Me despierto hoy, Día de Reyes, con mis regalos correspondientes. Pocos, modestos, pero suficientes. A este tipo viejuno que soy todavía le echan algo los Reyes Magos. Será por pena, por costumbre o por simple inercia generacional. El caso es que ahí estaban: libros, cómic, funco y café caliente. Con eso ya se puede resistir otro año.
Mientras uno despereza el esqueleto y pone en orden las vértebras, llega la noticia: el ínclito presidente del Gobierno no acudirá a la Pascua Militar, ese acto solemne en el que el Rey de España ejerce, una vez más, su condición de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Y debo confesarlo sin rodeos: tanto me da que asista o no. No porque no tenga importancia institucional, que la tiene, sino porque a estas alturas uno ya ha desarrollado cierta inmunidad al teatro político y a sus ausencias calculadas.
Pero la noticia, como una pedrada en el estanque de la memoria, me ha servido de excusa perfecta. Quizá sea un buen momento para explicar qué demonios es eso de la Pascua Militar, de dónde viene y por qué sigue ahí, impertérrita, desde hace más de dos siglos, sobreviviendo a gobiernos, regímenes, ideologías y a la incurable alergia española a su propia historia.
Así que vamos con ello, Tello.
Una tradición con pólvora, no con confeti
La Pascua Militar no nace de un despacho climatizado ni de un comité de expertos u observatorio al uso. Nace del humo de los cañones, de un hecho de armas concreto y de una victoria clara. El 6 de enero de 1782, tal día como hoy, se rinde la guarnición inglesa de Mahón y Menorca vuelve a ser española. Menorca no era un adorno en el mapa. Era una pieza estratégica de primer orden en el Mediterráneo occidental. Perderla había dolido. Recuperarla fue algo más que una victoria: fue una enmienda al orgullo nacional.
El rey entonces era Carlos III, uno de esos monarcas ilustrados que entendían el poder no como postureo, sino como responsabilidad. Carlos III no era un guerrero romántico, pero sí un gobernante con sentido de Estado. Y comprendió que aquel éxito militar merecía algo más que una nota en los anales.
El 6 de enero de 1782 se rinde la guarnición inglesa de Mahón y Menorca vuelve a ser española
Así que decidió institucionalizar la fecha. Ordenó que cada 6 de enero se celebrase una jornada dedicada a las Fuerzas Armadas. No como una misa de cumpleaños ni como un brindis vacío, sino como reconocimiento al servicio, al sacrificio y a la defensa del país.
Desde entonces, 1782, la Pascua Militar se celebra todos los años. Sin fallar. Con reyes, sin reyes. Con gobiernos de todos los colores. Incluso cuando España parecía empeñada en desaparecer de sí misma.
¿Y qué se celebra exactamente?
La Pascua Militar es hoy el acto institucional más importante de las Fuerzas Armadas españolas. Se celebra en el Palacio Real de Madrid, con la presencia del Rey, del Gobierno, de la cúpula militar y de quienes todavía creen que un país debe saber quién lo defiende. Hay protocolo, claro. Uniformes, discursos, medallas, saludo marcial. Todo eso que a algunos les produce sarpullido ideológico. Pero detrás del boato hay algo más serio:
- Un balance del año militar
- Una mirada estratégica al futuro
- Y, sobre todo, una afirmación clara: el Estado existe y se defiende
Que esto moleste a ciertos sectores dice más de ellos que del acto en sí.
Ausencias, presencias y lo que de verdad importa
Que el presidente del Gobierno no acuda este año es noticia, sí. Pero no es lo esencial. Las instituciones no dependen de los estados de ánimo ni de los cálculos electorales de quien las ocupa temporalmente.
La Pascua Militar no pertenece a un partido, ni a una ideología, ni siquiera a una persona concreta. Pertenece a una idea antigua y hoy incómoda: que la defensa de un país es algo serio, costoso y necesario. Y que quienes la asumen merecen, al menos, respeto.
Que algunos prefieran mirar hacia otro lado forma parte del paisaje. España siempre ha tenido una relación conflictiva con su Ejército: lo necesita, pero le incomoda reconocerlo. Como esas familias que viven del negocio heredado pero reniegan del abuelo que lo levantó.
Memoria frente a amnesia
Lo interesante de la Pascua Militar es que no se inventa el pasado. No reescribe. No maquilla. Simplemente recuerda. Recuerda que hubo un tiempo en el que España recuperó lo que era suyo. Que hubo soldados, marinos y mandos que cumplieron con su deber. Y que el Estado supo reconocerlo.
En un país donde la memoria histórica suele usarse como arma arrojadiza y no como herramienta de comprensión, actos como este resultan casi subversivos. Porque no piden perdón por existir. Porque no se excusan. Porque no se arrodillan ante la moda del día.
Epílogo de Reyes
Así que aquí me tienen. Con mis regalos modestos, mi café humeante, mi roscón y esta noticia de fondo que, sin quererlo, me ha empujado a escribir. Tal vez los Reyes Magos, en su infinita sabiduría oriental, han decidido traerme un recordatorio: que conviene explicar las cosas antes de que otros las distorsionen.
La Pascua Militar no es nostalgia. No es militarismo barato. No es propaganda. Es historia, continuidad y sentido de Estado. Y mientras siga celebrándose cada 6 de enero, algo —aunque sea poco— seguirá en su sitio. Todo lo demás cambia, se disfraza, se contradice o pasa. Esto, no.
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La Toma de Menorca, en el invierno de 1781-1782, no fue un paseo militar ni una postal heroica para grabar en mármol. Fue una operación larga, dura y meticulosamente planificada, propia de una guerra del siglo XVIII donde la paciencia y la logística pesaban tanto como los cañones. Menorca llevaba décadas en manos británicas, convertida en una base naval de primer orden gracias al puerto natural de Mahón, uno de los mejores del Mediterráneo. Recuperarla exigía algo más que ardor patriótico: exigía tropas, dinero, artillería y mando. España y Francia pusieron sobre la mesa un ejército considerable, al mando de Luis de Balbes de Berton de Crillon, que cercó la isla con método implacable. El objetivo principal era el castillo de San Felipe, una fortaleza formidable, moderna, diseñada para resistir asedios prolongados. Durante semanas, las fuerzas españolas fueron cerrando el cerco, cavando trincheras, posicionando baterías y cortando suministros, mientras la guarnición británica, aislada y sin esperanza real de refuerzos, veía cómo el tiempo jugaba en su contra. No hubo gestas románticas ni cargas inútiles: hubo desgaste, hambre, enfermedad y una certeza creciente de derrota. Finalmente, el 6 de enero de 1782, la guarnición inglesa capituló. Mahón se rindió. Menorca volvió a ser española. No fue solo una victoria militar: fue una reparación estratégica y moral, la demostración de que España aún podía planificar, golpear y ganar cuando el asunto se tomaba en serio. Ese día, sin proclamas grandilocuentes, se cerró una herida abierta desde la Guerra de Sucesión y se recordó algo que hoy cuesta admitir: que los territorios no se recuperan con discursos, sino con determinación, organización y soldados dispuestos a cumplir órdenes hasta el final.
















