Confieso que cada vez que escucho a un dirigente asegurar que está dispuesto a “llegar hasta el final”, “hacer lo que haga falta” o “cruzar todas las líneas”, me viene a la cabeza la imagen de un jugador tramposo golpeando la mesa con la navaja a la vista. No porque vaya a usarla, sino porque espera que los demás se levanten antes de comprobar si corta. Eso es, en esencia, la teoría del loco. Una estrategia que consiste en aparentar imprevisibilidad, inestabilidad y una peligrosa falta de frenos, con la esperanza de que el miedo haga el trabajo sucio que la diplomacia, la inteligencia o la negociación ya no hacen. No es valentía. Es intimidación. Y tampoco es nueva.
La idea toma forma reconocible en plena Guerra Fría, cuando el mundo vivía con la respiración contenida y el botón nuclear era el centro de todas las pesadillas. Allí aparece Richard Nixon, un hombre desconfiado, paranoico y lo bastante astuto como para entender que, en aquel tablero, parecer loco podía ser una ventaja competitiva.
Nixon quería que sus enemigos pensaran que no estaba del todo equilibrado, que podía ordenar un bombardeo masivo o algo peor si se sentía acorralado. No hacía falta decirlo en voz alta. Bastaba con insinuarlo, dejarlo flotar en el ambiente como una amenaza sin forma definida. El mensaje era simple y brutal: no me empujes demasiado, no soy racional, puedo hacerlo todo. Sobre el papel, la lógica funciona. Si el adversario cree que no juegas con las mismas reglas, extremará la prudencia. Si piensa que careces de límites, se lo pensará dos veces antes de tensar la cuerda. El miedo, una vez más, convertido en política de Estado.
A partir de ahí, el club de los locos ilustres no ha dejado de crecer. Algunos fingidos, otros convencidos de su propio personaje.
Ahí está Donald Trump, que convirtió la imprevisibilidad en una marca registrada. Un día amenaza con “fuego y furia”, al siguiente habla de amistad eterna. Un día impone aranceles como quien reparte puñetazos, al otro se proclamaba genio negociador. Muchos analistas defienden que se trata de una estrategia calculada: mantener descolocados a aliados y adversarios, obligarlos a reaccionar siempre a su ritmo, nunca al suyo.
Más al este, Kim Jong-un ha elevado la teoría del loco a categoría estética. Misiles, desfiles, amenazas grandilocuentes y una puesta en escena diseñada para transmitir una idea muy concreta: este hombre es capaz de cualquier cosa. No importa tanto el misil como la fotografía del misil. No importa tanto el arma como la narrativa del líder insondable y absoluto.
Y luego está Vladimir Putin, que durante años ha jugado a una versión más fría y sofisticada del mismo manual. No el loco histriónico, sino el loco silencioso, el que no explica demasiado, el que deja caer que las líneas rojas son móviles y que la escalada siempre está sobre la mesa. El problema llega cuando la escenificación se prolonga demasiado y empieza a confundirse con la realidad.
Porque la teoría del loco tiene un defecto letal: es muy fácil perder el control del papel.
Si el adversario te cree demasiado, se prepara para el peor escenario. Y cuando todos se preparan para lo peor, lo peor acaba ocurriendo. La disuasión se convierte en escalada. El farol en choque frontal. La amenaza en tragedia irreversible. Además, llega un momento peligroso en el que el dirigente deja de fingir. Empieza a creerse su propio mito. Ya no actúa como loco: se ha convertido en uno, rodeado de aduladores, encerrado en su burbuja y convencido de que la historia le debe obediencia.
La teoría del loco exige autocontrol, inteligencia estratégica y límites claros. Tres cosas incompatibles con la política convertida en espectáculo permanente, gobernada a golpe de titular, tuit y arrebato emocional.
Y aquí entramos en el presente. Hoy esta teoría no es una rareza. Es casi la norma. Vivimos en un mundo donde la moderación no da votos, la prudencia no genera clics y la diplomacia no llena platós. El líder tranquilo parece débil. El exaltado parece fuerte.
El problema es que el contexto ha cambiado. Nixon jugaba en un mundo bipolar, con reglas no escritas pero respetadas y canales diplomáticos sólidos. Hoy el tablero es caótico, multipolar y saturado de actores, intereses cruzados y tecnologías que amplifican cualquier error en tiempo real. Cuando un dirigente amenaza hoy, no solo escucha el adversario. Escuchan los mercados, los aliados, los ciudadanos y una opinión pública global permanentemente en alerta. La locura, real o fingida, se contagia.
Las consecuencias están a la vista. Conflictos enquistados porque nadie quiere parecer débil. Alianzas erosionadas por la desconfianza constante. Economías sacudidas por decisiones impulsivas. Sociedades enteras acostumbradas a vivir en una alarma continua, como si el desastre fuera parte natural del paisaje.
La teoría del loco, aplicada al mundo actual, ya no es una estrategia arriesgada. Es una irresponsabilidad histórica.
Porque un loco controlado ya es peligroso. Pero un mundo gobernado por quienes juegan a serlo es directamente un experimento condenado al fracaso. El miedo puede ganar alguna partida, pero pierde siempre las guerras largas. Y esta, me temo, va para largo.



















