Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora

De faroles, cabezonerías y otras devociones que terminan a palos

No sé si fue el aire limpio de la Subbética, o el rumor del agua en Priego de Córdoba, esa ciudad donde el blanco encandila y el barroco se arremolina como si no hubiese mañana, pero el caso es que allí, en una escapada de esas que uno se concede para reponer el alma y aclarar la mirada, volvió a saltarme a la cara una expresión que he usado media vida sin preguntarme, como buen castellano viejo, de dónde demonios venía. “Eso acabó como el rosario de la aurora”, dijo alguien con toda la naturalidad del mundo. Y añadió, con ese orgullo tranquilo que da la tierra propia, que aquello había nacido allí.

Cuando a uno le tocan el origen de una frase hecha, y más si es de las que saben a castellano viejo y a bronca con testigos, se le despierta el oficio. Porque no hablamos de una expresión cualquiera, sino de una sentencia popular que retrata, con precisión de cuchillo de Albacete, aquello que empieza con incienso y acaba con farolazos. O, dicho sin latines, lo que termina mal, hecho un fiasco, por culpa de quienes lo organizan y de quienes lo protagonizan.

La definición es clara y rotunda, como mandan los cánones del refranero. A lo que acaba mal o termina siendo un desastre por culpa de sus protagonistas y organizadores se le recuerda el final que tuvo el célebre rosario, a farolazos. Con esa pólvora seca en la cartuchera, me dispuse a escuchar a los paisanos de Priego, que defendían su versión con la gallardía de quien sabe que la historia, aunque se reparta, siempre deja un pedazo en casa.

En Priego, como en tantos lugares de Andalucía, el Rosario de la Aurora no era ni es una procesión cualquiera. Se celebraba al alba, cuando la noche aún se resiste a largarse y los gallos dudan si cantar o esperar. Los fieles, armados de rosarios y faroles, recorrían las calles rezando, cantando coplas piadosas y dejando un rastro de cera y devoción por el empedrado.

Y aquí los tenéis, a algunos de aquellos paisanos que perpetraron la fechoría. No hubo acta ni sumario, pero quedaron inmortalizados en el belén de la propia iglesia, como manda la tradición y la memoria.

Pero la fe, ya se sabe, no está reñida con el temperamento. Cuando se juntan madrugones, calles estrechas, cofradías con solera y un orgullo más tieso que una vara de almendro, basta un mal gesto, un quítese usted para ponerme yo, para que el rosario derive en reyerta. Según la tradición local, en Priego, una de estas procesiones acabó malamente, con discusiones, empujones, faroles usados como armas improvisadas y la devoción hecha añicos contra el suelo. El rosario, en fin, terminó como el rosario de la aurora.

¿Verdad revelada? ¿Origen primero y auténtico? Los prieguenses lo cuentan con convicción y no seré yo quien les niegue el derecho a la leyenda propia. Pero como suele pasar con las buenas expresiones, esta no se deja encerrar en un solo término municipal.

Mientras escuchaba aquella defensa apasionada en Priego, me vino a la memoria otra historia, oída tiempo atrás, que sitúa el origen del dicho en Madrid, a principios del siglo XIX. Como uno no es de los que se achantan a la primera, me dirigí al narrador con la cortesía debida y le comenté que yo había oído decir que esto venía de Madrid, de la basílica de San Francisco el Grande, donde se veneraba a Nuestra Señora de la Aurora —y es que uno es gato, a mucha honra—.

Allí, según la tradición madrileña, salía una procesión de madrugada por la calle del Rosario. Como todavía era noche cerrada, los participantes portaban faroles para alumbrarse el camino. Hasta aquí, todo en orden. Devoción, ordenanza y un poco de frío en los huesos. El problema vino cuando aquella procesión se topó, en una de esas calles que no dan de sí, con otra igualmente madrugadora, la de la Virgen del Henar, también con devotos, faroles y mucha fe acumulada. Ninguna quería ceder el paso. Que si esta calle es mía, que si esta advocación tiene más antigüedad, que si yo salí primero, que si tú llegas tarde. La discusión subió de tono, como suben siempre estas cosas, y lo que había empezado como rosario terminó como trifulca. Los faroles, destinados a alumbrar el camino al cielo, acabaron estampándose contra las cabezas del prójimo. Y así, de aquel encontronazo a farolazos, nació, según esta versión, el famoso dicho.

Pero como España es tierra de memoria larga y calles estrechas, la cosa no acaba ni en Priego ni en Madrid. En el pueblo gaditano de Espera también hubo una cofradía del Rosario cuya procesión, según cuentan, acabó de manera parecida. Mal, a golpes y con la aurora de testigo incómodo.

Y más aún, existe una copla del siglo XIX que añade otra localización al mapa del desastre devoto:

Y se acabó, gran señora,
esta cena peregrina
como se acabó en Medina
el rosario de la aurora.

De ahí que también se diga acabar como el Rosario de Medina o de Medina Sidonia, ampliando el abanico geográfico de la expresión.

Llegados a este punto conviene decirlo claro, sin dogmatismos ni ganas de pleito. Probablemente no hubo un solo rosario de la aurora que acabara a farolazos, sino varios. Las procesiones al alba, las calles angostas, el orgullo de cofradía y la cabezonería humana son ingredientes que se repiten de Cádiz a Madrid y de Córdoba al último rincón del mapa.

La expresión no nace de un acta notarial, sino de la reiteración del conflicto. De ver una y otra vez cómo algo bienintencionado, incluso piadoso, se va al traste por cuestiones de poco momento. Por un quítese usted que me pongo yo, por una jerarquía discutida, por no saber ceder medio metro de calle.

Confieso que, mientras comentaba el asunto en Priego, me asaltó la duda de si esta expresión sigue viva o ha quedado relegada al arcón del habla antigua. Puede que hoy se diga menos, pero ninguna fórmula moderna tiene la fuerza narrativa, la ironía involuntaria y el regusto histórico de acabar como el rosario de la aurora.

Así que, ante la brava defensa que los paisanos de Priego hacían de lo auténtico de su dicho, opté por envainar la espada dialéctica, sonreír y decirles que todo aquello daba para un post en mi blog. Y uno, que se viste por los pies, cumple. No para zanjar la cuestión, sino para dejar constancia de que esta expresión sigue viva mientras alguien la pronuncie y otro se pregunte de dónde demonios viene, y es que hasta cuadro tiene.

Y ahora que, más o menos, hemos desentrañado de dónde viene eso de acabar como el rosario de la aurora, confío en que las cenas que se nos avecinan, con cuñao incluido y sobremesa larga, no degeneren en procesión nocturna ni en disputa de faroles imaginarios. Que cada cual defienda su dogma con moderación, ceda medio metro de mesa si hace falta y recuerde que no todo desacuerdo merece convertirse en batalla campal. Porque bastante tenemos ya con la historia para andar repitiéndola entre el segundo plato y el turrón, no vaya a ser que la aurora nos pille discutiendo y tengamos que añadir un capítulo más al refranero.


Nuestra Señora de la Aurora no surgió por capricho ni por ocurrencia tardía, sino que hunde sus raíces en el siglo XVII, especialmente en tierras granadinas y cordobesas, donde aún hoy se la venera con fidelidad antigua. El viejo reino de Granada, tan dado a la iconografía y al fervor mariano, hizo de la Aurora uno de sus referentes más reconocibles, extendiendo su culto a las comarcas limítrofes. Su advocación parece nacer del rezo del rosario al alba, cuando la noche se retira con desgana y el día empieza a desperezarse, de tal manera que el propio acto piadoso acabó dando nombre a la imagen y a las cofradías que lo organizaban. En Montilla, por ejemplo, el asunto tomó cuerpo y forma cuando, a finales del siglo XVII, la abundancia de imágenes del Rosario obligó a la Iglesia a poner orden, permitiendo una sola con esa titularidad y rebautizando a las restantes como la Rosa y la Aurora. Esta última acabó cuajando en la Cofradía de Nuestra Madre y Señora de la Aurora, fundada en 1703 con licencia noble y bendición episcopal, levantando capilla propia en San Francisco Solano y asentándose en la vida devocional del pueblo hasta ser proclamada patrona en el último tercio del siglo XIX. Y como manda la tradición, su procesión, de madrugada y por los barrios, fue durante siglos cosa de hombres, faroles en mano, rezos en los labios y más de una cabezonería dispuesta a estropearse si el fervor se cruzaba con el genio.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por la información. No sé de dónde viene ese dicho o refrán pero en mi pueblo es una expresión muy empleada . Mis ancestros toledanos la tenía muy de boca en boca. «Va a terminar todo como el rosario de la aurora».

    • Gracias, Yolanda. Ese dicho tiene mucha tradición detrás y ha pasado de generación en generación, especialmente en tierras toledanas. De ahí quedó como forma de decir que algo empieza bien y acaba entre bronca y desorden. Parla popular en estado puro.

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