Hay vidas que parecen inventadas para una novela de espías de tercera fila y luego está la de Joan Pujol García, que es justo lo contrario: una historia real tan desmesurada que cualquier editor con dos dedos de frente habría dicho aquello de “esto no se lo cree nadie”. Nacido en Barcelona el 14 de febrero de 1912 y fallecido en Caracas en 1988, Pujol tiene un récord que muy pocos pueden exhibir sin rubor: fue condecorado por los dos bandos enfrentados en la Segunda Guerra Mundial. La Cruz de Hierro alemana y la Orden del Imperio Británico, ambas en 1944. Las dos por el mismo motivo. Por mentir. Pero mentir bien.
Los británicos lo bautizaron como Garbo, porque un oficial del MI5 creyó estar ante “el mejor actor del mundo”. Los alemanes lo conocían como Alaric Arabel, nombre de espía centroeuropeo con ecos de gabardina, humo de tabaco y cafés con cucharillas nerviosas. Pero en el fondo no era más que un español corriente con una virtud extraordinaria: una imaginación inagotable y una capacidad prodigiosa para sostener una mentira durante años sin que se le moviera un músculo de la cara.
Pujol no fue nunca un fanático. Ni del nazismo ni del comunismo. Al contrario. Desarrolló una profunda aversión hacia ambos tras vivir en Cataluña las consecuencias del fascismo y del comunismo después de la Guerra Civil española. Aquello lo dejó vacunado de por vida contra los dogmas, las consignas gritadas y los entusiasmos ideológicos. Así que, hacia 1940, con Europa convertida en un matadero y Reino Unido resistiendo en solitario frente a la Alemania nazi, decidió que había que hacer algo. No grandes gestos ni proclamas heroicas, sino algo mucho más eficaz: contribuir al final de la guerra desde la sombra.
Su primer impulso fue acudir a la embajada británica en Madrid y ofrecerse como espía. La respuesta fue un educado “no, gracias”. Cosas de los despachos, de la prudencia y de la desconfianza institucional. Pero Pujol no era de los que se ofenden ni de los que vuelven a casa a rumiar agravios. Así que hizo lo impensable y, al mismo tiempo, lo más español del mundo: fue a ofrecer sus servicios al enemigo… con la firme intención de engañarlo desde dentro.
El Abwehr picó. Karl-Erich Kühlenthal lo reclutó y le dio instrucciones. A partir de ahí, Pujol montó una de las farsas más monumentales de la historia del espionaje sin haber pisado jamás suelo británico. Desde Lisboa fingía estar en Reino Unido. Inventó una red completa de espías —hasta 22 agentes ficticios— con biografías detalladas, problemas familiares, manías, horarios y hasta finales trágicos cuidadosamente documentados.
Enviaba informes minuciosos sobre movimientos de barcos y tropas, basándose en algo tan poco cinematográfico como la biblioteca de Lisboa y los noticiarios del cine. Fingía viajar por toda Gran Bretaña y remitía partes de gastos calculados con una guía ferroviaria británica. Al principio se hizo un lío con el sistema monetario predecimal —libras, chelines y peniques—, pero resolvió el problema con una solución muy de aquí: enviaba los gastos uno a uno y prometía sumar el total más adelante. Creatividad aplicada a la contabilidad del espionaje.
El colmo de la representación llegó cuando uno de sus agentes imaginarios “cayó enfermo” justo antes de un gran movimiento de flota desde Liverpool. Como no pudo informar, Pujol decidió matarlo. Inventó su fallecimiento, publicó una esquela falsa en un periódico local y cerró el círculo con tal verosimilitud que los alemanes no solo se lo creyeron, sino que pagaron una pensión a la viuda inexistente. Aquello ya no era espionaje: era alta comedia con acento ibérico.
En 1942, bajo el control del MI5 y del Comité XX, Garbo pasó a jugar en la élite. Su misión principal fue convencer a los alemanes de que el gran desembarco aliado no se produciría en Normandía, sino en el Paso de Calais. Y lo consiguió. Tan bien lo hizo que incluso cuando las tropas aliadas ya estaban desembarcando en Normandía, Hitler seguía convencido de que aquello no era más que una maniobra de distracción.
La Operación Fortitude, clave absoluta del engaño previo al Día D, funcionó porque Garbo funcionó. La desinformación fue tan creíble que las divisiones acorazadas alemanas permanecieron inmóviles, esperando un ataque que nunca llegó. Cuando el Führer quiso reaccionar, la historia ya había cambiado de carril y la Operación Overlord era irreversible.
Tras la guerra, Pujol tuvo miedo. Y no le faltaban razones. Con ayuda del MI5 fingió su muerte por malaria en Angola en 1949 y desapareció del mapa. Literalmente. Ni siquiera los servicios secretos británicos supieron que seguía vivo. Se instaló en Venezuela, montó una librería, una tienda de regalos y un cine en Choroní, la localidad costera de la que se enamoró para siempre. Fracasó en los negocios, perdió dinero y vivió durante años en el anonimato más absoluto.
Formó una nueva familia, enterró a una hija y durante décadas todo el mundo creyó que estaba muerto. Su primera esposa y los hijos de aquel matrimonio también. La familia que fundó en Venezuela no sabía quién había sido realmente. Solo Carmen Cilia, su mujer, conocía toda la verdad. A veces él bromeaba diciendo que había sido espía. Nadie le creía. Normal.
Hasta que en los años ochenta el escritor británico Nigel West, especializado en espionaje, sospechó que aquella muerte tan literaria no cuadraba del todo. Tiró del hilo. Y lo encontró. Vivo. Garbo reapareció, regresó a Inglaterra, se reencontró con antiguos compañeros del MI5, fue recibido por el duque de Edimburgo y volvió a Barcelona para abrazar a los hijos que lo habían llorado durante décadas.
Murió en 1988 y está enterrado en Choroní, frente al Caribe, cerca del Parque Nacional Henri Pittier, lejos del ruido y del foco mediático, como quien ya ha cumplido su misión.
Y por si a alguien todavía le quedara alguna duda, conviene añadir un último dato que termina de cerrar el círculo entre historia y memoria. “Garbo, el espía” es un documental dirigido por Edmon Roch en 2009, que ganó el Premio Goya a la mejor película documental, y que explica con rigor y pulso narrativo cómo un español, sin uniforme ni despacho oficial, fue capaz de alterar el curso de la Segunda Guerra Mundial a base de ingenio, paciencia y una fe inquebrantable en su propia mentira. Puede conocerse mejor en su web oficial y también verse en RTVE, donde queda claro que esta historia no necesita adornos: solo ser contada.
Y llegados a este punto, digámoslo sin complejos ni falsa modestia: Garbo fue, sin duda, un español. Un tío cojonudo. Porque aquí, en esta piel de toro nuestra, el pícaro ingenioso, el bandolero con código propio, el trincas con talento, el político con labia, el progre disfrazado de gañán, o un Garbo capaz de engañar a medio mundo no son villanos de manual. Son héroes. Somos así de gilipollas. Quizá porque, en el fondo, siempre hemos sabido, aunque no lo confesemos, que la astucia, bien usada, puede cambiar la Historia mucho más que mil discursos solemnes, las banderas bien planchadas o las medallas colgadas a tiempo completo. Garbo lo hizo. Y encima, cobró de ambos bandos. Qué tío.

















