Hoy me levanto con ese peso dulce y áspero que deja la memoria cuando uno la sacude, ese poso que no es tristeza del todo ni nostalgia completa, sino algo intermedio que se instala en el pecho y no se va. Es el Día del Padre, dicen, como si hiciera falta una fecha en el calendario para acordarse de quienes nos enseñaron a caminar sin pedir nada a cambio, pero la hay, y la respeto, porque hay días en los que conviene detenerse, mirar atrás sin miedo y ajustar cuentas con uno mismo.

Mi padre ya no está. Hace años que se fue. Eso dicen los hechos, los papeles, la lápida. Pero es una verdad incompleta, porque en realidad sigue aquí, incrustado en la forma en la que miro el mundo, en la manera en la que afronto los problemas y en ese gesto casi automático de apretar los dientes cuando vienen mal dadas. Está en esa voz interior que aparece cuando todo se tambalea y que, sin levantar el tono, te dice lo que tienes que hacer. A los padres se les entierra dos veces, una en la tierra y otra en el olvido, y yo me niego a lo segundo.

Recuerdo sus manos, manos trabajadas que hablaban sin palabras y que llevaban escrita una vida entera de esfuerzo, responsabilidad y silencios bien llevados. Con ellas me sostuvo cuando era niño y con ellas me soltó cuando tocaba aprender a caer, porque un padre no está para evitarte el golpe, sino para enseñarte a levantarte, a sacudirte el polvo y seguir adelante. Y eso, en los tiempos que corren, parece casi un acto de rebeldía.

Vivimos en una época extraña en la que la figura del padre se ha ido diluyendo entre consignas y prejuicios, reducida a caricatura, a estereotipo fácil, a ese machirulo del que tanto gusta hablar a quienes nunca han entendido lo que significa ser padre de verdad. Y en esa tarea de desgaste no faltan políticos de cerebro escaso y biografía emocional, digamos, poco ejemplar, empeñados en diluir lo que no comprenden, como si rebajando la figura del padre pudieran reescribir la realidad a golpe de discurso. Se ha instalado una sospecha constante, como si la paternidad tuviera que pasar por ventanilla para justificar su existencia, y por si fuera poco hay quien pretende rebautizar el Día del Padre como el día de la persona especial, obedeciendo a sus aviesas intenciones de diluir lo que no entienden y erosionar, a golpe de consigna, la figura del padre y, de paso, la de la madre y la de la familia entera. Y por rematar la faena, no hace tanto que alguna ministra de España se atrevió a decir que los hijos no son de los padres, entiéndase, para los poco avisados, del padre y de la madre, confundiendo de forma grosera lo que significa ese vínculo, porque ser padre o madre no es una cuestión de propiedad, sino de responsabilidad, de enseñanza, de guía y de camino. Como si los hijos brotaran por generación espontánea; sin duda serán de viento, como dijo otro iluminado que tuvimos por estos lares y que aún sigue dando por retambufa. A esos, con todos los respetos que no merecen, lo mejor es mandarlos a pastar bien lejos.

Porque conviene decirlo alto y claro, esto no va de sustituir una figura por otra ni de enfrentar papeles que son complementarios. Un padre no compite con una madre. La madre es el otro pilar, esto se reparte al cincuenta por ciento, y también tiene su día, como es justo, porque sin ese equilibrio la estructura se resiente. Lo que se pretende erosionar no es sólo al padre, sino el propio armazón de la familia.

El padre, cuando es padre de verdad, es el que está cuando nadie mira, el que sostiene sin hacer ruido, el que carga con lo que no le corresponde porque entiende que la vida no siempre es justa, pero sí exige responsabilidad. Es el que pone orden cuando todo tiende al caos, el que marca límites cuando lo fácil sería dejarlos caer, el que dice que no cuando todos esperan un sí, el que aporta dirección cuando uno no sabe dónde va y firmeza cuando todo alrededor es blando. Y, sobre todo, aporta ejemplo, ese intangible que no se enseña en los libros pero que se transmite sin necesidad de palabras, porque al final no aprendemos de lo que nos dicen, sino de lo que vemos.

Yo aprendí viendo. Viendo cómo se levantaba cada día sin excusas, cómo cumplía aunque nadie aplaudiera, cómo asumía sus errores sin buscar culpables y cómo defendía la dignidad incluso cuando la vida apretaba. Aprendí que la palabra tiene peso, que el esfuerzo no es negociable y que hay cosas que no se venden bajo ningún concepto. Eso no te lo enseñan los libros, eso te lo enseña tu padre.

Claro que no todos los padres son iguales, como tampoco lo son las madres ni los hijos. Hay padres ausentes, irresponsables, dañinos incluso, y sería absurdo negarlo. Pero utilizar esos casos para desacreditar la figura del padre en su conjunto es tan torpe como injusto, tan simplista como peligroso, como renegar del mar porque existe la tormenta.

Un buen padre no necesita aplausos ni pancartas. Su trabajo se mide en silencio, en el largo plazo, en hijos que saben sostenerse en pie, que no se derrumban al primer golpe y que entienden que la vida no es justa, pero merece la pena. Y eso es una obra de ingeniería emocional de primer nivel, aunque no cotice ni genere titulares.

En los últimos años se ha querido vaciar su papel, convertirlo en algo decorativo, prescindible, casi anecdótico. Error. Porque cuando se desmontan los pilares, la casa se resiente, y la familia sigue siendo la primera trinchera donde se aprende a vivir. Y en esa trinchera, el padre importa.

Importa su presencia, su ausencia, sus aciertos y sus errores. Yo no idealizo al mío. No era perfecto, pero era el mío, y con eso bastaba. Me enseñó a mirar de frente y a distinguir entre derrotas dignas y victorias vergonzosas, a entender que la vida se juega en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que no sale en las fotos.

Hoy lo echo de menos como se echa de menos lo esencial, sin ruido pero con una certeza firme. La vida es mejor cuando uno ha tenido un padre que estuvo a la altura, no en lo extraordinario, sino en lo diario, en ese territorio silencioso donde se construyen las personas.

Y quizá por eso, esta mañana, mi hija me ha felicitado por WhatsApp con un mensaje breve, directo, suficiente para removerlo todo y hacerme entender que el hilo no se ha roto, que sigue ahí, tensado entre generaciones. Y esta noche, cuando vuelva de trabajar, celebraremos este día como merece, en familia, sin artificios, con la tranquilidad de que lo importante sigue en pie.

He sonreído al leer su mensaje. Y quiero pensar que el mío también lo habría hecho.

Porque un padre no se va nunca. Sólo cambia de lugar.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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