la lluvia fina, y en sus flancos brillaban los nombres de las batallas perdidas en España. El Guadalajara iba primero, tripulado por extremeños; detrás el Ebro, el Madrid, el Jarama, el Belchite, el Guernica, el Don Quijote. Era como si la vieja guerra española regresara convertida en sombra de acero, atravesando la noche francesa. El primer disparo aliado dentro de París lo hizo el Ebro, al topar con un nido de ametralladoras alemanas cerca del Ayuntamiento. Luego, los civiles salieron de sus casas cantando La Marsellesa, abrazando a aquellos soldados de uniforme gastado que les sonreían con acento extranjero.

“¡Eres el primer soldado francés al que beso!”, gritó una muchacha, antes de estrechar entre lágrimas al conductor del blindado.
Pardon, mademoiselle… mais je suis espagnol”, le respondió él, con media sonrisa y la voz rota.

Fue un español, Amado Granell, valenciano, quien se presentó en el Hôtel de Ville ante los jefes de la Resistencia. Esa noche, los republicanos tomaron la Cámara de Diputados, la Plaza de la Concordia y el Hôtel Majestic. Y a las tres y media de la tarde del día siguiente, el general alemán Von Choltitz se rindió. El hombre que debía destruir París entregó su pistola a unos soldados que, cinco años antes, habían perdido Madrid.

El 26 de agosto, De Gaulle desfiló por los Campos Elíseos entre el clamor de la multitud. A su alrededor marchaban los hombres de La Nueve, con los colores de la República Española en sus uniformes, hasta que se les ordenó retirarlos. París era libre. Francia recobraba su orgullo. Y los españoles, que habían abierto el camino, volvían a ser invisibles.

Su gloria fue prestada. Liberaron una ciudad que no era la suya, en una guerra que no era la suya, para un país que nunca los reconoció del todo. Cuando terminó la contienda, algunos permanecieron en el ejército francés; otros se desmovilizaron, cansados y viejos antes de tiempo. Ninguno pudo regresar a la España que soñaban libre. La suya seguía gobernada por el mismo general que los había condenado al exilio. Durante décadas, Francia los redujo a una nota al pie. España los borró directamente del relato. No existieron. Y sin embargo, su sombra seguía allí, en cada fotografía, en cada crónica, en cada silencio.

Pasaron los años, los homenajes se hicieron esperar, y el polvo del olvido cubrió su memoria. Pero el tiempo, a veces, tiene la decencia de rectificar. Evelyn Mesquida, periodista obstinada y justa, se dedicó a rastrear los archivos, las cartas, las voces que aún quedaban. Puso nombres donde había números, puso humanidad donde había olvido. Su libro La Nueve es una trinchera contra la desmemoria. Después llegó Paco Roca, con su lápiz y su sensibilidad, para dibujar lo que la historia había dejado en blanco. Los surcos del azar es, en el fondo, una elegía. Una historia de hombres cansados que siguen adelante porque no saben hacer otra cosa. En sus páginas, Miguel Ruiz —el viejo soldado que recuerda su juventud perdida— nos enseña que hay derrotas que son más dignas que muchas victorias.

Gracias a ellos, a Mesquida y a Roca, los de La Nueve volvieron a existir. Sus nombres regresaron a las calles de París, a los libros, a la memoria colectiva. En agosto de 2004, la ciudad les rindió por fin homenaje con una placa junto al Sena, en el Quai Henri IV. En 2012, una bandera republicana española ondeó en el acto oficial del 68.º aniversario de la Liberación, reconocida por el presidente François Hollande. Y en 2015, el Jardín del Ayuntamiento de París pasó a llamarse oficialmente Jardin des Combattants-de-la-Nueve, el Jardín de los Combatientes de La Nueve, junto al Jardín Federico García Lorca. Allí, bajo los árboles, una placa recuerda que la libertad de París tuvo acento español.

El último de ellos, Rafael Gómez Nieto, murió en Estrasburgo en 2020, víctima del COVID-19. Tenía 99 años. Con él se apagó la última voz viva de aquella compañía. Pero los muertos no mueren si alguien los recuerda, y París —la ciudad que liberaron— guarda aún su eco en cada esquina.

Me gusta imaginar aquella noche de agosto como una secuencia que nadie filmó: los motores ronroneando, la lluvia fina sobre los cascos, los ojos brillando bajo la visera, el cansancio y la obstinación mezclados en el aire. Pienso en Bullosa, en Campos, en Piñero, en Granell, en Izquierdo, todos avanzando por las avenidas de una ciudad dormida, sin saber que estaban escribiendo la historia. Pienso en ellos todavía, y me invade una mezcla de orgullo y melancolía. Porque hay victorias que no salvan y derrotas que no matan.

La Nueve no liberó solo París. Liberó, por unas horas, la idea misma de que la justicia aún era posible. Sus hombres habían sido derrotados en España, humillados, exiliados, olvidados. Pero aquel 24 de agosto demostraron que la libertad tiene muchos acentos y que el valor no entiende de fronteras.

Francia los reconoció tarde. España, casi nunca. Pero mientras haya un lector que abra el libro de Mesquida o el cómic de Roca, mientras alguien pronuncie los nombres del Guadalajara, del Ebro o del Don Quijote, seguirán vivos. Porque la memoria es la única patria que no se pierde.

Y así, cuando hace unos años paseaba por París, me detuve en el Jardin des Combattants-de-la-Nueve, ese rincón junto al Hôtel de Ville donde el viento parece susurrar los nombres de aquellos hombres. Y comprendí que no estaban del todo ausentes. Que su gesta, olvidada durante tanto tiempo, no pertenece a los libros ni a los discursos, sino a ese silencio reverente que acompaña a los héroes verdaderos. Los de La Nueve, los exiliados, los olvidados de la gloria. Los que, al final, demostraron que hay gestas que no necesitan reconocimiento, porque ya pertenecen a la eternidad.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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