Mientras el presidente de esta España cainita se enfundaba el traje de padre severo de la nación digital y anunciaba que prohibirá el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, tuve una sensación incómodamente familiar. No era sorpresa ni indignación, era algo más cercano al cansancio. Otro gesto grandilocuente, otro titular preparado para abrir informativos, otra cortina de humo cuidadosamente desplegada para que discutamos sobre pantallas, edades y controles parentales mientras dejamos de mirar lo que de verdad incomoda. El truco es viejo, pero sigue funcionando: distraer, desplazar el foco, cambiar la conversación cuando la conversación empieza a oler mal para quien gobierna.
No voy a entrar en si la medida es viable, eficaz o legal. Eso se lo dejo a los especialistas de plató, a los opinadores profesionales y a quienes hoy defienden con entusiasmo lo mismo que mañana criticarán con idéntica vehemencia. Lo que sí tengo claro es que esta repentina preocupación por la salud digital de los menores no nace de una reflexión honesta sobre el desastre que son las redes sociales, sino de algo mucho más antiguo y reconocible: el sueño húmedo de cualquier autócrata, el de controlar a la población, regular qué se dice, quién lo dice y desde dónde se dice. Controlar el acceso a las redes, exigir identificación permanente, acotar los temas, señalar el disenso y, si es posible, borrar el debate. Mientras hablamos de adolescentes y móviles, dejamos de hablar de contratos sospechosos, de favores cruzados y de un entorno político rodeado de sombras cada vez más difíciles de ignorar. Y no nos engañemos: esta pulsión no nace aquí. Viene de Europa, de esa burocracia cada vez más incómoda con la discrepancia, y nuestros dirigentes en España no son más que alumnos aventajados, aplicados y obedientes, en ese manual de control disfrazado de protección.
Que los menores estén hoy en las redes sociales no es solo un problema educativo, ni siquiera únicamente un asunto de salud mental, aunque también. Es, sobre todo, un problema estructural, y por eso resulta tan incómodo. Porque nos señala a todos. Hemos permitido que sistemas diseñados para extraer datos personales, manipular la atención y fomentar la polarización se conviertan en espacios cotidianos de socialización para los más vulnerables. Los hemos dejado crecer ahí dentro no porque fuera inevitable, sino porque miramos hacia otro lado mientras el negocio funcionaba, mientras nadie pedía responsabilidades y mientras era más cómodo aplaudir la modernidad que hacerse preguntas incómodas. Ahora fingimos sorpresa y buscamos soluciones rápidas, cuando en realidad llevamos demasiado tiempo aceptando lo inaceptable.
Quizá por eso, el anuncio presidencial me llevó inevitablemente a pensar en mi propia relación con las redes sociales. Un amigo me lo dijo hace unos días, casi sin darle importancia: cada vez estás menos en redes. Tenía razón. No ha sido una retirada solemne ni una decisión ideológica, sino algo mucho más simple y mucho más humano: cansancio. La misma fatiga que uno siente cuando vuelve a un lugar que fue importante y descubre que ya no queda nada reconocible, aunque el cartel siga colgado en la puerta.
Durante años mantuve presencia activa en redes por una razón muy concreta: formaban parte de mi trabajo. Había que estar, opinar, compartir, difundir, construir una identidad pública en un espacio que, al menos en apariencia, parecía abierto, horizontal y democrático. Hoy esa etapa ha terminado y, con ella, se ha ido también el último hilo que me ataba a contar mi vida, o fragmentos cuidadosamente seleccionados de ella, en plataformas ajenas. Para escribir ya tengo mi blog. Para pensar, el silencio. Y para conversar, el mundo real, que sigue siendo incómodo, imprevisible y mucho más honesto que cualquier muro digital.
Las redes no nos conectaron: nos convirtieron en producto
He visto nacer las redes sociales. No es una metáfora. Vengo de la época analógica, de cuando comunicarse exigía tiempo, esfuerzo y una mínima voluntad. Las he utilizado profesionalmente, he creído en ellas y durante un tiempo me parecieron algo estupendo. Hoy no tengo problema en admitirlo: fue un error. Un error compartido, colectivo, alimentado por una promesa que sonaba demasiado bien para ser verdad.
Nos dijeron que las redes conectarían personas, democratizarían la información, darían voz a quienes nunca la habían tenido y fortalecerían la participación ciudadana. La realidad ha sido muy distinta. Hoy las redes no conectan, separan. No informan mejor, desinforman más rápido. No fortalecen la democracia, la erosionan. Y no aportan valor social alguno que no esté contaminado por vigilancia masiva, manipulación sistemática y un modelo de negocio diseñado para exprimir hasta el último resquicio de la condición humana.
Las plataformas sociales se han convertido en sistemas permanentes de espionaje comercial. Todo se registra, todo se mide, todo se convierte en dato. Lo que dices, lo que callas, lo que miras durante unos segundos, lo que pasas de largo. No hay gesto inocente ni pausa neutra. Ese saqueo constante de información no es un efecto colateral del sistema, es su núcleo. El producto no es el contenido, el producto eres tú. Y no hay opción de reembolso.
A partir de ahí se ha construido un ecosistema profundamente tóxico en el que el contenido no se valora por su veracidad, su calidad o su utilidad social, sino por su capacidad para generar adicción, polarización y reacción emocional inmediata. Cuanto más visceral, mejor. Cuanto más indignado, más rentable. Cuanto más extremo, más visibilidad. El algoritmo no busca ciudadanos informados, busca usuarios enganchados. No fomenta el pensamiento crítico, fomenta el reflejo condicionado. Reaccionar, compartir, repetir.
En ese proceso se ha ido degradando todo. El lenguaje, el debate, la convivencia. Las redes han convertido la opinión en munición y la discrepancia en enemistad. Han reducido la complejidad a consignas y el matiz a sospecha. O estás conmigo o estás contra mí. No hay espacio para la duda honesta, para el cambio de opinión, para el silencio reflexivo. Todo es inmediato, superficial y agresivo.
Nunca estuvimos tan vigilados creyendo que éramos libres
Durante años se nos repitió que más conexión significaba más comunidad. Hoy sabemos que era justo lo contrario. Nunca hemos estado tan hiperconectados y nunca tan solos. Jamás hemos tenido tanto acceso a información y nunca hemos estado tan desinformados. Nunca se ha hablado tanto y nunca se ha escuchado tan poco. Lo que se creó no fue una nueva esfera pública, sino una simulación de ella, gobernada por reglas opacas, intereses privados y algoritmos que nadie ha elegido pero que condicionan cada conversación.
Por eso resulta casi grotesco que ahora se pretenda arreglar este desastre prohibiendo el acceso a los menores de 16 años. Como si el problema fueran los niños y no el modelo. Como si bastara con cerrar una puerta cuando el edificio entero está construido sobre una lógica perversa. No se trata solo de proteger a los menores, que también, sino de reconocer que hemos normalizado un sistema que mercantiliza la atención, degrada el vínculo social y convierte la vida privada en materia prima.
Quizá el verdadero signo de madurez digital no sea inventar la próxima plataforma, sino tener el coraje colectivo de dejar morir cuanto antes las actuales. Entender que vivir permanentemente vigilados, manipulados y convertidos en mercancía no es, ni debería ser nunca, el precio inevitable de la modernidad. Aceptar que quienes diseñaron y explotaron este sistema deben rendir cuentas por el daño causado, por la erosión del debate público, por la radicalización del discurso y por la infantilización de la política.
No es un exceso. Es simple sentido común, ese que suele llegar tarde, magullado y sin aplausos, cuando el daño ya está hecho y nadie quiere asumir responsabilidades. El mismo sentido común que, casi sin proponérmelo, me ha ido empujando a abandonar las redes sociales, a dejar de gritar en un mercado donde nadie escucha y donde cada palabra se pierde entre el ruido, la consigna y la mala fe. He preferido volver a un espacio propio, imperfecto y modesto, pero mío, sin algoritmos dictando el ritmo ni recompensas inmediatas comprando voluntades. Tal vez algún día miremos atrás, con una mezcla de vergüenza y cansancio, y nos preguntemos cómo aceptamos durante tanto tiempo vivir vigilados, manipulados y convertidos en mercancía con una sonrisa en la cara. Cómo nos convencieron de que aquello era libertad, de que aquello era progreso, de que aquello era conexión. Y quizá entonces entendamos que la verdadera desconexión no fue marcharse de las redes, sino haber creído en ellas durante demasiado tiempo.


















Todavía recuerdo aquella invitación que me enviaste en 2009 para entrar en Facebook. Eras un pionero en todas las redes nuevas; siempre has ido por delante. Tu curiosidad y creatividad te han hecho ser un visionario. Pero es innegable que lo que empezó como un método de comunicación y acercamiento, ahora se ha convertido en un controlador de masas y un manipulador de intereses a través de algoritmos. Toda la razón compi al final todo se corrompe.
Gracias, Yolanda. Quizá no era ir por delante, sino caminar sin demasiadas orejeras. En 2009 aquello olía a plaza pública, a conversación, a descubrimiento. Hoy huele más bien a sala de máquinas: ruido, palancas invisibles y algoritmos decidiendo qué pensamos que pensamos. No es nostalgia, es decepción informada.
Y ojo, que con esto no quiero decir —como proclama nuestro ínclito gobierno— que haya que cerrar X para fabricarse una red propia, bien dócil, bien peinada, y colocarnos a todos unas orejeras nuevas, esta vez a su conveniencia. El problema no es la plaza, sino quién pone las cámaras, reparte los megáfonos y decide qué se escucha y qué se silencia.
Por eso, quizá convenga volver a cultivar el 1.0: el cara a cara, el paseo sin notificaciones, la conversación tomando un café o lo que se tercie. Menos algoritmo y más mirada. Menos consigna y más charla. Porque todavía hay cosas que ningún sistema sabe controlar del todo: dos personas hablando sin intermediarios.