Hay momentos, créame, en los que uno envidia a los bárbaros. A esos tiempos en los que una verdad se gritaba en mitad de la plaza, y el que no estuviera de acuerdo sacaba la espada y acababa el debate allí mismo. Era brutal, sí, pero honesto. Hoy vivimos rodeados de esos que se creen civilizados porque cambiaron la espada por el linchamiento digital y el honor por el boletín oficial, creyendo que la dignidad puede subrogarse en un trámite. La civilización del alfiler moral y del certificado de pureza ideológica, donde el honor murió ahogado entre sellos de goma y hashtags.

La palabra, esa mariposa luminosa y frágil, siempre fue un arma de guerra. Más cortante que una cimitarra y más sucia que un puñal de verdugo. Con la palabra se conquista, se humilla, se enamora, se destruye, se levanta una nación o se la entrega mansamente para que la pisoteen los mediocres con cargo público.

A veces basta una sílaba para empujar a un hombre al amor o al odio, una frase para encender un país, un discurso para tumbar un imperio. De ahí el miedo. De ahí los intentos constantes por domesticarla como se doma a un perro peligroso: collar, bozal, y hostias si ladra cuando no toca.

Y no se engañe: por muchos siglos que pasen, los poderosos siguen temiendo lo mismo que temían los tiranos de toga y los reyes con corona: que un ciudadano tenga la osadía de hablar, de pensar, y sobre todo, de no creerse la patraña oficial.

El poder ama a los obedientes y teme a los insolentes

He visto demasiados gobernantes vendiendo la trampa de “proteger a los ciudadanos”. Qué risa. No hay protección más peligrosa que la del político que te cuida de tu propia voz. Detrás de cada ley que regula lo que puedes decir, lo que puedes reír, lo que puedes cantar, lo que puedes publicar, hay un señor o una señora en un despacho temblando de miedo.

Miedo a que la gente piense. Miedo a que la gente no compre el discurso. Miedo a que le recordemos que mandan porque nosotros, en un acto de ingenuidad democrática, lo permitimos.

Una sociedad que teme a la palabra no es libre; es un rebaño con móvil y Netflix. Y créame, he conocido ovejas más dignas que ciertos ciudadanos que hoy presumen de rebelión mientras suplican que el poder les diga qué es aceptable y qué no.

Libertad sin educación

La libertad de expresión no es un peluche blandito ni una manta de seguridad emocional. Es un cuchillo. Y como todo cuchillo puede cortar pan o gargantas. Por eso exige educación, temple y responsabilidad.

Pero claro, hoy se confunde libertad con barra libre de estupidez. Se confunde criterio con ruido. Se confunde arte con vómito ideológico sin talento.

La libertad no consiste en que cualquiera pueda abrir la boca para soltar barbaridades como si el mundo le debiera atención. Eso no es libertad: es la suciedad sonora de una sociedad que ya no distingue entre la voz que guía y el rebuzno que distrae.

Pero ojo: la solución tampoco es la mordaza. Porque si empiezas prohibiendo lo grotesco, mañana te prohíben lo valiente. Y pasado, lo honesto. Hasta que un día descubres, tarde ya, que solo puedes decir lo que no importa y callar lo que arde.

Los templos profanados: universidades que temen a la palabra

Y mientras hablamos de educación, conviene mirar —sin vomitar, si es posible— hacia esos lugares que antaño fueron templos del pensamiento y hoy son poco más que guarderías ideológicas: las universidades. Esos santuarios que deberían proteger la disidencia y cultivar el desacuerdo culto se han convertido en patios de recreo para inquisidores de 40 años con megáfono y carnet de pureza moral.

En España lo vemos cada semana: conferencias canceladas porque a un grupito de adolescentes eternos les ofende que alguien piense distinto; políticos o periodistas silenciados por no repetir el catecismo oficial; alumnos que gritan “libertad” mientras exigen censura, como si la libertad consistiera en escuchar solo lo que les acaricia la oreja.

Conferencias canceladas porque a un grupito de adolescentes eternos les ofende que alguien piense distinto

Universidades donde se aplaude más al censor que al disidente, donde el aplauso fácil vale más que una idea incómoda, donde el debate desaparece entre pancartas de “no pasarán” escritas por quienes nunca leyeron un libro entero que no fuera obligatorio.

Lo digo claro: cuando las universidades —que deberían ser fábricas de pensamiento y choque de ideas— empiezan a comportarse como comités de vigilancia moral, la civilización no avanza: retrocede. Y pobre del país en el que los jóvenes no aprenden a discutir, sino a exigir mordazas.

Y lo más triste —y más infame— es que ya no hablamos solo de aulas donde se boicotea al discrepante o se censura al ponente incómodo. No. Vamos un paso más allá: universidades donde se apalea a periodistas. Templos de la libertad convertidos en corrales donde una turba hormonada decide quién puede hablar y quién debe callar a golpes, como si la fuerza bruta fuera un argumento académico. Lo que antaño era el refugio del logos hoy es el patio trasero de la barbarie consentida. Y los que callan, los que miran a otro lado mientras linchan la palabra, no son neutrales: son cómplices.

Medir el daño, no silenciar la palabra

A veces bastará esa reflexión para elegir bien el momento, la forma o el silencio. Pero que sea usted quien decide, no un funcionario con un reglamento. Porque la palabra, aun sucia, aun incómoda, aun grosera, sigue siendo preferible a la sociedad muda, esa donde solo hablan los que mandan y los demás asienten como muebles domésticos.

Una sociedad civilizada no castiga la palabra: castiga los actos. Y solo después de que los actos hayan demostrado ser dañinos. Lo demás es miedo vestido de virtud.

La libertad está en la tinta, en el hueso y en el ADN

Mire la imagen que acompaña estas líneas —esa mano firme empuñando una pluma como si fuese un arma genética. No es casual. La libertad verdadera está en nuestro ADN, igual que atraviesa el ADN del labriego de la tecla —o de la pluma— que le escribe estas líneas.

No se trata de postureo intelectual ni de nostalgia por tiempos mejores. Es instinto de supervivencia de especie: mientras podamos hablar, escribir, disentir y mandar al demonio la narrativa oficial, aún existirá la posibilidad de ser libres.

En cuanto entreguemos eso, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la modernidad más pretenciosa bastarán para salvarnos del triste destino de aquellos que renunciaron a su voz para no molestar a nadie.

Y créame, yo prefiero molestar a vivir arrodillado. Aunque sea con una maldita pluma como única arma y la tinta como única munición.

Porque uno puede perder muchas cosas sin dejar de ser persona. Pero cuando se pierde el derecho —y el valor— de decir lo que se piensa, lo que queda ya no es un ciudadano. Es un animal doméstico esperando instrucciones. Y yo, amigos, nunca gocé mucho de los establos.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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