Cada día que pasa estoy más convencido de que vivimos una época extraña, de ésas en las que uno pestañea y la tecnología aprovecha para adelantarte por la derecha sin poner el intermitente. Yo, que siempre fui un artesano de las letras, un escribidor de pueblo armado con mi teclado y una buena dosis de paciencia, he terminado de bruces en el mundo del audio. No por afán de modernidad, sino porque la inteligencia artificial, con ese descaro de aprendiz aventajado, ha decidido que tal vez yo también mereciera sonar.
El culpable de esta travesía se llama NotebookLM, una suerte de alquimista digital diseñado por Google. Subo mis textos, desde artículos trabajados hasta apuntes sueltos, y la criatura los digiere con la tranquilidad de un monje medieval iluminando manuscritos. Cuando termina, me devuelve resúmenes, guiones, análisis y, lo más sorprendente de todo, audios construidos como conversaciones entre dos voces que comentan mi propio artículo, con una naturalidad que uno no sabe si admirar o temer. La primera vez que lo escuché pensé que era una broma. Pero no lo era. Parecía que dos personas reales debatían sobre mi texto como si lo hubieran vivido desde dentro.
Así que, una vez que uno supera la sorpresa y se toma el primer café para asumirlo, la consecuencia lógica es subir esos audios a Spotify. Y aquí es donde vuelve a asomar la nostalgia. Porque este formato, tan moderno en apariencia, tiene raíces viejunas. Me recuerda a mis antiguos viajes diarios en autobús, aquellos trayectos interminables que yo salvaba escuchando podcasts que entonces eran casi un acto de resistencia cultural. Allí, entre el traqueteo y el olor a calefacción recalentada, descubrí voces que hablaban de aquello que los grandes medios ignoraban y los pequeños ni siquiera se atrevían a mencionar.
Esa es, quizá, la verdadera grandeza del podcast. Ha dado voz a quienes nunca la tuvieron, a los que quedaron fuera del foco, a los que no llenan platós ni persiguen trending topics. Ha permitido que personas comunes, pero con algo interesante que decir, se cuelen en los oídos del mundo sin pedir permiso. Es un pequeño milagro moderno: el micrófono humilde que compite, de tú a tú, con las catedrales mediáticas. Y aunque muchos lo consideren un invento menor, para quienes sabemos lo que es abrirse paso sin escaparates ni padrinos, la cosa tiene su épica.
Por eso, cuando ahora escucho mis propios textos convertidos en conversaciones, y pienso que alguien quizá los oirá camino del trabajo, o fregando los platos, o en silencio mientras pasea, siento que cierro un círculo. Porque al final, para el hombre o la mujer que tienen prisa, leer es un lujo; escuchar, en cambio, es supervivencia. Y si mis palabras pueden acompañar a alguien en su rutina, como antaño otros hicieron conmigo, ya me doy por satisfecho.
Dicen que la inteligencia artificial está ampliando sus dominios hasta límites que ni Verne habría imaginado. A mí, humilde labriego de la tecla, todo esto me provoca una mezcla de asombro, diversión y una pizca de vértigo. La IA no sólo te ayuda a llegar más lejos; también te obliga a reinventarte, a aceptar que las herramientas ya no son las mismas y que, si quieres seguir en la travesía, debes aprender a remar con nuevos remos. Donde antes había tinta y silencio, ahora hay algoritmos que te devuelven tu voz multiplicada.
Y aquí me tienen, navegando entre letras que ahora también suenan, se debaten y se comentan. Si el lector quiere acompañarme, será bienvenido. En mi espacio de Spotify encontrará mis artículos convertidos en conversaciones, siempre con la retranca y la mirada afilada que me han acompañado desde que era sólo un viajero con auriculares en un autobús cualquiera.
Aquí dejaré el enlace a mi espacio en Spotify.
Y si me permitís un guiño a los viejos blogueros, a esa tribu casi extinguida que una vez creyó que podía cambiar el mundo desde un teclado y un puñado de ideas, os digo que quizá ha llegado el momento de subirnos también al carro del podcast. No para abandonar la bloguería, aquel noble oficio que nos dio tantas noches de gloria y tantos disgustos, sino para ampliarlo, como quien añade una vela nueva a un barco viejuno. Ya que sobrevivimos a modas, algoritmos, redes sociales y al silencio de los comentaristas que desaparecieron sin despedirse, bien podríamos regalarnos esta derivada sonora. Al fin y al cabo, seguimos aquí, tercos como mulas, escribiendo porque no sabemos hacer otra cosa. ¿Por qué no dejar que nuestras palabras también se escuchen?
Para quienes os preguntéis qué demonios vais a encontrar en mi podcast, la respuesta es sencilla: lo mismo que llevo años dejando caer, con mayor o menor puntería, en mi blog. Historia de España, con sus luces, sus tinieblas y esas esquinas mal barridas que tanto me gustan. Crónicas y novedades de mi patria chica, Meco, ese microcosmos donde siempre late una historia esperando ser contada. Reflexiones sobre inteligencia artificial, economía y geoestrategia, que cada día parecen jugar al ajedrez con nuestro futuro. Y, por supuesto, mis desvelos sobre las redes sociales, ese ser vivo que muta, muda la piel, se reinventa y, si me apuráis, empieza a mostrar un aroma ligeramente decadente, como un viejo teatro donde aún resuenan aplausos pero ya se tambalean los decorados. En resumen, escucharéis todo aquello que me interesa, me intriga o me da por destripar en un arrebato de entusiasmo o melancolía. Si ya me leéis, sabéis lo que os espera. Si no, poneos cómodos: aquí no nos aburrimos.
















