El 26 de noviembre de 2024 publiqué un artículo titulado Guerra multidominio y mosaico: de uniformes azules y CETME a drones y gamers. Lo escribí desde la memoria, desde la experiencia y desde una inquietud que ya entonces no me dejaba dormir tranquilo. La guerra estaba mutando, no sólo en sus herramientas, sino en su propia naturaleza. Ya no era un enfrentamiento entre ejércitos simétricos, ni siquiera una sucesión de batallas reconocibles. Era otra cosa: un mosaico de capacidades, un tablero donde se mezclan tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y espectro electromagnético, todo a la vez, todo interconectado, todo mutable.
En aquel texto hablaba de drones, sí, pero aún lo hacía con cierta distancia. Como si todavía existiera un margen entre la teoría y la práctica, entre el PowerPoint doctrinal y la realidad. Un año después, ese margen se ha evaporado. El Jiutian chino no es una idea, ni una metáfora, ni un futurible: es un aparato que ya ha volado y que encarna como pocos esa guerra multidominio y mosaico de la que escribí entonces.
Volver al tema de los drones no es una obsesión gratuita. Es una obligación moral. Porque el dron no es sólo una herramienta: es una forma de mirar al enemigo, y por tanto de mirarnos a nosotros mismos.
Del CETME al enjambre
Yo vengo de una época en la que el soldado cargaba con su arma, su miedo y su responsabilidad. Una época imperfecta, brutal, sí, pero humana. Hoy la figura central del combate puede ser un operador a cientos o miles de kilómetros, con un joystick en la mano y un algoritmo sugiriéndole opciones. En 2024 ya escribí sobre esa transición del soldado al gamer, del barro a la consola. Hoy esa transición se acelera y se perfecciona.
El Jiutian es el siguiente escalón lógico. No dispara él solo. Distribuye la violencia. La fragmenta, la multiplica, la delega en enjambres de drones más pequeños que pueden vigilar, interferir, atacar o sacrificarse según convenga. No busca el duelo, busca la saturación. No busca la épica, busca el colapso del sistema enemigo.
Y aquí está la clave: la guerra mosaico no pretende ganar una batalla decisiva. Pretende hacer inviable la defensa, agotarla, desbordarla, volverla demasiado cara y demasiado lenta frente a una marea de artefactos baratos y persistentes.
Economía de la guerra
Hay algo de lo que casi nadie habla cuando se llena la boca con palabras como disuasión, seguridad o rearme: el precio. No el moral, que ese se da por amortizado con rapidez, sino el económico. Porque la guerra moderna ya no se decide sólo en los cuarteles ni en los despachos diplomáticos, sino en una hoja de cálculo donde alguien compara costes y beneficios con la frialdad de quien elige proveedor de tornillos. Un caza derribado es un drama. Un dron perdido es un gasto menor. Un piloto muerto es una crisis política. Un enjambre destruido es estadística.
La guerra en enjambre no seduce sólo porque sea eficaz, sino porque sale barata
Ahí está la trampa. La guerra en enjambre no seduce sólo porque sea eficaz, sino porque sale barata. Porque permite sostener el conflicto sin funerales televisados, sin nombres propios, sin fotos incómodas. Cuando matar se vuelve económicamente asumible, la tentación de hacerlo aumenta. Y cuando además puedes hacerlo a distancia, sin ensuciarte las manos ni la conciencia, el riesgo ya no es la guerra: es la paz. El Jiutian encaja como un guante en esa lógica. No está pensado para una gran batalla decisiva, sino para una violencia sostenida, administrable, casi rutinaria. Una guerra que no colapsa presupuestos ni titulares, sólo va desgastando, gota a gota, como un ácido paciente.
El algoritmo
En todo este despliegue tecnológico hay una mentira piadosa que se repite como un mantra: que siempre hay un humano “en el bucle”, que alguien supervisa, que alguien decide. Es reconfortante creerlo. Y es falso. Cuando un enjambre de cien drones se mueve, se adapta, se redistribuye y ataca en cuestión de segundos, no hay tiempo para deliberar. El humano observa, valida por inercia o simplemente confía. El que decide ya no es una persona concreta, es un algoritmo. Antes el soldado apretaba el gatillo. Luego el operador. Ahora nadie en particular.
La responsabilidad se diluye en líneas de código, en modelos de entrenamiento, en probabilidades. Nadie “quiere” matar, pero el sistema optimiza. Nadie “elige” el objetivo, pero el enjambre converge. Y cuando algo sale mal, siempre queda la coartada perfecta: fue un fallo técnico.
La guerra ha dado un paso más en su deshumanización. Ya no es matar a distancia. Es matar sin decidir. O peor aún, matar sin sentir que se ha decidido nada.
Qué es Jiutian, exactamente
Conviene bajar al dato frío. El Jiutian es un UAV de gran tamaño, desarrollado en China como plataforma de alta altitud y largo alcance. Sus características conocidas hasta ahora dibujan un perfil inquietante:
- Longitud: alrededor de 16,3 metros.
- Envergadura: unos 25 metros.
- Peso máximo al despegue: en torno a 16 toneladas.
- Techo operativo: cerca de los 15.000 metros, por encima del tráfico aéreo comercial.
- Alcance: hasta 7.000 kilómetros.
- Autonomía: más de 12 horas de vuelo.
- Carga útil: hasta 6 toneladas.
- Capacidad nodriza: posibilidad de transportar y lanzar más de un centenar de drones pequeños o municiones merodeadoras.
No es un caza, no es un bombardero clásico, no es un simple dron de reconocimiento. Es una plataforma madre, un portaaviones del aire, pensada para desplegar un enjambre coordinado de sistemas no tripulados. Cada uno de esos drones puede ser un sensor, un repetidor, un señuelo o un arma suicida. Todos juntos forman un organismo artificial diseñado para abrumar. No hablamos ya de “escabechar” al enemigo con un golpe quirúrgico, sino de sumergirlo en un vinagre tecnológico, lento, insistente, corrosivo.

Estados Unidos: mismo camino, otro acento
Sería ingenuo pensar que China va sola por este camino. Estados Unidos lleva años explorando conceptos similares, aunque con su propio lenguaje y su propia industria. DARPA, la eterna avanzadilla tecnológica, ha trabajado en programas como Gremlins, drones lanzados desde aviones mayores y recuperables en vuelo para ser reutilizados. La idea es clara: plataformas grandes que actúan como nodos centrales y sistemas pequeños que hacen el trabajo sucio.
Otro ejemplo es LongShot, un dron pensado para ser lanzado desde aviones tripulados y disparar misiles aire-aire, ampliando el alcance y reduciendo el riesgo para el piloto humano. No es exactamente un enjambre, pero responde a la misma lógica: alejar al humano del peligro directo y convertirlo en gestor de sistemas. A esto se suma el concepto de loyal wingman, drones colaboradores que acompañan a cazas tripulados, comparten sensores, confunden al enemigo y, llegado el caso, se sacrifican. De nuevo, el mosaico. De nuevo, la modularidad. De nuevo, la guerra como sistema. El Jiutian no es una anomalía. Es un síntoma.
Europa, el miedo y la retórica
Y mientras estas máquinas toman forma, en Europa el discurso político se oscurece. Se habla de guerra con una naturalidad que asusta. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, advertía hace apenas unas horas que “nos enfrentamos a un conflicto a la escala de la guerra que padecieron nuestros abuelos y bisabuelos”. Poco después, el ministro de Defensa del Reino Unido, Al Carns, añadía que “la sombra de la guerra está llamando a la puerta de Europa”. Y desde Berlín, el propio Rutte insistía: “somos el próximo objetivo de Rusia y ya estamos en la línea de fuego”.
Todo suena grave, solemne, casi litúrgico. Pero hay una constante que nunca se menciona: ellos no van a ir. No irán al frente, no sentirán el zumbido del enjambre, no estarán bajo el cielo ocupado por drones. Tampoco irán sus hijos. La guerra, como casi siempre, se planifica desde arriba y se paga abajo. Por eso lo digo sin rodeos: si tan inevitable es el conflicto que anuncian con tanta convicción, que vayan ellos. Y que envíen también a sus vástagos. Quizá entonces el entusiasmo belicista se modere y la retórica se vuelva más prudente.
Y entonces llega la pregunta incómoda, la que nadie quiere formular en voz alta: ¿por qué esta prisa obscena por invertir en la guerra como si no hubiera un mañana? Porque los miles de millones que ahora se anuncian con gesto grave y patriótico no caen del cielo, salen —como diría mi padre— de las costillas de los trabajadores de la Unión Europea. De impuestos, de recortes presentes o futuros, de servicios que no llegarán, de salarios que no subirán. Y lo más sangrante es que buena parte de ese dinero no se queda aquí: vuela directo a la industria de guerra norteamericana, a sus grandes contratistas, a sus cadenas de producción, a su negocio perfectamente engrasado. Europa pone el miedo, el discurso y paga la factura; Estados Unidos el catálogo y cobra al contado. No estamos hablando sólo de seguridad, sino de una transferencia masiva de riqueza envuelta en banderas y palabras solemnes. Y cuando la guerra se convierte en un producto de importación, conviene preguntarse a quién protege realmente este frenesí armamentístico y quién paga, una vez más, la fiesta sin haber sido invitado.
Estamos locos
El Jiutian, el rearme acelerado, las declaraciones altisonantes, todo forma parte de un mismo paisaje. Un paisaje en el que la guerra se vuelve más técnica, más distante y, paradójicamente, más fácil de iniciar. Cuando matar no implica mirar a los ojos, cuando el coste político se diluye en gráficos y presupuestos, la tentación de usar la fuerza aumenta.
En 2024 me preguntaba si los drones podrían salvar vidas propias a costa de deshumanizar la guerra. Hoy me temo que la respuesta es más amarga: la deshumanización no reduce la guerra, la hace más frecuente.
El cielo, ese espacio que durante siglos fue símbolo de trascendencia y refugio, se llena ahora de ratas mecánicas, de enjambres programados para obedecer sin dudar. Jiutian no es el final del camino, sólo una estación más. Y lo verdaderamente inquietante no es la tecnología en sí, sino la ligereza con la que hemos aceptado que decidir sobre la vida y la muerte pueda convertirse en un proceso distribuido, automático y remoto.
¿Qué ocurre cuando estas tecnologías bajan de precio? ¿Qué pasa cuando dejan de estar sólo en manos de los Estados? ¿Quién apaga el enjambre cuando ya no hay guerra?
La historia es tozuda: las armas no desaparecen cuando termina el conflicto. Se reciclan. Se venden. Se filtran. Todo lo que se fabrica para matar acaba encontrando nuevos escenarios donde hacerlo. Y entonces el problema ya no es China, ni Estados Unidos, ni la OTAN. El problema somos nosotros, que hemos aceptado sin demasiadas preguntas que la muerte pueda convertirse en un proceso automático, distribuido y eficiente.
El cielo se llena de ratas mecánicas y nosotros seguimos discutiendo de doctrina, de presupuestos y de calendarios, como si el asunto fuera técnico y no profundamente humano.
Sí, estamos locos. O quizá, lo que es peor, nos estamos acostumbrando.


















