Treinta y cinco años. Lo escribo despacio, como si la cifra necesitara asentarse, como si aún me negara a reconocer que ha pasado tanto tiempo desde aquel 6 de noviembre de 1990 en que crucé por primera vez la puerta del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos. Uno empieza a trabajar sin saber muy bien en qué se está metiendo. La juventud tiene esa arrogancia necesaria para sobrevivir, esa mezcla de bravuconería y desconocimiento que permite plantar cara a lo que venga. Yo venía de cinco años de galeras, curtido en faenas varias y con esa mirada que uno adquiere cuando ya ha visto lo suficiente para no dejarse impresionar por casi nada, pero todavía no ha visto tanto como para perder la ilusión.

Tenía veinticinco años. Y, aunque suene pretencioso, llegué al ICOG creyendo que sabía más de lo que realmente sabía. Esa inocencia presuntuosa duró lo justo: lo que tardé en entender que la geología no era únicamente un asunto de rocas, minerales y mapas, sino también de personas. Personas con carácter, con historias a la espalda, con ese punto de terquedad noble que tienen los que están acostumbrados a mirar al subsuelo para entender el mundo de arriba. A partir de ahí, todo fue aprendizaje.

Año 2008. Sede del Colegio de Geólogos en la calle Raquel Meller.

Y, por cierto, cuando llegué, el ICOG era uno. Uno para toda España. Una sola casa que lo abarcaba todo, con esa mezcla heroica de centralidad y caos. Hoy ya son tres colegios. Y vaya usted a saber cuántos habrá en el futuro si la cosa sigue ramificándose como una falla que no termina de cerrarse. Bueno, si el futuro va demasiados años más allá, ya no me pillará en el ICOG. Para entonces puede que me hayan dado una patada en el culo con elegancia corporativa, o que me haya jubilado por puro desgaste de materiales. O, en fin, algo peor, que también puede pasar. Cosas de la vida y de la geología aplicada al esqueleto de uno.

Si cierro los ojos todavía puedo ver aquel despacho donde aterrizaba recién llegado, esa mezcla de olor a papel, a las viandas que se cocinaban en «El Centeno», café recalentado y carpetas que parecía formar parte del inventario oficial. Nada de aquello era glamuroso, pero tenía una dignidad silenciosa, fruto del trabajo de tantos profesionales que levantaron esta casa con esfuerzo, discusión, algo de polvo y bastante pasión.

A veces me preguntan por qué duré tanto, como si treinta y cinco años fueran una excentricidad propia de otro siglo. Les digo la verdad: porque aquí encontré un oficio. Un oficio de esos que se aprenden despacio, en capas, como los estratos que tanto gustan a los geólogos. Cada año fue añadiendo una nueva capa de oficio y de memoria. Algunas luminosas, otras descarnadas. Pero todas necesarias.

En 2015 celebramos los primeros veinticinco. Recuerdo aquel aniversario con una mezcla de orgullo y estupor, como quien mira una foto antigua y se reconoce siendo otro. Pensé entonces que ya estaba todo dicho, que el camino estaba hecho. Qué ingenuidad. La vida, siempre tan ladina, tenía guardados más capítulos.

Y llegó 2023. Ese año me colocaron en el pecho la distinción de Geólogo de Honor. A uno le entregan un reconocimiento así y, lejos de inflarse como un pavo, se le encoge un poco el alma. Porque esas cosas, más que premios, son recordatorios de que alguien piensa que hiciste algo bien. Y uno, que no suele darse palmadas en la espalda, lo agradece en silencio, consciente de que la verdadera medalla siempre es poder mirar atrás sin demasiada vergüenza.

Hoy, una compañera me ha recordado la fecha. Treinta y cinco años. Y he vuelto a ver al chaval que fui: un tipo joven, con algo de insolencia, que llegaba al ICOG creyendo que el mundo le debía una explicación. Lo que no sabía aquel muchacho es que sería el ICOG el que se la daría: la explicación, la brújula y, por qué no decirlo, un hogar profesional.

A mediados de los 90 en la sede de Reina Victoria.

He vivido aquí cambios de dirección, de etapas, de prioridades, de tecnología. He visto llegar a nuevos colegiados recién salidos de facultad y despedir con pena a compañeros que marcharon a otras entidades o directamente a la jubilación. He visto discusiones encendidas, reuniones eternas, ilusiones que cristalizaban y otras que se desmoronaban como un talud mal calculado. Y, aun así, siempre había una constante: la convicción de que la profesión geológica, a pesar de las tormentas, merecía la batalla.

No todo ha sido épico, ni falta que hace. También ha habido días de pura intendencia, de resolver marrones, de apagar fuegos ajenos, de poner orden donde reinaba el caos y de sonreír ante lo que no tenía ninguna gracia. Oficio, ya lo dije.

Pero hoy toca mirar atrás y, aunque no me prodigo en nostalgias, reconozco que algunas se cuelan por las rendijas sin pedir permiso. Pienso en los que estaban y ya no están, en los que llegaron después, en los que vendrán. En todo lo que hemos construido en esta casa que, después de tantos años, ya forma parte de mi biografía más íntima.

Treinta y cinco años no son una medalla ni un récord. Son, sencillamente, una vida laboral bien vivida, con sus triunfos, sus heridas y alguna que otra cicatriz que no cambiaría por nada. Y si hoy escribo estas líneas es porque una compañera me ha recordado que el tiempo pasa, sí, pero también deja huellas que merece la pena reconocer.

Si volviera a aquel 6 de noviembre de 1990, entraría de nuevo por la misma puerta. Con la misma insolencia juvenil, con la misma ignorancia y con idénticas ganas de aprender. Porque, aunque uno no lo supiera entonces, estaba empezando algo que no era un trabajo, sino un camino. Y, demonios, ha merecido la pena.

En mi lugar de trabajo en la C/ Reina Victoria. Año 2001.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anterior¿Qué es el cherry picking? La vieja trampa de escoger solo lo que interesa
Artículo siguienteEscudo Europeo de la Democracia: el vigilante vigilado
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

6 COMENTARIOS

  1. Qué honor compartir estratos contigo. En mis casi 24 años en el ICOG, he tenido la suerte de cruzar muchas capas de historia, pero pocas tan sólidas y valiosas como la que comparto contigo. Gracias por ser roca firme en este recorrido, por las historias, los mapas, los pliegues y las experiencias que hemos vivido juntos. Tu presencia ha sido siempre brújula y relieve en este paisaje profesional que seguimos explorando.
    Un abrazo gigante y seguimos caminando

    • Yolanda, muchas gracias por tus palabras. Ya sabes que el honor es compartido. En tantos años coincididos he aprendido que lo importante no son los aniversarios, sino la gente con la que te cruzas en el camino, y contigo siempre ha sido fácil avanzar.

      Hemos vivido etapas buenas, otras menos brillantes y unas cuantas que solo se superan riéndonos a destiempo, pero ahí hemos estado, sosteniéndonos mutuamente como buenamente podíamos. Gracias por tu compañía, por tu lealtad, por esas conversaciones que devolvían el aire en los días espesos y por estar siempre ahí sin necesidad de grandes gestos.

      Un abrazo enorme. Y sí, seguimos caminando. Contigo da gusto.

  2. Un privilegio haber compartido contigo 15 años de esa andadura a traves de la ONG Geólogos del Mundo.
    Siempre dispuesto a ayudar y a enseñar.
    Que sigas adelante y compartiendo con nosotros tus reflexiones sobre tantos temas interesantes.

  3. Es un placer haberte conocido en Santa Feliciana, aún recuerdo aquel despacho en los inicios, muchas gracias por tu pasión y entrega con nosotros te lo digo sinceramente y de una forma entrañable, recibe un fuerte abrazo, querido Enrique

    • Carlos, muchas gracias por tus palabras. Tú eres, sin lugar a dudas, uno de aquellos geólogos de la etapa de Santa Feliciana, cuando todavía creíamos que la juventud era un recurso inagotable y no este bien escaso que hoy administramos con dignidad de veterano. Ahora somos viejunos, sí, pero con historias que no se derrumban ni con dinamita.

      Seguro que recuerdas “El Centeno”. Aquel bar-restaurante cuya “comida del día” ascendía por el patio de luces con la firme determinación de un ejército invasor. Daba igual cerrar ventanas, puertas o la propia respiración: aquel aroma encontraba siempre su objetivo. Y cómo olvidar la famosa grieta del pasillo, aquella que parecía anunciar que el piso tenía más vida interior de la que convenía. Una grieta que, por cierto, terminó siendo la mejor consejera: gracias a ella no se compró aquel lugar y el ICOG acabó en Reina Victoria, donde comenzaría otra etapa con menos sobresaltos estructurales.

      Un abrazo fuerte, querido Carlos. Da gusto recordar la trinchera con quienes también estuvieron allí.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí