Hoy me pregunto: ¿cómo demonios he pasado de escribir sobre la geopolítica del lobby, los algoritmos que manipulan conciencias o la Europa que espía por tu bien, a detenerme en las cortesanas? Supongo que por simple coherencia. Todo acaba siendo lo mismo: poder, deseo y apariencia. Ya escribí sobre soldados olvidados, sobre sombras que nos ciegan y faros que alumbran. Hoy me toca hablar de ellas, las que dominaron el mundo sin necesidad de reyes ni ejércitos. Las cortesanas. Las verdaderas dueñas del poder.

No recuerdo cuándo empecé a fijarme en las cortesanas. Quizá una noche de invierno, leyendo a Dumas hijo o escuchando por enésima vez La Traviata de Verdi, mientras el vino se agotaba en la copa y el alma se me ponía cínica, que es su estado natural. O tal vez fue simplemente al descubrir, entre papeles viejos, que la historia de la humanidad no la escribieron los reyes ni los generales, sino los que supieron manejarlos desde la sombra. Y en ese oficio, nadie tuvo más arte que las cortesanas.

El poder, créanme, no consiste en mandar. Mandar es para los necios. El verdadero poder es influir sin parecerlo, mover las piezas mientras el adversario cree que juega solo. Y si algo sabían aquellas mujeres era precisamente eso. Supieron leer el alma de los hombres como quien lee un libro de cuentas: con precisión, sin romanticismos, sabiendo que todo deseo tiene su precio.

Las primeras en comprenderlo fueron las hetairas griegas. Aquellas mujeres libres, cultas y brillantes que conversaban con filósofos y discutían de política entre vino y aceite de oliva. Aspasia de Mileto fue la más célebre. Amante de Pericles, consejera, estratega y, dicen, tan hábil en el verbo como en el silencio. Atenas entera pasaba por su salón. Los hombres creían hablar de filosofía, pero lo que discutían en realidad era el futuro del poder. Ella lo sabía. Y lo disfrutaba. Detrás de cada decisión pública había una palabra suya, un gesto, un silencio. No necesitaba cetro: le bastaba con una sonrisa.

Luego llegó Venecia, esa república que olía a incienso, a mar y a pecado. Allí el comercio lo era todo, incluso el amor. Las cortesanas venecianas fueron las primeras en convertir la inteligencia en moneda corriente. Entre ellas brilló Verónica Franco, poeta y amante de senadores, mujer de verbo audaz y mente política. Su casa era un salón donde se cruzaban diplomáticos, poetas y aventureros. Ella los miraba, los escuchaba, y al final decidía a quién entregaba su tiempo. Fue más libre que muchas reinas y más temida que muchos inquisidores. No vendía su cuerpo: alquilaba su poder.

Decían que en Venecia una buena cortesana valía más que un cardenal. Y tenían razón. Eran cultas, políglotas, discretas y despiadadas. Si el infierno existe, debe de parecerse mucho a una noche de carnaval veneciano, con ellas jugando al ajedrez entre sombras y perfumes. Sabían que el deseo de un hombre es como la política de una república: inestable, caprichoso y caro. Por eso sobrevivían. Porque aprendieron a negociar mejor que nadie.

De Venecia a París sólo hay un paso cuando se trata de elegancia y pecado. En Francia la cortesana alcanzó su cima: el arte de dominar al dominador. Madame de Montespan, amante de Luis XIV, transformó la cama del rey en despacho real. Pompadour fue aún más lejos: convirtió la coquetería en estrategia de Estado. Gobernó Francia desde detrás de un biombo, mientras el monarca firmaba decretos que ella había inspirado. La historia la retrató como amante, pero fue ministra sin cartera y diplomática sin bandera. A su lado, el rey parecía un figurante.

Más tarde, Madame du Barry, más frívola y menos culta, repitió la fórmula hasta que la guillotina se cansó de cortesanas. Pero incluso al caer, lo hicieron con más gracia que sus verdugos. París, tan dada al cinismo, lloró después por ellas en los teatros, en las novelas y en las óperas. Dumas hijo escribió La Dama de las Camelias y convirtió el arrepentimiento en espectáculo. Verdi la hizo inmortal con La Traviata. Así dicen que somos los hombres: primero condenan, luego se conmueven, y por último aplauden lo que destruyeron.

España fue distinta. Aquí la palabra cortesana olía a pecado y a sambenito. Pero donde hay poder, hay deseo, y donde hay deseo, siempre aparece una mujer inteligente. La nuestra fue María Calderón, “La Calderona”, actriz y amante de Felipe IV. De su relación nació Juan José de Austria, bastardo regio y jugador en la sombra del trono. El rey, tan devoto de vírgenes como de comediantas —me vienen a la mente las suripantas—, aprendió de ella más que de todos sus ministros. Y, como correspondía a la España de entonces, la enviaron a un convento. Aquí el pecado siempre se castiga, pero jamás se evita.

Durante siglos, esas mujeres vivieron a la vez en la cumbre y en el abismo. Nadie las invitaba a los templos, pero todos las buscaban en secreto. Sabían demasiado, hablaban poco y miraban con una lucidez que hería. A menudo eran las únicas que conocían la verdad, porque la veían desnuda. Ni los reyes ni los generales la soportaban tanto tiempo.

Quevedo, que lo entendía todo, escribió aquello de “nadie diga que es amor, que es interés disfrazado”. Y tenía razón. El amor y el interés son viejos socios, y las cortesanas los hicieron trabajar juntos como nadie. No creían en promesas ni en eternidades, sólo en contratos. Algunos firmados, otros no. Pero todos con cláusula de poder.

Los siglos avanzaron, y la historia las fue sustituyendo por musas, divas y actrices. Cambiaron los escenarios, no el papel. En el XIX las llamaron mantenidas o damas de compañía, y la literatura romántica las vistió de flores y lágrimas. Dumas, Verdi, Galdós… todos participaron en la farsa de convertirlas en víctimas, cuando en realidad fueron supervivientes. El público las aplaudía mientras se secaba las lágrimas, feliz de poder compadecer a quien antes había despreciado. Hipocresía en tres actos y con orquesta.

Yo siempre he pensado que las cortesanas entendieron mejor que nadie la condición humana. Sabían que el poder es un juego de máscaras, y que el amor, si no se paga con dinero, se paga con otra moneda. En los salones de Venecia o Versalles, aprendieron a moverse entre la admiración y el desprecio. Mientras las esposas bordaban tapices, ellas decidían el rumbo de la política europea. Y lo hacían con una sonrisa que valía más que un ejército.

Y llegamos a nuestro tiempo, este siglo XXI que presume de igualdad y libertad, pero que sigue arrodillado ante los mismos ídolos de siempre: el dinero, la vanidad y el deseo. A menudo se habla de las nuevas cortesanas, y algunos se apresuran a confundirlas con las influencers, esas criaturas del algoritmo que viven de su imagen como antes otras vivieron de su ingenio. Pero no nos engañemos: aquellas mujeres sabían jugar una partida peligrosa, donde la astucia valía más que la belleza y el silencio era un arma. Estas otras apenas interpretan un papel que la sociedad les dicta y que creen haber elegido.

Las cortesanas verdaderas leían, observaban, escuchaban y sobrevivían en un mundo que las despreciaba. Las modernas, en cambio, confunden exhibición con poder, y se entregan al público como si la mirada ajena las redimiera. Las de antes se jugaban la vida por un lugar en la historia; las de ahora la mendigan con un clic. Por eso, aunque el eco es el mismo, la melodía suena distinta. Ellas, las antiguas, gobernaban; éstas, apenas entretienen.

No entraré —ni falta que hace— en el terreno pantanoso de las cortesanas españolas del final del siglo pasado o de este mismo. Ya cada uno de ustedes, con un poco de memoria o mala intención, se hará su propia idea de lo que acontece en esta España nuestra, tan dada a disfrazar la servidumbre de glamour y a confundir la influencia con la dignidad.

Lo cierto es que las auténticas cortesanas, las de Venecia, París o Madrid de los Austrias, fueron las únicas que comprendieron de verdad el juego. Supieron mirar el poder a los ojos y reírse de él, sabiendo que la inteligencia no necesita trono ni permiso. Y tal vez por eso las recuerdo con respeto, incluso con cierta ternura. Porque, en el fondo, fueron las únicas que vencieron sin necesidad de ganar.

Hoy, cuando el mundo se ahoga en pantallas y vanidades, uno no puede evitar sonreír al pensar en ellas. En su elegancia, su lucidez y su desprecio por la hipocresía. A su lado, todo este ruido digital parece una farsa triste, un eco vulgar de lo que fue grande. Ellas mandaban con una mirada; hoy ni con un millón de seguidores se consigue tanto.

Y mientras los hombres siguen creyendo que gobiernan, ellas —las de verdad, las que supieron hacerlo sin que se notara— siguen observando desde el espejo, como si aún se rieran del mundo. Porque el mundo, al fin y al cabo, apenas ha cambiado: sólo ha perdido el estilo.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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