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Meco cambia de piel… y de terreno de juego

El Ayuntamiento de Meco sigue moviendo piezas en su tablero urbano. Tras la peatonalización de calles y la desaparición de tramos de carretera, llega ahora la ampliación del polideportivo al aire libre. Donde antes había coches, habrá personas; donde reinaba el asfalto, brotará el césped. Y aunque el vecindario murmura —como siempre que algo cambia—, lo cierto es que el pueblo avanza, entre dudas, polvo y cierto cansancio.

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A veces pienso que Meco vive en una especie de fiebre constructiva, una urgencia por reinventarse que ha dejado al pueblo en permanente estado de obras. En los últimos dos años no ha habido esquina sin valla, ni plaza sin zanja, ni calle sin polvo. Cada mañana aparecen nuevas máquinas como si brotaran del subsuelo, y uno ya no sabe si camina por el pueblo o por una maqueta en construcción. Hay quien dice que esto es progreso; otros lo llaman simple manía de tocarlo todo. Y yo, que llevo años gastando suelas por estas calles, me limito a observarlo con la resignación del que ya ha aprendido que, en los pueblos, las obras dividen más que la política. Claro, que un viejo eslogan decía “¿qué pasaría si nunca pasara nada?”, y se refería precisamente a eso: si no hubiera cambios, si no hubiera quien arriesgara o al menos lo intentara, seguiríamos todavía con el carro y el mulo, y Meco sería hoy parte de esa España vacía —que no vaciada, palabra fea y sin alma—, un pueblo detenido en la nostalgia y olvidado por todos.

Ahora le ha tocado el turno al polideportivo al aire libre. Un proyecto que, sobre el papel, pretende ampliar las instalaciones y dotarlas de un diseño integrado. Y sí, lo hará: habrá más pistas, más espacios, más césped, y un aire de modernidad que siempre queda bien en las fotografías institucionales. Pero también habrá debate, porque en Meco nadie se calla. Y eso, aunque a algunos les moleste, es precisamente lo que nos mantiene vivos.

El espacio que ahora ocuparán las nuevas canchas era, hasta hace poco, un aparcamiento. Una explanada anodina de coches que tenía su razón de ser mientras existía la carretera que nos unía directamente con Alcalá. Pero esa carretera —esa vieja arteria de entrada al pueblo— ha desaparecido. En su lugar, un nuevo paseo urbano conecta zonas antes separadas, ganando terreno al tráfico y dándoselo al peatón. Lo que antes servía para aparcar, hoy sobra. Y donde sobra el coche, conviene pensar en la gente.

Así que el Ayuntamiento ha decidido aprovechar esos vacíos para lo que, según los técnicos, mejor se ajusta a la geometría caprichosa del terreno: nuevos campos deportivos. Dos de 34 por 20 metros, uno de 15 por 23, y otros dos de 12 por 18 con césped artificial y posibilidad de transformarse en zonas de entrenamiento. Además, un campo de resina de 14 por 21,5 metros y uno más, pequeño, de 27,5 por 7,5, pensado para los más jóvenes o para quienes empiezan a darle patadas al balón con más entusiasmo que puntería. Un despliegue digno de un municipio que quiere crecer, aunque todavía no todos estén convencidos de hacia dónde.

El objetivo, según cuentan los planos, es aprovechar hasta el último metro libre de ese triángulo irregular que quedará tras las obras de peatonalización. Y no hay duda de que se ha hecho con precisión. Las medidas, los accesos, los cierres… todo encaja en esa obsesión por integrar lo viejo y lo nuevo, por unir las zonas antes separadas por la antigua calzada. La desaparición del tráfico rodado por la M-121 ha permitido reordenar el conjunto, conectando el polideportivo con el resto del municipio a través de los nuevos paseos peatonales. Dicen que la idea es crear un espacio unificado, más humano, más amable, de esos que salen bien en los folletos de urbanismo.

Pero si algo he aprendido de este pueblo es que en Meco no hay decisión sin réplica. A cada obra, una queja; a cada proyecto, un debate. Lo he visto en los bancos del parque, en los corrillos del bar y en las redes sociales, convertidas ya en plaza pública de desahogo. Hay quien aplaude la transformación, viendo en ella un salto hacia adelante. Y hay quien la maldice, temiendo que entre tanto cemento y tanta resina el pueblo pierda su carácter, su sosiego, ese aire de villa castellana donde todavía se podía aparcar frente al estanco y saludar al tendero por su nombre. Los primeros hablan de progreso; los segundos, de pérdida. Y yo, que me encuentro a medio camino entre ambos, escucho y asiento, porque todos tienen su parte de razón.

El proyecto incluye además la demolición parcial del cierre existente y la construcción de uno nuevo que abarcará todo el conjunto. Tres accesos: uno desde el pabellón municipal y dos desde la nueva urbanización que sustituye la vieja carretera de Alcalá. Todo ordenado, limpio, medido. Como si alguien quisiera que el deporte y el urbanismo compartieran una misma línea estética. No es mala idea, aunque uno sospeche que detrás de tanto detalle técnico late el viejo instinto de justificar cada euro invertido.

Donde antes reinaban los coches, ahora correrán los chavales; el asfalto cede terreno al césped

Porque, conviene decirlo, el presupuesto no es precisamente calderilla: 986.000 euros (impuestos incluidos). Una cantidad respetable, incluso para un municipio que en los últimos años parece haberse acostumbrado a las cifras de ocho dígitos. Y aquí es donde surge el inevitable comentario de café: “Con casi un millón de euros, ¿no había otras prioridades?”. La pregunta es legítima, y la respuesta —como casi siempre— depende del cristal con que se mire. Quien tenga hijos que entrenan cada tarde, celebrará la ampliación. Quien apenas pisa el polideportivo, pensará que se trata de otro capricho municipal. En cualquier caso, los 986.000 mortadelos (1.972 chistorras, que así parece menos) están ya dispuestos, así que más vale que el resultado merezca la pena.

Hay algo, sin embargo, que me resulta innegablemente positivo: el hecho de que el espacio ganado al coche sea ahora para el ciudadano. Que el peatón recupere protagonismo, que el ruido de los motores deje paso al eco de un balón y al grito de un gol. No porque me sobren los coches —que uno también los usa—, sino porque los pueblos necesitan respirar. Las calles peatonales, los nuevos paseos, las zonas verdes… todo eso forma parte de una tendencia más amplia, casi europea, que apuesta por reducir el asfalto y aumentar la vida. El problema, claro, es que hacerlo sin causar estragos ni fracturas sociales es una tarea para la que hace falta algo más que planos: hace falta tacto.

Y tacto es lo que echan de menos algunos vecinos. Lo noto en sus palabras, en su cansancio ante tanto cambio, en su sensación de que las decisiones se toman demasiado arriba, lejos de la vida cotidiana. No es que se opongan al progreso —nadie sensato lo hace—, sino que reclaman otra forma de hacerlo: más pausada, más consensuada, más de pueblo. Porque a fin de cuentas, Meco no es una ciudad.

Entre tanto, la vida sigue. El Rancho de Meco, esa especie de santuario gastronómico y punto de encuentro tras cada partido, cambiará de ubicación, pero no desaparecerá. Algo que tranquiliza a los parroquianos de toda la vida, esos que después de correr o de mirar cómo corren otros, necesitan una cerveza y unas viandas para darle sentido a la tarde. En el fondo, esa es otra manera de entender el deporte: menos competición y más camaradería, menos récord y más sobremesa.

Camino por la zona, entre las vallas que delimitan la obra, y trato de imaginar cómo será el conjunto dentro de unos meses. Me cuesta verlo sin polvo ni ruido, pero algo se intuye. Veo chavales corriendo detrás del balón, padres charlando en los bordes del campo, el sol cayendo sobre el césped artificial. Veo, en suma, un pueblo que se mueve. Y aunque mi lado más cínico me susurre que todo esto también tiene su parte de propaganda, me resisto a negarle mérito al hecho de que se intente. Porque si algo mata a los pueblos, más que los errores, es la inercia.

Así que sí, Meco cambia. A veces demasiado deprisa, a veces sin explicar lo suficiente, pero cambia. Y uno no puede evitar sentir cierta nostalgia por lo que se pierde, junto a una inevitable curiosidad por lo que vendrá. Puede que dentro de unos años nadie recuerde el aparcamiento que había allí, ni la vieja carretera, ni las discusiones en los bares sobre si era o no necesario tanto gasto. Lo que quedará será el ruido de los partidos, los niños aprendiendo a jugar, y esa sensación de que el pueblo —pese a todo— sigue vivo.

Y eso, créame el lector, no es poca cosa. En un tiempo en que tantas localidades se apagan sin remedio, ver a un pueblo en movimiento, discutiendo, opinando, reclamando y participando, es casi un lujo. Aunque a veces duela el ruido, aunque no todos estemos de acuerdo, aunque haya días en los que parezca que la excavadora manda más que el alcalde.

Quizá sea eso lo que mejor define a Meco en este momento: un lugar donde el pasado aún pesa, el presente se discute y el futuro se construye a martillazos. Un pueblo que se reordena, que gana espacios, que cambia su piel sin dejar de ser el mismo. Donde el asfalto cede terreno al césped, y los coches a las personas. Donde cada ladrillo levantado genera una crítica y cada piedra colocada una esperanza.

Y yo, que lo observo todo desde el bordillo, pienso que tal vez ese sea el mejor síntoma posible. Que las obras, con sus aciertos y sus molestias, no son otra cosa que el reflejo de un pueblo que no se resigna. Que prefiere equivocarse haciendo a acertar quedándose quieto. Que sigue buscando su equilibrio entre la memoria y el progreso.

En el fondo, Meco siempre ha sido así: terco, discutidor y vivo. Capaz de pelear por un aparcamiento y aplaudir un campo nuevo el mismo día. Capaz de quejarse del polvo mientras presume del pueblo. Capaz, en definitiva, de avanzar sin dejar de protestar. Y eso, por contradictorio que parezca, es justo lo que nos hace seguir siendo nosotros.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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