No soy un hombre fácil de impresionar, creo. He visto suficientes guerras envueltas en papel celofán, demasiadas “misiones de paz” con olor a pólvora, demasiados líderes que ponen cara de santo mientras firman decretos que convierten países enteros en haciendas privadas. Por eso, cuando el presidente Trump se declara súbitamente guardián de los cristianos de Nigeria, me entra la misma ternura que cuando un tahúr se santigua antes de repartir las cartas: señal de que viene trampa.

Porque ahora, de pronto, Nigeria interesa. Nigeria, que lleva décadas ardiendo por dentro. Nigeria, donde Boko Haram convirtió aldeas enteras en morgues abiertas al cielo. Nigeria, donde los cristianos y los musulmanes moderados mueren por igual sin que nadie en Bruselas, en Washington o en Roma perdiera un minuto de sueño. Y sin embargo, ahora sí. Ahora Trump se sube al púlpito y clama contra la injusticia. Ahora los medios occidentales descubren que existe un país llamado Nigeria y que en él matan cristianos. Como si antes no lo hicieran. Como si no ocurriera también en Burkina Faso, en el Congo, en Sudán del Sur o en Mozambique. Como si no lleváramos veinte años leyendo informes que nadie quiso abrir y testimonios que nadie quiso escuchar.

Y aquí viene la frase que, por desgracia, resume la moral de nuestro tiempo: “Cuando conviene, los medios gritan genocidio. Cuando no conviene —como en Nigeria— guardan silencio.”

Me la repito mientras escucho al presidente norteamericano recitar su recién estrenado catecismo africano. Y no puedo evitar pensar que ese silencio prolongado no obedecía a la falta de sangre, sino a la falta de interés. Los muertos solo interesan cuando sirven para justificar un movimiento en el tablero. Antes, Nigeria era un caos lejano. Ahora, Nigeria es un país que coquetea con los BRICS. Y eso, amigo mío, provoca más sobresaltos en Washington que todos los atentados de Boko Haram juntos.

Ni siquiera el Vaticano, tan rápido habitualmente para levantar la voz ante cualquier atropello, pareció durante años especialmente turbado por la suerte de los cristianos nigerianos. Como si el martirio allí fuera de segunda categoría. Como si el sufrimiento solo valiera cuando aparece en el mapa correcto. Pero he aquí que Nigeria mira a Pekín y Moscú, y de pronto han despertado pastores, nuncios, diplomáticos, portavoces y hasta algún santo improvisado. Milagro geopolítico, lo llaman.

Mientras tanto, yo observo cómo se agita el aire alrededor del gigante africano. Nigeria es un país joven, explosivo, desgarrado, dueño de un subsuelo que vale más que todos los sermones de Occidente juntos. Los británicos lo ensamblaron como quien arma un rompecabezas con piezas que no encajan. La guerra de Biafra dejó cicatrices profundas, los golpes de Estado se sucedieron como en una mala ópera, y el petróleo ha sido desde el primer día una bendición envenenada. Ahora, además, el país empieza a mirar hacia otras alianzas, más propias del siglo XXI que del viejo orden atlántico. Y eso, claro, ha encendido todas las alarmas.

Por eso me hace gracia —esa gracia amarga que te queda cuando ya has visto demasiado— escuchar a Trump hablar de libertad religiosa con esa impostada gravedad de telepredicador. Uno no puede evitar imaginarse el mapa de Nigeria sobre la mesa del Despacho Oval, con círculos marcando pozos de petróleo, rutas de gas y regiones estratégicas, mientras algún asesor explica que la defensa de los cristianos es, en realidad, una puerta de entrada maravillosa para consolidar influencias.

Sé cómo funcionan estas cosas: primero te dicen que van a salvar vidas; después, que necesitan estabilizar la región; al final, descubres que la estabilidad consiste en colocar bases, firmar acuerdos y asegurarse de que ningún país africano se atreva a tomar decisiones que incomoden al imperio. Nigeria, con sus 200 millones de habitantes y sus recursos descomunales, es demasiado grande para dejarla elegir sola.

Se habla incluso de “balcanización”, esa palabra que ya usaron en Libia, en Siria y en el Irak post-Saddam. Divide y vencerás, trocea y administra, fractura y controla. No sería la primera vez ni será la última. Cuando oigo ese término repetido con naturalidad en ciertos círculos, sé que alguien ha empezado a hacer cálculos fríos.

Mientras tanto, los medios, tan elocuentes cuando hace falta airear una tragedia útil, han estado décadas mirando hacia otro lado ante las matanzas nigerianas. Y ahora, milagrosamente, las portadas se iluminan. La sangre corre por las mismas tierras, pero ahora sí es noticia. Antes Nigeria era “compleja”; ahora es “urgente”. Antes era ingobernable; ahora es “un foco de inestabilidad global”. Ya saben: lo que cambia no es la realidad, sino el interés.

Y aquí estoy yo, sentado ante el teclado, observando cómo el relato se reescribe según convenga. Me he vuelto viejo en estas lides, lo suficiente como para no tragarme la versión oficial. Que nadie se engañe: si Nigeria estuviera alineada sin fisuras con Washington, si fuera obediente y previsible, los cristianos podrían seguir muriendo en silencio y apenas ocuparían un pie de página.

Pero ahora que se ha acercado a los BRICS, de pronto todos los muertos cuentan, todas las lágrimas importan y todas las misas son urgentes. Sucede así en política: la compasión siempre aterriza donde ya han aterrizado antes los intereses.

Y uno, que ya tiene callo, solo puede narrarlo con esa mezcla de ironía y resignación que da haber visto demasiados salvadores. Porque sé muy bien que, cuando un presidente anuncia que defenderá la fe de un pueblo lejano, lo que de verdad defiende es su esfera de influencia. Y que las almas que dice proteger servirán, una vez más, como coartada para abrir la puerta trasera del país más poderoso de África.

Lo demás son salmos. Y los salmos, ya se sabe, no mueven el mundo. The oil does.


NOTA. Nigeria, ese gigante al que durante décadas miramos de reojo desde este lado del mapa, no es únicamente un país africano más: es la locomotora económica del continente, el más poblado de todos, con unos 225 millones de almas que mañana serán el doble si las cuentas demográficas no fallan. Para 2050, si nadie lo remedia, estará disputando el bronce demográfico mundial a China e India. Y no hablamos de un territorio pobre en recursos: Nigeria es el primer productor de petróleo de África, dueña de algunas de las mayores reservas de crudo y gas del planeta, una despensa energética capaz de sostener imperios enteros. Pero —y aquí está la tragedia africana de siempre— tanta riqueza no ha servido para enriquecer a los nigerianos. El petróleo fluye, los cargueros zarpan, los beneficios vuelan… y el país sigue atrapado entre la corrupción, la desigualdad y un desarrollo que nunca termina de llegar. Como si el oro negro fuera, una vez más, una maldición disfrazada de bendición. Para saber más: «Nigeria, la gran potencia subsahariana que no logra emerger«.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorEl último bastión del hombre libre
Artículo siguienteEl liderazgo según los políticos españoles
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Un país en el coexisten reyes y nobles con sus reinos tradicionales con estados creados tras la independencia ( https://www.worldstatesmen.org/Nigeria.htm). Un país tan complejo como la India.

    La tercera mayor industria cinematográfica del mundo, tras estadounidenses e indios. Nollywood la llaman.

    Y siempre tendremos a esos príncipes nigerianos, que hace unos años asolaban nuestros correos particulares, ofreciéndonos jugosos negocios a cambio de facilitarles nuestros datos bancarios… Hoy en día sigo recibiendo «regalos y promociones» procedentes de, aparentemente, bancos y cadenas comerciales, pero que, a la que te fijas, su correo acaba en «.ng». Así que ¡cuidado POTUS, con los correos que recibas!

    • Brillante apunte, Doctor M. Nigeria es, en efecto, un país tan fascinante como contradictorio. Entre reinos tribales que aún coronan monarcas y un Estado moderno que apenas logra sostenerse, entre rituales ancestrales y congresos petroleros, hay toda una enciclopedia de la condición humana. Lo de Nollywood, por cierto, es de matrícula: millones de horas de ficción que reflejan una realidad más verosímil que muchas cumbres diplomáticas.

      Y sí, esos príncipes nigerianos fueron los primeros adelantados de la globalización digital: visionarios del timo por correo electrónico. Hoy sus herederos nos escriben desde direcciones terminadas en “.ng” prometiendo regalos, sorteos, amor o milagros financieros. Que tome nota el señor Trump, no vaya a ser que su próxima “preocupación humanitaria” llegue por Gmail.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí