Me pilló desprevenido, y eso que creo haber visto casi todo en esta vida. Ayer, mi móvil vibró y apareció en pantalla la fotografía de una lápida familiar. Nombres grabados en piedra, flores aún frescas, el mármol frío como los recuerdos que no se atreve uno a nombrar cada día. Fue un error —la imagen no iba dirigida a mí—, pero bastó para que se me encogiera algo aquí dentro, ese resorte íntimo donde se guardan los muertos queridos.
Ahí se quedó la foto. Y yo, tonto de mí, con el gesto seco y el alma pensando en cómo nos empeñamos en olvidar lo que importa. Mientras tanto, fuera, el mundo se disfrazaba de murciélagos de goma y zombis de saldo. Porque hace un par de días, ya lo saben, tocó Halloween: esa invasión alegre y ruidosa que nos llegó en un contenedor directo desde Estados Unidos, junto al Black Friday, Santa Claus en versión Coca-Cola y la absurda necesidad de gastar dinero para demostrar que nos divertimos mucho. Pero conviene no olvidar que, antes de las calabazas huecas y las telarañas sintéticas, existieron los vivos que honraban a sus muertos.
Los romanos —de quienes heredamos más de lo que pensamos— dedicaban días a recordar a los antepasados, a llevarles vino, pan y flores, a mantener encendida la llama familiar y a expulsar el mal de sus hogares con rituales solemnes. Honrar al difunto y proteger a los vivos: ese era el orden natural de las cosas.
Sobre esa raíz —memoria y luz frente a sombra y olvido— el cristianismo afirmó el calendario que conocimos durante siglos:
- 1 de noviembre, Todos los Santos: para quienes alcanzaron la gloria.
- 2 de noviembre, Fieles Difuntos: para quienes aún necesitan nuestras oraciones, memoria y afecto.
Velas en las ventanas, campanas que resonaban en los pueblos, familias caminando al cementerio para limpiar lápidas, colocar flores y murmurar el nombre de los ausentes. Un pacto sagrado entre generaciones: tú recuerdas hoy, yo te recordaré mañana.
Que el ruido de Halloween no nos haga olvidar que estos días son, ante todo, para honrar a nuestros muertos
No me malinterpreten. Me parece estupendo que los críos se pinten la cara, se cuelguen un hacha de plástico de la cabeza y repartan sonrisas, como si la muerte fuese un cuento que no termina nunca. Hasta tengo amigos que montan un pasaje del terror para los más pequeños: luces, ruidos misteriosos y un diploma para los valientes que sobreviven al miedo de pega. Otros que se enfundan ropas rotas, sangre falsa y caminan por las calles en desfiles zombis improvisados, arrastrando los pies como almas en pena de película serie B. Los miro y pienso que, para qué engañarnos, también habría disfrutado yo de eso con quince años.
El problema no es ese. El problema es el olvido. Porque entre tanta calabaza naranja —que no deja de ser un pobre sustituto norteamericano de nuestros viejos nabos europeos—, tanta telaraña de bazar y tanto plástico made in China, parece que se nos escapa el verdadero sentido de estos días. No nacieron para competir por la creatividad del disfraz más grotesco ni para medir quién reparte más caramelos. Nacieron para honrar a los que ya no están. Para encender una vela y poner flores. Para rezar, aunque sea sin saber rezar. Para detenerse y recordar, como hacían los romanos antes que nosotros y como heredó el mundo cristiano después: los muertos en su sitio, pero vivos en la memoria.
Sí, puedo aceptar que el mundo cambia, que las modas traspasan fronteras y que a los chavales les tira más una máscara fluorescente que una vela en el cementerio. A estas alturas ya no soy ingenuo. Pero también sé que los pueblos que pierden su ritual, pierden su alma. Y la nuestra —por más que algunos se empeñen en triturarla con la trituradora de lo global— no nació en un centro comercial.
Hubo un tiempo en que estas fechas olían a castañas asadas, a rosarios rezados en voz baja y a silencio respetuoso entre tumbas. Cuando en casa se hablaba de los abuelos, de los tíos, de aquellos que se fueron demasiado pronto. Cuando la tele emitía el Don Juan Tenorio y no una maratón de películas de monstruitos de pega. Cuando no necesitábamos que un catálogo decidiera en qué consistía nuestra tradición. Y ya ven ustedes: ahora nos dan calabazas. Nunca mejor dicho.
No seré yo quien declare la guerra a una fiesta divertida ni quien arranque de las manos de un niño el derecho a reír. Bastante oscuro está el mundo como para apagar también esa luz. Pero igual convendría que, entre disfraz y disfraz, entre zombi y vampiro, dediquemos un instante a lo que nos hace más humanos: recordar. Aunque sea mirar una vieja foto, encender una vela o pronunciar en silencio el nombre de quien ya no está.
Quizá solo haga falta eso. Un minuto de verdad entre horas de mentira festiva. Y créanme: ese minuto vale más que todas las calabazas iluminadas de la noche.
Porque cuando todo el confeti, el plástico y la risa se desvanece, lo único que permanece —como esa fotografía en mi móvil— es la certeza de que seguimos caminando sobre las huellas de quienes se fueron antes. Y que honrarlos, aunque sea una vez al año, es lo que nos distingue de los zombis de pega que hoy vagan por las calles.
Llámenlo nostalgia si quieren. O respeto. Yo lo llamo memoria. Y no pienso perderla.
















