Cuando cae la noche y la casa se aquieta, yo hago lo que hacen los viejos vampiros hispanos con ínfulas de ilustrado: me refugio en una lectura y me la aprieto durante horas en el lecho, con la lámpara en penumbra y el mundo exterior quedándose lejos. Mi psicóloga de cabecera —esa voz prudente con la que me arrebujo entre las sábanas— insiste siempre en lo mismo: “algo de buen rollo, nada del día a día, algo tipo Bambi”. Y yo asiento, claro. Pero llega el momento y no hay manera: voy y me aprieto justo lo contrario, un informe serio, áspero y necesario sobre cómo está el mundo y dónde queda este decante país ibero en él, así, como quien prefiere café solo a manzanilla. Y luego, para sorpresa de nadie, duermo como un bendito; será que tengo callo, o que algunos descansamos mejor después de mirar de frente a la realidad.

Sin duda, hay años en los que la política internacional parece discurrir con la lentitud de un viejo río europeo, manso, previsible, domesticado por esclusas y tratados. Y hay otros —como este 2026 que analiza el Real Instituto Elcano— en los que el mundo se comporta más bien como un torrente desbordado: violento, turbio, imposible de cruzar sin mojarse hasta el cuello. La diferencia no es sólo de intensidad, sino de naturaleza. Porque lo que este informe constata no es una crisis más dentro del orden conocido, sino el agotamiento de ese propio orden.

El documento que Elcano pone sobre la mesa y que conviene leer con calma, subrayando, dudando y volviendo atrás, está escrito en coautoría por su equipo investigador y se articula en diez grandes secciones que recorren, como estaciones de un viacrucis contemporáneo, los principales vectores de la acción exterior española: desde la influencia y la imagen internacional hasta la democracia, los derechos y el género, pasando por seguridad, economía, tecnología, clima, energía, Europa, vecindad y América Latina. No es un catálogo de ocurrencias ni un ejercicio académico encerrado en sí mismo. Es un intento serio de conectar el gran ruido del mundo con las decisiones concretas que España deberá tomar, o dejar de tomar, en los próximos meses. Mal asunto con los políticos de chichinabo patrios.

El contexto de partida es, por decirlo sin rodeos, adverso. La rivalidad entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y China, ya no es una hipótesis de trabajo sino el eje vertebrador del sistema internacional. El vínculo euroatlántico, durante décadas columna vertebral de la seguridad europea, se deteriora a marchas forzadas. En ese tablero movedizo, España no es espectadora inocente: es tipo colilla, con margen de maniobra nimio, pero no inexistente.

Uno de los grandes aciertos del informe es huir del fatalismo cómodo. Sí, las dinámicas actuales generan riesgos que constriñen la acción exterior española. Pero también abren oportunidades en ámbitos donde España puede, si quiere y si sabe —que no parece— jugar con inteligencia: seguridad cooperativa, proyección económica, innovación tecnológica, transición energética, acción cultural y diplomacia. El problema, como casi siempre, no es la falta de opciones, sino la tentación de no elegir.

El mundo no se ha vuelto más peligroso porque sí; se ha vuelto más sincero con quienes ya no pueden permitirse fingir

El trabajo identifica seis frentes críticos para España en 2026. El primero tiene nombre propio: Ucrania. Incluso en el escenario, cada vez más plausible de un alto el fuego, el esfuerzo en favor del país atacado no disminuirá. Tampoco lo hará la exigencia de un mayor gasto militar junto a los aliados europeos —en beneficio del nuevo Adriano—.

El segundo frente es la relación con Estados Unidos y China. España, como otros socios europeos, ha practicado equilibrios, ambigüedades calculadas y márgenes de maniobra legítimos. Pero el informe es claro: esos equilibrios se juzgarán no por su elegancia retórica, sino por su contribución real o no a la autonomía estratégica europea en defensa y tecnología. Dicho de otro modo: no basta con no molestar a Washington ni provocar a Pekín; hay que decidir para qué y para quién se juega.

El tercer reto es asumir, de una vez por todas, el papel de Estado miembro —supuestamente grande— dentro de la Unión Europea. Eso implica estar en todos los debates clave: desde la financiación conjunta de prioridades comunes hasta la ambición climática o la contención de las derivas iliberales que carcomen el proyecto europeo desde dentro. No es una cuestión de prestigio, sino de responsabilidad. La UE no se sostiene sólo con discursos bienintencionados, sino con decisiones incómodas.

El cuarto frente apunta al llamado “sur global”, un concepto tan utilizado como mal entendido. El reciente protagonismo español —de boquilla— a propósito de Gaza y, especialmente, de la financiación para el desarrollo, exige ahora aterrizar en políticas concretas y sostenidas en el tiempo. La diplomacia simbólica tiene recorrido limitado si no va acompañada de recursos, coherencia y estratégica.

El quinto reto mira hacia América Latina, ese espacio donde España cree tener influencia, pero donde esa influencia será puesta a prueba por varios factores: los acontecimientos en Venezuela, la aprobación del acuerdo UE-Mercosur y el desenlace de la próxima Cumbre Iberoamericana. Aquí el informe invita a abandonar nostalgias y a entender que la región ya no gira en torno a viejos reflejos culturales, sino a intereses muy concretos.

España no decide en el vacío: cada ambigüedad exterior se paga después en forma de dependencia

Y el sexto, quizá el más complejo, es interno: gestionar y aplacar la polarización doméstica que contamina cada vez más la política exterior. Porque un país dividido hacia dentro difícilmente puede proyectar claridad estratégica hacia fuera. La política internacional se ha convertido también en arma arrojadiza interna, y eso tiene un coste que no siempre se mide a tiempo.

Esta edición del informe es además especial por una razón simbólica: se cumplen veinticinco años desde la fundación del Real Instituto Elcano. El aniversario sirve de excusa para mirar atrás y hacia adelante. El documento incluye un balance retrospectivo sobre la posición de España en el mundo en 2001 y una reflexión prospectiva con horizonte 2050. El contraste es revelador. A comienzos de siglo, España se movía en un entorno relativamente estable, bajo el paraguas de un orden unipolar estadounidense, con una Europa en expansión y una globalización que prometía beneficios compartidos. Hoy, ese paisaje ha desaparecido.

Si en 2025 existía el riesgo de “perder el norte”, 2026 llega con una sensación aún más inquietante: no sólo se ha perdido el norte, es que el propio mapa ha cambiado. La política global gira hacia una lógica donde la fuerza desplaza a la cooperación, y lo hace en un contexto de interdependencia económica que exacerba, en lugar de suavizar, los conflictos.

El sistema internacional ya no se organiza en torno a consensos amplios. China y Estados Unidos compiten por una hegemonía que permita imponer nuevas normas, pero no es descartable que el resultado final no sea una potencia dominante, sino una fragmentación en esferas de influencia donde también jueguen Rusia, India y otras potencias regionales. Existe incluso la posibilidad de una multipolaridad cooperativa en la que la UE tenga un papel menos secundario. Pero esa opción exige voluntad política, inversión y una dosis de realismo que escasea.

A corto plazo, que es el objeto del informe, asistimos al ocaso de un paradigma sin que haya surgido otro nuevo. Las relaciones internacionales se estructuran sobre poder asimétrico, lealtades condicionadas y una creciente disposición a emplear la coerción. Estados Unidos conserva una primacía militar y tecnológica indiscutible, reforzada por el dominio del dólar, pero su capacidad para convertir ese poder en liderazgo aceptado se ha erosionado, en buena medida por decisiones propias. China, por su parte, ha abandonado la estrategia del ascenso discreto y opta por una afirmación explícita de poder, consciente de que el tiempo ya no juega necesariamente a su favor.

En 2026, esta hegemonía quebrada se traducirá en una intensificación de la política de fuerza. Washington y Pekín evitarán el choque directo, pero ampliarán los escenarios de competencia indirecta. Tecnología, cadenas de suministro críticas, control de estándares e influencia normativa serán campos de batalla tan decisivos como los estrechos del Indo-Pacífico. La interdependencia se ha convertido en arma: desglobalización selectiva, friend-shoring, sanciones y controles de exportación marcarán la agenda.

Este contexto favorece la emergencia de nuevos vasallajes. En ausencia de una potencia capaz de proporcionar bienes públicos globales creíbles, muchos Estados optan por alineamientos pragmáticos, transaccionales y reversibles. No son alianzas sólidas, sino contratos de conveniencia. Y esta lógica se consolidará en regiones clave como Oriente Medio, el sudeste asiático y partes de África.

Cuando las reglas desaparecen, no gana el más justo, sino el que llega mejor preparado para un tablero sin normas

La coerción económica se normaliza. Sanciones, aranceles punitivos y restricciones financieras ya forman parte del repertorio habitual. El comercio global seguirá creciendo, pero de forma más regionalizada y politizada. La eficiencia cede terreno a la resiliencia, con costes evidentes para el crecimiento y la estabilidad, especialmente en economías dependientes de la exportación.

En el plano militar, aunque un conflicto abierto entre grandes potencias sigue siendo improbable, el riesgo de escaladas accidentales aumenta. El debilitamiento de los mecanismos de control de armamentos y la proliferación de tecnologías militares avanzadas reducen los umbrales de uso de la fuerza y complican el cálculo estratégico.

El multilateralismo no desaparece, pero se vacía. Las grandes instituciones sobreviven, cada vez más como foros de confrontación que como espacios de cooperación normativa. Proliferan mecanismos ad hoc, coaliciones flexibles y arquitecturas fragmentadas. La gobernanza global se vuelve parcial, sectorial y profundamente politizada.

La Unión Europea afronta este escenario desde una posición incómoda: potencia económica de primer orden, pero actor geopolítico incompleto. La rivalidad sinoestadounidense presiona a los Estados miembros y erosiona la ambigüedad estratégica de Bruselas. Europa debe decidir si asume los costes de una mayor autonomía o acepta un papel subordinado en un sistema de bloques. El vasallaje puede ser tentador a corto plazo, pero tiene un precio alto en términos de soberanía.

Ahí es donde España entra en juego. Entender el contexto mundial y europeo es condición necesaria para no convertir la pérdida del norte en algo permanente. El propósito último de este informe no es describir el caos, sino ofrecer herramientas para navegarlo. España, como potencia de medio pelo con proyección exterior y capacidad de crecimiento, puede aprovechar espacios de innovación, diversificación de mercados y diplomacia creativa. Pero eso exige abandonar el buenismo, las falsas ilusiones y la cómoda inercia.

El mundo es más duro, más impredecible y más desigual. El tablero ha cambiado. La pregunta no es si nos gusta o no, sino si estamos dispuestos a aprender a jugar de nuevo.


Se adjunta el PDF completo de España en el mundo en 2026: perspectivas y desafíos, una lectura imprescindible para entender dónde estamos… y por qué no conviene seguir mirando mapas que ya no describen el territorio.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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