Permítame el lector que hoy, en este día frío de enero, mientras la nieve cae con desgana por los arrabales de la Comunidad de Madrid, le acerque uno de esos libros indispensables que siempre han estado ahí, esperando su turno. Textos que leímos cuando aún mirábamos el mundo con los ojos del joven confiado y algo ingenuo, convencidos de que todo tenía arreglo y sentido. Hoy, con más inviernos a la espalda y menos certezas en el bolsillo, uno regresa a esas páginas convertido ya en viejuno, que es una forma honesta de decir experimentado, y descubre que las palabras no han cambiado, pero sí la mirada con la que las leemos. Y entonces el libro, que parecía conocido, se revela de pronto como otra cosa muy distinta.
Y es que hay libros que uno cree conocer sin haberlos leído de verdad. Libros que se instalan en la memoria colectiva por versiones edulcoradas, resúmenes escolares o adaptaciones bienintencionadas que los dejan sin dientes. Los viajes de Gulliver es, quizá, el ejemplo más claro. Durante décadas lo tuvimos por un relato amable, casi infantil, poblado de enanos pintorescos, gigantes torpes y viajes exóticos pensados para estimular la imaginación de los más jóvenes. Un error comprensible. Y, a la vez, monumental.
Porque basta regresar a sus páginas con algo de experiencia a la espalda, con menos ingenuidad y más vida encima, para comprender que Los viajes de Gulliver no es un libro de aventuras, sino una trampa perfectamente diseñada. Una sátira feroz, escrita con la media sonrisa de quien ha observado demasiado y ya no se hace ilusiones con el género humano. Swift no invita a evadirse, sino a mirarse. Y el reflejo no siempre resulta agradable.
Publicado en 1726, el libro adopta la forma de un relato de viajes, un género muy popular en una Europa fascinada por los mapas, los mares lejanos y los territorios por conquistar. Pero esa forma es solo el envoltorio. Bajo ella se despliega una crítica demoledora contra la política, el poder, la ciencia, la guerra, la religión y, sobre todo, contra la soberbia humana. Lemuel Gulliver viaja, naufraga, observa y sobrevive. Y en cada destino, Swift coloca un espejo deformante que acaba resultando inquietantemente fiel.
No hay épica en el sentido clásico. No hay héroes. Gulliver no mejora el mundo ni regresa más sabio y reconciliado. Al contrario: cuanto más ve, más se desencanta. Cuanto más comprende, más se distancia de los suyos. Swift no escribe para consolar al lector, sino para incomodarlo. Y lo hace con una lucidez que, casi tres siglos después, sigue molestando.
Leído hoy, Los viajes de Gulliver conserva una vigencia incómoda. Sus sátiras no huelen a polvo ni a biblioteca solemne. Siguen oliendo a despacho, a parlamento, a laboratorio desconectado de la calle, a poder envuelto en palabras grandilocuentes. Swift sabía algo que seguimos olvidando con entusiasmo: que el problema rara vez es el tamaño del mundo, sino el tamaño del ego con el que lo miramos.
El primer viaje, a Lilliput, nos presenta un mundo diminuto donde las intrigas políticas, las luchas de poder y las guerras absurdas alcanzan cotas ridículas. Swift reduce literalmente a los poderosos para mostrar lo que son: egos inflados atrapados en cuerpos pequeños. Las disputas por cómo romper un huevo o por quién salta más alto sobre una cuerda resultan grotescas, hasta que uno recuerda debates y conflictos muy reales que no parecen mucho más sensatos. Aquí la risa no es inocente: es una forma de señalar.
En Brobdingnag, el juego se invierte. Gulliver pasa a ser el diminuto, el observado, el juzgado. Los gigantes no se burlan de él: lo examinan con calma. Y cuando el rey escucha la descripción de Europa, concluye que los humanos somos una especie violenta, codiciosa y moralmente deficiente. Swift clava aquí una verdad incómoda: vistos desde fuera, no salimos bien en la foto. El lector ya no ríe tanto. Empieza a sentirse observado.
El tercer viaje, a Laputa y Balnibarbi, es una sátira brillante de la ciencia y el conocimiento cuando se separan de la realidad. Sabios absortos en teorías inútiles, investigaciones que no mejoran la vida de nadie y una élite intelectual incapaz de resolver problemas cotidianos. Swift no ataca el saber, sino su ensimismamiento. Denuncia una razón que se mira al ombligo y olvida para qué existe. El pasaje resulta inquietante por lo poco que ha envejecido.
El último viaje, el más oscuro, conduce a Gulliver a la tierra de los houyhnhnms, caballos racionales y virtuosos que gobiernan sobre los yahoos, humanos embrutecidos, violentos y sucios.
Cómo se estructura la sátira en cada viaje
| Viaje | Lugar principal | Escala física | Principal objeto de sátira | Tono predominante |
|---|---|---|---|---|
| 1º viaje | Liliput | Pequeños (6 pulg.) | Política inglesa, cortesanas intrigas, guerras absurdas | Irónico, cómico |
| 2º viaje | Brobdingnag | Gigantes | La fealdad y corrupción del cuerpo humano, la política vista desde fuera | Despectivo, grotesco |
| 3º viaje | Laputa y otros | Varios | Ciencia inútil, intelectuales abstractos, proyectos locos | Burlón, caricaturesco |
| 4º viaje (el más duro) | País de los Houyhnhnms | Normal + Yahoos | La naturaleza humana en sí (los Yahoos somos nosotros) | Amargo, misantrópico |
La genialidad de Swift consiste en cambiar la distancia y dejar que el mundo se delate solo. Basta alterar el tamaño de las cosas para que lo que en nuestra escala cotidiana nos parece respetable —la política, la ciencia, los modales— quede reducido a su verdadera condición: un teatro de vanidades, gestos huecos y comportamientos más bien poco edificantes. Visto desde otra proporción, lo solemne se vuelve ridículo y lo aceptado, francamente repulsivo.
El remate llega en el cuarto viaje, cuando Swift ya no se anda con sutilezas. Los houyhnhnms, caballos serenos, racionales y virtuosos, encarnan una razón limpia de trampas, mientras que los yahoos, sucios, violentos, codiciosos y lujuriosos, no son otra cosa que el ser humano sin maquillaje. Gulliver, derrotado por la evidencia, acaba prefiriendo la compañía de los caballos antes que regresar al lodazal de los suyos. Y no cuesta demasiado entender por qué.
Jonathan Swift: un escritor incómodo
Detrás de Los viajes de Gulliver está Jonathan Swift, nacido en Dublín en 1667, huérfano antes de tener memoria y criado bajo la tutela de parientes acomodados. Esa sensación temprana de dependencia y desarraigo marcó su mirada. Estudió, se formó y acabó trabajando como secretario del influyente Sir William Temple, desde donde aprendió de primera mano cómo funcionaban los engranajes del poder, la política y la hipocresía social.
Swift fue clérigo, editor, polemista y escritor, pero sobre todo fue un hombre difícil de encajar. Durante un tiempo simpatizó con los whigs, más favorables al parlamentarismo y a la clase media emergente. Más tarde se pasó al bando de los tories, defensores de una monarquía fuerte y de la primacía de la Iglesia anglicana. No fue una conversión ejemplar, sino una maniobra pragmática, propia de alguien que conocía bien el terreno que pisaba.
Su vida personal fue tan compleja como su obra. Educó a Esther Johnson, Stella, con quien mantuvo una relación íntima y ambigua durante años, y a Esther Vanhomrigh, Vanessa, que se enamoró de él y dejó tras de sí un rastro de cartas, poemas y desencantos. Swift no fue un personaje cómodo ni siquiera para los suyos.
Literariamente, cultivó la sátira con una dureza poco habitual. En A Tale of a Tub, The Battle of the Books o la célebre A Modest Proposal, donde propone con fría lógica que los pobres irlandeses vendan a sus hijos como alimento para aliviar la miseria, Swift demuestra hasta dónde estaba dispuesto a llegar para denunciar la injusticia. Los viajes de Gulliver es la culminación de ese camino: una obra donde ya no se salva nadie, ni siquiera el narrador.
Como Gulliver, Swift acabó sus días aislado y mentalmente debilitado. Murió en 1745. Dejó escrito un epitafio que resume bien su trayectoria: “Aquí yace Swift, donde la feroz indignación ya no puede desgarrar su corazón”. No suena a paz. Suena a cansancio.
El tiempo de Swift: política, sátira y vanidad
Los viajes de Gulliver nace en una Inglaterra políticamente convulsa. La llamada Revolución Gloriosa de 1688 había destronado a Jacobo II y establecido una monarquía constitucional bajo Guillermo III de Orange. El rey ya no gobernaba solo. El Parlamento vigilaba. Y dentro de él, whigs y tories se enfrentaban con la misma intensidad con la que hoy se cambian consignas por principios.
La primera parte del libro, la dedicada a Lilliput, es una caricatura directa de ese mundo. Las disputas entre liliputienses reflejan las luchas partidistas, las guerras absurdas remiten a conflictos reales y las intrigas cortesanas no necesitan demasiada traducción. Swift no señala nombres propios, pero tampoco se molesta en disimular demasiado.
Desde el punto de vista literario, Swift escribe en plena era augusta, el momento culminante del clasicismo inglés, cuando los autores buscan inspiración en Grecia y Roma, en el equilibrio, la razón y la medida. Es el tiempo de Alexander Pope, amigo cercano de Swift, y de una literatura que aspira a ser moral y racional. Swift forma parte de esa tradición, pero la tensa hasta el límite.
También se burla de un género de moda: la literatura de viajes de ficción. Mientras el público devora relatos de exploradores y mundos exóticos, Swift aprovecha esa fascinación para desmontarla desde dentro. Los viajes de Gulliver dialoga con obras como Robinson Crusoe, pero lo hace desde la sátira, no desde la exaltación. Aquí el viaje no ennoblece. Desgasta.
Consciente del alcance de lo que estaba escribiendo, Swift publicó el libro de forma anónima en 1726. El editor suavizó algunos pasajes por prudencia. Swift lo detestó. En ediciones posteriores, esas correcciones desaparecieron. El éxito fue inmediato. Se agotó en días. Lo leían ministros, escritores… y también niños, que se quedaban con los enanos y los gigantes sin sospechar lo que había debajo.
Desde entonces, la obra ha sido adaptada, recortada, infantilizada y llevada al cine innumerables veces. Pero el texto original sigue ahí, intacto, recordándonos que el siglo XVIII no está tan lejos y que, bajo el barniz del progreso, seguimos discutiendo por poder, prestigio y vanidad.
Conclusión
Los viajes de Gulliver no es una fantasía escapista, sino una demolición en cuatro actos de la soberbia humana. Swift nos hace viajar lejos para que comprendamos que el problema nunca estuvo en los otros mundos, sino en este. En nosotros.
Quizá por eso sigue siendo un libro incómodo. Porque no ofrece consuelo ni redención. Porque no propone soluciones fáciles. Se limita a mostrar el mapa con crudeza y a dejarnos solos frente a él. Y tal vez ahí radique su vigencia: en recordarnos que, antes de cambiar el mundo, convendría preguntarnos con qué ojos lo estamos mirando.
















