Te asomas a la ventana y lo primero que ves es una cortina de agua. De las que no caen, se desploman. Al rato da un respiro, te engaña durante media hora, y cuando ya piensas que igual hoy toca tregua, vuelve. Y vuelve con ganas. Así llevamos varias semanas en el centro de España, y lo digo con conocimiento de causa, porque uno es de Meco y aquí ya no miramos al cielo: lo vigilamos.

El caso es que, mientras el agua cae con esa constancia cansina que acaba calando hasta el ánimo, las redes sociales hierven. Asoman mapas llenos de colores imposibles, flechas de viento, manchas rojas y moradas que parecen sacadas de una película de catástrofes. Algunos anuncian poco menos que el fin de los tiempos: muertes por ahogamiento, ríos desbordados, la Península convertida en una Venecia sin góndolas. Otros, en el extremo opuesto, te dicen que no exageres, que si notamos frío es sugestión, que esto es lo normal, que siempre ha llovido así y que aquí no pasa nada. Y entre el apocalipsis y la banalización, como casi siempre, se pierde lo importante.

Durante años —demasiados— en este rincón de España miramos al cielo como quien mira a un banco suizo: esperando que cayera algo, lo que fuera. La sequía nos tenía con la lengua fuera, los embalses enseñando las vergüenzas y el discurso oficial instalado en el “ya lloverá”. Llover era una buena noticia. Una bendición. Casi una fiesta. Hoy, sin embargo, la lluvia ya no llega como alivio, sino como advertencia. Y cuando la naturaleza advierte, conviene escucharla sin aspavientos, pero también sin frivolidades.

España lleva semanas encadenando borrascas atlánticas. No es una metáfora ni una exageración de tertulia: una detrás de otra, empujadas por una circulación atmosférica que ha decidido pasar por encima de la Península sin pedir permiso. La famosa corriente en chorro, ese río invisible de aire que decide quién se moja y quién se seca, nos atraviesa con una constancia casi industrial. Y eso, en meteorología, nunca es buena señal.

Pero el problema no es solo el cielo. El problema está abajo. El suelo de buena parte del país está saturado. No absorbe: rebosa. La tierra ya no traga ni una gota más. El agua corre en superficie, los arroyos despiertan de golpe y los ríos, pacientes durante meses, empiezan a recordar quién manda cuando se enfadan.

No es solo cuánto llueve, sino cuándo y sobre qué

En el sur y suroeste peninsular la situación se complica aún más. Andalucía, Extremadura, Galicia… nombres propios que se repiten en avisos y previsiones. No porque todo vaya a inundarse, sino porque hay zonas muy concretas donde el riesgo es serio. El valle del Guadalquivir es un buen ejemplo: una cuenca extensa, suelos mayoritariamente arcillosos, uso agrícola intensivo y lluvias persistentes que, cuando llegan de forma homogénea, no perdonan. El agua no se filtra, corre. Y cuando corre, arrastra.

Se habla de acumulados de 100, 150, incluso más de 200 milímetros en pocos días. Dicho así suena a desastre bíblico, pero conviene poner los pies en el barro —nunca mejor dicho—. No es lo mismo que esa lluvia caiga repartida en una semana que concentrada en unas horas. El verdadero peligro aparece cuando llueve sobre mojado, cuando el sistema entero —suelo, cauces, embalses— está ya al límite de su capacidad de respuesta.

Por eso los embalses están desaguando. No por capricho ni por negligencia, sino por pura ingeniería hidráulica. Un embalse lleno hasta la bandera es una trampa mortal si llega una avenida fuerte. Se libera agua ahora para poder retenerla después. Gestión del riesgo, lo llaman. Y hacen bien. Porque aquí no hay épica ni culpables fáciles: hay física, hidráulica y sentido común.

En medio de este panorama han surgido titulares hablando de “los impactos hidrometeorológicos más elevados del mundo”. Conviene bajar un punto el volumen. No es una frase literal de la AEMET, aunque sí parte de análisis serios basados en modelos europeos que advierten de impactos potencialmente muy altos si confluyen todos los factores: lluvias persistentes, suelos saturados, deshielos y mala suerte. El riesgo existe. Lo que sobra es el espectáculo.

Porque sí, no estamos ante una situación normal. Los índices que miden lo excepcional de estos fenómenos muestran valores inusuales en amplias zonas del suroeste. En román paladino: esto no es lo habitual para estas fechas. Y cuando lo excepcional se prolonga durante días, el sistema se resiente.

A esto se suma un detalle que muchos pasan por alto: la nieve acumulada en las montañas. Una reserva estupenda… hasta que llueve encima. Entonces deja de ser nieve y se convierte en agua que baja deprisa, sin pedir permiso y sin atender a discursos tranquilizadores. Otra pieza más en esta tormenta perfectamente imperfecta.

¿Estamos ante una catástrofe inevitable? No. ¿Ante un riesgo serio que exige prudencia, información fiable y cabeza fría? Sin duda. Las primeras señales ya se detectan en zonas inundables, en cauces secundarios y en laderas que empiezan a dar síntomas de inestabilidad. Y lo sensato ahora no es compartir mapas apocalípticos ni memes tranquilizadores, sino asumir que el problema no se resuelve mirando solo al cielo. Porque cuando el agua llega, el verdadero examen empieza en el suelo y en cómo hemos decidido ocuparlo. Y aquí es donde conviene introducir una palabra que casi nunca sale en los debates grandilocuentes, pero que salva vidas: geología preventiva. Porque las inundaciones no son una sorpresa, ni un castigo divino, ni un fenómeno imprevisible. Son, de hecho, el riesgo geológico más destructivo en España, muy por delante de terremotos, volcanes o deslizamientos, con un coste medio anual que ronda los 900 millones de euros. Y aun así, seguimos actuando como si los ríos fueran decorado urbano y los arroyos, simples zanjas domesticables.

Entre el alarmismo y la banalización se pierde lo esencial

Los riesgos están estudiados, cartografiados y documentados. Hay mapas de peligrosidad por inundaciones, planes de gestión y registros históricos y geológicos que nos dan una perspectiva de miles de años. El problema no es la falta de información, sino la alegre costumbre de no aplicar las medidas que esos mapas recomiendan. Jugar a canalizar arroyos en pueblos y ciudades como quien juega a la ruleta rusa hidráulica, confiando en que “no volverá a pasar”, es una temeridad que pagamos siempre tarde y mal.

Porque cuando se diseñan canalizaciones para avenidas de retorno de cien o quinientos años, se olvida un detalle incómodo: en un país con más de 8.000 municipios, cada año varios pueden esperar su desastre. Y si además edificamos en zonas inundables, cerramos plantas bajas como trampas mortales, almacenamos productos peligrosos donde el agua entra primero y ordenamos el urbanismo de espaldas al flujo natural de los ríos, luego no vale rasgarse las vestiduras cuando el agua hace lo único que sabe hacer: buscar su camino.

Para los pueblos y ciudades que ya están donde están —en zonas de riesgo alto— la solución no es el negacionismo ni el fatalismo, sino la adaptación inteligente del uso del suelo. Calles paralelas al cauce, restricciones claras en las plantas bajas, accesos seguros a zonas altas, eliminación de obstáculos que convierten una avenida en una trampa. Medidas sencillas, conocidas, repetidas hasta la saciedad por técnicos y científicos… y sistemáticamente ignoradas por demasiadas administraciones.

Porque al final, y conviene decirlo claro, no se puede jugar a la ruleta rusa con los arroyos canalizados. Ni con la geología. Ni con la memoria del territorio. Y cada vez que lo hacemos, el agua se encarga de recordárnoslo sin necesidad de mapas ni discursos.

Durante años pedimos lluvia. Ha llegado. Y como casi siempre, el problema no es el agua, sino cómo hemos decidido convivir con ella. El cielo hace lo que tiene que hacer. La tierra responde como puede. Y nosotros seguimos empeñados en explicarlo todo con una sola palabra comodín que sirve para un roto y un descosido. Porque el Cambio Climático —así, con mayúsculas reverenciales— lo mismo vale para justificar el calentamiento que el enfriamiento, la sequía eterna o el diluvio universal. Ayer explicaba por qué no llovía nunca. Hoy explica por qué no deja de llover. Mañana, si hace falta, explicará que acabemos criando carpas en el salón. Es un concepto tan versátil que lo mismo nos asa que nos congela… y ahora, directamente, nos acuamaniza.

Así que mientras algunos ya imaginan un futuro anfibio, conviene recordar algo elemental: más allá de los eslóganes y las consignas, la naturaleza no atiende a dogmas ni a hashtags. Llueve cuando tiene que llover. Y cuando lo hace sin descanso, no hay relato que lo drene. Solo gestión, prudencia y memoria. Lo demás es propaganda… aunque venga con tridente y capa. 🐟🌧️

Descargar una presentación del post en formato PDF


Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorEspaña en el mundo en 2026
Artículo siguienteRedes sociales: del ágora prometida al estercolero vigilado
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí