Me lo dijo por Zoom. Así, sin más. En una de esas ventanas rectangulares donde hoy cabe casi todo: el trabajo, la amistad, el cansancio, la vida misma. Una buena amiga, con la serenidad de quien no pretende convencer a nadie, me comentó que estaba haciendo un curso de milagros. No levantó la voz, no impostó el gesto, no buscó complicidad. Lo dijo como quien comparte algo que le está ayudando. Y ahí, mientras la imagen se mantenía estable gracias a la fibra óptica, yo me quedé ojiplático. Porque hay palabras que, aunque se pronuncien con suavidad, siguen cargando siglos a la espalda. Milagros es una de ellas. Y mientras mi expresión tardaba en recomponerse, pensé que aquel diálogo a kilómetros de distancia ya tenía algo de prodigio. Que dos personas pudieran hablarse, verse y escucharse en tiempo real desde lugares distintos era, para cualquier ser humano de hace apenas unas décadas, un milagro incontestable.
En la cultura occidental, el milagro no era un ejercicio de bienestar interior ni una herramienta de crecimiento personal. El milagro era una ruptura. Una grieta en la realidad. Algo que no debía suceder y sucedía. Algo que descolocaba al poderoso y daba esperanza al que no tenía nada. El ciego que ve, el cojo que camina, el muerto que vuelve. No porque alguien haya cambiado su manera de mirar, sino porque el mundo, de pronto, se comporta de otra forma.
Por eso los milagros incomodaban. Porque no eran gestionables. Porque no se podían programar. Porque no cabían en una agenda ni en un curso con calendario. El milagro clásico no estaba al servicio de la paz interior, sino de una llamada exterior. No te decía que todo estaba bien. Te decía que algo exigía una respuesta. Y sin embargo, hemos llegado a un tiempo en el que el milagro se ha vuelto doméstico. Adaptable. Compatible con la rutina laboral y con las videollamadas de media hora. Un milagro que ya no rompe la realidad, sino que la reinterpreta.
Así llegamos a un Curso de Milagros, surgido en Estados Unidos en los años setenta y atribuido a Helen Schucman, una psicóloga que afirmó haber recibido el texto a través de una voz interior. Aquí el milagro ya no es un hecho externo, sino un ajuste interno. Un cambio de percepción. El mundo no está mal. Lo miras mal. El conflicto no es real. Es mental. El dolor no es objetivo. Es una interpretación. No hay agua convertida en vino, pero sí ego disuelto. No hay tumba vacía, pero sí perdón trabajado. El milagro deja de ser un acontecimiento que irrumpe y pasa a ser una práctica diaria. Una gimnasia del alma.
Este enfoque no surge por casualidad. Nace en una cultura que necesita que todo sea funcional. Incluso la espiritualidad. Una cultura donde todo debe servir para algo, mejorar algo, optimizar algo. Donde incluso la trascendencia tiene que ser compatible con el horario y con el confort.
El mensaje es seductor. Si cambias tu mente, cambia tu mundo. Si algo te duele, revisa cómo lo interpretas. Si no encuentras paz, sigue trabajando tu percepción. Dicho con palabras suaves, parece liberador. Mirado con algo más de distancia, desplaza siempre el peso hacia el individuo. El sistema no falla. La realidad no falla. Fallas tú, que aún no has aprendido a mirar correctamente. Y ahí es donde el hooligan que llevo dentro, ya más reflexivo que burlón, levanta la ceja. Porque hay dolores que no son errores de enfoque. Hay injusticias que no se resuelven con ejercicios mentales. Hay vidas que no necesitan un cambio de percepción, sino un cambio real en sus condiciones materiales. Reducirlo todo a la mente puede ser reconfortante, pero también puede convertirse en una forma elegante de anestesia.
Dicho todo esto, conviene volver a la persona. Mi amiga no busca negar el mundo ni esconderse de él. Busca serenidad. Busca sentido. Busca herramientas para vivir mejor en un entorno cada vez más ruidoso y hostil. Y eso es profundamente humano. No hay nada ridículo en ello. Al contrario. Hay honestidad. Vivimos tiempos acelerados, fragmentados, agotadores. Es lógico que muchos busquen refugio en propuestas que prometen orden interior. No todo el que habla de milagros está huyendo de la realidad. A veces solo intenta respirar dentro de ella. Pero quizá convenga no olvidar lo que esa palabra significó durante siglos. El milagro no era cómodo. No era limpio. No era neutro. Tenía barro, sudor y consecuencias. Ocurría entre gente herida, no en manuales bien editados.
Tal vez por eso hoy preferimos milagros discretos. Milagros que no alteren demasiado nada. Milagros que no exijan cambiar el mundo, sino acomodarse mejor en él. Y, dicho todo esto, conviene detenerse un segundo. Bajar la voz. Mirar de nuevo a la persona antes que a la idea. Porque mi amiga no me habló de milagros desde la ingenuidad ni desde la huida. Me habló desde la búsqueda. Desde el intento honesto de estar mejor en un mundo que no da tregua. Y eso merece un respeto gordo, sin matices ni bromas. Faltaría más. Cada cual se aferra a lo que puede para no naufragar. Ella encuentra sentido en esos cursos, en ese lenguaje, en esa manera de ordenar el ruido interior. Otros lo hacen en la fe, en la ciencia, en el arte o en el trabajo bien hecho. Y yo, qué quieren que les diga, me consuelo en otros refugios. En la filosofía clásica, que no prometía felicidad pero sí lucidez. En el recuerdo, que enseña más de lo que parece. Y en la experiencia acumulada de este viejo labriego de la tecla, que ha aprendido a base de golpes que el mundo no siempre se arregla, pero se puede entender un poco mejor. No creo que haya una única manera correcta de buscar sentido. Porque al final, en este mundo que chirría por todas partes, hacen falta buenos amigos. Amigos que no te den siempre la razón, sino que te obliguen a pensar. Que te cuenten lo que les sostiene, aunque no sea lo mismo que a ti. Que te saquen de la comodidad intelectual y te pongan delante un espejo distinto. Amigos que, con una conversación tranquila y una videollamada, te recuerdan que no todo está perdido.
Y sí, también hacen falta enemigos. Faltaría más. No de los que te apuñalan por la espalda, sino de los otros. De los que te llevan la contraria con argumentos. De los que te incomodan. De los que te obligan a afinar el pensamiento y a no dormirte en tus certezas. Ya lo advertía Plutarco, que algo sabía de la condición humana: del amigo se aprende por afecto, pero del enemigo se aprende por necesidad. Y entre unos y otros, si uno tiene suerte, va construyendo una mirada un poco menos ingenua y un poco más resistente.
Quizá, pensándolo bien, todo sea más sencillo de lo que nos empeñamos en hacer creer. Quizá, como decía El Cordobés, aquel torero que entre paseíllo y paseíllo soltaba sentencias que parecían simples pero tenían fondo, todo se reduzca a quererte a ti mismo. No como consigna de taza motivacional, sino como punto de partida. Porque quien no se soporta, difícilmente soporta al otro. Y quien no se entiende un poco, acaba creyendo cualquier cosa o rechazándolo todo. Quererse lo justo para no engañarse. Quererse lo suficiente para seguir buscando.
Mientras haya buenos amigos que inviten a reflexionar, enemigos que obliguen a pensar y conversaciones que crucen pantallas sin perder humanidad, el mundo seguirá siendo complicado… pero habitable.
Milagros incluidos.

















