Ese ser mezquino, despreciable, bajito y mal terminado que ilustra este post —muy parecido a su primo hermano, el bulo— bien podría ser la encarnación de la mentira. Siempre anda suelto, disfrazado de inocencia, con ojos grandes y aire de no haber roto un plato, pero basta que se descuide uno para que te robe la cartera y te deje sin reputación.
Hay días en que uno, con los años y las cicatrices a cuestas, cree haberlo visto todo. Y entonces aparece España, esa tragicomedia nacional donde la mentira ya no se esconde: se institucionaliza y se justifica. Porque —dicen que la Fiscalía española defiende que no es delito mentir en una comisión de investigación— y ahí es cuando uno empieza a sospechar que ya no vivimos en un país, sino en un sainete con Ministerio de la Verdad incluido.
Para rematar la función, los guardianes de la ley han decidido que no se trata de mentiras, sino de «alteraciones de la verdad», «meras reticencias» o «inexactitudes». Eufemismos de terciopelo con los que se disfraza el engaño y se bendice el embuste. Palabras suaves, redondas, pensadas para que nadie se ofenda, para que el delito parezca un desliz y la falsedad, una ligera confusión semántica. En definitiva, la mentira convertida en literatura jurídica.
Vivimos en la patria del embuste, ese lugar bendito donde la verdad cotiza a la baja y la mentira se celebra con palmaditas y micrófonos. Aquí se jura en falso con sonrisa de notario jubilado y se falta a la verdad como quien pide un cortado: con naturalidad y azúcar. España es, desde hace tiempo, una república de simulacros —que no una monarquía con base democrática—, sino una farsa con bandera, donde la forma lo es todo y el fondo, un estorbo. Una comedia de salón donde todos mienten: los que gobiernan, los que aspiran a hacerlo, los que informan y los que aplauden. Hasta el que protesta miente, porque finge sorpresa.
Aquí la mentira no avergüenza: dignifica. El que miente con soltura demuestra oficio, y el que lo hace con descaro, liderazgo. La mentira se ha hecho hábito, bandera, razón de Estado. La llamamos “narrativa”, “relato” o “construcción de contexto”, para no decirle por su nombre, que ya suena antiguo y grosero: mentira. La verdad, pobre infeliz, anda escondida en alguna cuneta moral, muerta de hambre y de aburrimiento. Nadie la busca, nadie la cita, nadie la invita a los debates. Es incómoda, inoportuna, insolente. No da votos, no da clics, no da paz.
En la España mentirosa, el mentiroso prospera. No importa si se contradice, si jura hoy lo que negó ayer o si hace de su palabra un chicle. Lo importante es decir algo que suene bien. Y si mañana toca desdecirse, se desdecirán con la misma solemnidad con la que antes juraron tener razón. Es un país donde los discursos pesan más que los hechos, donde se confunde la opinión con la prueba y la verborrea con la razón. Aquí la mentira no se esconde: se proclama con orgullo, se enseña en los colegios y se premia en las urnas.
Y mientras tanto, los que aún creen que la palabra tiene valor se vuelven una especie en extinción. Los llaman ingenuos, reaccionarios o, peor todavía, moralistas. Porque en esta tierra, decir la verdad se considera una excentricidad peligrosa, una falta de empatía, un gesto de mal gusto. España entera parece una gran taberna donde cada cual cuenta su versión y brinda por ella. Y si la realidad no encaja, se le da una patada hasta que encaje. La mentira aquí no necesita coartada: tiene bandera, himno y asiento reservado.
Mentir, en España, es una forma de cortesía. Una convención social. Un lubricante político. Nadie se escandaliza ya por ello. Al contrario: el que miente con elegancia despierta admiración. El que disimula con arte se gana el aplauso. Y el que se atreve a decir la verdad, ése sí, ése es el que sobra. A veces pienso que este país no se fundó sobre una Constitución, sino sobre un acto de teatro. Que todo es fachada, pose, simulacro. Que aquí lo único auténtico es la hipocresía. Hemos convertido la mentira en un deporte nacional, con su liga, su reglamento y sus patrocinadores.
La España mentirosa tiene una virtud: es coherente en su falsedad. Finge indignarse, pero adora a sus farsantes. Finge buscar justicia, pero solo quiere espectáculo. Finge ser moral, pero aplaude al más tramposo mientras le guiña un ojo. Y así nos va: sumergidos en una nube de falsedades convenientes, donde la palabra dada no vale ni el aire que la sostiene. Donde los discursos se venden como detergentes y las promesas duran lo que un titular. Donde todo es mentira, pero una mentira tan bien contada que parece cierta.
No hay verdad más dolorosa que ésta: que la mentira se ha vuelto el idioma oficial de España. La hablamos todos, la entendemos todos, y a fuerza de repetirla hemos acabado creyéndola. Quizá, dentro de unos años, los niños estudien en la escuela los grandes logros de esta patria del disimulo: la picaresca, el doble discurso, el eufemismo redentor. Y entre los héroes nacionales habrá un hueco, merecido, para el mentiroso condecorado.
Y es que aquí, en la España mentirosa, decir la verdad ya no es valentía. Es suicidio. Por eso, cuando alguien me pregunta cómo definir este país, no hablo de su historia, su arte o sus paisajes. Digo, sencillamente: “España es ese lugar donde la mentira no necesita disfraz.”
Y lo peor no es que se mienta. Lo peor es que ya ni siquiera se sonroja nadie al hacerlo.


















