En 2022 el metaverso era inevitable. No probable, no posible: inevitable. Lo decían las grandes tecnológicas, lo repetían las consultoras, lo amplificaban los gurús digitales, los blogueros de mediopelo —como un servidor— y lo compraban, por miedo a quedarse fuera, empresas, administraciones públicas y hasta universidades. Si uno escuchaba aquel discurso, la conclusión era clara: en pocos años trabajaríamos dentro de mundos virtuales, tendríamos oficinas virtuales, compraríamos en tiendas virtuales y nos relacionaríamos en plazas virtuales. El mundo físico quedaría como una especie de escenario secundario, una molestia logística entre conexión y conexión.

Recuerdo bien aquella época porque el metaverso no se presentaba como una herramienta, sino como un destino. Era la siguiente frontera, la nueva economía, la próxima revolución. Había quien compraba terrenos virtuales como quien compra fincas en el Monopoly, había marcas vendiendo ropa para avatares, había bancos abriendo sucursales en mundos digitales y había políticos hablando de oficinas municipales en el metaverso, lo cual ya debería habernos dado una pista de que aquello quizá no iba a terminar del todo bien, porque cuando la administración pública llega a una revolución tecnológica antes de que exista el modelo de negocio, suele significar que alguien está vendiendo humo en cantidades industriales.

Pero el relato era poderoso. Muy poderoso. Se hablaba de que el metaverso sería el sucesor de internet, que allí vivirían mil millones de personas, que movería cientos de miles de millones de dólares, que cambiaría la educación, la medicina, la arquitectura, el turismo y hasta la forma de enamorarse. Y mientras tanto, en el mundo real, la gente seguía usando el móvil para mandar audios de WhatsApp, ver vídeos de gatos y discutir en Twitter. Pero eso no importaba, porque la historia que se estaba contando era demasiado buena como para estropearla con la realidad.

Mundos vacíos, avatares sin piernas

Luego vino la realidad, que siempre llega sin hacer ruido pero con una puntualidad suiza. Resulta que la gente no tenía demasiadas ganas de ponerse un casco de 500 euros para asistir a una reunión en una oficina virtual con gráficos que parecían sacados de un videojuego de hace quince años. Resulta que la experiencia era curiosa cinco minutos, media hora como mucho, pero no lo suficiente como para trasladar allí la vida entera. Resulta que trabajar ocho horas con un casco puesto no era el sueño de nadie. Y resulta, sobre todo, que en muchos de aquellos mundos virtuales no había nada interesante que hacer.

Ese fue probablemente el mayor problema del metaverso: era una solución espectacular en busca de un problema que no existía. La gente no estaba pidiendo vivir en un mundo virtual. Esa idea nació en los despachos de Silicon Valley y se intentó imponer al resto del planeta mediante presentaciones, vídeos promocionales y ese tono mesiánico tan característico de la industria tecnológica cuando cree haber inventado el futuro.

Horizon Worlds, la gran apuesta de Meta, se convirtió con el tiempo en el símbolo involuntario de todo aquello: mundos medio vacíos, experiencias mediocres, usuarios que entraban una vez y no volvían. Y al final, después de más de 70.000 millones de dólares invertidos, Meta ha terminado cerrando Horizon Worlds en realidad virtual. El gran escaparate del metaverso ha terminado convertido en una simple aplicación móvil. El metaverso sin realidad virtual. Hay epitafios más largos, pero no más irónicos.

Entonces llegó la inteligencia artificial

Y mientras todo ese castillo virtual se iba desinflando poco a poco, casi sin que nadie se diera cuenta, apareció otra tecnología que no prometía mundos de colores ni avatares sonrientes, pero que empezó a hacer algo mucho más peligroso: empezó a ser útil de verdad.

La inteligencia artificial no te pedía que te pusieras un casco. No te pedía que abandonaras el mundo real. No te pedía que compraras una casa que no existe. La inteligencia artificial se sentó en tu ordenador, en tu móvil, en tu trabajo, y empezó a escribir textos, a programar, a diseñar, a traducir, a analizar datos, a crear imágenes, a resumir informes y a hacer en minutos cosas que antes llevaban horas.

Mientras el metaverso prometía cambiar la vida, la inteligencia artificial empezó a cambiar el trabajo

Mientras el metaverso prometía cambiar la vida, la inteligencia artificial empezó a cambiar el trabajo. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas: las promesas cambian titulares, pero las herramientas que te hacen más productivo cambian la economía.

Dicho de otra manera: la IA no parecía tan espectacular como el metaverso, pero era infinitamente más peligrosa, más transversal y más rentable. Y cuando el dinero y la utilidad entran en una habitación, el marketing sale por la ventana.

Es muy posible que dentro de unos años, cuando se estudie esta época, se diga que no fue que el metaverso fracasara, sino que fue devorado por algo más grande, más rápido y más útil: la inteligencia artificial. Mientras unos intentaban vender parcelas en mundos virtuales, otros estaban construyendo máquinas que escriben, calculan, diseñan y piensan. Y entre comprarse unas gafas para tener una reunión con un avatar o usar una IA que te hace el trabajo en la mitad de tiempo, la mayoría de la gente y de las empresas tuvo bastante claro qué camino elegir.

Una lección interesante sobre el futuro

Toda esta historia deja una lección interesante. Durante años se repitió que quien no entendiera el metaverso no entendía el futuro. Hoy el metaverso está en retirada y la inteligencia artificial está en todas partes. Esto no significa que la realidad virtual vaya a desaparecer; tiene aplicaciones muy útiles en formación, simulación, medicina, ingeniería o videojuegos. Pero no era la nueva vida digital que nos prometieron. No era el sustituto de internet. No era la nueva civilización.

Quizá el error fue pensar que la gente quería escapar de la realidad de forma permanente. La gente quiere escapar un rato —para eso están el cine, los videojuegos, los libros o las series—, pero no quiere vivir dentro de una reunión virtual con un avatar sin piernas. La vida, con todas sus incomodidades, sigue siendo bastante más interesante que la mayoría de los mundos virtuales que nos han enseñado.

Y mientras tanto, la inteligencia artificial no nos ha ofrecido un mundo nuevo en el que vivir, sino algo mucho más inquietante: ha empezado a cambiar el mundo en el que ya vivimos.

La última frontera era otra

Y mientras todo aquello del metaverso se desinfla lentamente, mientras los cascos de realidad virtual acumulan polvo en algún cajón y los avatares sin piernas se quedan congelados en servidores que pronto apagarán la luz, la realidad —la de verdad, la que no se puede cerrar con un botón— vuelve a llamar a la puerta con la delicadeza de un ariete. Porque resulta que, mientras soñábamos con vivir en mundos virtuales, el mundo real seguía funcionando con cosas muy poco futuristas: petróleo, gas, fertilizantes, chips, rutas marítimas y materias primas que salen de la tierra, no de un servidor.

Y ahora que vuelven las guerras de verdad, las de mapas, misiles, bloqueos y estrechos estratégicos, empezamos a recordar algo que habíamos olvidado en medio de tanto PowerPoint futurista: que la civilización no se sostiene con avatares, sino con barcos, camiones, cables, satélites y agricultores. Quizá no vivamos en el metaverso. Quizá ni siquiera tengamos energía barata durante un tiempo. Quizá el futuro inmediato no sea ponerse unas gafas y entrar en una oficina virtual, sino algo mucho menos glamuroso: cadenas de suministro tensas, materias primas más caras, tecnología más controlada y países compitiendo por lo básico.

Dicho de forma menos elegante: que igual no vamos hacia Ready Player One, sino hacia algo bastante más antiguo. Porque la historia, cuando se pone seria, siempre nos recuerda lo mismo: antes que programadores y avatares, somos una civilización que depende del trigo, del agua, de la energía y del transporte. Y si esas cosas fallan, uno no se conecta al metaverso: uno vuelve al burro.

Y a lo mejor esa es la gran ironía de nuestro tiempo: soñábamos con mundos virtuales infinitos, y vamos a tener que esforzarnos para que no se nos estropee el mundo real. Porque la última frontera, al final, no era digital. Era la vieja, incómoda y tozuda realidad.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias compi por traernos este tema de actualidad y compararlo como tú lo haces. Me quedo con «La vida, con todas sus incomodidades, sigue siendo bastante más interesante que la mayoría de los mundos virtuales que nos han enseñado». menos mal y A mí también me gusta más la IA que la vida virtual. «Soy muy terranal»

    • Querida Yolanda,

      eso de ser “terrenal” empieza a parecer casi un acto de rebeldía en estos tiempos de mundos prefabricados y promesas digitales que se desinflan a la primera de cambio. Y reconozco que me reconforta saber que no soy el único que prefiere el suelo firme bajo los pies antes que esa realidad de escaparate donde todo parece perfecto pero nada pesa de verdad.

      Al final va a resultar que la vida, con sus incomodidades y sus días torcidos, sigue teniendo algo que ninguna simulación ha logrado copiar: sentido, consecuencias y ese punto imprevisible que la hace interesante.

      Así que sí, bendita esa querencia por lo terrenal, porque mientras algunos siguen buscando refugio en lo virtual, otros seguimos aquí, viviendo. Y no es mal sitio.

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