Siempre he creído, quizá por deformación profesional, quizá porque los años te enseñan a desconfiar de los relatos demasiado bien peinados, que la realidad es menos inocente de lo que parece. Pero aun así, cada cierto tiempo aparece un libro que me obliga a afinar la vista y admitir que la trama es todavía más densa, más antigua y más astuta de lo que uno sospechaba. Eso me ha ocurrido con El diablo está entre nosotros.

No es, pese a lo que pudiera sugerir el título, un tratado demonológico para almas ansiosas de misticismos baratos. Si acaso, Ramírez utiliza al Diablo como se usaban antaño las metáforas potentes: para decir aquello que no se puede decir sin que tiemble la vajilla. Este Diablo no lleva cuernos, sino corbata; no vive en el infierno, sino en consejos de administración, instituciones supranacionales, laboratorios de ideas y departamentos de comunicación que modelan lo que pensamos sin preguntarnos si queremos ser modelados.

Desde la primera línea, el autor exige algo que hoy parece revolucionario: un lector activo. Nada de tumbarse en el sofá esperando que te den respuestas empaquetadas. Aquí hay que leer con el ceño fruncido, preguntando siempre lo mismo: ¿quién gana con que yo crea esto? ¿A quién beneficia cada relato que nos venden como inevitable? Y es que Ramírez ha escrito un ensayo que no pretende dar soluciones simples, sino afinar el olfato. Enseñar a sospechar con fundamento, a mirar detrás del decorado.

Un libro que se mueve entre el análisis y la narración

La obra circula en un territorio híbrido, a medio camino entre el ensayo periodístico y la reflexión política. Esa mezcla, lejos de provocar confusión, le da al libro la textura adecuada: la del que ha investigado, sí, pero también la del que ha mirado, vivido y comprendido. No estamos ante un panfleto ideológico ni ante una tesis académica. Es más bien un mapa, una cartografía de las fuerzas que moldean la vida pública sin que nadie nos las enseñe en la escuela.

Lo que a primera vista podría parecer un catálogo de crisis: económicas, institucionales, mediáticas, tecnológicas, se transforma, bajo la pluma de Ramírez, en un esqueleto narrativo donde cada capítulo construye una parte del mecanismo. No se trata de probar una única tesis. Es más ambicioso: trazar un conjunto de observaciones entrelazadas que, al final, generan un cuadro de inquietante claridad. Uno termina la lectura con la desagradable sensación de comprender demasiado bien.

La prosa acompaña el contenido: elegante, cuidada, sin aspavientos, pero con una mordacidad subterránea que traiciona la intención del autor. No quiere gritar; quiere que nos escuchemos pensar.

El desmontaje de los relatos oficiales

Uno de los logros del libro es mostrar cómo funcionan los mecanismos de invisibilización. Son esas dinámicas opacas, casi siempre escondidas bajo montañas de burocracia, lenguaje técnico y procedimientos ininteligibles, que permiten tomar decisiones públicas sin escrutinio público. Si algo caracteriza a este tiempo nuestro es la multiplicación de relatos, como si nos estuvieran diciendo: “No te preocupes por la verdad; elige la versión que te haga sentir cómodo”. Y esa es, precisamente, la señal del Diablo de Ramírez: no un ente sobrenatural, sino un ecosistema de poder que prospera en la confusión. Un entramado de instituciones, intereses, lógicas tecnocráticas, conglomerados mediáticos y dispositivos digitales que, sin necesidad de conspiraciones de película, condicionan la realidad colectiva.

Ramírez no acusa; describe. Y esa es la parte más perturbadora. Habla de decisiones tomadas fuera de foco, de agendas supranacionales que no votamos, de interpretaciones mediáticas que reducen debates complejos a titulares diseñados para controlar la conversación pública. Explica cómo se naturalizan desigualdades mediante mecanismos tan elegantes como invisibles. Y siempre, detrás de cada caso, aparece la misma pregunta: ¿dónde queda el ciudadano en todo esto? ¿Qué papel jugamos más allá de consumir narrativas prefabricadas?

Europa: un proyecto con demasiados arquitectos en la sombra

Uno de los pasajes más afilados del libro es el dedicado a la Unión Europea. Las páginas en las que Ramírez expone el origen y la evolución del proyecto europeo son, probablemente, de lo más incómodo que he leído sobre el tema. No porque se trate de una revelación apocalíptica, sino por la sensatez con la que lo plantea. La tesis es clara: Europa no se gobierna a sí misma. Nació con una tutela extranjera que no hemos querido mirar demasiado. Y cuando uno repasa los nombres clave, los vínculos financieros, las correspondencias y los intereses de la época, la idea deja de ser sospecha para convertirse en evidencia incómoda. Europa como obra de ingeniería geopolítica supervisada desde el otro lado del Atlántico.

Jean Monnet deja de ser el padre visionario del europeísmo y se convierte en lo que tal vez siempre fue: un intermediario entre intereses anglosajones y estructuras continentales. La unificación europea, lejos de ser un proyecto espontáneo de cooperación, cobra forma como un mecanismo para encajar al continente en un diseño estratégico ajeno. Cuando ves las decisiones de hoy —las energéticas, las militares, las comerciales— encajan en ese molde casi con perfección diabólica.

La economía convertida en liturgia

La parte dedicada al sistema financiero es especialmente devastadora. Sin necesidad de jerga ni gráficos mareantes, Ramírez desnuda la arquitectura de un modelo basado en la deuda perpetua. El dinero, ese invento que nos permite vivir, comprar, endeudarnos y ahorrar, aparece aquí como lo que realmente es: un contrato de dependencia. La deuda no es una circunstancia: es un diseño. Un mecanismo que obliga a estados, empresas y ciudadanos a vivir permanentemente hipotecados. Y esa dependencia no es un daño colateral: es el sistema.

Ramírez explica cómo los bancos centrales imprimen dinero sin respaldo, cómo los gobiernos gastan lo que no tienen, cómo los ciudadanos pagan lo que no deben, y cómo las grandes corporaciones financieras mantienen el control del tablero con la elegancia de un prestamista que sabe que el deudor seguirá pagando religiosamente, generación tras generación. En este punto, el libro deja de ser análisis para convertirse en advertencia. Y no exagero si digo que es uno de los capítulos más lúcidos que he leído sobre la realidad económica contemporánea.

La soga verde

Hay metáforas que explican una época mejor que cien informes técnicos. La soga verde es una de ellas. Lorenzo Ramírez la utiliza para describir el proceso de autosabotaje económico, industrial y energético que se está aceptando en nombre de una agenda presentada como virtuosa e inevitable. No se trata de negar la necesidad de cuidar el entorno, sino de señalar cómo determinadas normas y transiciones, elevadas a dogma, están estrangulando la competitividad, encareciendo la energía, debilitando sectores productivos clave y aumentando una dependencia exterior que deja a las economías cada vez más vulnerables. La imagen es deliberadamente incómoda porque lo es la realidad que describe: una soga que aprieta poco a poco mientras se nos pide que aplaudamos.

El núcleo del problema aparece cuando la preocupación ambiental deja de admitir preguntas. El cambio climático se convierte entonces en territorio vedado al debate, no por razones científicas, sino políticas. Ramírez lo aborda con firmeza al recordar que la ciencia no avanza por consensos blindados, sino por hipótesis sometidas a prueba. Una teoría que no puede ser cuestionada deja de ser científica y se transforma en doctrina. Y eso, por definición, debería inquietar a cualquiera que valore el conocimiento como algo vivo.

Este planteamiento conecta con un episodio que viví de cerca. En noviembre de 2022 la revista Tierra y Tecnología, del Colegio Oficial de Geólogos, publicó la primera parte de un artículo titulado La geología versus el dogma climático. La reacción no fue un debate científico, sino una exigencia de retirada inmediata apelando al consenso existente. Algunos geólogos señalaron lo obvio: lo correcto es refutar un artículo con otro, no silenciarlo. La segunda parte no se publicó en la revista, pese a que también hubo una petición formal para que así fuera. El mensaje quedó claro.

Tras aquella polémica, varios de los geólogos que defendían el método científico frente a la cancelación optaron por otro camino: publicar un libro titulado Cambios Climáticos. No como provocación, sino como ejercicio de ciencia en sentido estricto. Exponer datos, plantear hipótesis y someterlas al juicio crítico. Justo lo que siempre ha hecho avanzar el conocimiento.

La soga verde no es solo un conjunto de políticas mal diseñadas, sino una forma de pensamiento que penaliza la duda y confunde la crítica con herejía. Un ahorcamiento lento, ejecutado en nombre del bien común, que exige hoy algo casi subversivo: detenerse, pensar y atreverse a preguntar si el camino elegido es realmente el correcto.

Tecnología: el nuevo templo del Diablo

Si algo define al siglo XXI es la confianza casi religiosa que depositamos en la tecnología. Esa fe infantil en que las máquinas son neutrales, que los algoritmos no mienten y que la información digital es objetiva. Pues bien, Ramírez se encarga de quitarnos esa ilusión de un guantazo elegante. Las grandes empresas tecnológicas, las plataformas sociales, los sistemas de vigilancia biométrica, los algoritmos predictivos… todos aparecen como piezas de un engranaje que tiene menos que ver con la innovación y más con el control.

El autor no cae en catastrofismos, pero tampoco se corta: la tecnología ha reemplazado a la plaza pública, al ágora y, en muchos casos, a la propia conciencia. Las identidades digitales, las monedas digitales de banco central, la trazabilidad absoluta, la concentración de datos en manos privadas… no son accidentes del progreso. Son herramientas de una nueva forma de poder que sabe perfectamente que controlar la conducta es más eficaz que controlar la fuerza. Y lo más inquietante es que lo aceptamos con entusiasmo: le entregamos nuestra vida digital al diablo que sonríe detrás de la pantalla.

Un libro que no permite la pasividad

La prosa del autor tiene un mérito raro: mantiene el rigor documental sin caer en el academicismo, y logra ser accesible sin infantilizar al lector. Alterna episodios concretos con reflexiones pausadas que permiten trazar líneas entre acontecimientos aparentemente desconectados. El resultado es un ensayo que se lee con la tensión de una novela policial y la claridad pedagógica de un manual para ciudadanos que se niegan a vivir con los ojos cerrados. Porque eso es, al final, este libro: una herramienta. Un manual para aprender a leer el presente sin tragarse los anzuelos. Un ejercicio de higiene mental. Ramírez no ofrece respuestas definitivas. Ofrece preguntas bien hechas, que es lo máximo a lo que podemos aspirar en tiempos de narrativas saturadas.

Una tesis ética que sostiene todo el libro

Este punto me parece crucial: el libro no promueve el cinismo. Podría hacerlo, pero no cae en la tentación del derrotismo. En su lugar, plantea algo más difícil: una responsabilidad. Si el Diablo opera entre nosotros —en instituciones, en sistemas, en algoritmos, en discursos—, entonces la única defensa posible es la vigilancia democrática, la transparencia, la educación cívica y la participación consciente. Ramírez no invita a desconfiar del mundo hasta la paranoia; invita a desconfiar de la ingenuidad. Y eso, créanme, es un cambio de paradigma.

Por qué recomiendo este libro

Lo recomiendo porque incomoda sin manipular. Porque ilumina sin gritar. Porque en tiempos de titulares simplistas, este libro enseña a pensar con bisturí en lugar de con mazo. Es útil para profesionales de la comunicación, estudiantes de ciencias sociales, interesados en geopolítica, economía o tecnología, y para cualquier lector que sospeche que la realidad que nos venden es demasiado pulcra para ser cierta. Es un libro que equipa al lector para disentir, para cuestionar, para participar en los debates públicos sin la ingenuidad del recién llegado. Y esto, en un momento histórico como el nuestro, es más valioso que nunca.

Una última reflexión personal

Cerré el libro con una mezcla de desasosiego y lucidez. Desasosiego porque entender el mundo real rara vez trae calma. Lucidez porque, al menos, uno deja de caminar a ciegas. Y quizá esa sea la mayor aportación de Ramírez: recordarnos que la información no basta. Necesitamos interpretación, criterio, perspectiva. Necesitamos aprender a ver lo que no se dice, a escuchar lo que no suena, a intuir lo que no aparece en los titulares.

El Diablo no está en los infiernos. Está en la letra pequeña, en el dato omitido, en la decisión tomada sin consulta, en la tecnología que adoptamos sin preguntar, en el relato que repetimos sin pensar. Por eso este libro no es una simple lectura: es un acto de defensa propia. Y créanme, en los tiempos que corren, no se me ocurre una habilidad más urgente.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorMi desembarco en Spotify gracias a la IA
Artículo siguienteJiutian y la guerra en enjambre
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí