Uno llega a cierta edad con las ilusiones bien cribadas y el colmillo afilado. He visto demasiadas promesas de grandeza acabar hechas añicos contra el muro de nuestra desidia nacional como para caer fácilmente en el entusiasmo de folleto institucional. Que si España puntera, que si liderazgo digital, que si economía del conocimiento. Mucho verbo y poco acero.
Por eso, cuando oí hablar de IndraMind, aquello de un “cerebro digital soberano” capaz de procesar amenazas híbridas, anticipar ataques, coordinar emergencias y dotar a España y a Europa de independencia tecnológica, me preparé para el bostezo habitual.
Pero resulta que no. Que esta vez hay sustancia. Que detrás del eslogan había años de trabajo, 200 millones de inversión, y la convicción —poco habitual en nuestro panorama político— de que la seguridad y la inteligencia no se improvisan. Que la paz no se mendiga: se sostiene con dientes y con herramientas capaces de morder si hace falta.
IndraMind, dicen, será capaz de ver, pensar, decidir y actuar más rápido que quien quiera hacerte daño. Guerra híbrida, ciberdefensa, drones, frontera, big data, infraestructuras críticas: todo en el mismo tablero. La clase de tecnología que distingue a quien pinta en el mundo de quien termina siendo una nota al margen en el libro de otro. Y créanme: en un continente que lleva años abrazando el buenismo como doctrina estratégica, este giro resulta casi revolucionario.
Escribano, Indra y los movimientos que levantan cejas
Ahora bien, en estas aguas también se agitan corrientes menos tranquilas. Y lo digo con conocimiento de causa, porque llevo tiempo siguiendo las vicisitudes de Escribano Mechanical & Engineering. Cercanía territorial —a tiro de piedra los tengo— obliga: uno es de donde es, y resulta que en mi entorno hay quien fabrica sensores, estaciones remotas y hierro serio en vez de relatos edulcorados sobre paz universal y abrazos colectivos.
En una sociedad que lleva décadas abrazando la docilidad como virtud —corderillos felices pastando mientras los lobos hacen inventario— que una empresa familiar madrileña se plante en el sector defensa con ambición me parece valiente. Nada de pedir permiso para existir.
Ahora bien. El meteórico ascenso de los Escribano a posiciones clave en Indra, y el rumor persistente —ya casi costumbre de pasillo más que murmullo— de una futura absorción o integración completa, me deja una ceja levantada. Demasiado rápido, o quizá soy yo, humilde labriego de la tecla, quien camina muy lento. El tiempo dirá si esto fue visión estratégica o pelotazo bien envuelto. Que cada cual ponga el acento donde su experiencia vital le aconseje.
Tecnología para proteger o para posturear
Porque —no nos engañemos— en España somos expertos en convertir herramientas necesarias en juguetes caros para la foto. Y aquí está el otro filo del asunto: mucho hablar de resiliencia, de superioridad cognitiva, de anticipación y coordinación… pero ya veremos si a la hora de la verdad IndraMind sirve para lo que promete o queda como otro altar brillante al culto del postureo gubernamental.
Ya veremos —me dirán ácratas, descreídos y viejos soldados— si esta inteligencia patriótica es capaz de actuar cuando la tierra cruje y el cielo se desploma, como ocurrió con la DANA que asoló Valencia. Si cuando el agua sube, los pueblos quedan aislados, los vecinos esperan rescate y los políticos posan con gesto adusto, esta maravilla digital sirve para algo más que redactar titulares solemnes y repartir medallas después.
Porque para eso —para la retórica institucional, la rueda de prensa emocionada, el vídeo épico con piano de fondo— ya tenemos práctica sobrada en esta España cainita que convierte tragedias en escenario y a veces olvida al ciudadano bajo el lodo mientras ensaya discursos.
El filo real del asunto
Si funciona —si de verdad cumple lo que promete— IndraMind será un seguro de vida nacional. Una forma de recordarle al mundo que aquí todavía queda gente que entiende que un país no sobrevive por su simpatía, sino por su inteligencia, su capacidad de anticiparse y su disposición a defenderse. Si no… será otra oportunidad desperdiciada envuelta en cinta institucional. Y no sería la primera.
Pero por una vez, déjenme conceder el beneficio de la duda. Ojalá esta vez la inteligencia —humana y artificial— no sea un eslogan, sino un arma. Porque en el siglo que vivimos no gana el más bueno, ni el más amable, ni el más correcto. Gana quien mira más lejos, decide más rápido y no tiembla al proteger lo suyo.
Y ya va siendo hora de que España, en vez de pedir permiso para existir, aprenda a pensar con cerebro propio.
Aquí tienes el enlace de la presentación que se pudo seguir en LinkedIn.
Y oye, no pude evitar esbozar una sonrisa cuando, en mitad de la presentación, uno de los ponentes citó solemnemente a Ursula von der Leyen —o como demonios se escriba sin que me dé un calambre en el teclado— diciendo que “Europa está en guerra híbrida”. Palabrita de Dios, te alabamos, óyenos. ¡Aleluya y campanas al vuelo! Porque claro, cuando uno lo comentó allá por 2018, con la humildad del labriego de la tecla que observa, piensa y a veces acierta, te miraban como al vecino raro que ve dragones en las nubes. Ahora lo cita un ponente invocando a Ursula, y de pronto se convierte en dogma geoestratégico. Si lo dice Ursula, será cierto. Válgame San Válgame.
Así funciona este bendito continente: primero conspiración, luego exageración, después “bueno, quizá tenga sentido”, y finalmente verdad revelada… siempre que venga avalada por Bruselas, una tarima con luces LED y traducción simultánea.
Pero bueno, bienvenidos todos al siglo XXI. Tarde, sí. Por arrastre, también. Pero bienvenidos. Ahora que ya lo ha dicho Ursula —o al menos lo han dicho citándola, que da lo mismo para efectos de fe institucional— igual empezamos a espabilar y dejamos de hacer turismo intelectual en un mundo que hace rato decidió ponerse serio.
Si no, que al menos, cuando llegue el siguiente susto, no digan que no se avisó.

















