Durante mucho tiempo en esta vieja piel de toro se instaló una idea bastante cómoda: que la guerra era cosa de otros. Algo que ocurría en mapas lejanos, en países con nombres impronunciables y fronteras cambiantes, mientras nosotros seguíamos discutiendo sobre asuntos más presentables en el salón de la política doméstica. Los ejércitos, según aquel relato repetido durante años con la convicción de un catecismo civil, eran poco menos que una reliquia incómoda heredada de tiempos más broncos. Algo que había que mantener por compromiso internacional, sí, pero sin demasiado entusiasmo ni convicción estratégica. Cada euro invertido en defensa parecía un euro arrancado a causas más nobles y más rentables en términos electorales, y así fue asentándose esa especie de optimismo antropológico según el cual Europa, al fin, había domesticado la historia.
El problema es que la historia rara vez acepta ese tipo de domesticaciones. Mientras aquí discutíamos sobre si los ejércitos eran necesarios o no, el mundo seguía funcionando con la misma lógica que ha guiado a las potencias desde que el ser humano descubrió que el hierro podía afilarse y volar. Rusia invadía Ucrania, Oriente Próximo continuaba ardiendo con la regularidad de una hoguera que nunca termina de apagarse, China movía sus piezas con paciencia milenaria y Estados Unidos recordaba periódicamente que la seguridad, al final del día, siempre depende de la capacidad y la voluntad de ejercerla. Y en medio de ese escenario global cada vez más turbulento ha ocurrido algo que parece haber encendido la bombilla en algún lumbreras en despacho oficial: quizá España debería empezar a tomarse en serio eso de fabricar su propia tecnología militar.
El detonante mental —si se me permite la metáfora— parece haber llegado en las últimas semanas con las tensiones en Oriente Próximo y la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán. Cuando uno observa cómo vuelan los misiles sobre el desierto, cómo los sistemas de defensa aérea intentan interceptarlos en el cielo y cómo la tecnología militar decide en cuestión de segundos el destino de ciudades —con sus paisanos— enteras, empieza a comprender que depender exclusivamente de la industria de otros países puede ser una estrategia bastante ingenua. Y en ese momento alguien en algún lugar del Ministerio de Defensa parece haber levantado la mano y planteado una pregunta bastante elemental: ¿y si España también pudiera fabricar sus propios misiles?
La pregunta llega tarde, pero al menos llega. Durante décadas España ha participado en programas industriales europeos de defensa, sí, pero casi siempre como socio secundario. Fabricábamos piezas, aportábamos ingeniería, desarrollábamos subsistemas… pero el corazón de los grandes sistemas solía estar fuera. Ahora empieza a hablarse con cierta seriedad de ampliar la base tecnológica e industrial española en el ámbito de las municiones guiadas, algo que hasta hace poco parecía reservado a las grandes potencias tecnológicas.
España pasa de considerar innecesario el ejército a invertir miles de millones en armamento
El movimiento más visible en esa dirección es la alianza anunciada entre Indra y la empresa alemana Diehl Defence para desarrollar sistemas de defensa aérea multicapa en España destinados, entre otros objetivos, al Ejército de Tierra. El acuerdo busca combinar las capacidades de Indra en radares, sensores y sistemas de mando y control con la experiencia de Diehl en misiles como el IRIS-T. Dicho de manera menos técnica, se trata de unir el cerebro y los ojos españoles con los dientes alemanes para construir una arquitectura capaz de detectar amenazas en el cielo y neutralizarlas antes de que caigan sobre nuestras cabezas. Y aunque el proyecto sea europeo, lo relevante es que por primera vez en mucho tiempo España intenta situarse algo más cerca del centro de esa tecnología que de su periferia.
Indra, por cierto, se ha propuesto asumir un papel protagonista en esta historia. Hace apenas un año anunció la creación de una división dedicada al desarrollo de armamento y municiones, algo que hasta entonces no formaba parte de su ADN empresarial. La compañía, tradicionalmente centrada en radares, sensores y sistemas electrónicos complejos, ha decidido que el futuro también pasa por drones, sistemas antidron y munición merodeadora. Es decir, por esa nueva generación de cachivaches voladores autónomos, teledirigidos y con bastante mala hostia tecnológica que se han convertido en protagonistas de los conflictos modernos. Junto a Indra aparecen otros actores nacionales como Escribano Mechanical & Engineering, aportando ese inevitable acento patrio a la industria del matarile tecnológico.
Pero quizá el símbolo más interesante de este cambio de mentalidad no esté en los grandes acuerdos industriales, sino en proyectos mucho más modestos que empiezan a surgir dentro del ecosistema tecnológico español. Uno de ellos es el Fox I, un micromisil desarrollado por la empresa andaluza Aertec que aspira a convertirse en el primero diseñado íntegramente en España. El artefacto pesa apenas tres kilos y está pensado para ser lanzado desde drones tácticos contra objetivos ligeros. Nada espectacular si se compara con los grandes misiles de defensa aérea que dominan el mercado internacional, pero lo suficientemente complejo como para demostrar que existe capacidad tecnológica nacional para entrar en ese terreno. En el proyecto participa además Instalaza, responsable de la cabeza de guerra, y la propia Aertec ya ha dejado caer que en el futuro podría plantearse desarrollar proyectiles de mayor tamaño.
Todo esto ocurre, por supuesto, mientras España anuncia con entusiasmo programas de defensa que suman miles de millones de euros. Radares navales para la flota, nuevos submarinos, corbetas, aviones de combate, helicópteros, drones y sistemas de defensa aérea aparecen en los titulares con una frecuencia que habría resultado impensable hace apenas una década. Pero conviene recordar algo que en medio de esta fiebre armamentística suele olvidarse: esos miles de millones no salen del aire ni del bolsillo personal del Consejo de Ministros. Salen de su bolsillo y del mío. Salen de los impuestos que pagamos cada año, de partidas presupuestarias que se recortan o se redistribuyen, de decisiones políticas que trasladan dinero de un sitio a otro con mayor o menor elegancia contable. De modo que cuando vuelva a escuchar el viejo mantra según el cual sus impuestos se destinan fundamentalmente a sanidad y educación recuerde que también financian radares navales, helicópteros de combate, misiles interceptores, drones armados y, como siempre ocurre cuando el dinero público empieza a circular con cierta alegría, alguna que otra señorita de vida disipada, a beneficio del político rumboso.
Ahora bien, si en algo hemos estado atentos en España durante décadas ha sido en la construcción de barcos guerreros. Ahí sí que podemos presumir de tradición. La empresa Navantia, heredera de los viejos astilleros militares, ha construido fragatas, corbetas y los famosos submarinos de la serie S-80, esos submarinos que durante años protagonizaron más de una broma nacional por sus problemas iniciales de diseño pero que finalmente han terminado convirtiéndose en uno de los programas industriales más ambiciosos de la defensa española. Hoy algunos de esos submarinos ya se bañan en el mar —bueno, alguno en el mar, otro todavía en una gran pecera tecnológica y otros dos esperando su turno—, pero lo cierto es que se trata de un desarrollo fundamentalmente propio, con el inevitable permiso de cierta tecnología estadounidense que siempre aparece cuando uno se adentra en las profundidades de la ingeniería naval moderna.
Y sin embargo, si uno observa con calma el panorama internacional, la conclusión empieza a resultar evidente incluso para los más optimistas: en el mundo que viene, los misiles se han convertido en la moneda estratégica del poder. No hablamos sólo de pequeños proyectiles tácticos como el Fox I, sino de sistemas con alcance suficiente para proyectar fuerza a larga distancia. Misiles capaces de recorrer dos mil, tres mil o cinco mil kilómetros si fuera necesario, porque nunca se sabe —viendo cómo se comporta el planeta— dónde puede tocar escabechar llegado el caso. Es una realidad incómoda, pero cada vez más evidente en un mundo donde la geopolítica vuelve a hablar el lenguaje del alcance y la disuasión.
De hecho, en estos días he escuchado a algún dirigente extranjero deslizar una idea que empieza a circular con inquietante naturalidad: que ningún país está realmente a salvo si no dispone de armamento nuclear. Curiosa reflexión que, escuchada hoy en boca de líderes contemporáneos, recuerda inevitablemente algo que ya se dijo en España hace muchas décadas. Lo decía un tal Franco cuando impulsó aquel malogrado proyecto nuclear español conocido como Islero, convencido de que en el tablero internacional nadie respetaba demasiado a quien no podía responder con la misma moneda.
En cualquier caso, lo verdaderamente interesante de todo este proceso no es un misil concreto ni un programa industrial específico, sino el cambio de mentalidad que parece empezar a asomar. Durante demasiado tiempo España vivió instalada en una especie de ingenuidad estratégica que suponía que la paz era permanente y que la defensa podía delegarse tranquilamente en otros. El mundo ha demostrado que esa suposición era, como mínimo, optimista. Y quizá por eso alguien en algún despacho oficial ha decidido finalmente hacer una pregunta bastante lógica: si vamos a gastar miles de millones en armamento, ¿por qué no fabricar al menos una parte aquí?
La bombilla, como tantas otras cosas en este país, se ha encendido tarde y con ese leve chisporroteo que suele acompañar a nuestras iluminaciones colectivas. Pero al menos se ha encendido, que ya es algo. Y viendo cómo surcan el cielo los misiles en otras latitudes, cómo las guerras modernas se deciden entre radares, satélites y acero guiado, tampoco parece una mala idea llegar a esa conclusión antes de que sea demasiado tarde. Porque si algo enseña la historia es que la paz, por muy hermosa que suene en los discursos, rara vez se sostiene sólo con buenas palabras y banderas blancas. A veces necesita radares atentos, barcos guerreros, misiles bien afinados… y también satélites que hagan su trabajo allá arriba sin la mala costumbre de fracasar en el intento o perderse. Y, sobre todo, la fría determinación de que todo ese arsenal no está ahí únicamente para hacer bonito en los desfiles.


















