Hoy aparece la noticia de que la fragata Cristóbal Colón, probablemente la joya tecnológica de la Armada española —con permiso del S-81 Isaac Peral—, ponía rumbo al Mediterráneo oriental acompañada además por el buque de aprovisionamiento de combate Cantabria, un coloso logístico capaz de alimentar de combustible, víveres y munición a toda una flota en mitad del mar. No se trata precisamente de dos lanchas patrulleras enviadas a hacer turismo marítimo, sino de un pequeño paquete naval perfectamente preparado para operar en un escenario de conflicto serio. Y ese escenario empieza a parecer cada vez más serio porque, mientras nuestros barcos navegan hacia Chipre, el mundo ha entrado en otra de esas fases en las que las discusiones diplomáticas dejan paso al lenguaje más antiguo que conoce la humanidad: el de escabechar al enemigo y luego buscar una explicación que suene razonable en los telediarios.

Estados Unidos e Israel han atacado Irán. Preventivamente, faltaría más, que en el mundo moderno las guerras suelen empezar así, por si acaso y sin demasiadas ceremonias, sin mandato internacional alguno y con esa mezcla de determinación moral y superioridad estratégica que suele acompañar a las decisiones que se toman cuando uno sabe que tiene más poder militar que el adversario. La noticia recorrió el planeta con la velocidad habitual de estos tiempos: instalaciones alcanzadas, objetivos estratégicos neutralizados, amenazas cruzadas que se lanzan desde despachos alfombrados mientras los comentaristas hablan de escalada, palabra elegante que en el fondo significa que alguien ha empujado la primera ficha de dominó y ahora nadie sabe cuántas caerán detrás.

En medio de ese ruido bélico apareció un detalle que merece detenerse un momento a examinar. Una base militar británica fue alcanzada por un dron. Hasta ahí, nada particularmente extraño en medio de un conflicto que acaba de estallar. Lo curioso llegó después, cuando el propio Reino Unido afirmó que el dron no había sido lanzado por Irán. Y entonces uno se queda mirando el mapa y preguntándose: ¿falsa bandera?, ¿Israel?, ¿Marte?. Y entonces la historia deja de ser una simple noticia para convertirse en una incógnita incómoda, porque si Irán no envió el dron, alguien tuvo que hacerlo, y cuando en medio de una guerra aparece un dron cuyo origen nadie termina de explicar con claridad, la experiencia histórica aconseja levantar una ceja y preguntarse qué demonios está ocurriendo realmente entre bambalinas. Ya se sabe: “La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”.

Caín siempre vuelve

Hay algo profundamente inquietante en la facilidad con la que el ser humano regresa siempre al mismo punto moral. Como si en algún rincón oscuro de nuestra naturaleza existiera un mecanismo antiguo que se activa cada cierto tiempo recordándonos que la violencia nunca desaparece del todo. La tradición bíblica lo resumió con una escena brutalmente simple: Caín levantando la mano contra su hermano Abel. Y desde entonces esa escena se repite una y otra vez con distintos uniformes, distintas banderas y distintos discursos justificativos.

Las guerras empiezan con relatos convincentes y casi siempre terminan dejando tras de sí ciudades destruidas y verdades incómodas

Porque lo cierto es que no existe, desde que contamos con registros escritos, una sola etapa histórica en la que la humanidad haya vivido completamente libre de guerras. Siempre hubo algún conflicto en algún lugar: disputas territoriales, enfrentamientos religiosos, rivalidades étnicas o, simplemente, la ambición desnuda de conquistar y dominar a otros pueblos que no tenían la fuerza suficiente para defenderse de quienes llegaban con las armas en la mano. Las crónicas de la historia antigua están llenas de esas escenas. Persas avanzando sobre territorios lejanos, mongoles atravesando continentes con ejércitos a caballo, emperadores chinos ampliando sus dominios, samuráis japoneses disputándose el poder entre clanes rivales, legiones romanas conquistando medio mundo conocido mientras los llamados bárbaros esperaban su turno para derribar ese mismo imperio y ocupar su lugar.

En todos esos momentos históricos había una prioridad absoluta que dominaba cualquier otra consideración: el poder de las armas. Era, por decirlo de alguna manera, la verdadera religión política de aquellas civilizaciones. La ética, tal como la entendemos hoy, importaba poco. La moral era la del vencedor. Y conceptos como los derechos humanos ni siquiera existían en la imaginación de aquellos pueblos que consideraban perfectamente legítimo conquistar, someter o esclavizar a otros si tenían la fuerza suficiente para hacerlo. La historia humana, en ese sentido, es bastante menos civilizada de lo que nos gusta pensar cuando la miramos desde la comodidad del siglo XXI.

Las guerras y sus relatos

Sin embargo, si algo caracteriza a las guerras modernas es que ya no basta con tener armas. También hay que tener una historia que contar. Las guerras contemporáneas empiezan casi siempre con un relato que explique por qué es necesario hacer lo que se está a punto de hacer. Ese relato habla de amenazas graves, de peligros inminentes, de decisiones difíciles que deben tomarse para evitar un desastre mayor. Se repite en ruedas de prensa, en informes de inteligencia, en editoriales que apelan a la responsabilidad histórica de quienes tienen el poder de actuar. Y cuando ese relato se instala lo suficiente en la conversación pública, entonces llegan los misiles, o las bombas, o una mano de hostias.

Quienes ya vivimos la guerra de Irak recordamos perfectamente cómo funcionó ese mecanismo. Las famosas armas de destrucción masiva que Saddam Hussein supuestamente escondía en algún lugar de su territorio. Se habló de arsenales ocultos, de laboratorios clandestinos, de amenazas que podían materializarse en cualquier momento. Aquella historia fue repetida hasta convertirse en una verdad casi incuestionable. Luego vino la invasión, un país arrasado, una región desestabilizada durante décadas. Y después, con el paso del tiempo, ocurrió algo curioso: las armas nunca aparecieron. Ni una sola. La excusa se disolvió como humo, pero para entonces la guerra ya había cumplido con los aviesos intereses de quienes la llevaron a cabo.

Ucrania y las guerras que no terminan

No hace falta irse tan lejos para encontrar otro ejemplo de cómo empiezan estas cosas y de lo difícil que resulta cerrarlas después. Ahí está la guerra que Rusia abrió contra Ucrania. Aquella invasión comenzó también con un relato: amenazas estratégicas, seguridad nacional, decisiones inevitables que el Kremlin aseguraba verse obligado a tomar para proteger sus intereses. Y aquí seguimos, con ciudades arrasadas, con miles de muertos y con una Europa que ha tenido que recordar de golpe que la guerra convencional no era un recuerdo polvoriento de los libros de historia sino una realidad perfectamente posible cuando alguien decide que la fuerza militar sigue siendo una herramienta política válida. Las guerras empiezan con rapidez, pero terminan con desesperante lentitud.

España y el sainete diplomático

Y en medio de todo este tablero aparece nuestro país, España, que últimamente parece haber convertido la política exterior en una especie de sainete donde las declaraciones solemnes conviven con una realidad bastante más prosaica. Porque hace apenas un día el presidente del Gobierno proclamó rumboso que no permitiría que Estados Unidos utilizara las bases militares que tiene en España para intervenir en el conflicto. Lo dijo con esa firmeza que tanto gusta en los discursos dirigidos a su adocenado público, con ese aire de dignidad soberana que siempre queda bien cuando se declama desde un atril rodeado de palmeros y, naturalmente, sin preguntas.

Los gobiernos anuncian decisiones estratégicas; quienes realmente afrontan sus consecuencias son los soldados y los ciudadanos

La respuesta de Washington no tardó demasiado en llegar. El presidente norteamericano vino a decir, poco más o menos, que Estados Unidos utilizaría esas bases si le salía del ciruelo, añadiendo que ya habría tiempo de aplicar algún correctivo a los españoles en forma de embargo comercial o de presión económica si la osadía del presidente español persistía demasiado. La escena, vista desde fuera, tenía algo de comedia diplomática, porque pocas horas después el presidente español —un tal Sánchez— parecía recular, o al menos así lo interpretó la Casa Blanca, que se apresuró a declarar que España ya colaboraba como cualquier aliado disciplinado y genuflexo dentro del entramado estratégico norteamericano.

Pero entonces, en un giro digno de un sainete de Arniches, España volvió a decir que no. Que no a la guerra. Que no a la utilización de las bases. Que no a la participación directa. Joder, que sainete. Porque mientras los comunicados iban y venían con esa mezcla de solemnidad y confusión que tanto caracteriza a la política española contemporánea, algún avión cisterna del ejército estadounidense despegaba tranquilamente desde bases españolas rumbo al conflicto, y poco después teníamos navegando hacia el Mediterráneo oriental a la fragata Cristóbal Colón, acompañada por el Cantabria, desplegando lo que podría considerarse la pequeña joya naval de la Armada española en una zona donde caen misiles. Todo ello, por supuesto, convenientemente envuelto en los habituales discursos del gobierno español sobre prudencia, paz y buen rollito diplomático, asegurando que nuestros barcos sólo van a ayudar a Chipre en nobles labores de defensa humanitaria y esas cosas que siempre suenan tan bien en los comunicados oficiales. Aunque, volviendo al sainete con la Casa Blanca, lo cierto es que seguimos a partir un piñón con nuestros amigos americanos cuando toca pasar por caja para comprar armamento, sistemas y otros aderezos necesarios para escabechar al enemigo llegado el caso.

Mientras tanto, dentro de la Cristóbal Colón y del Cantabria viajan marinos españoles que no participan en estos debates ni en estos sainetes diplomáticos. Ellos estarán allí, en cubierta, mirando el horizonte oscuro del Mediterráneo mientras los radares giran lentamente bajo las estrellas, escuchando las radios militares que transmiten información que a veces será clara y otras veces tan confusa como ese dron cuyo origen nadie termina de explicar. Cumplirán su misión con la profesionalidad que se espera de quienes sirven en la mar y probablemente lo único que desearán es que todo este episodio termine sin incidentes y que puedan regresar a casa. Y así lo espero yo, faltaría más.

El eco de una historia muy antigua

Quizá sea simplemente la edad, o quizá sea que algunos hemos leído demasiados libros de historia como para creer que las guerras empiezan siempre por motivos nobles. Porque cuando uno mira el mundo con cierta perspectiva descubre algo incómodo: la humanidad lleva milenios perfeccionando el arte de matarse a sí misma. Persas, romanos, mongoles, imperios de todos los colores han repetido la misma escena una y otra vez. Caín levantando la mano contra su hermano.

Hoy los nombres cambian, los misiles son más precisos y los discursos mucho más sofisticados, pero el fondo de la historia sigue siendo exactamente el mismo. Y mientras tanto, en algún lugar del Mediterráneo, la fragata Cristóbal Colón y el buque Cantabria seguirán avanzando sobre el agua oscura, con sus radares girando bajo el cielo nocturno y con un puñado de marinos españoles cumpliendo su deber en medio de un mundo que, una vez más, parece haber decidido recordar su vieja costumbre de resolver las diferencias a cañonazos.

Todo ello, por supuesto, en nombre de la paz, del equilibrio internacional y de ese “no a la guerra” que se declama con solemnidad mientras los barcos zarpan rumbo al conflicto. Un pacifismo de pancarta y campaña electoral que, visto desde fuera, suena más a despropósito que a diplomacia.


La Cristóbal Colón, conviene recordarlo para quienes imaginan estas cosas como un paseo marítimo con uniforme, no es precisamente un barco de recreo ni una excursión naval para contemplar puestas de sol en el Mediterráneo. Es una fragata de combate equipada con el sistema AEGIS, uno de los cerebros electrónicos más sofisticados que flotan hoy sobre el mar, capaz de integrar sensores, radares y armas en un único sistema de combate; dispone además de sónar de casco multimodo HMS LWHP53-SN, batitermógrafo AN/BQH-7A para analizar las capas térmicas del océano —fundamentales en la guerra antisubmarina— y sistema de identificación IFF para distinguir amigo de enemigo en medio del caos electromagnético de una batalla naval. En comunicaciones va sobrada, con enlaces tácticos Link-11 y Link-16, sistemas satelitales SECOMSAT e INMARSAT y equipos GMDSS, mientras que en sensores monta radares de superficie y navegación ARIES NAV y ARIES SCH, además del potente radar multifunción AN/SPY-1D(V), auténtico corazón del sistema AEGIS, capaz de detectar, seguir y guiar interceptores contra múltiples amenazas simultáneamente. En cuanto a armamento, la fragata lleva misiles antibuque Harpoon, un lanzador vertical de 48 celdas para misiles antiaéreos SM-2 y ESSM, un cañón MK-45 de 5 pulgadas, ametralladoras de 25 mm, tubos lanzatorpedos MK-32 con torpedos MK-46 para guerra antisubmarina y, por si todo eso pareciera poco, opera además con un helicóptero embarcado SH-60B Seahawk, especializado en detección y ataque a submarinos y blancos de superficie. Dicho de otro modo: cuando un buque así aparece en un teatro de operaciones no es para hacer turismo naval, sino porque alguien espera que, llegado el momento, pueda hacer exactamente aquello para lo que fue diseñado.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. He flipado con la descripción de la fragata Cristóbal Colón es, literalmente, uno de los barcos más avanzados del mundo—, pero por otro, ese mismo poder es el que te recuerda la seriedad de la situación. Dios nos tenga en su gloria

    • Yolanda, has dado en el clavo. Impresiona la fragata, sí… pero más impresiona que siga siendo necesaria.

      Ahí está la contradicción: admiramos la máquina mientras nos recuerda, sin disimulo, que alguien puede llegar a usarla.

      Y eso, más que fe, lo que pide es memoria.

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