Hay algo profundamente repetitivo en las guerras. Uno podría pensar que cada conflicto es distinto, que cada guerra tiene sus propias causas y su propio paisaje de ruinas. Y en parte es cierto. Cambian los mapas, cambian los uniformes, cambian las banderas que ondean sobre los tanques. Pero hay una cosa que permanece casi intacta, como si alguien la hubiera guardado en un cajón del poder para sacarla cada vez que el mundo se pone serio: la propaganda.
Las guerras modernas no empiezan sólo cuando suena el primer disparo. Empiezan mucho antes, cuando alguien empieza a escribir el relato que las hará posibles. Ese relato se construye con palabras muy concretas, con frases capaces de despertar el miedo, la indignación o el orgullo colectivo. Y cuando el mecanismo funciona millones de paisanos acaban aceptando lo que apenas unas semanas antes habría parecido impensable.
Tras la carnicería de la Primera Guerra Mundial, un político británico llamado Arthur Ponsonby tuvo una de esas malas costumbres que a los gobiernos nunca les hacen demasiada gracia: mirar hacia atrás y revisar lo que se había contado durante el conflicto. Ponsonby empezó a recopilar historias que habían circulado por la prensa y por los discursos oficiales. Relatos sobre atrocidades, denuncias de barbaries del enemigo, afirmaciones solemnes que habían servido para convencer a millones de ciudadanos de que aquella guerra era necesaria. Con el paso del tiempo, muchas de aquellas historias resultaron ser exageraciones, manipulaciones o simples invenciones. En 1928 publicó un libro titulado Falsehood in War-Time, una especie de inventario de trampas y mentiras que habían acompañado a la Gran Guerra como una sombra inevitable.
Décadas más tarde, la historiadora belga Anne Morelli tomó aquellas observaciones y las destiló en algo todavía más inquietante: un decálogo. Diez principios sencillos que aparecen una y otra vez en casi todos los conflictos modernos. Cuando uno los lee con cierta calma, tiene la incómoda sensación de estar viendo el informativo —el parte, que diría mi abuela— de esta misma noche.
1. Nosotros no queríamos esta guerra
Toda guerra comienza con un gesto grave y una frase solemne. Nadie se presenta ante su población diciendo que ha decidido atacar por que le salió del níspero. Eso sería políticamente suicida. En lugar de eso, los dirigentes hablan de prudencia, de paciencia, de negociaciones interminables que supuestamente se han agotado.
El relato suele seguir un guion muy simple. Durante semanas o meses se insiste en que se han buscado todas las vías diplomáticas posibles. Que se ha dialogado hasta la extenuación. Que se ha intentado evitar el conflicto por todos los medios. Y finalmente llega la frase inevitable: no nos han dejado otra opción. Con esa simple afirmación la guerra queda moralmente justificada. Nosotros no somos agresores; somos víctimas de las circunstancias. La guerra no es una decisión política: es una obligación histórica.
2. El enemigo tiene la culpa de todo
Las guerras reales son complejas. Detrás de ellas hay intereses estratégicos, rivalidades económicas, disputas territoriales y una larga colección de errores políticos acumulados durante años. Pero todo eso es demasiado complicado para un titular. La propaganda necesita relatos simples. Así que el conflicto se reduce a una historia muy sencilla: el enemigo empezó todo y nosotros respondemos. De repente la guerra deja de ser un problema geopolítico y se convierte en un cuento moral. Un cuento donde hay buenos y malos. Y donde, casualmente, nosotros siempre ocupamos el lado luminoso del tablero.
3. El monstruo al otro lado del mapa
Las guerras modernas tienen una curiosa obsesión por los villanos. No basta con tener un enemigo; hay que personificar el mal. Así que el relato suele concentrarse en una figura concreta: el líder adversario. Ese personaje aparece descrito como un tirano imprevisible, un paranoico con delirios de grandeza o un fanático dispuesto a incendiar el mundo. La propaganda sabe muy bien lo que hace. El ser humano entiende mejor las historias que tienen rostro. Así la guerra deja de ser entre Estados o intereses estratégicos y se convierte en una especie de cruzada contra un individuo.
4. Nuestra causa siempre es noble
En la historia: nadie va a la guerra por interés. Al menos, nadie lo reconoce. Las guerras siempre se libran por valores sublimes. Se habla de libertad, de democracia, de derechos humanos o de seguridad global. Palabras grandes, solemnes, que suenan muy bien en los discursos y todavía mejor en los titulares. Lo divertido —si uno puede usar esa palabra hablando de guerras— es que todos los bandos dicen exactamente lo mismo. Cada uno asegura estar defendiendo la civilización mientras acusa al adversario de representar la barbarie. Y así la guerra se transforma en algo mucho más cómodo para la conciencia colectiva: una cruzada moral.
5. Las atrocidades del enemigo
En toda guerra aparecen historias que provocan indignación moral. Relatos de atrocidades cometidas por el enemigo que circulan como un reguero de pólvora en medios de comunicación y las conversaciones de café. Algunas de esas historias son reales. Otras están exageradas. Y otras, como demostró el trabajo de Ponsonby, fueron simplemente inventadas.
Durante la Primera Guerra Mundial circularon relatos sobre soldados que supuestamente mutilaban niños o cometían barbaridades inimaginables. Con el paso del tiempo, muchas de esas historias se demostraron falsas, pero para entonces ya habían cumplido su función. Habían logrado algo fundamental para cualquier guerra: convencer a la población de que el enemigo era un monstruo.
6. Armas prohibidas y otras barbaridades
Otra constante de la propaganda bélica consiste en acusar al adversario de utilizar métodos inhumanos. Armas ilegales, ataques contra civiles o violaciones sistemáticas del derecho internacional. La lógica es sencilla. Si el enemigo es capaz de saltarse todas las reglas, entonces cualquier cosa que se haga contra él parece justificable. La guerra deja de ser una confrontación militar para convertirse en una lucha contra la barbarie.
7. Las bajas que no se cuentan
Toda guerra tiene muertos, pero la propaganda siempre intenta que los muertos propios pesen menos que los del adversario. Por eso los comunicados oficiales hablan de avances constantes, de operaciones exitosas y de pérdidas limitadas. Mientras tanto, las bajas del enemigo aparecen multiplicadas hasta el infinito. No es casualidad. La guerra necesita algo tan importante como los misiles o la logística: la moral de la población.
8. Cuando la cultura se suma al desfile
En algún momento del conflicto empiezan a aparecer manifiestos. Escritores, artistas, científicos o celebridades firman textos de apoyo a la causa nacional. La idea es simple: no es sólo el gobierno quien respalda la guerra, es toda la sociedad. Cuando la cultura se alinea con el discurso político, el conflicto deja de parecer una decisión discutible y se transforma en algo inevitable.
9. La guerra como misión sagrada
Con el tiempo, el discurso suele elevarse todavía más. La guerra deja de ser una operación militar y se convierte en una misión histórica. Se habla de salvar la civilización, de proteger el futuro del mundo o de defender los valores de la humanidad. El lenguaje empieza a adquirir un tono casi religioso. Y cuando algo se vuelve sagrado, cuestionarlo empieza a parecer sacrilegio.
10. El sospechoso de siempre: quien duda
El último paso de este decálogo es quizá el más delicado. Cuando la propaganda ha hecho su trabajo, el margen para el disenso empieza a estrecharse. Quienes cuestionan el relato oficial pasan a ser sospechosos. No siempre se les acusa abiertamente de traición, pero se insinúa que su actitud favorece al enemigo o debilita la moral nacional. Así se crea un clima en el que el debate se vuelve incómodo. Y cuando el debate desaparece, la propaganda queda libre para hacer su trabajo.
El decálogo que sigue respirando en las guerras de hoy
Lo inquietante de este decálogo es que no pertenece a un país concreto ni a una ideología determinada. Describe un mecanismo universal que aparece una y otra vez a lo largo de la historia. Cambian los uniformes, cambian los mapas, cambian los nombres de las ciudades bombardeadas. Pero el relato sigue utilizando el mismo guion.
Hoy, en pleno siglo XXI, ese mecanismo funciona incluso mejor que hace cien años. Ya no depende sólo de los periódicos o de la radio. Ahora circula por redes sociales, por vídeos virales, por tertulias televisivas y por ese torrente inagotable de titulares que nos atraviesan cada día la pantalla del teléfono.
Y si uno observa con cierta distancia lo que está ocurriendo en Occidente con la guerras de Irán y Ucrania resulta difícil no reconocer algunos de esos viejos mecanismos funcionando a pleno rendimiento. No se trata de negar la agresión rusa ni de blanquear el régimen iraní. Sería absurdo. Pero sí de reconocer algo que cualquiera con un mínimo de memoria histórica debería sospechar: la información que recibimos no es neutral.
Nos llegan relatos cuidadosamente seleccionados, imágenes que encajan perfectamente en un guion moral donde todo está muy claro: quién es el villano, quién es la víctima y qué papel nos corresponde a nosotros en esa historia. Los matices desaparecen. Las zonas grises se esfuman. Y el conflicto se presenta como una película de buenos y malos donde el espectador tiene asignado su lugar desde el primer minuto.
Mientras tanto, los datos incómodos, las contradicciones o los errores propios se diluyen en el ruido informativo. No desaparecen del todo, pero quedan enterrados bajo toneladas de titulares que repiten el mismo esquema narrativo. Y ahí es donde el viejo decálogo de Ponsonby y Morelli vuelve a adquirir sentido. No porque explique quién tiene razón en cada guerra —eso suele ser mucho más complejo— sino porque nos recuerda algo fundamental: cuando los gobiernos entran en guerra, también entra en guerra el relato.
Por eso conviene escuchar los discursos de guerra con una ceja ligeramente levantada. No para caer en el cinismo, ni para negar la existencia de agresores y víctimas, sino para evitar que nos conviertan en figurantes de una historia que alguien ya ha escrito por nosotros.
Porque cuando la propaganda empieza a hablar demasiado alto, suele ser señal de que alguien está intentando que dejemos de pensar. Y cuando una sociedad deja de pensar, la guerra lo tiene todo mucho más fácil.
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