Hoy, mientras medio planeta celebra la Navidad rodeado de cajas, papeles brillantes y sonrisas de escaparate, yo prefiero acordarme de San Nicolás de Bari. Un tipo incómodo. Un santo poco rentable. De esos que no encajan bien en los catálogos modernos.
La historia, que convendría contar más a menudo, habla de un padre arruinado y de tres hijas condenadas a la prostitución por no poder aportar una dote. Miseria de la dura, sin filtros. Y entonces aparece Nicolás. No con discursos ni con sermones, sino con hechos: un saco de monedas de oro arrojado por la ventana. Una noche. Luego otra. Y otra más. Tres noches. Tres hijas. Tres destinos salvados.
Y ahí, sin luces ni villancicos, nace la tradición del regalo. No como premio ni capricho, sino como acto de justicia y compasión. Regalar para rescatar, no para impresionar. Regalar sin ser visto. Regalar y desaparecer.
No es casualidad que, con el paso del tiempo, San Nicolás acabara siendo patrón de medio mundo y de media vida. De marineros, que lo invocaban cuando el mar se ponía negro; de comerciantes, que confiaban en su rectitud; de arqueros, estudiantes, solteros y niños. También de ladrones arrepentidos, de prestamistas, de cerveceros y de gentes que vivían siempre al filo entre la necesidad y la tentación. Nicolás no protegía a los perfectos, sino a los que intentaban no hundirse.
Pero San Nicolás no fue solo el santo de los regalos. Fue mucho más. Calmó tormentas en el mar, salvando a marineros que ya se sabían muertos. Evitó ejecuciones injustas, interponiéndose entre la espada y el cuello de tres soldados inocentes. Taló un árbol poseído por un demonio, sin pedir permiso ni esperar señales. Y en su juventud peregrinó a Egipto y Palestina, cuando viajar no era turismo espiritual sino riesgo puro.
A su regreso fue nombrado obispo de Mira, en la actual Turquía. Un cargo que no lo libró de la cárcel. Durante la persecución del emperador Diocleciano, San Nicolás fue encarcelado por cristiano. Salió solo tras la llegada al poder de Constantino. Antes de las estampitas, hubo barrotes.
Las listas antiguas lo citan incluso como asistente al Concilio de Nicea del año 325. No hay pruebas concluyentes, pero la leyenda —que a veces retrata mejor el carácter que los documentos— cuenta que abofeteó al hereje Arrio por negar la divinidad de Cristo. Mano abierta, teología directa. Por ello habría sido expulsado y encarcelado temporalmente. No sabemos si ocurrió, pero sabemos que encaja.
Otra leyenda tardía, aún más oscura, asegura que resucitó a tres niños asesinados y conservados en salmuera por un carnicero que pretendía venderlos como carne de cerdo durante una hambruna. Navidad también es eso: enfrentarse al horror y devolver la vida.
Menos de doscientos años después de su muerte, el emperador Teodosio II mandó construir en Mira una iglesia sobre el lugar donde Nicolás había servido como obispo. Sus restos fueron trasladados a un sarcófago. Pero ni muerto le concedieron descanso.
En 1087, con la región bajo dominio de los turcos selyúcidas y la iglesia local en esquismo con Roma, unos mercaderes italianos decidieron “rescatar” los huesos del santo. Los trasladaron a Bari, donde hoy reposan en la basílica de San Nicolás. Los fragmentos restantes acabarían en Venecia, durante la Primera Cruzada. Incluso los santos fueron repartidos por piezas.
En fin, su reputación creció como crecían las de los primeros santos: a base de ejemplo, relatos transmitidos de boca en boca y una coherencia férrea entre lo que se predicaba y lo que se hacía. En ese caldo de cultivo, su legendaria costumbre de hacer regalos en secreto, sin esperar agradecimiento ni reconocimiento, terminó por convertirse en el rasgo más recordado de su biografía. Ese hábito discreto, nocturno y casi subversivo dio forma, con el paso de los siglos, al modelo tradicional de Santa Claus, que llegó a Europa del norte a través de Sinterklaas, la adaptación neerlandesa del santo.
La transformación definitiva llegó ya en el siglo XX, cuando el mundo decidió que incluso las leyendas necesitaban un envoltorio reconocible. La figura de San Nicolás, hasta entonces representada como un obispo austero, con mitra y báculo, fue perdiendo atributos religiosos y ganando otros más amables, universales y comercializables. Fue entonces cuando una campaña publicitaria hizo el resto del trabajo.
Durante la década de 1930, la multinacional Coca-Cola encargó al ilustrador Haddon Sundblom una serie de anuncios navideños destinados a humanizar su marca en tiempos de crisis. Sundblom no inventó a Santa Claus, ni siquiera su color rojo —ya presente en ilustraciones anteriores del siglo XIX—, pero sí fijó definitivamente su imagen: un hombre corpulento, bonachón, de barba blanca, mejillas sonrosadas y traje rojo ribeteado en blanco. El Santa moderno, reconocible en cualquier rincón del planeta, quedó sellado a fuego.
Desde entonces, el personaje dejó de pertenecer al ámbito de la tradición y pasó a formar parte del imaginario publicitario global. Del oro arrojado por una ventana se pasó a la chimenea. Del anonimato al logotipo. De la caridad silenciosa al consumo masivo. San Nicolás no desapareció, pero quedó sepultado bajo capas de marketing, luces intermitentes y villancicos en bucle.
Y sin embargo, bajo el traje rojo y la sonrisa permanente, sigue latiendo la vieja historia: la de un santo que protegía a los frágiles, que socorría sin hacer ruido y que entendía que regalar no era un gesto festivo, sino un acto de justicia. Todo lo demás —renos, anuncios y refrescos incluidos— vino después.
Hoy, día de Navidad, yo me quedo con San Nicolás de Bari, el que caminaba de noche, sin testigos, con un saco al hombro y la conciencia tranquila. El patrón de los que navegan, de los que estudian, de los que caen y se levantan y, joder, de los cerveceros. El que entendía que regalar no es dar cosas, sino salvar personas. (Aquí un resumen del post en PDF).
Feliz Navidad. Y que, al menos hoy, recordemos al santo antes que al disfraz. 🎄


















