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Los gigantes de Meco

A veces el arte aparece donde uno menos lo espera. No en los museos solemnes ni en las salas silenciosas donde el visitante camina con aire trascendente, sino en medio de un paseo cualquiera, entre pinos y caminos por donde antes circulaban coches. Eso me ocurrió hace poco en Meco, mi pueblo, cuando al levantar la vista en el nuevo paseo peatonal me encontré con siete gigantes de acero que parecían haber escapado del escritorio de un arquitecto. Son flexos. Sí, flexos. Pero de un tamaño tan descomunal que, si Don Quijote hubiera pasado por allí, estoy seguro de que habría empuñado la lanza convencido de que los gigantes habían vuelto a la Mancha.

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Hay lugares que cambian con el tiempo de manera tan natural que apenas se nota. Donde antes había un camino de tierra aparece una acera, donde había un descampado aparece un parque y donde antes corría una carretera, con su ruido de motores y su prisa constante, ahora aparece un paseo peatonal por el que la gente camina con tranquilidad. Eso ha ocurrido en Meco. El tramo que durante años fue carretera es hoy un paseo amable, flanqueado por el pinar y por las instalaciones deportivas, un lugar que invita a caminar despacio mientras uno deja que la cabeza se airee entre los árboles. Y fue precisamente caminando por allí cuando me encontré con algo que, reconozco, me dejó un instante parado, con esa mezcla de sorpresa y desconcierto que provoca el arte contemporáneo cuando decide irrumpir en medio del paisaje sin pedir permiso.

Porque allí, alineados a lo largo del paseo como si fueran centinelas metálicos, se levantan siete flexos gigantes. No exagero. Flexos. De esos que todos hemos tenido alguna vez sobre una mesa de estudio o sobre un escritorio, esas lámparas articuladas que uno mueve arriba y abajo buscando la posición exacta para que la luz caiga justo sobre el libro, el papel o el teclado. Solo que estos flexos de Meco han crecido hasta alcanzar una escala casi fantástica. Son esculturas monumentales de acero, robustas, sólidas, con sus brazos articulados y su cabeza inclinada hacia el camino, como si observaran a los caminantes con la curiosidad silenciosa de los objetos que de pronto cobran vida.

El conjunto escultórico tiene un nombre que suena solemne, casi romano: Luminis Vestis. El nombre, hay que reconocerlo, tiene cierta poesía. Pero aun así uno no puede evitar preguntarse qué demonios hace un grupo de flexos gigantes en medio del pinar de Meco. No es que molesten, ni mucho menos. Al contrario: tienen algo hipnótico. Pero cuesta encontrarles un encaje inmediato con la historia del lugar, con esa memoria del pueblo que mezcla siglos de vida rural, caminos antiguos, iglesia y campos que durante generaciones alimentaron a quienes vivían aquí.

Y sin embargo, ahí están. Siete gigantes. Observando el paseo. Iluminando el camino cuando cae la noche.

Siete flexos gigantes han aparecido EN Meco: no sé si es arte o una travesura estética, pero desde luego gigantes… lo son

Confieso que el arte contemporáneo y yo mantenemos desde hace tiempo una relación complicada. No porque uno esté en contra del arte moderno sino porque a veces me cuesta encontrar la puerta de entrada a ciertas obras. Me ocurrió, por ejemplo, la primera vez que me planté delante del cuadro “Verde sobre morado” que cuelga en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Allí estaba yo, frente al lienzo, intentando encontrar el sentido profundo que sin duda el autor había depositado en esa combinación de colores. Lo miré con atención, ladeé la cabeza como hacen los expertos, incluso leí la explicación que suele acompañar a estas obras. Pero nada. Aquello seguía siendo para mí, obstinadamente, un verde sobre un morado. Tal vez el problema sea mío. Quizá mi sensibilidad artística esté más cómoda con Velázquez o con Goya que con ciertas corrientes contemporáneas. O quizá, simplemente, el arte moderno a veces disfruta dejando al espectador con cara de póker.

Con los flexos de Meco me ocurrió algo parecido. La primera reacción fue de sorpresa. La segunda, de curiosidad. Y la tercera, de ese leve desconcierto que produce lo inesperado. Pero hay que reconocer que, una vez superado el primer impacto, estos gigantes tienen algo que los hace memorables. Están fabricados en acero, lo que les da una presencia sólida y una estabilidad que permite incorporar luminarias de gran potencia. De día funcionan como esculturas urbanas, piezas que llaman la atención por su escala desproporcionada y por la fidelidad con la que reproducen la forma clásica del flexo doméstico. Pero de noche ocurre algo distinto. Entonces las luminarias se encienden y el paseo queda iluminado por esos grandes focos inclinados que parecen vigilar el camino como si fueran criaturas metálicas salidas de una novela de ciencia ficción.

Tal vez para entender el sentido de estos gigantes convenga recordar que el flexo no es un objeto cualquiera. Su historia comienza en la década de 1930, cuando el ingeniero británico George Carwardine desarrolló un sistema de muelles y articulaciones que permitía mantener el equilibrio de una lámpara en diferentes posiciones. De ese ingenio técnico nació la famosa lámpara Anglepoise. Pocos años después (1937), Jacob Jacobsen adquirió la patente y dio una vuelta de tuerca al diseño para concebir la Luxo L-1, un diseño que con el tiempo se convertiría en icono del diseño industrial del siglo XX. El secreto estaba en el equilibrio perfecto entre funcionalidad y elegancia mecánica. Una lámpara capaz de moverse libremente y quedarse justo donde el usuario la necesitaba. Durante décadas, el flexo fue el compañero inseparable de estudiantes, arquitectos, dibujantes y escritores. Era la luz concentrada sobre el trabajo, la pequeña luna artificial que iluminaba las horas de estudio o de creación.

Quizá por eso alguien decidió convertir ese objeto cotidiano en escultura monumental. Tomar algo tan familiar como un flexo y multiplicarlo hasta convertirlo en un gigante urbano. El arte contemporáneo tiene esa costumbre: coger objetos comunes y darles una escala inesperada para obligarnos a mirarlos de otra manera. De pronto el objeto deja de ser funcional y se convierte en símbolo. Ya no es una lámpara. Es una pregunta.

Y lo curioso es que, al final, estos gigantes acabaron colándose también en la literatura local. En la última edición del concurso MicroMeco no pude resistirme a escribir una historia inspirada en ellos. Imaginé a Don Quijote llegando al paseo al amanecer, con Rocinante avanzando despacio y Sancho tratando de entender qué demonios era aquella criatura de hierro que levantaba su brazo sobre el camino. En mi microrrelato, el hidalgo ve en el flexo un gigante que pretende engañar a los mortales con su falsa luz. Sancho intenta explicarle que no es un gigante sino un artefacto moderno colocado allí para hermosear el lugar. Pero ya sabemos cómo acaban estas discusiones. Don Quijote espolea a Rocinante y carga contra el coloso mientras proclama su desafío.

Quizá ahí esté la gracia de estos gigantes de acero. No necesitan que uno los entienda del todo. Basta con que provoquen una reacción. Que hagan que el caminante se detenga un momento. Que alguien saque el móvil y les haga una foto. Que otro frunza el ceño intentando descifrar el sentido del asunto. O que un viejo lector de Cervantes imagine al caballero de la triste figura enfrentándose a ellos con la lanza en ristre.

¿Encajan con la historia de Meco? No estoy seguro. Pero sí sé que ya forman parte del paisaje. Los niños los miran con curiosidad, los paseantes comentan la jugada y los vecinos discuten si aquello es arte o una extravagancia municipal. Y tal vez esa discusión sea precisamente el verdadero triunfo de la obra. Porque el arte que no provoca nada se vuelve invisible, mientras que el arte que despierta preguntas se queda en la memoria.

Al final, cuando cae la noche y las luminarias se encienden, esos siete gigantes inclinan su cabeza metálica sobre el paseo y bañan el camino con su luz. Y entonces uno comprende que, más allá de teorías artísticas, debates municipales o discusiones de bar sobre lo que es arte y lo que no, esos flexos gigantes hacen exactamente lo mismo que hacía el humilde flexo de cualquier escritorio: arrojar un poco de luz sobre el lugar donde alguien intenta entender mejor el mundo.

Y quién sabe. Quizá dentro de muchos años, cuando alguien pregunte por esos gigantes del paseo de Meco, algún vecino responderá con una sonrisa: “Ah, sí… aquellos flexos enormes. Los que hicieron creer a más de uno que Don Quijote seguía cabalgando por aquí”. Mientras tanto, la cosa queda abierta. Si han pasado por ese paseo, si han caminado bajo la luz de estos colosos metálicos o si se han quedado mirándolos con la misma cara de interrogación que puse yo la primera vez, cuéntenlo. Den su opinión. Porque igual resulta que los flexos tienen un sentido profundísimo que a mí se me escapa. Y tampoco sería la primera vez que el arte moderno deja a un servidor rascándose la cabeza mientras el resto del mundo asiente convencido.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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