Lo del cherry picking, ya me perdonarán ustedes, no es precisamente un invento moderno. Lo único que han hecho las redes sociales, los gabinetes de comunicación y los iluminados de turno es perfeccionarlo, vestirlo de anglicismo y presentarlo como si fuera una técnica de marketing. Pero la trampa es la de siempre. Consiste en seleccionar solo los datos que apoyan tu argumento, elegir las cerezas más bonitas del cesto y exhibirlas para demostrar lo listísimo que eres, mientras ocultas las podridas. Igual que hacen algunos cuando cuentan la historia de su vida. Alardean de sus aprobados sin precisar que eran optativas de relleno. Anuncian que han reducido el paro sin contar el truco de los cursos, los programas y las estadísticas amañadas. Cherry picking en estado puro. Pura magia de trilero.

Y no es casualidad que esta reflexión me venga ahora. Hace poco comentaba en el blog aquello del tall poppy syndrome, la manía de cortar al que sobresale para que nadie asome más que el resto. Una patología social tan extendida que, si pudiéramos medirla, tendríamos que usar escala sísmica. Sería un buen seis con dos en la escala de la envidia nacional. Y mientras pensaba en ello, en el hachazo al que destaca, me vino a la cabeza el otro extremo. No el que corta al otro, sino el que se pule a sí mismo. El que no soporta que existan datos que lo desmientan y decide borrarlos del mapa. El cherry picker profesional.

Me recuerda a algo que todo contable de guerra sabe y que me enseñaron hace años: la contabilidad realmente es conhabilidad. La habilidad o astucia de presentar los números de forma que parezca que todo cuadra aunque a la caja le falte aire. No es que mientan, los buenos no mienten nunca, no hace falta, sino que organizan la información. Un ingreso aquí, un gasto allá, esto lo metemos en extraordinario, aquello lo consideramos apoyo fiscal y lo que queda feo lo dejamos para la memoria técnica porque total nadie la lee. Cherry picking contable. De manual.

El truco, claro, funciona en cualquier ámbito. En política es su estado natural. Cuando un gobierno presenta sus logros ya sabe usted que serán logros cuidadosamente elegidos. Si presenta cifras casi siempre serán cifras recortadas, segmentadas, depuradas y servidas para que brille el sol aunque fuera esté cayendo granizo. Los gobiernos del mundo son como esos cocineros que sirven un plato minúsculo, lo adornan con tres flores y esperan que uno aplauda como si acabaran de inventar el fuego. Lo otro, el desastre, el retraso, el error o la metedura de pata, queda para otro día o mejor para nunca.

Pero no se piense el lector que esto es cosa exclusiva de grandes instituciones. Nada de eso. El cherry picking está instalado en la vida cotidiana. En los debates de café, en las discusiones de sobremesa, en las tertulias de radio donde los listos de guardia opinan de lo que sea sin pestañear. Es casi un deporte amateur. Si un dato te contradice lo ignoras, si una estadística te deja mal dices que está manipulada, si un ejemplo no te conviene cambias de tema. Y tan tranquilos.

He visto a gente presumir de caminar diez mil pasos diarios sin admitir que la mitad los hace de camino a la nevera. He visto a comentaristas políticos citar informes que solo han leído en diagonal. He visto a economistas explicar la inflación con la misma soltura con la que un niño explica por qué ha suspendido matemáticas. Y siempre es lo mismo. Escoger solo lo que conviene. Si el dato te favorece lo amplificas. Si no conviene lo envuelves en humo. Si aun así alguien te desmonta lo acusas de no entender el contexto.

Esa última expresión es maravillosa. Falta contexto. Significa que hay detalles que confirmarían que tienes razón si los supieras. El cherry picking llevado a su forma poética.

El cherry picking es la trampa de elegir solo los datos que convienen y ocultar los que desmontan el relato

Todo esto sería casi cómico si no fuera porque, a fuerza de repetirlo, vamos creando una sociedad incapaz de pensar con la brújula completa. Es como si cada uno llevara su propio mapa amañado donde solo aparecen los caminos que le gustan. Luego nos extrañamos cuando chocamos contra un muro que no estaba dibujado. Normal. Lo borraste porque no te convenía.

Sé que alguno estará pensando que exagero, que siempre hubo trampas de este tipo. Cierto. Pero ahora tenemos un problema diferente. Hoy la información es un océano y cada uno puede pescar solo lo que quiere ver. Si te gustan las malas noticias las redes te darán malas noticias. Si te gustan las conspiraciones te servirán conspiraciones en bandeja. Si odias un partido, un país o un personaje te mostrarán solo aquello que confirme tu rencor. Un bufé libre de cerezas selectas. Oiga, coma usted las que quiera y no mire las que están negras.

El cherry picking no es una técnica de análisis. Es un autoengaño cómodo. Una máquina de fabricar razones para seguir pensando lo mismo de siempre. Es el equivalente intelectual de ponerse tapones en los oídos para no escuchar al que lleva razón. Y lo peor es que produce adicción. Una vez que descubres que puedes construir tu realidad a base de datos escogidos te basta con repetirlos como un mantra. Aquí están mis cifras. Aquí están mis hechos. Aquí están mis conclusiones. Ya. Y aquí está la mitad del problema. Solo has mirado las cerezas bonitas.

Por eso, cuando alguien me suelta una estadística como quien lanza un dardo, ya tengo el reflejo desarrollado. Pregunto: ¿y el resto? A veces hay silencio. Otras veces hay rodeo. Y otras, las menos, aparece un gesto honesto: Es verdad, faltan cosas. Es raro, pero ocurre. Y cuando ocurre uno recupera un poco la fe en que todavía queda gente dispuesta a mirar el cesto entero y no solo la parte que brilla.

Lo cierto es que, en un mundo serio, el análisis real implica lo contrario. Revisar lo que te contradice, contrastar tus prejuicios, aceptar que quizá no llevas razón. Pero claro, eso exige un esfuerzo que muchos no están dispuestos a hacer. Requiere desmontarse uno mismo. Reconocer sesgos. Aceptar que el otro puede tener un argumento válido. Es más fácil quedarse con las cerezas.

Y así vamos. País arriba, país abajo. Opinando, vociferando, debatiendo, todo con seguridad de cirujano, pero seleccionando datos como quien selecciona cromos repetidos. Si al menos lo llamáramos por su nombre. Si pudiéramos admitir que todos, alguna vez, hacemos un poco de cherry picking. Yo mismo, no voy a ir de santo, seguro que en más de una ocasión he escogido la metáfora que más me convenía y he dejado fuera la menos brillante. Pero la diferencia está en saberlo. En identificar el sesgo. En procurar no convertir la trampa en forma de vida.

Sin mirar el cesto entero de la realidad, acabamos creyéndonos nuestras propias mentiras

Porque cuando el cherry picking se convierte en costumbre nacional ya podemos darnos por perdidos. Los debates dejan de ser debates, las opiniones dejan de ser opiniones y todo se vuelve propaganda. Todos con nuestras cerezas selectas, enseñándolas al mundo como si fueran la verdad absoluta.

En fin. Hace poco hablábamos del tall poppy syndrome, de cómo se corta al que sobresale. Hoy hablamos de cómo se pule uno mismo para no quedar mal. Dos caras del mismo problema. Una sociedad que teme la verdad completa y prefiere quedarse con la parte cómoda, la que no duele, la que no incomoda, la que no rompe la narrativa.

Yo, por mi parte, seguiré intentando hacer lo contrario. Mirar el cesto entero. Aunque alguna cereza esté pocha. Aunque alguna cifra duela. Aunque algún dato me lleve la contraria.

Es la única forma honesta de caminar. Y la única que, al final, evita que uno acabe creyéndose sus propias trampas.


Haciendo un deliberado ejercicio de cherry picking, voy a permitirme recoger solo las cerezas que me interesan del informe del Instituto de Estudios Económicos para construir una narrativa que, con los datos en la mano, desmonta de arriba abajo el optimismo triunfalista que acostumbra a presentar el presidente del Gobierno. Vamos!

España encara 2026 con un conjunto de debilidades estructurales preocupantes: la economía pierde impulso, la inversión empresarial sigue siendo el gran talón de Aquiles, especialmente en bienes de equipo, y la productividad continúa estancada. El mercado laboral, pese a crear empleo, mantiene la tasa de paro más alta de toda la UE y la OCDE, con caída de empleadores y menor dinamismo en horas trabajadas. Las empresas sufren una pérdida de rentabilidad, al tiempo que los costes laborales unitarios y las cotizaciones sociales crecen mucho más que en la eurozona, deteriorando claramente la competitividad. El sector exterior deja de impulsar el crecimiento y el turismo muestra signos de agotamiento. En el plano fiscal, España afronta una deuda pública superior al 100% del PIB, un déficit estructural por encima del -3% y un gasto en pensiones que ya alcanza el 12,4% del PIB, cifras que limitan cualquier margen de maniobra. Pero el mayor lastre, según el informe, es el deterioro institucional y regulatorio: España presenta una deficiencia regulatoria un 33% peor que la media europea, un control institucional más débil y una inestabilidad política un 41,5% superior a la media de la UE, hasta el punto de que un 60,4% de las empresas considera la regulación el mayor obstáculo para invertir. En conjunto, el país crece, sí, pero lo hace apoyado en bases frágiles y con un deterioro institucional que amenaza la capacidad de sostener ese crecimiento en el medio plazo.

Al final, no hay nada como elegir los datos que sostienen nuestro relato y desestimar el resto para construir la historia que más nos conviene, pero eso no cambia la realidad que late debajo. La estadística permite muchos juegos de manos, pero la economía no perdona ni el maquillaje ni las medias verdades. Por eso, más allá del relato que cada cual quiera contar, lo sensato es mirar el conjunto y asumirlo con honestidad, porque solo desde esa mirada completa y no desde la selección interesada de cifras podremos entender dónde estamos y hacia dónde vamos realmente.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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