Las ideas que merecen la pena no suelen llegar con banda sonora. Llegan como llegan las malas decisiones y las buenas aventuras: de golpe, salen del frontispicio craneal de alguien al que no le importa dar su tiempo y esfuerzo si al final la cosa funciona. MicroMeco nació exactamente ahí. En la cabeza de un mequero de adopción al que se le ocurrió que la literatura, incluso la breve, incluso la humilde, podía servir para crear un concurso en la pequeña localidad de Meco.
Al principio, como manda el manual no escrito de la condición humana, hubo miradas rarunas. Algún silencio incómodo. Algún “ya veremos”. Después llegaron las preguntas. Y más tarde, casi sin darse cuenta, empezaron a sumarse manos —en ese momento llegué yo—. Porque las buenas ideas, cuando no se rinden a la primera, acaban encontrando compañía. A aquel primer iluminado se le unieron otros. Y entre todos levantaron este invento raro, sin subvenciones, sin padrinos de relumbrón y sin bendición oficial, pero con algo mucho más resistente: tiempo regalado, criterio propio y una fe obstinada en las palabras.
El 22 de diciembre, MicroMeco celebrará la entrega de premios de su cuarta edición. Cuatro. Que no es una cifra cualquiera. Cuatro años resistiendo al “esto aquí no cuaja”, al “ya se cansarán”, al “en un pueblo estas cosas duran lo que duran”. Cuatro años demostrando que, cuando la cultura se hace desde abajo, no necesita alfombra roja: necesita constancia.
Y lo más interesante es que nadie parece cansado. Al contrario. Ya estamos mirando a 2026 con esa media sonrisa del que sabe que la batalla merece la pena y que, además, se ha rodeado de buena gente para librarla.
Este año el tema fueron los faros. Y no por capricho literario ni por postal marinera. Los faros sirven para orientarse, para no estrellarse, para recordar que hay costa cuando todo alrededor es noche cerrada y agua negra. Exactamente lo que hacen las buenas historias. Por eso el tema funcionó. Porque no pedía literatura de escaparate, sino mirada, memoria y verdad.
Y llegaron relatos. Vaya si llegaron. Veintitrés microrrelatos a concurso y nueve fuera del mismo, como esos barcos que entran en puerto sin papeles, pero con la bodega llena de algo importante. Historias íntimas, sociales, irónicas, dolorosas, luminosas. Algunas hablaban del mar sin haberlo visto nunca. Otras del barrio, del autobús, de la pérdida, de la esperanza. Todas tenían algo en común: alguien se había tomado la molestia de escribirlas.
Leerlos fue un viaje. Elegir, una tortura.
Por eso el jurado no podía ser de aquí. Nada de amiguismos, nada de “este es conocido de…”. Tres personas, lectores de verdad, sin relación alguna con Meco, armados únicamente con textos anonimizados y criterio propio. Primero, cada uno eligió tres relatos. De ahí salieron siete finalistas. Y entonces empezó lo serio: releer, puntuar, discutir y volver a dudar. Como debe hacerse cuando uno se toma en serio lo que tiene entre manos. El resultado fue ajustado. Muy ajustado. Tan ajustado que hubo que desempatar. Y eso, créanme, es una magnífica noticia. Significa que aquí nadie ganó por incomparecencia del rival, ni por arrastre, ni por simpatía. Ganó quien tenía que ganar, y los demás quedaron cerca. Muy cerca.
Conviene escribir los nombres despacio, con respeto, porque aquí no hay figurantes:
- La ganadora ha sido Josefina Gómez-Gordo de los Ríos, con La tierra prometida.
- Los finalistas, Yolanda García Fernández, con Sin hacer ruido, y Jesús Martínez-Frías, con La luz interior.
Enhorabuena a ellos, claro. Pero también, y esto no es retórica, a todos los demás. Porque MicroMeco no va solo de premios. Va de atreverse, de exponerse, de poner algo propio sobre la mesa. Y en los tiempos que corren, eso ya roza el acto subversivo.
El lunes, en El Cobijo, nos veremos las caras. A las 19:00 horas. Habrá premios, sí. Pero sobre todo habrá personas. Gente que escribe, gente que lee, gente que escucha. Habrá cuadernos y bolígrafos, para que nadie tenga excusa el año que viene, un vino español como mandan los cánones y esa sensación, cada vez más rara, de comunidad.
Porque MicroMeco no es solo un concurso. Es una pequeña trinchera cultural levantada en un pueblo sin mar, pero con faros. Un recordatorio de que la cultura no siempre baja en coche desde la capital ni viene enlatada en horario de máxima audiencia. A veces se fabrica a mano, con paciencia, camaradería y ganas.
Hoy cerramos una edición. Mañana empezamos a pensar en la siguiente. Porque mientras haya alguien dispuesto a encender una luz en mitad de la noche, MicroMeco seguirá teniendo sentido.
