Hace un año, una DANA arrasó un pedazo de la Comunidad Valenciana. Llovió poco, pero el cielo se abrió con saña, y el agua bajó por los barrancos con la furia de los viejos dioses. En Paiporta, Catarroja, Alfafar y Algemesí, el barro se tragó calles, casas y vidas. Pero lo peor no fue la riada. Lo peor fue el silencio. No el rugido del torrente, sino lo que vino después: la soledad de un pueblo que esperó auxilio y no lo vio llegar.

Uno de los que vivieron aquello fue Santiago Posteguillo, escritor y experto en Roma. Lo contó sin adornos, en el mismísimo Senado, un lugar donde rara vez se escuchan verdades tan descarnadas. Estaba a cincuenta metros del barranco del Poyo cuando el cauce se desbordó. En apenas trece minutos, el agua se llevó coches, árboles, muros, y también la certeza de que alguien acudiría cuando todo se viniera abajo. Posteguillo y su pareja sobrevivieron, refugiados en su edificio, viendo cómo la corriente arrastraba vidas ante sus ojos. Luego vino la oscuridad: tres días sin luz, sin agua, sin nadie. Tres días entre cadáveres, silencio y miedo. Nadie vino a ayudarnos en tres días”, dijo. Y eso, en un país que presume de civilización, debería helarnos la sangre.

Tres días sin luz, sin agua, sin nadie. Tres días entre cadáveres, silencio y miedo

Lo que narró no fue un simple desastre meteorológico, sino una radiografía moral. La historia de cómo un pueblo se organiza con palas y linternas mientras las instituciones discuten competencias y redactan notas de prensa. Un país que siempre reacciona tarde, como si la desgracia ajena fuera parte del paisaje. Porque cuando el agua bajó y dejó tras de sí el fango, llegaron los protocolos, las comisiones y los discursos huecos. Pero a Paiporta no llegó nadie. Ni bomberos, ni Guardia Civil, ni ejército. Solo vecinos con el barro hasta las rodillas.

Y sin embargo, entre tanto abandono, hubo quien sí apareció. No desde los despachos ni los platós oficiales sino desde la calle embarrada. Iker Jiménez, el único periodista que —según cuentan los vecinos— se presentó allí cuando se decía que no se podía llegar, narró lo que veía: el silencio institucional, el desconcierto, el abandono de las administraciones a sus propios administrados —y eso, los golfos apandadores que nos gobiernan, no lo olvidaran nunca—. Mientras los informativos ofrecían piezas de estudio y los portavoces hablaban de “situación controlada”, él mostraba la verdad sin maquillaje: gente sola, con el agua a la cintura y la dignidad por bandera. Fue, quizá, el único testimonio público que retrató la dimensión real de la tragedia cuando todavía olía a barro y a miedo.

Yo, aquel otoño, publiqué un humilde decálogo de medidas que uno tiene conocidos y amigos hasta en el infierno para que algo así no volviera a repetirse: limpiar cauces, reforzar drenajes, revisar las zonas inundables, establecer alertas efectivas y, sobre todo, escuchar a los expertos en riesgos naturales. Pero en España los expertos estorban. Y si los que gobiernan no hacen caso a quienes saben, ¿Qué van a hacer con la opinión de un pobre español que escribe detrás de un teclado? Aquí, el sentido común es un lujo y la previsión, una rareza.

El presidente de España llegó a decir: “Si necesitan ayuda, que la pidan.”

El Gobierno, mientras tanto, se limitó a encogerse de hombros. El presidente de España llegó a decir: “Si necesitan ayuda, que la pidan.” Como si la dignidad de un pueblo inundado fuera un trámite administrativo, como si el dolor necesitara sellar formularios. Esa frase, lanzada con la frialdad de quien no ha pisado el barro, retrató mejor que ninguna otra la distancia entre las instituciones y la calle.

En este país los desastres se archivan con la misma rapidez con que se olvidan. El barro se seca, las televisiones cambian de tema y los políticos posan entre sonrisas, prometiendo que la próxima vez todo será distinto. Pero la próxima vez nunca lo es. Y mientras tanto, el ciudadano vuelve a sentirse solo, como lo estuvo Posteguillo, arrastrando una maleta entre ruinas, o como aquellos vecinos que esperaron tres días a que alguien se acordara de ellos.

En su intervención, Posteguillo citó a Roma. Dijo que en el siglo primero antes de Cristo los políticos se apuñalaban entre ellos, y que ahora los del siglo XXI apuñalan al pueblo con su indiferencia. Tenía razón. En tiempos de los Graco, los senadores mataban a quienes querían repartir la tierra. Hoy no hace falta. Basta con mirar hacia otro lado mientras el agua lo arrastra todo. La cobardía se ha vuelto la forma más elegante de la violencia política.

¿Cómo se puede ser más miserable desde las administraciones?

Por eso conviene recordar sus palabras. No para remover el dolor, sino para que no se repita. Porque no avisar fue cruel, pero no ayudar fue todavía más cruel. Y porque un país que olvida a los suyos cuando más lo necesitan está condenado a tropezar, una y otra vez, en el mismo barranco.

Hoy, un año después, vuelvo a ver aquel vídeo del Diario AS. Posteguillo habla con serenidad, sin dramatismo, pero en sus palabras late la dignidad herida de un hombre que vio morir a sus vecinos y esperó en vano la mano del Estado. Lo escucho y pienso que seguimos siendo ese país que solo se acuerda de la tragedia cuando ya es historia, y que vuelve a dormirse en cuanto amanece la calma.

Y así seguimos, confiando —los ingenuos, los que aún creemos que este país puede enderezarse— en que la próxima DANA no nos encuentre en el mismo sitio, con las mismas promesas huecas y la misma fe de idiotas. Pero el agua, como la historia, siempre regresa. Y uno teme que cuando vuelva, también vuelvan el silencio, la cobardía y esos políticos de despacho que no pisan el barro ni aunque los arrastre la corriente. No encuentro otra forma de decirlo más políticamente correcta: uno ya no confía en ellos. Porque son unos hijos de madres de moralidad alternativa —unos hijos de puta, vamos—. No por insulto, sino por precisión. Por dejar tirada a su gente, por esconderse tras los micrófonos cuando huele a muerte y barro. Por ser, en definitiva, la vergüenza de un país que merecería algo mejor.


Con permiso del maestro Machado:

«Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
hoy las dos Españas
han de helarte el corazón.»


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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Cuando hace años, en 2005, con el huracán Katrina, seguía atónito aquellas noticias espeluznantes de saqueos en todos los comercios y viviendas, como si fuese un Black Friday perverso y adelantado, por encima de ayudar a gente necesitada, nunca hubiese esperado que esto pudiese ocurrir en nuestro país.

    Y es que todo el tema de los saqueos de los comercios, que narró en directo Iker Jiménez, es uno de los aspectos del que menos se habla en estos tiempos de recuerdo de aquel desastre.

    Y es algo de lo que hay que saber más. En un desastre así, asomándote por la ventana para esperar ayuda, sin luz y que en vez de ayuda veas llegar hordas de saqueadores y que temas por tu propia integridad es algo que no debiera ocurrir y que solo fuese patrimonio de películas distópicas y no de la realidad.

    Desgraciadamente, también recuerdo, en el caso de «la Filomena», aquellas escenas de como saqueaban decenas de personas, un camión atrapado en la M-30.

    • Tiene usted razón, doctor. A uno le educaron —quizá ingenuamente— en la idea de que las catástrofes sacan lo mejor del ser humano: vecinos que se ayudan, manos que se tienden, sopa caliente para el que tiembla y cobijo para el que quedó a la intemperie. Luego llega la realidad, siempre tan jodidamente testaruda, y te demuestra que junto al valiente aparece el buitre, junto al solidario surge el que arranca la chapa del camión para llevarse tres cajas de electrodomésticos mientras el conductor sigue allí con el susto en el cuerpo y el alma hecha un trapo.

      Y sí, yo también recuerdo Filomena. Mientras unos tiraban de pala y de voluntad, otros tiraban de cinismo para ver qué podían llevarse. Esa España que madruga y esa otra que, cuando huele la oportunidad, se quita la careta y se dedica a saquear como si esto fuera un videojuego sin consecuencias morales.

      La tragedia no solo revela quiénes somos, sino quiénes nunca dejamos de ser: gente decente en su inmensa mayoría, sí, pero siempre acompañada de esa minoría ruidosa, burda y peligrosa que, en cuanto cruje la estructura, sale como las ratas al primer olor de despensa abierta.

      Eso no es nuevo, y lo peor es creer que nunca nos tocaría. Las distopías siempre empiezan lejos, hasta que una mañana, al asomarte a la ventana, te das cuenta de que el fin de la civilización no empieza con zombies ni invasiones, sino con la falta de luz, de ley… y de vergüenza.

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