Hace unos días comentaba que alguien empuja la primera ficha del dominó y luego van cayendo las siguientes, pero nadie sabe cuántas fichas son y hasta dónde llegará la caída. Lo decía porque así empieza casi todo en este siglo de iluminados, de burócratas con sonrisa de funeraria y de gobernantes que confunden la estrategia con el postureo. Una ficha cae en una frontera remota, otra salta en un despacho alfombrado, otra más se desploma en un puerto petrolero, y cuando el ruido por fin llega a nuestra casa ya tenemos al coro oficial de inútiles explicándonos que nadie podía preverlo. Nadie, dicen. Como si el mundo estuviera gobernado por monjas clarisas y no por tipos que llevan años jugando al ajedrez con barriles, gasoductos, rutas marítimas y cadáveres ajenos.

Finalizada la semana anterior, y ya en presente, estamos viendo subir el litro de gasolina como quien contempla subir una marea negra por la escalera. Unos céntimos hoy, otros mañana, una excusa en boca del presidente, una declaración solemne de un analista de saldo, y entretanto el ciudadano corriente haciendo cuentas delante del surtidor con la misma dignidad resignada con la que un soldado viejo revisa un cargador medio vacío antes de entrar en combate. A esas alturas ya no hacía falta ser premio Nobel ni chamán mesopotámico para comprender que lo que estaba ocurriendo en Oriente Medio no iba a quedarse allí, encerrado en el decorado de arena, misiles y comunicados pomposos de no a la guerra. Cuando arde la región por la que respira buena parte del planeta, el humo acaba entrando por todas las ventanas.

Y, sin embargo, siempre hay una parroquia de crédulos dispuesta a tragarse la mercancía averiada del relato oficial. Que si ataques quirúrgicos. Que si objetivos estratégicos. Que si operaciones limitadas. Que si la paz llegará en cuanto se elimine al malo correspondiente, convenientemente bautizado con el nombre que toque esa semana. Ya conocen la cantinela. La hemos oído en Irak, en Libia, en Siria, en Ucrania y en media docena de escenarios más donde Occidente fue a repartir democracia con la sutileza de un elefante borracho entrando en una cristalería. Después vienen los expertos de tertulia, los vendedores de humo con corbata y los jefes de prensa del imperio a contarnos que todo estaba bajo control. Bajo control, dicen, mientras el petróleo se encabrita, el gas se tensiona, el transporte se encarece y la inflación vuelve a enseñar los dientes como un perro al que nunca llegamos a encadenar del todo.

Lo realmente inquietante no es sólo la guerra, sino la alegre frivolidad con la que algunos la administran. Hay una mezcla de improvisación, soberbia y cálculo sucio que asusta. Parecen no tener otro plan que destruir al adversario y confiar en que el resto del tablero se ordene solo, como por arte de magia o por decreto del banco central. Se bombardean instalaciones críticas, escuelas, se amenaza la navegación, se fuerza a los países de la zona a elegir bando y luego se finge sorpresa cuando los mercados responden como responden los mercados cada vez que alguien juega a volar un polvorín: con pánico, con especulación y con ese sudor frío que recorre los parqués cuando el combustible del mundo empieza a oler a incendio prolongado.

La guerra empieza lejos, pero la factura llega siempre a casa

Porque aquí no hablamos sólo de petróleo. Ese es uno de los grandes engaños de los tiempos modernos: reducir la energía a una cifra en una pantalla y a una discusión de tertulia entre partidarios del color azul y del color rojo. No. Hablamos del petróleo, sí, pero también del gas, del refino, de los fertilizantes, de los derivados químicos, del transporte marítimo, de la logística global, de las industrias que necesitan calor, electricidad y materias primas para no detenerse. Hablamos de los barcos que cruzan estrechos decisivos, de las refinerías que convierten un recurso en miles de productos indispensables, de las cadenas de suministro que aguantan tensas como un alambre hasta que alguien decide disparar en el punto exacto. Hablamos, en definitiva, de la estructura ósea de esta civilización delicada, arrogante y dependiente que presume de digital mientras sigue funcionando con el viejo pulso de los hidrocarburos.

A estas alturas, negar eso es cosa de fanáticos o de necios. Quizá de ambas especies a la vez, que son abundantes en ministerios, consejos de administración y redacciones subvencionadas. Nos han vendido durante años una fe infantil en que podíamos prescindir de la realidad a golpe de eslogan verde, de reglamento apurado y de liturgia climática usada no para transformar con inteligencia, sino para desmantelar con precipitación. Se descuidó la inversión en refino, se despreciaron infraestructuras, se convirtió la seguridad energética en pecado semántico y se castigó cualquier debate serio bajo la acusación ritual de herejía. Ahora, cuando el mundo se tuerce y la geopolítica vuelve a hablar su idioma favorito, que es el de la fuerza y el suministro, descubrimos con gesto compungido que las sociedades modernas no se alimentan de hashtags.

Europa, por supuesto, llega a esta cita con el desastre como suele llegar a casi todo últimamente: tarde, moralista y desarmada. Desarmada militarmente, desarmada energéticamente, desarmada en términos de soberanía. Durante años se ha comportado como un señorito decadente que vende la vajilla de plata para seguir aparentando linaje. Renunció a palancas de poder, a la energía nuclear, rompió o consintió que rompieran vínculos esenciales con proveedores incómodos, se entregó a la dependencia exterior y confió en que el paraguas de otros sería eterno. Luego sucede lo de siempre: el paraguas no cubre tanto, el aliado mira antes por su bolsillo que por nuestras buenas intenciones, y nosotros nos quedamos tiritando en mitad de la tormenta mientras la Comisión emite notas de prensa con adjetivos nobles y soluciones miserables.

En el fondo, el problema europeo no es sólo económico. Es moral e intelectual. Nos hemos acostumbrado a vivir en una ficción administrativa donde bastaba con redactar una directiva, convocar una cumbre o anunciar una transición para que la realidad obedeciera. Pero la realidad no obedece. La realidad muerde. Y cuando muerde lo hace en forma de factura energética, de cierre de industrias, de pérdida de competitividad, de agricultores asfixiados por costes imposibles, de cadenas de producción interrumpidas y de ciudadanos que llegan al final del mes con la misma expresión que debieron de llevar los sitiados de una plaza vieja cuando el enemigo cortaba el suministro de agua. Menos épica, claro. Más hipoteca. Pero idéntica impotencia.

España contempla este panorama con la mezcla habitual de propaganda, oportunismo y negligencia estructural. Aquí llevamos años escuchando que todo va como un cohete, que somos poco menos que el jardín perfumado de la prosperidad continental, la reserva espiritual del crecimiento, el milagro económico con tapas y turismo. Y de repente, cuando el precio de la energía se retuerce, cuando las tensiones exteriores aprietan y cuando la inflación amenaza con regresar con botas claveteadas, aparece el argumentario de urgencia: la culpa es de la guerra, del contexto, de los malos de fuera, del planeta entero menos de quienes llevan años horadando la capacidad productiva del país con impuestos, subvenciones, maquillaje estadístico y una alarmante falta de visión.

La propaganda culpa a la guerra; la decadencia viene de antes

No seré yo quien niegue que una guerra en Oriente Medio desestabiliza la economía global. Sólo faltaba. Pero sería de una desvergüenza notable aceptar que todos nuestros males nacen ahora, como si antes viviéramos en la Arcadia feliz y de pronto hubiera irrumpido el apocalipsis por culpa exclusiva de cuatro locos con misiles. España arrastra desde hace mucho una debilidad profunda: industria menguante, dependencia exterior, sector primario cada vez más castigado, servicios hipertrofiados, gasto público creciente, empleo público utilizado como maquillaje y un modelo que confunde resistencia con prosperidad. La guerra no ha creado esas grietas. La guerra las ilumina con una luz más cruda.

Y mientras tanto, el ciudadano paga. Siempre paga. Paga el conductor, que observa cómo llenar el depósito vuelve a convertirse en una pequeña derrota doméstica. Paga el transportista, que sabe que cada subida del combustible es una dentellada en su margen ya famélico. Paga el agricultor, que no necesita leer editoriales grandilocuentes para comprender lo que significa encarecer fertilizantes, gasóleo y costes logísticos. Paga la industria, que ve cómo competir desde Europa se parece cada vez más a correr una maratón con un yunque atado al tobillo. Y paga, por supuesto, el ahorrador, ese personaje siempre olvidado, cuando la inflación reaparece y le recuerda que el dinero inmóvil es un soldado sin fusil en mitad del bombardeo.

Hay además un detalle que conviene no perder de vista. El shock energético nunca viaja solo. Viene acompañado de sus hermanos feos: tensión en la deuda, dudas sobre los tipos de interés, miedo en los mercados, estrechez crediticia, recelos entre inversores, alteraciones en el comercio y nerviosismo político. Vivimos en economías dopadas durante años con liquidez barata, con dinero fácil y con la superstición de que un banco central podía arreglarlo todo imprimiendo confianza a golpe de balance. Ahora, cuando la inflación amenaza de nuevo pero la economía no está para heroicidades monetarias, los guardianes del templo descubren que tienen menos margen del que presumían. Subir tipos puede romper cosas. No subirlos puede pudrir otras. Hermosa elección para quienes se creían dioses de la técnica.

Y en ese paisaje, el mundo vuelve los ojos hacia los viejos proveedores malditos, hacia los países a los que ayer se castigaba con fervor moral y hoy se mira de reojo con la urgencia de quien necesita combustible antes de que se pare la máquina. Esa es otra de las lecciones sucias de nuestra época: las sanciones son muy solemnes hasta que llega la escasez. Entonces la flota fantasma deja de ser fantasma, el petróleo incómodo empieza a parecer aceptable, el gas que no necesitábamos se vuelve de pronto imprescindible y las convicciones geopolíticas se aflojan como el nudo de una corbata al final de un banquete indecoroso. Lo llaman realismo. A mí me sigue pareciendo hipocresía de la vieja escuela.

No sé cuántas fichas más caerán. Esa era la idea del principio y sigue siéndolo ahora. Nadie lo sabe. Quizá el incendio se contenga antes de que el sistema entero entre en convulsión. Quizá se imponga la lógica mínima de la supervivencia y alguien decida que el precio a pagar ya es demasiado alto. O quizá no. Quizá estemos sólo en el principio de otra larga temporada de deterioro, con Europa encogiéndose, con Estados Unidos calculando sus intereses al milímetro, con Asia aprovechando cada rendija y con nosotros, los de siempre, pagando la ronda mientras nos cuentan que todo forma parte de un plan.

Lo que sí sé es que una semana de guerra dejó una enseñanza amarga para quien quisiera aprenderla. Las guerras de ahora no entran primero por los libros de historia, sino por la gasolinera, por el recibo, por la cesta de la compra y por el cierre de una fábrica que ya iba justa. Primero cae una ficha. Después otra. Luego otra más. Y mientras la mayoría discute sobre consignas, banderas y relatos prefabricados, la realidad sigue haciendo su trabajo paciente de verdugo.

Yo ya lo dije hace unos días en este blog. Alguien empuja la primera ficha del dominó y luego van cayendo las siguientes, pero nadie sabe cuántas fichas son ni hasta dónde llegará la caída. Hoy, viendo el precio de la gasolina, escuchando a los farsantes de siempre y observando a Europa caminar sonámbula hacia otro invierno de incertidumbre, sospecho que no hemos llegado ni a la mitad del recorrido. Y eso, me temo, es lo más inquietante de todo.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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