Recuerdo la primera vez que leí sobre el Proyecto Islero. Fue como encontrarme con un relato perdido de espías, escrito por españoles con bata blanca y uniforme caqui. Un país derrotado en el tablero internacional, aislado y despreciado, que soñaba con fabricar su propia bomba nuclear para que lo respetaran otra vez. En vez de santos o vírgenes, le pusieron al proyecto el nombre de un toro: Islero, el que mató a Manolete. No podía ser otro. En eso, los españoles seguimos fieles a nosotros mismos: si vamos a la tragedia, que sea con elegancia.
Todo empezó a finales de los años cincuenta, cuando Franco y su entorno comprendieron que el poder del mundo ya no residía en los ejércitos convencionales, sino en el fuego nuclear. Los vencedores de la Segunda Guerra Mundial se repartían el planeta y España no figuraba ni como nota al pie. Aislados, con un ejército de desfile y una economía de cartillas de racionamiento, la única forma de recuperar el respeto perdido era tener lo que tenían los grandes: una bomba. Una sola bastaría para que el resto del mundo, al menos, midiera las palabras antes de tratarnos como a una nación de segunda.
La idea no era simple fanfarronería. Detrás había cálculo, orgullo y una convicción fría: en un mundo que sólo respeta la fuerza, el débil no tiene amigos. Se creó la Junta de Energía Nuclear, la JEN, oficialmente para investigar los usos pacíficos del átomo. Pero todos sabían que detrás de los informes y los diagramas se escondía un propósito mucho menos inocente. En despachos discretos y laboratorios grises, se comenzó a trazar el plan para dotar a España de una capacidad nuclear propia. No era poca cosa: un país que apenas fabricaba su propia gasolina soñaba con manipular el átomo.
Uno de los impulsores fue Luis Carrero Blanco, el almirante que creía en la independencia nacional como una cuestión de dignidad. Él entendió antes que nadie que la bomba sería la llave del respeto internacional. Con su muerte, volando por los aires en una calle de Madrid, se voló también el último impulso político serio del proyecto. Pero antes de eso, bajo la dirección del físico José María Otero Navascués, España comenzó a construir sus primeros reactores experimentales: Coral-1, JEN-1… nombres que suenan a ciencia ficción de bolsillo, pero que escondían el germen de un país que, de nuevo, pensaba en grande.
Teníamos uranio en Salamanca, Ciudad Real y Badajoz, lo que nos daba la posibilidad de controlar todo el ciclo nuclear. Y en los despachos del general Guillermo Velarde (el Oppenheimer español), físico del Aire formado en Estados Unidos, se reunían los hombres que calculaban ecuaciones imposibles y soñaban con el día en que aquel país gris pudiera sostener en sus manos una bomba de veinte kilotones. Una sola. La nuestra. El plan incluía incluso el lugar donde probarla: un rincón del Sáhara español, un barranco remoto donde nadie escucharía el estruendo.
España no quería destruir nada. Quería existir. Tener la bomba era, en cierto modo, tener voz. Era decirle al mundo que este viejo país, cansado de ser peón, podía ser jugador. Que ya no volvería a pedir permiso para decidir su destino. Pero el mundo no tolera insolencias, y menos aún de quienes no están invitados al club. Los servicios secretos estadounidenses lo descubrieron pronto. Washington, Londres y París se movieron en silencio, como hienas que olfatean una amenaza. La CIA ya hablaba de “la ambición atómica española”, y los informes se llenaban de advertencias sobre “la inestabilidad regional” que provocaría un país díscolo con bomba propia. Traducido al idioma de las potencias: un país que dejaría de obedecer.
No se trata de lanzar bombas, sino de tenerlas para no tener que usarlas
Presionaron con sutileza primero, con amenazas después. Si España seguía adelante, se cortarían los suministros de uranio y de tecnología. En los años de la Transición, con un país aún tambaleante, los norteamericanos sabían que bastaba con ofrecer un apretón de manos y un asiento en la foto para obtener lo que querían: nuestra renuncia. En 1977, bajo el gobierno de Adolfo Suárez, se firmó el Acuerdo de Cooperación Nuclear con Estados Unidos, que imponía una vigilancia férrea sobre todo lo que tuviera que ver con material nuclear. Nos regalaron sonrisas, promesas de integración y, a cambio, nosotros enterramos el último intento de independencia real que habíamos tenido en un siglo. Entregamos la bomba sin haberla construido, la soberanía sin haberla conquistado.

Y sin embargo, hubo hombres que no se rindieron. En los sótanos del Ejército del Aire, en las aulas de ingeniería, siguieron trabajando a oscuras. No tenían permiso, pero tampoco vergüenza de soñar. Calculaban masas críticas, diseñaban detonadores, simulaban explosiones que nunca ocurrirían. Velarde, el físico con alma de soldado, lo resumiría años después con una frase que merecería estar tallada en piedra: “Nos prohibieron fabricar la bomba, pero no nos pudieron quitar el conocimiento para hacerlo.” Y era verdad. España no tuvo arma, pero tuvo talento. En 1975, según los propios informes del CSIC, estábamos a menos de un año de poder fabricar nuestra primera bomba. Faltó solo una orden. O quizá sobró miedo.
Cuando el proyecto se cerró definitivamente, a comienzos de los ochenta, el país respiró aliviado. Nos dijeron que era lo correcto, que el mundo debía desarmarse, que había que apostar por la paz. Los mismos que fabricaban ojivas por miles nos aplaudieron por renunciar. La ironía, ya se sabe, es el lubricante preferido de la Historia. Porque los países que predican el desarme son siempre los que tienen los arsenales llenos. Y los que obedecen las normas son los que terminan pidiendo protección. España, tan obediente, tan civilizada, se apuntó entusiasmada al club de los desarmados. Firmamos el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1987, con sonrisa diplomática y el alma vendida.
De aquel sueño solo quedaron los restos: una industria nuclear civil respetable, ingenieros brillantes y una generación de científicos que levantaron centrales como Vandellós, Zorita o Trillo. Fue el legado más tangible del Proyecto Islero: la prueba de que podíamos hacerlo, si nos lo proponíamos. Pero el país, fiel a su costumbre, volvió a dormirse en los laureles. Las universidades se llenaron de burócratas, los laboratorios se apagaron, y los mejores se fueron fuera. Lo que pudo ser un renacimiento científico se convirtió en otra ocasión perdida, una más en la larga lista de renuncias que conforman nuestra identidad nacional.
Hoy, tantos años después, miro alrededor y me cuesta no sentir una mezcla de rabia y melancolía. Rusia amenaza con atacar Europa, el sur hierve, y los mismos líderes europeos que se reían de los viejos generales ahora hablan de rearmarse, de subir el gasto militar, de recuperar la “capacidad estratégica”. Sólo Francia conserva una fuerza nuclear disuasoria en el continente. El resto de Europa vive bajo el paraguas de Washington, mendigando protección mientras se llena la boca de soberanía. Somos vasallos con bandera. Y si mañana estalla algo serio, ni un solo misil responderá por decisión propia. Dependemos, como siempre, de otros.
A veces me pregunto qué habría pasado si Islero hubiese seguido adelante. Si España hubiera tenido el coraje de rematar la faena y fabricar su bomba. Quizá habríamos sido un país más respetado, más libre, más dueño de su destino. Tal vez habríamos evitado esta eterna dependencia de quienes nos protegen mientras nos tratan como a menores de edad. Porque no se trata de lanzar bombas, sino de tenerlas para no tener que usarlas. En el mundo real, el respeto no se mendiga: se impone. Y eso, nos guste o no, sigue siendo verdad.
Los europeos de hoy nos creemos civilizados. Repetimos que la diplomacia es más poderosa que la pólvora. Y mientras tanto, el mapa se llena de ejércitos en marcha, fronteras tensas y discursos que huelen a 1939. Los que mandan en Bruselas, esos burócratas que nunca han oído silbar una bala, juegan con fuego. Nos hablan de solidaridad y valores mientras se pasean bajo la sombra nuclear francesa y el paraguas americano. Y uno no sabe si están locos o si simplemente son idiotas. Porque la diferencia, a estas alturas, da igual.
El Proyecto Islero fue la última vez que España soñó en grande sin pedir permiso. La última vez que creyó que podía ser dueña de su destino. No fue sólo un proyecto militar; fue un gesto de dignidad nacional. Nos lo arrebataron, como tantas cosas, en nombre de la prudencia, de la integración, de la modernidad. Y nosotros lo aceptamos con alivio, encantados de ser otra vez alumnos ejemplares. Desde entonces, seguimos dependiendo del favor ajeno, convencidos de que la sumisión es una forma de civilización. Y sin embargo, en el fondo de la memoria, algo nos dice que hubo un tiempo en que no fue así.
Habrá quien diga que es una locura pensar en armas, que la bomba sólo trae desgracias, que el equilibrio del terror es una jaula insoportable. Y no le faltará razón. La bomba no es orgullo inofensivo; es una responsabilidad descomunal. Pero también es cierto que la disuasión evita guerras, y que el respeto —el verdadero— se obtiene con la capacidad real de respuesta, no con discursos bienintencionados ni con fotografías en cumbres internacionales. Los diplomáticos lo saben, los estrategas también, aunque finjan lo contrario.
Quizá sea mejor que nunca la tuviéramos. Quizá la bomba habría traído más problemas que soluciones a una España dividida, económicamente débil y políticamente frágil. Pero algunas noches, cuando el noticiario vuelve a hablar de amenazas, de juegos de influencia y de fronteras que huyen de la razón, me asalta una sospecha amarga: si aquel toro, Islero, hubiese embestido de verdad, si hubiésemos tenido la voluntad de convertir el conocimiento de Velarde en decisión política, hoy no estaríamos pidiendo permiso para existir en el concierto de las naciones. No seríamos mejores por eso, ni peores quizás; seríamos, sencillamente, más dueños de nosotros mismos.
Y entonces, como tantas veces, me viene a la cabeza esa vieja frase que lo resume todo: hubo un día en que España soñó con ser potencia nuclear. Y lo que más duele no es que no lo lograra. Lo que más duele es que ya ni siquiera sueñe.




















