Permítame el lector que empiece sin rodeos, porque ya no estamos para diplomacias de salón ni para cuentos con final feliz. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) nunca fue lo que nos vendieron en los manuales escolares. No fue jamás una asamblea de iguales, ni un parlamento del mundo donde cada país pesara lo mismo. Eso fue siempre literatura institucional, propaganda bienintencionada y poco más.
La realidad fue bastante más áspera. El poder de verdad se concentró desde el principio en el Consejo de Seguridad, ese club exclusivo donde cinco países —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— se reservaron el derecho de veto. Una palabra pequeña para un poder enorme. Si uno decía no, no había resolución, ni sanción, ni intervención. Se acabó la función.
El resto del planeta, más de ciento ochenta Estados, asistía como figurante. Con voz, sí. Con voto, también. Pero sin capacidad real de decidir. Comparsas con bandera, discurso protocolario y foto oficial. Un sistema injusto, profundamente desigual, pero que cumplía una función: obligaba a los grandes a neutralizarse entre ellos. A soportarse. A aceptar que el mundo no podía gobernarse desde una sola capital sin provocar incendios.
Ese equilibrio tosco, heredado de 1945, siempre le resultó insoportable a Donald Trump. No porque perjudicara a los pequeños, sino porque limitaba al grande. Compartir poder nunca entró en su ADN. Para Trump, negociar es perder tiempo y ceder es una forma de debilidad. Así que ha hecho lo que acostumbra: no reformar el sistema, construir otro a su medida.
Así nace la llamada Junta de Paz. El acta fundacional se firma en Davos, ese lugar donde cada enero se reúne la élite global para hablar del futuro entre alfombras gruesas y cafés caros. Allí, Trump presenta la iniciativa como un instrumento concebido inicialmente para supervisar el alto el fuego en Gaza, dentro de la segunda fase del plan estadounidense de veinte puntos. Un objetivo concreto, limitado, casi técnico. El envoltorio perfecto.
Pero el envoltorio dura lo que tarda Trump en levantar la vista del papel. La Junta se reformula enseguida como algo mucho más ambicioso: una plataforma global para la resolución de conflictos internacionales. Una especie de ONU paralela, pero sin Asamblea General incómoda, sin secretariados molestos y, sobre todo, sin contrapesos reales.
Desde Davos deja caer frases que conviene leer despacio. “La ONU tiene un gran potencial, pero no lo utiliza”, dice. Traducción simultánea: existe, pero no obedece como debería. Y añade otra aún más reveladora: “Creo que una combinación de la Junta de la Paz y la ONU podría ser algo único para el mundo”. Suena a cooperación, pero huele a absorción. A abrazo del oso. A vaciar una institución por dentro mientras se construye otra más dócil al lado.
El estatuto de la Junta, ocho páginas densas y nada inocentes, expone esas ambiciones sin rodeos. Critica “los enfoques y las instituciones que han fracasado con demasiada frecuencia”, una alusión apenas disimulada a Naciones Unidas, y llama a tener “valentía” para ir más allá. Valentía, aquí, no significa mejorar lo existente, sino saltárselo.
La hostilidad de Trump hacia la ONU no es nueva. A principios de este mismo mes anunció la retirada de Estados Unidos de 66 organizaciones y tratados internacionales, aproximadamente la mitad vinculados directa o indirectamente al sistema de Naciones Unidas. No es un calentón. Es una estrategia deliberada de desmantelamiento.
La carta fundacional deja claro quién manda. Trump será el primer presidente de la Junta de Paz. Solo él tendrá la autoridad para nombrar a su sucesor. Y solo él contará con el poder de vetar cualquier decisión adoptada por la mayoría de los miembros. Un veto absoluto, personal e intransferible. Ni cinco vetos que se bloquean entre sí. Uno solo. El suyo.
La vieja ONU es un oligopolio del poder. La Junta de Paz es un monopolio sin disimulo.
El consejo ejecutivo lo completan siete nombres que dicen mucho del proyecto. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. El enviado especial Steve Witkoff. Jared Kushner, yerno de Trump y pieza clave en Oriente Medio. Y Tony Blair, ex primer ministro británico reciclado en mediador global. Washington y su círculo más cercano. Nada de equilibrios regionales ni representatividad planetaria.
En teoría, los Estados miembros tendrán mandatos limitados a tres años. En la práctica, manda el dinero. Los países que se comprometan a aportar más de mil millones de dólares en los próximos doce meses obtendrán la condición de miembros permanentes. Membresía a golpe de talonario. Hasta ahora, ninguno ha confirmado semejante aportación. Tampoco se han aclarado los mecanismos de control financiero. Transparencia mínima para una organización que presume de eficacia máxima.
Diecinueve Estados estuvieron presentes en Davos cuando se firmó la carta fundacional. Según fuentes estadounidenses, se han enviado invitaciones a unos sesenta países. Muy lejos, en cualquier caso, de los 193 miembros de la ONU. Ningún miembro del Consejo de Seguridad ha dado el paso. Ni Rusia, ni China, ni Francia, ni el Reino Unido. Ni siquiera aliados tradicionales dispuestos a acompañar a Washington en casi todo.
Dentro de la Unión Europea, la respuesta ha sido tibia, cuando no directamente fría. Solo Hungría y Bulgaria han aceptado la propuesta. Viktor Orbán agradeció de inmediato la “honrosa invitación”. Bulgaria también dijo sí. El resto ha optado por el silencio o la negativa educada. Francia fue clara desde el principio: no tiene intención de responder favorablemente porque los principios y la estructura de la ONU “no pueden ponerse en duda bajo ninguna circunstancia”. España y Suecia han seguido el mismo camino, más por realismo que por idealismo.
Otros países europeos cercanos a Estados Unidos sí se han sumado. Albania, cuyo primer ministro ya ha cerrado acuerdos inmobiliarios con Kushner. Kosovo, que alberga una importante base militar estadounidense. En Oriente Medio, el respaldo es mayor. Benjamin Netanyahu ha confirmado la participación de Israel, al igual que Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Jordania y Kuwait.
Armenia y Azerbaiyán, enemigos históricos, también han aceptado la propuesta. Argentina, bajo la presidencia de Javier Milei, estrecho aliado ideológico de Trump, se ha apuntado sin dudar. Trump ha llegado a afirmar incluso que Vladimir Putin ha “aceptado” la invitación, aunque el presidente ruso se limita a decir que la está estudiando. Putin, con su habitual ironía, ha sugerido que los más de 850 millones de euros necesarios para garantizar la membresía permanente podrían salir de los activos rusos congelados. Humor negro en estado puro.
El escepticismo internacional es palpable. Pocos han rechazado formalmente la invitación. La mayoría guarda silencio. Espera. Observa. Porque todos saben que esta Junta no es una simple ocurrencia, sino un síntoma.
Y la pregunta, incómoda, queda flotando sin respuesta clara: ¿es la Junta de Paz un intento de sustituir a la ONU, de vaciarla por dentro mientras se construye una estructura paralela, más manejable y obediente?
Trump insiste en que no quiere destruir Naciones Unidas, que incluso ve posible una colaboración. Pero el diseño institucional, el reparto del poder y el lenguaje utilizado cuentan otra historia. Esto no es cooperación. Es competencia. Y además, profundamente desigual.
Estamos ante la Pax USA sin disimulo. La paz entendida como orden impuesto. Como silencio administrado. Como estabilidad garantizada por la voluntad de uno solo. Una paz que no nace del consenso, sino de la supremacía.
El mundo, visto así, se está poniendo interesante. Interesante en el sentido histórico del término. Más complejo, más frágil y bastante más peligroso. Cuando las reglas comunes se sustituyen por la voluntad del más fuerte, la estabilidad deja de ser un derecho y se convierte en una apuesta.
Veremos cómo evoluciona esta Junta, cuántos se suman, cuántos se apartan y cuántos callan. La historia, que tiene muy mala leche y escasa paciencia con los proyectos construidos sobre el ego y la fuerza, suele acabar pasando factura. Mientras tanto, el tablero global vuelve a moverse. Y no precisamente hacia un mundo más tranquilo.


















