La historia no siempre es justa con quienes hacen el trabajo sucio. Con los que se remangan cuando otros escriben proclamas. Con los que cargan jeringuillas, o lo que hubiera entonces, mientras los biempensantes discuten en salones alfombrados. Por eso conviene volver la vista atrás y detenerse, con respeto y asombro, ante la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, más conocida como Expedición Balmis. No por nostalgia, sino por higiene moral.

A comienzos del siglo XIX, la viruela era una sentencia de muerte que se dictaba sin juicio previo. Mataba a cientos de miles cada año y dejaba a los supervivientes marcados de por vida. La ciencia había dado un paso decisivo gracias a Edward Jenner, pero el problema seguía siendo el de siempre: cómo llevar el remedio a quienes más lo necesitaban. No había neveras, ni viales estables, ni cadenas de frío. Había barcos de madera, meses de travesía y una vacuna que se moría si no encontraba un cuerpo vivo donde seguir respirando.

Fue entonces cuando apareció Francisco Javier de Balmis, médico militar, ilustrado y cabezota. Balmis entendió algo que muchos no: que la ciencia sin logística es literatura, y que la filantropía sin organización es un gesto vacío. Convenció a Carlos IV de financiar una empresa sin precedentes: llevar la vacuna de la viruela a todos los territorios del imperio español, desde Canarias hasta Filipinas.

El plan era tan audaz que rozaba lo demencial. Para mantener viva la vacuna durante el viaje, Balmis ideó una cadena humana de transmisión: niños que portarían el virus atenuado de la viruela bovina en sus propios cuerpos, pasándolo de brazo en brazo, de herida en herida, como una antorcha biológica. Veintidós niños huérfanos, al cuidado de una mujer que merece un lugar propio en la historia: Isabel Zendal Gómez.

Isabel Zendal no empuñó bisturíes ni escribió tratados, pero sostuvo la expedición con algo igual de imprescindible: humanidad. Fue la encargada de cuidar a aquellos niños durante meses de mar, fiebre y nostalgia. Hoy la llamaríamos enfermera; entonces era simplemente una mujer haciendo lo que había que hacer. La Organización Mundial de la Salud la reconoce como la primera enfermera en una misión internacional de salud. Tardamos dos siglos en darnos cuenta.

La Expedición Balmis no fue propaganda ni épica de salón: fue Estado, medicina y coraje navegando juntos contra la viruela

La expedición zarpó de La Coruña en noviembre de 1803, a bordo de la corbeta María Pita. En el muelle quedaban las dudas y los miedos; en la bodega, la esperanza. La vacuna llegó primero a Canarias, luego a Puerto Rico, Venezuela, Nueva Granada, Perú, México… En cada puerto, el mismo ritual: vacunaciones masivas, formación de sanitarios locales, creación de juntas de vacunación para asegurar la continuidad del programa. No era una campaña de relumbrón: era trabajo de pico y pala, brazo a brazo.

Conviene detenerse aquí, porque la grandeza de la Expedición Balmis no está solo en haber llevado la vacuna, sino en haber dejado estructura. Balmis no repartía milagros; dejaba manuales, protocolos, responsabilidades. Enseñaba a vacunar, a registrar, a conservar. En un mundo acostumbrado al gesto paternalista, aquello era una revolución silenciosa.

Hubo resistencias, claro. Médicos que veían peligrar su autoridad, curanderos que perdían clientela, clérigos recelosos de una ciencia que se metía donde antes reinaba la resignación. Hubo también dificultades políticas, desconfianzas locales y no pocos sabotajes pasivos. Pero la vacuna avanzó. Y con ella, una idea incómoda para muchos: la muerte no era inevitable.

La expedición se dividió en varias ramas. Mientras Balmis continuaba hacia México y Filipinas, su segundo, José Salvany, recorría Sudamérica en condiciones extremas, dejando la vida en el empeño. No hubo homenajes ni estatuas para todos. La épica verdadera suele cobrarse en silencio.

En Filipinas, la vacuna volvió a cruzar mares, llegando incluso a Macao y Cantón. España, tan dada a la caricatura histórica, estaba protagonizando la primera campaña de vacunación global. No por lucro, no por dominación, sino por una convicción ilustrada: la salud pública es un deber del Estado.

Resulta tentador leer esta historia con los ojos de hoy y buscar sombras donde hubo luces. Se dirá —y no sin razón— que se usó a niños como portadores. Que eran huérfanos. Que no tenían elección. Todo eso es cierto. Pero también lo es que sin ellos, sin Isabel Zendal, sin Balmis, la viruela habría seguido matando durante décadas. La historia no se escribe con guantes de látex; se escribe con decisiones trágicas y contextuales. Juzgarla exige honestidad, no superioridad moral.

La Expedición Balmis demostró que la ciencia podía ser itinerante, que la medicina no tenía por qué quedarse en los centros de poder, que la periferia merecía el mismo esfuerzo que la metrópoli. Fue, en muchos sentidos, el antecedente remoto de organizaciones como Médicos Sin Fronteras. Con una diferencia notable: aquí no había ONGs ni donaciones privadas. Había un Estado asumiendo su responsabilidad. Y eso, quizá, es lo que más incomoda hoy.

Porque recordar la Expedición Balmis obliga a admitir que hubo un tiempo en que se pensó a largo plazo, en que se invirtió en salud sin cálculo electoral, en que la palabra filantropía no era una estrategia de marca. Obliga también a desmontar tópicos interesados sobre una España oscurantista incapaz de producir ciencia y progreso. La realidad, como siempre, es más compleja y más rica.

La viruela fue erradicada oficialmente en 1980. La primera enfermedad infecciosa borrada del mapa gracias a la vacunación. En esa victoria final hay muchas manos, muchos países y muchos años. Pero en el origen de esa cadena de éxitos hay un barco, veintidós niños, una mujer olvidada y un médico obstinado.

No está mal recordarlo en tiempos de histeria, desinformación y miedo a las vacunas. No está mal mirar atrás y aprender que la ciencia avanza cuando alguien se atreve a llevarla donde nadie quiere ir. Y que a veces, la verdadera épica no consiste en conquistar territorios, sino en arrancarle vidas a la muerte.

La Expedición Balmis no fue perfecta. Ninguna gesta lo es. Pero fue valiente, fue eficaz y fue humana. Y eso, dos siglos después, sigue siendo mucho decir.

Porque hubo un tiempo en que España no exportaba consignas ni relatos, sino vacunas. Y quizá convendría recordarlo más a menudo, con menos complejos y más verdad.

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El Hospital Enfermera Isabel Zendal se creó en 2020, en pleno estallido de la pandemia de la COVID-19, como respuesta de emergencia ante el colapso sanitario que amenazaba a Madrid y, por extensión, al conjunto del país. Concebido y levantado en tiempo récord, en un contexto de incertidumbre, miedo y presión asistencial extrema, el Zendal nació como hospital monográfico para enfermedades infecciosas y grandes crisis epidemiológicas, recuperando el nombre de Isabel Zendal Gómez como símbolo histórico de la sanidad pública y de la lucha contra las epidemias. Más allá de debates políticos y mediáticos, su creación se inscribe en una tradición poco recordada pero muy española: la de afrontar las grandes amenazas sanitarias con infraestructuras específicas, logística y una concepción de la salud pública como cuestión estratégica, no meramente asistencial.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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